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3.1. QUERYING ENVIRONMENT

Dijo, pues, un maestro de elocuencia, y dijo la verdad, que el orador de tal modo debe hablar que enseñe, deleite y mueva. Y añadió después: «el enseñar es propio de la necesidad, el deleitar de la amenidad y el mover de la victoria». De estas tres cosas, la primera que se dijo, esto es, la necesidad de enseñar, se halla situada en las cosas que decimos; las otras dos, en el modo de decirlas. Luego el que habla con intento de enseñar no juzgue haber dicho lo que quiso mientras no sea entendido por aquel a quien quiso enseñar. Pues aunque haya dicho lo que él mismo entendió, todavía no ha de pensar que lo dijo para aquel que no lo ha entendido. Si lo entendió, de cualquier modo que lo haya dicho, ya lo dijo. Si además quiere deleitar o mover a los que enseña, no es indiferente el modo como hable; para conseguirlo, interesa el modo de decirlo. Así como se ha de deleitar al auditorio a fin de que atienda a lo que oye, del mismo modo se le ha de convencer, para que se mueva a ejecutar lo que ha oído. Y como se deleita si le hablas con amenidad, igualmente (observarás que) se mueve si ama lo que le prometes, teme lo que le amenazas, odia lo que le reprendes, abraza lo que le recomiendas, se duele de lo que le inculcas digno de dolor, se alegra de lo que le propones como objeto de alegría, se conduele de aquellos que le presentas como dignos de misericordia ante sus ojos, huye de aquellos a quienes le has propuesto con terror que se aparte de ellos, y, por fin, si hace caso de todos cuantos medios puede emplear una gran elocuencia para conmover los ánimos de los oyentes, no para

enseñarles qué deban hacer, sino para que ejecuten lo que ya saben que debe ejecutarse. (Doc.chr. IV.12 27).

Agustín, sigue muy de cerca el pasaje ciceroniano, Orator (69), sobre el que se construye esta parte del libro cuarto, con excepción del uso de docere77, ya que Cicerón, interesado en gran medida en la elocuencia forense, usa el verbo probare para describir el primero de los objetivos a los que debe tender el orador. Respecto de esto, Hagendahl (1967) afirma que ―los propósitos de la elocuencia son los mismos en los dos autores, aunque Cicerón tiene en mente a hombres de estado y abogados, mientras que Agustín se refiere al predicador cristiano y al escritor‖ (p. 563) –valga precisar del escritor que su principal objetivo, relacionado con el contenido, es enseñar. Así pues, el docere va unido a la necesidad y es condición de los otros dos

officia y no está subordinado a la manera en la que se digan las cosas, pues depende

de las cosas mismas. La necessitas de la enseñanza radica en que si, en primer lugar, el auditorio o el interlocutor no es instruido, no podrá ni sentir placer, ni querer hacer aquello que desconoce. La importancia del docere se encuentra también en su eficacia, pues muchas veces la fuerza de aquello que se enseña no sólo causa deleite por sí misma, sino que modifica el comportamiento del auditorio y determina su acción. Sin embargo, cuando esto no sucede, se afirma, siguiendo a Cicerón, que conviene ―que el orador sagrado cuando aconseja alguna cosa que debe ejecutarse, no sólo enseñe para instruir y deleite para retener la atención del auditorio, sino también mueva para vencer‖ (Doc.chr. IV.13.29). Este último objetivo, el flectere, es de fundamental importancia, pues no debe olvidarse que el orador cristiano78 ofrece enseñanzas que implican una forma de vida, se trata de una orientación también práctica relativa a todas las dimensiones de la existencia humana. En este punto, puede sostenerse con Pizzolato (1995) que

77 Como ya se había anotado anteriormente, Agustín usa el verbo docere en la definición de los officia

oratoris presentada en el Brutus (II.121).

78 La expresión eloquentem ecclesiasticum, referida al orador cristiano elocuente, es utilizada por

Marrou como un argumento a favor de la tesis según la cual Agustín compone el De doctrina christiana movido por la necesidad de ofrecer un manual de predicación para el clero africano.

si el querer sin conocer es indigno de la racionalidad humana, el conocer sin modificar la propia vida según aquello que se conoce no sería más que aquella

doctrina sine corde que Agustín había visto como un límite suyo en el momento más

agudo su vida. (p.104).

Esto es, en los meses previos a la decisión de unirse a la Iglesia Católica en Milán79.

