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2.2 Principles of Semantic Data Integration

christiana y la recepción del Liber regularum

Como ya se afirmó en la introducción al presente capítulo, la peculiaridad de la composición del De doctrina christiana ha suscitado no pocas cuestiones a los estudiosos del pensamiento de Agustín. Un amplio sector de la crítica habla en términos de interrupción queriendo enfatizar en una ruptura causada por cuestiones doctrinales (Lettieri, 2001), hermenéuticas (Kannengiesser, 1996) o circunstanciales (Simonetti, 1994; Pincherle, 1974). La primera postura, a la que ya se hizo alusión, está relacionada con la propuesta de Lettieri, según la cual existe una escisión entre las dos partes del De doctrina christiana debido a la crisis que el descubrimiento de la doctrina de la gracia causó en el pensamiento de Agustín. Si bien la amplitud y profundidad de la obra de Lettieri requiere un estudio que desborda las intenciones de este capítulo, es importante tener presente que el desacuerdo con su propuesta está anclado en una elección interpretativa que sigue a Madec y a Harrison, según la cual el pensamiento de Agustín debe entenderse de manera unitaria y coherente. Las razones de la interrupción aducidas por el estudioso italiano están ancladas en una concepción en la que no existe espacio alguno para una interpretación unitaria, ni del

investiga la palabra divina ponga todo su empeño en llegar a lo que quiso decir el autor, por quien el Espíritu Santo compuso aquella Escritura; ya lo consiga, o ya obtenga otro sentido de aquellas palabras que no se oponga a la pureza de la fe, teniendo un testimonio de cualquier otro lugar de la divina Escritura. Porque tal vez el autor, en aquellas palabras que pretendemos esclarecer, vio el mismo sentido que nosotros les damos; por lo menos es cierto que el Espíritu Santo, que las compuso por medio de él, previó sin lugar a duda ésta que había de ocurrírsele al lector o al oyente; es más, puesto que se halla fundada en la verdad, proveyó para que se le ocurriera. ¿Pues qué cosa pudo Dios proveer con más abundancia y liberalidad en las divinas letras que el hacer que unas mismas palabras se entiendan de modos distintos, los cuales son confirmados por otras no menos divinas palabras contestes de la Escritura?‖ (Doc.chr. III.27.38).

De doctrina christiana, ni del proyecto filosófico agustiniano, pues considera Lettieri

que el primer Agustín, esto es, el Agustín de la caritas, de la libertas y de la ontoteología platónica, se contrapone de manera radical e irreconciliable al otro Agustín, el Agustín de la veritas, de la revelatio y del Evangelio. Así, según este autor, ―el irrumpir de la desconfianza en relación con el autónomo poder anagógico de la doctrina christiana coincide con el tránsito de una teología de la suasio a una teología de la persuasio o de la confessio‖ (Lettieri, 2001, p. 98), irrupción que hallará su concreción en las Confessiones y en el libro IV del De doctrina christiana.

Por otra parte, Kannengiesser, aunque también pone el acento en la

interrupción como ruptura, aduce razones muy distintas a las de Lettieri, pues se

centra en la dificultad que, según él, comportó para Agustín el estudio y la aplicación de las reglas de Ticonio. Para apoyar esta idea recurre a la carta en la Agustín le pide con insistencia a Aurelio que se pronuncie acerca del libro del donatista:

Te rogamos, por quien te dio tales dones y por ti con esa bendición los derrama sobre el pueblo a cuyo servicio vives, que ordenes enviarnos, escritos y corregidos, todos los sermones de los presbíteros que gustares. No hemos olvidado lo que mandaste y todavía esperamos conocer tu opinión acerca de las siete reglas o claves de Ticonio, como te lo hemos escrito repetidamente. (ep. XLI).

Según Kannengiesser (1995), la oración ―no hemos olvidado lo que mandaste‖ está conectada al resto de la frase, razón por la cual debe asumirse que Aurelio entregó a Agustín el libro de Ticonio para que lo ayudara en la lectura del mismo (p. 9). Sin embargo, esto no significa que Agustín haya interrumpido la redacción del De doctrina christiana por no recibir la opinión de Aurelio acerca del libro que, al parecer, este último le había entregado. El comentarista sostiene que la interrupción obedeció a razones hermenéuticas, pues

cuando Agustín quiso explicar algunas de las expresiones figuradas en el capítulo 25 del libro tercero, ya no estaba satisfecho con sus propias distinciones. La necesidad de comprometerse en una discusión directa con las categorías de Ticonio, que se centra precisamente en las locuciones figuradas, se volvió imperativa, pero aún no estaba preparado para eso. (Kannengiesser, 1995, p. 8).