Si bien en el pasaje citado Agustín sostiene que el docere tiene el carácter de

necessitas, no debe afirmarse que los otros dos officia carecen de importancia o que

se toma distancia de la propuesta original ciceroniana con la intención de minimizar el papel de la retórica en la predicación cristiana. En efecto, tanto Agustín como Cicerón sostenían que la retórica no debe perseguirse como un fin en sí misma y en este punto Agustín declara:

¡Oh elocuencia, tanto más terrible cuanto más simple, y tanto más concreta cuanto más vehemente! ¡Oh hacha verdadera, que rompe las piedras! Dios mismo dijo a un hacha, por medio de este profeta, que son semejantes las palabras que Él pronuncia por boca de los profetas. Aparte, aparte Dios de nosotros que los sacerdotes aplaudan a los que dicen cosas inicuas, y que el pueblo de Dios ame esto mismo. (Doc.chr. IV.14.30).

Algunos estudiosos sostienen que en las anteriores líneas es posible rastrear un eco ciceroniano sólo en la parte concerniente a la alabanza de la elocuencia, afirmando que el trasfondo moral y religioso es del todo ajeno al Arpinate (Simonetti, 1994, p. 553; Francey, 1920, p. 23). Sin embargo, debe considerarse que Agustín ya había hecho alusión en diversos pasajes80 a la relación entre elocuencia y sabiduría, que, sin duda alguna, es de clara inspiración ciceroniana81 y que está a la base de la

79 Véase (conf. VIII.8.19). 80 Véase (Doc.chr. IV.5.7).

81 Cabe traer a colación de nuevo, una de las afirmaciones con las que se abre el De inventione, según

la cual ―la sabiduría sin elocuencia aprovecha poco a las ciudades, pero la elocuencia sin sabiduría casi siempre estorba demasiado, nunca aprovecha‖ (I.1). Si bien el De inventione es un escrito de juventud, puede sostenerse que la afirmación anteriormente citada se retoma en los escritos de madurez, llegando a su forma más completa en obras como el Orator y el De oratore. A propósito de la relación entre retórica y filosofía en el De oratore, Wisse (2002) anota que lo que caracteriza al orador es la sabiduría y que ésta debe ser universal. Además, sostiene que ―En un pasaje crucial (III. 56-73), Craso insiste en que la querella entre retórica y filosofía se remonta a Sócrates y su hostilidad hacia la elocuencia, lo cual causó la separación entre ambas. Así, aboga por una síntesis entre retórica y filosofía en cuanto restauración de su unidad original‖ (Wisse, 2002, p. 390).

reflexión agustiniana presentada en el libro IV a propósito de la elocuencia cristiana. En este punto, se retoma la cuestión de los officia oratoris y se afirma que el orador cristiano, que habla de lo justo y lo bueno, es decir, con sabiduría y acerca de la

sabiduría misma, debe ser comprendido por su auditorio para poder enseñar, debe

causar agrado para deleitar y debe ser obedecido a través de la persuasión. Pero, ¿qué determina el modo y el contenido de aquello que expresa el orador? Para responder a este interrogante se recurre, una vez más, a dos categorías fundamentales que han sido abordadas a lo largo del De doctrina christiana relacionadas con la interpretación, a saber, la fides y la caritas. De este modo, aquel que habla según la fe y la caridad no debe dudar de que el contenido de cuanto afirma estará caracterizado por la sabiduría, pues

¿quién se dará cuenta perfecta de lo que conviene [que] se diga por nosotros y se oiga por el auditorio, sino Él que conoce los corazones de todos? ¿Quién es el que hace que digamos lo que conviene y en el modo en el que conviene, sino Aquel en cuyas manos estamos nosotros y nuestras palabras? (Doc.chr. IV.15.32).

Se retoma aquí el tema del maestro interior, sugerido por Agustín ya en los primeros diálogos82 y desarrollado en obras exegéticas83, articulándose en relación con la cuestión del orador cristiano. De este modo, y en consonancia con las palabras del prólogo y lo que ya se ha establecido sobre la teoría de los signos y su relación con la hermenéutica, se sostiene que Cristo habla a través de aquellos que quieren enseñar su palabra. Así pues, puede verse que hay una íntima conexión y unidad entre hermenéutica y retórica en cuanto ambas dependen de Cristo como principio y fin de

82 En el De magistro se afirma: ―ahora bien, comprendemos la multitud de cosas que penetran en

nuestra inteligencia, no consultando la voz exterior que nos habla, sino consultando interiormente la verdad que reina en la mente; las palabras tal vez nos muevan a consultar. Y esta verdad que es consultada y enseña, y que se dice habita en el hombre interior, es Cristo, la inconmutable Virtud de Dios y su eterna Sabiduría‖ (XI.38).