Según esto, Agustín no esperaba la aprobación de Aurelio para incluir los aportes del donatista en su obra, sino una opinión que complementara su comprensión de los mismos, pues la postura de Ticonio según la cual las reglas por él ofrecidas deben entenderse como principios intrínsecos a la Escritura58, suscitaba no pocas perplejidades para el proyecto trazado. ¿Puede, entonces, afirmarse que la dificultad de la comprensión del carácter de las reglas llevó a Agustín a interrumpir la composición de la obra? Algunos estudiosos consideran que sí, afirmando que durante los años de la interrupción Agustín no abandonó el libro de Ticonio y que, al no lograr conciliar su objetivo con la propuesta del donatista, optó por ofrecer una interpretación de las reglas que llevaría a una incomprensión histórica de las mismas (Kannengiesser, 1995, p. 10; Ayán Calvo, 2009, p. 35 ss)59. En este punto, vale le pena detenerse en la presentación que hace Agustín antes de exponer las reglas con las que cierra el libro tercero del De doctrina christiana:

un tal Ticonio que escribió de manera irrefutable contra los donatistas a pesar de ser él mismo donatista, compuso un libro al que llamó De las reglas, porque en él expuso siete reglas con las cuales, a manera de llaves, se pueden abrir los misterios de las Escrituras divinas. (III.30.42).

En contra de la lectura agustiniana, Ayán Calvo (2009) sostiene respecto de las reglas que ―Ticonio afirma explícitamente que pueden provocar confusión o incluso que son un obstáculo para la comprensión y que son un modo divino de proceder para hacer la verdad más grata o atractiva a quienes la buscan‖ (p. 37)60. En

58 Tanto Bright (1988) como Kannengiesser (1995) afirman que para Ticonio las reglas no deben

entenderse como herramientas creadas por él para facilitar la comprensión de la Biblia, se tratan, en cambio de ―principios literarios que gobiernan la formación del texto de la Escritura‖ (Bright, 1988, p. 186) y que, en cuanto tales, dependen del Espíritu Santo. Siguiendo la terminología ticoniana, Ayán Calvo las define como ―algo con lo que el Espíritu selló la Ley; son sellos del Espíritu mediante los cuales protege el camino de la luz‖ (Ayán Calvo, 2009, p. 37).

59 Pollmann (1996) se opone tanto a Kannengiesser como a Bright, afirmando que ―no se puede

sostener que la recepción agustiniana de Ticonio pueda entenderse como una malinterpretación‖ (p. 215), pues se trata de una apropiación y de una interpretación que cumple un objetivo muy claro en la obra de Agustín (Pollmann, 1996, p 215).

60 En la regla VI, concerniente a la recapitulación, Ticonio afirma: ―entre las reglas con las que el

Espíritu selló la Ley para que fuese custodiado el camino de la luz, el sello de la recapitulación custodia algo con tal sutilidad que, más que recapitulación, parece una continuación de la narración‖ (VI.1).

consonancia con esta postura, Ayres (1995) considera que el carácter místico de las reglas de Ticonio consiste en que éstas actúan para esconder la verdad a aquellos que no creen y que sólo revelan el verdadero mensaje del texto a quienes son inspirados por Dios:

se supone que las reglas son una parte inherente al texto, un conocimiento secreto siempre presente, que se revela al verdadero exegeta. La interpretación es el resultado de la inspiración de la gracia y, en casos discutibles, Ticonio insiste en que las reglas están todavía presentes, pero que se necesita una inspiración adicional para comprenderlas exactamente. (p. 17).

En este punto, vale la pena tener presente el estudio de Camastra (1996) en el que se afirma que el Liber regularum debe entenderse como una obra en la que se presentan algunos principios eclesiológicos que pueden ayudar en la comprensión de la Escritura, razón por la cual no se puede escindir la hermenéutica ticoniana de su eclesiología (p. 262). En lo que concierne al mysterium se afirma que ―el Espíritu santo quiso velar el verdadero sentido de las Escrituras escondiendo, por ejemplo, el género en la especie‖ (Camastra, 1996, p. 266).

Teniendo en cuenta lo afirmado hasta el momento, podría considerarse que el estudio de Ticonio y la impresión que su obra causó en Agustín fueron causas suficientes para la suspensión temporal del De doctrina christiana. Esta tesis parece más fuerte que aquella según la cual Agustín interrumpió la obra al no recibir la opinión que en reiteradas ocasiones había pedido a Aurelio. Según Simonetti (1994),

no puede imaginarse que Aurelio haya olvidado dar respuesta a la petición de Agustín sin una motivación o buena razón; en cambio, se puede sostener la hipótesis según la cual Aurelio no quería dar un juicio negativo de una obra que consideraba valiosa y que sabía que Agustín tenía en alta estima, pero tampoco quería aprobar su uso por pertenecer a un donatista. (p. 12).