Nótese la cercanía entre las palabras utilizadas en el diálogo y aquellas del De doctrina christiana

83 A propósito de esto, Piccolo (2014) afirma que en el De magistro se hace referencia a un ―maestro

que enseña adentro, intus, usando un adverbio de lugar y no un adjetivo. La identificación explícita entre el maestro interior y Cristo se dará más adelante y en textos específicamente exegéticos: In Iohannis epistulam ad Parthos III. 13 y In Iohannis evangelium tractatus XCVI. 4 y XCVII. 1‖ (p. 262).

la comunicación humana. Las palabras del De magistro permiten comprender mejor la idea expuesta en esta sección del De doctrina christiana:

Cuando se trata de lo que captamos con la mente, es decir, con el entendimiento y la razón, hablamos lo que vemos presente en la luz interior de la verdad, con que está iluminado y de que goza el llamado hombre interior; pero entonces también el que nos oye, si él mismo ve con una mirada simple y secreta esas cosas, conoce lo que yo digo en virtud de su contemplación, no por mis palabras. Luego ni a éste, que ve cosas verdaderas, le enseño yo algo diciéndole la verdad, pues aprende, no por mis palabras, sino por las mismas cosas que Dios le muestra interiormente; por lo tanto, si se le preguntase sobre estas cosas, también él podría responder. (mag. XII.40).

¿Cómo deben entenderse estas palabras a la luz de la necesidad de las disciplinas humanas? La respuesta a esta cuestión se inscribe en la misma línea de lo afirmado en el prólogo, en el cual se justifica la existencia de la hermenéutica y la retórica en contra de aquello adversarios que consideran que el auxilio del Espíritu Santo es suficiente para la comprensión y la enseñanza de la Escritura. En este punto, Agustín recurre a exempla tomados del Evangelio para justificar la necesidad de la figura del orador cristiano, cuya función principal consiste en enseñar la sana doctrina. Así, se lo compara con un médico que entrega la cura al paciente, pero cuya mejoría sólo depende de la gracia divina, la cual debe entenderse como la operación de Dios en los hombres que los mueve a amarlo como supremo Bien de la creación. A partir de esta afirmación puede sostenerse tanto la íntima conexión existente entre

caritas y gratia como la unidad de la obra a partir de la relación de estos elementos.

Así, el objetivo principal del discurso del orador cristiano debe ser la edificación de la

caritas, razón por la cual antes de dirigirse al auditorio debe orar84, pues ―el éxito de su intervención está en las manos de Dios, lo cual se justifica a través del recurso al texto de 1Cor 3.7‖ (Kursawe, 2000, p. 41)85.

84 En este punto, se da un juego de palabras entre el verbo orare y el sustantivo orator, cuya función es

la de enfatizar que el éxito del discurso del orator no depende sólo de sus habilidades, sino de la gracia divina, la cual es invocada a través de la oración.

85 ―Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento. Y el que planta y

el que riega son una misma cosa; aunque cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor‖ (1Cor 3.7).

Una vez justificado el recurso a la disciplina retórica, se aborda el último tema del libro dedicado al carácter del orador cristiano a propósito de los genera dicendi, es decir, de los estilos que deben usarse según el tema que se vaya a tratar. Como anota Hagendahl (1974), Agustín recurre a un pasaje del Orator que opera como punto de partida para su argumentación y como conector en la relación entre officia

oratoris y genera dicendi (p. 567). El pasaje en cuestión es el siguiente:

Ya hemos alcanzado, Bruto, lo que buscábamos, pero sólo lo hemos alcanzado con el entendimiento. Porque si yo pudiera asir con la mano a este orador perfecto, ni él mismo con toda su elocuencia podría persuadirme a que lo soltara. Digo que hemos encontrado al varón elocuente que nunca logró ver Antonio. ¿Y dónde está esa maravilla? Lo diré en pocas palabras, para declararlo luego más extensamente. Es elocuente el que puede decir con agudeza las cosas humildes, con riqueza y esplendidez las de más alta importancia, y en estilo templado las medianas. (101).