Aunque puede afirmarse con seguridad que la opinión de Aurelio, primado de África, era fundamental para Agustín, esta hipótesis pierde su fuerza cuando se tiene en cuenta que Agustín emprende la defensa de Ticonio en el Contra epistulam

Parmeniani escrita en el año 400, esto es, en plena controversia antidonatista y sólo

Si bien es muy difícil ofrecer una solución concluyente respecto a esta cuestión, para ello debe tenerse en cuenta la manera en la que Agustín introduce la exposición de las reglas y la interpretación que hace de las mismas. Las palabras usadas para introducir el tema justifican el recurso a las reglas, según el plan original de la obra que nunca se abandona ni modifica, haciendo énfasis en su utilidad. Sin embargo, se adopta también una posición crítica no sólo frente al contenido de las reglas, sino también frente a la actitud del donatista respecto de la eficacia de su obra, pues, para Agustín, Ticonio atribuye más importancia a sus reglas de la que en realidad tienen. Por otra parte, Agustín llama la atención sobre el hecho de que Ticonio se equivocó en muchas de sus afirmaciones, ―no sólo porque como hombre erró en ciertas cosas, sino principalmente porque habló de otras como hereje donatista‖ (Doc.chr. III.30.43), razón por la cual es necesario acercarse a sus afirmaciones con cierta cautela. La actitud del obispo, que interrumpe la redacción de las Retractationes para culminar el propósito que se había trazado treinta años atrás, muestra que su juicio sobre Ticonio no ha cambiado con el paso de los años. Fiel a su modo de proceder, Agustín toma de Ticonio aquello que considera útil, apropiándose de su propuesta y reinterpretándola a la luz de las necesidades de la obra, por ello no utiliza los mismos ejemplos ofrecidos por el donatista para ilustrar cada una de las reglas o se centra sólo en uno de ellos con el fin de reforzar su propia interpretación de las mismas.

Teniendo en cuenta lo dicho hasta el momento, es pertinente pasar a tratar la exposición y apropiación que hace Agustín de las siete reglas de Ticonio. La primera regla se denomina del Señor y su cuerpo, y en ella se destaca la importancia de distinguir cuándo un texto hace referencia a Cristo en sí mismo y cuándo se refiere a Cristo como conjunto de los que creen en Él, es decir, como Iglesia. Del amplio número de ejemplos ofrecidos por Ticonio para exponer esta regla, Agustín escoge el siguiente: ―no en vano se dijo a los fieles sois descendencia de Abraham, siendo una sola la descendencia de Abraham, es decir Cristo‖ (Doc.chr. III.31.44). Vale la pena anotar que la exégesis universalista de este pasaje paulino (Gal 3.16), según la cual la

promesa fue hecha a Cristo pero se cumple en los que son uno con Él, es recurrente en la controversia donatista que ocupó a Agustín durante dos décadas61.

El nombre de la segunda regla, ―del doble cuerpo del Señor‖, es objeto de crítica por parte de Agustín. La intención de esta norma es la de llamar la atención al lector sobre el hecho de que en las Escrituras no siempre resulta claro a quién se está haciendo referencia, si a aquella parte de la Iglesia compuesta por herejes o a los que siguen la fe verdadera. Puesto que para Agustín las herejías no pueden considerarse como el verdadero cuerpo de Cristo, afirma que el nombre de esta regla debería ser ―del cuerpo del Señor verdadero y mezclado, o del verdadero y fingido‖ (Doc.chr. III.32.45). Agustín usa esta regla para oponerse a los correligionarios de Ticonio, los cuales consideraban que la Iglesia debía ser una, pura e inmaculada. A la base de la crítica ticoniana está la concepción de que la Iglesia se halla conformada por justos y pecadores hasta el momento del Juicio Final. El ejemplo utilizado tanto por Ticonio como por Agustín es el pasaje del Cantar de los cantares: ―soy morena y hermosa como las tiendas de Cedar, como los tapices de Salomón‖ (Cant I.5), el cual se interpreta según la sincronía de los atributos. Así, la Iglesia es a la vez morena y hermosa, y no puede afirmarse que se trate de dos momentos distintos. El fundamento evangélico de esta concepción se encuentra en la afirmación: el trigo y la cizaña deben crecer juntos hasta que llegue el momento de su única y definitiva separación (Mt 3.30).

La tercera regla se presenta de la siguiente manera:

trata de ―las promesas y la ley‖, la que puede llamarse de otra manera, ―del espíritu y de la letra‖, conforme la denominé yo en el libro que escribí sobre esta materia. Puede asimismo llamarse ―de la gracia y del mandamiento‖. Esta me parece cuestión

61 En el Contra epistulam Parmeniani leemos: ―Para que no piensen los donatistas que este oráculo fue

dicho sólo a los judíos, explíquenos el Apóstol cuál es el sentido del término "descendencia de Abraham", por la cual serían benditos todos los pueblos: A Abraham -dice- le han sido hechas promesas, así como a su descendencia. No dice "descendencias", como si fueran varias, sino "en tu descendencia", en singular, refiriéndose a una sola. Esta descendencia es Cristo. Porque es en Cristo donde está prometido con aplastante autoridad, y demostrado con la realidad más palmaria, que todas las razas alcanzarían la bendición de Dios. ¡Y todavía lo niegan quienes desean llamarse cristianos!‖ (I.2.2).

más importante que la regla que deba emplearse para resolver cuestiones. Los pelagianos, por no haber entendido esta cuestión o doctrina, inventaron su herejía o la acrecentaron. Ticonio trabajó muy bien por aclararla pero de modo incompleto, porque tratando de la fe y de las obras, nos dijo que las obras se dan por Dios debido al mérito de la fe, pero la misma fe es de tal modo nuestra que no la recibimos de Dios. (Doc.chr. III.33.46).

Puede verse que esta regla se usa como punto de partida para acometer contra las herejías tanto pelagiana como donatista. Los pelagianos consideraban que era posible librarse del pecado y, por lo tanto, merecer en virtud de los buenos actos la unión con Dios y su contemplación. Por su parte, los donatistas, aunque no compartían la posición pelagiana, consideraban que las obras del hombre se dan por Dios gracias a le fe, pero que esta última le pertenece al hombre y no depende de la gracia divina. Para tomar distancia de Ticonio, en este punto, Agustín propone tres ejemplos paulinos que no habían sido tenidos en cuenta en la exposición de la tercera regla en el Liber regularum.

La cuarta regla de Ticonio reza así: se habla de la especie y el género ―según los misterios de la sabiduría celeste gracias al magisterio del Espíritu Santo, que, al establecer la fe como precio de la verdad, habló misteriosamente, pues escondió el género en la especie‖62 (Lr. IV.1). Agustín, por su parte, la resume de la siguiente manera:

la cuarta regla de Ticonio trata de «la especie y el género». La llama así queriendo que se entienda por especie la parte y por género el todo, del cual es parte la que denomina especie, así como cada ciudad es ciertamente parte del universo. (Doc.chr. III.34.47).

La utilidad de esta clave radica en que advierte al lector sobre el cuidado que se debe tener cuando la Escritura pasa del género a la especie, pero parece que continuara refiriéndose al primero. En consonancia con el tono que se adoptó en la

62 En consonancia con lo afirmado en la introducción al Liber regularum, en la exposición de la cuarta

regla, Ticonio reafirma la posición: ―el Espíritu santo es autor e intérprete de la Escritura; inspirador del texto y maestro que dicta los criterios hermenéuticos para su comprensión. La docilidad hacia su magisterium permite la interpretación correcta según la intención de Aquél que la inspiró‖ (Camastra, 1998, p. 206).

exposición de la tercera regla, Agustín aplica la cuarta a diversos pasajes de la Escritura teniendo como trasfondo su doctrina de la gracia.

La quinta regla de Ticonio se denomina ―de los tiempos‖ y tiene que ver con la forma de entender el tiempo en el que se desarrollaron las acciones narradas en la Escritura. Esta regla puede aplicarse con la figura retórica de la sinécdoque o con los números legítimos. Recurrir al tropo de tomar la parte por el todo o el todo por la parte es necesario cuando se presentan contradicciones temporales respecto de un determinado hecho. Así, por ejemplo, los Evangelios parecen contradecirse cuando uno afirma que la resurrección de Cristo se dio luego de seis días de su muerte63, mientras que otro afirma que tal acontecimiento tuvo lugar luego de ocho días. Si se recurre a la sinécdoque para explicar esta aparente contradicción se dirá que aquel evangelista que afirma que transcurrieron ocho días, al contar como un día entero la parte del día en que Cristo predijo dicho suceso y la parte del día en el que se verificó, está tomando la parte por el todo. En lo que respecta a los números legítimos, esto es, a los que se reconocen con facilidad, se afirma que muchas veces quieren significar un tiempo indefinido, ―de donde se infiere que, no sólo se han de resolver con estos números cuestiones de tiempo, sino que sus significaciones tienen más amplitud y se ramifican en muchos sentidos‖ (Doc.chr. III.35.50).

La sexta regla se denomina ―recapitulación‖ y resulta de suma utilidad para el intérprete en aquellos pasajes en los que se narran sucesos como si se hubieran dado de manera lineal, cuando en realidad se silencian hechos intermedios. Para ilustrar el