El pasaje del De doctrina christiana en el que Agustín cita estas líneas del

Orator se presenta de la siguiente manera:

El que hablando intenta persuadir lo que es bueno sin despreciar ninguna de estas tres cualidades, a saber, que enseñe, que deleite y que mueva, ore y trabaje, como hemos dicho arriba, para que lo oigan, inteligente, agradable y obedientemente. Si hace esto de modo apto y conveniente, puede ser llamado con derecho elocuente, aun cuando no consiga el asentimiento del oyente. A estas tres cosas de enseñar, de deleitar y de mover, parece que quiso referirse el mismo orador de la romana elocuencia cuando en el mismo lugar afirmó: ―será elocuente aquel que puede decir las cosas pequeñas con sencillez, las medianas con moderación y las grandes con sublimidad‖. Lo cual es como si juntara a estos preceptos aquellos tres oficios, y de esta suerte expusiera una única sentencia diciendo: será elocuente aquel que para enseñar pueda decir las cosas pequeñas con sencillez; para deleitar, diga las medianas con moderación; y para mover, exponga las grandes con grandilocuencia. (IV.17.34)

La división presentada por Cicerón y retomada por Agustín debe entenderse en el contexto de las causas forenses, en el cual las causas pequeñas son aquellas que atañen al dinero y las grandes son las que conciernen a la salud y a la vida humana. En el tipo de discurso del que trata Agustín, es decir, el del orador cristiano, no es posible distinguir entre temas pequeños y grandes, pues el orador sagrado siempre se ocupa de materias elevadas. ¿Se dirá entonces que dichas materias deben exponerse siempre siguiendo el estilo elevado y buscando mover el ánimo del auditorio? No, pues, aunque se digan cosas elevadas deben seguirse los tres estilos según sea la

intención del orador. De este modo, es posible que un mismo tema sea tratado de manera llana si se quiere enseñar; de forma moderada si lo alaba; y según el modo sublime, si el fin es la persuasión. Estos tres genera están presentes tanto en las cartas de San Pablo como en otros textos de doctores de la Iglesia. Con el fin de aclarar lo sostenido hasta el momento, en el libro se ofrecen algunos ejemplos del estilo simple tomados de la Carta de Pablo a los Gálatas.

En la misma línea de lo que ya se afirmó con respecto al uso de los ejemplos en el libro tercero, debe decirse que estos no tienen una mera función ilustrativa y que su contenido debe tenerse en cuenta a la luz del interés general de la obra y de su estructura. En el caso de los ejemplos del estilo sencillo, el tema central es la ley que, como se verá más adelante, se halla en estrecha conexión con la cuestión de la gracia, categoría sobre la que se articula la relación entre hermenéutica y retórica en el De

doctrina christiana. Además de esto, llama la atención que el exemplum utilizado sea

el mismo traído en la exposición de la primera regla del Liber regularum de Ticonio en el libro tercero, enfatizando su sentido cristológico. El pasaje paulino en cuestión presenta no pocas dificultades interpretativas, razón por la cual se halla en el centro de la discusión tanto con el donatismo, en lo concerniente a la unidad de la Iglesia, como con el pelagianismo, en lo que respecta al tema de la ley y de la gracia. ¿Qué debe hacer el orador frente a situaciones en las que el pasaje presenta dificultades hermenéuticas? Se afirma que debe explicar todo aquello que resulte oscuro y que en la exposición se debe responder a todas las posibles objeciones que el tema pueda suscitar.

Con el fin de mostrar cómo se utiliza el estilo moderado en la Escritura, se recurre de nuevo a San Pablo. Agustín expone y analiza siete ejemplos paulinos, el primero de los cuales es tomado de la Carta a Timoteo, mientras que los demás son pasajes de la Carta a los Romanos. Si bien hay una clara intención técnica en la presentación, pues se evidencian los tropos usados por el autor, que en este caso son figuras de dicción y elocución así como la métrica elegida en la construcción de las oraciones, no debe perderse de vista el carácter de los ejemplos elegidos, entre los cuales se destaca el texto de Rm 13.8. Llama la atención que este pasaje, que aquí se

presenta como ejemplo del estilo moderado, es decir, aquel relacionado con el objetivo de deleitar, sea el mismo que en las Confessiones, en el conmovedor relato de la conversión, cumple una función persuasiva definitiva y radical:

Así que, apresurado, volví al lugar donde estaba sentado Alipio y yo había dejado el códice del Apóstol al levantarme de allí. Lo tomé, lo abrí y leí en silencio el primer capítulo que se me vino a los ojos, que decía: ―no en comilonas y embriagueces, no en lechos y en liviandades, no en contiendas y emulaciones sino revestíos de nuestro Señor Jesucristo y no cuidéis de la carne con demasiados deseos‖. No quise leer más, ni era necesario tampoco, pues al punto que di fin a la sentencia, como si se hubiera infiltrado en mi corazón una luz de seguridad, se disiparon todas las tinieblas de mis dudas. (VIII.12.29)

En el De doctrina christiana, treinta años después de la composición de las

Confessiones, Agustín no sólo presenta el mismo texto como ejemplo de estilo

moderado, sino que, además, hace algunas observaciones concernientes al estilo usado por el traductor86 de Pablo al latín: