2.2 Driving Behavior Prediction
2.2.3 Direct Correlation Learning
Su nombre derivado del latín aurum alude a la luz y al resplandor. Ya Eliade (1996), hacía referencia a las comunidades ancestrales de casi todo el mundo, en cuanto a la consideración de que el oro crecía por la acción del sol, de cómo éste en razón de su perfección provenía del semen de un dios o semidios, de ahí también la inmortalidad que se asocia con el sol y el oro. Esta relación directa entre el sol y el oro, coexiste aún, en comunidades indígenas vivas ubicadas en el Sierra Nevada de Santa Marta (Colombia), para quienes el oro recibe la potencia simbólica de fertilidad por parte del sol y en consecuencia, ellos exponen al sol, los objetos que de oro aún les quedan, para renovar “las fuerzas fertilizadoras” (Falchetti, 2003; Saunders, 2003; Reichel- Dolmatoff, 1988). En este contexto indígena, el oro y el sol tienen el mismo nombre “nyúi” o “nuestro padre oro” (Legast, 2005).
Esta vinculación directa entre el oro y el sol, por su primera manifestación visual con el color amarillo, involucra en esta cadena de tejidos otros seres de los que ya habíamos hecho mención, las abejas o “miniaturas haladas solares” o “hijas del sol” (según los Muiscas) y por supuesto la cera, la que contiene esta fuerza de transformación invisible, que culmina con el fuego, llama vital y creadora, chispa del sol en la tierra, que da nacimiento a la obra, en este mágico proceso de creación de la fundición a la cera perdida. El sol para los Muiscas, también simboliza el “Gran Forjador cósmico” (Escribano, 2007, p. 126), concepto que equivale a laborar, a martillar, representando así esta fuerza del fuego, presente en la fundición, donde el oro acoge la fuerza simbólica masculina del sol forjador, que se complementa con el cobre en la aleación que forma la tumbaga, para generar otro símbolo de unión y fertilidad.
La unidad entre el sol y el oro también fue vista por los Mixtecas, para quienes el oro llamado dziñuhu cuaa o “el resplandeciente amarillo”, era considerado como la “excrescencia” del sol, el cual evocaba no sólo la fuerza y poder del astro solar, sino su poder de comunicación entre hombres y dioses, a través de la luz como camino (Carmona, 1997). Este mismo significado “excremento de los dioses” era la equivalencia de la lengua indígena náhuatl cuztic teocuítlalt; mientras que Xipe Tótec, designaba al dios de los orfebres, asociado al culto solar; y Tonatihua, refería al dios
83 sol, que en esta lengua significa brillar, resplandecer, dar calor, mismos significados para el oro (Baquedano, 1989, p.362). Este vínculo entre uno y otro, pudo ser una de la razones para que las culturas ancestrales de América, manifestaran tal maestría en la orfebrería, que les valió el nombre de artífices del sol (Carmona, 1997; Hosler, 1997, p. 22). Para los Taínos de Cuba, el oro se llamaba caona, y era un nombre que se usaba compuesto para altas personalidades (Saunders, 2003). Precisamos cómo el maíz, fue considerado parte de este tejido entre el sol y el oro; estos granos fueron manifestación directa de la fertilidad, unidos todos por la fuerza simbólica del color amarillo que los contiene y por la variada presencia en los contextos actuales de las comunidades indígenas vivas.
En el contexto Muisca el oro representa lo eterno, lo que no perece “con él se pretendía “contagiar” de eternidad a los muertos, enterrándolo con ellos en sus tumbas” (Medina, 2006, p.159). También ha estado asociado al sol, bien desde la connotación seminal, en comunidades indígenas actuales como los Cuna, y los Desana del Amazonas (Morales, 1997, p. 43; Reichel-Dolmatoff, 1981, citado por Lecthman, 1994 p. 9). O desde su equivalencia con el sudor del sol, o Myia, según los Muiscas, para quienes el oro es un metal divino, símbolo de perfección, es la luz que contiene el brillo y la luminosidad del sol o Sua, el cual simboliza el día y la fuente de energía, el brillo del conocimiento (Escribano, 2000, 2007, p. 35); brillo que representa el poder creativo que regula al universo, por eso el brillo del oro o Taikú, para los Kogui, fue un símbolo de poder e influencia para sus portadores (Saunders, 2003). Retomamos a Bray (1991), respecto al significado que tuvo el oro para los ancestros colombianos, en el sentido de que éste tuvo valor intrínseco cuando fue elaborado en un objeto con significado sagrado.
El oro y las obras creadas con este metal, guardan la memoria de una conexión de los seres humanos, su medio natural y sobrenatural. Significados que para su proceso de decodificación requieren del acompañamiento de los mitos o historias que lo precisan, como el mito sobre el oro contado por los mineros afrocolombianos de Nariño (capítulo primero). O el mito de Aluna47, que lo era todo, en el que se cuenta bellamente el proceso de creación del sol o Niuwi, que es el mismo nombre que recibe el oro, el
47
84 cual era un hombrecito feo y opaco y sólo en la medida en que lo fueron vistiendo con accesorios de oro, se fue iluminando y dando luz; a continuación estos apartes del mito:
…Niuwi no alumbraba. Ninguna luz despedía su faz: más bien era como un hombrecito feo, mal formado. “¿Este será el padre del día, del mundo?” preguntaron sorprendidos todos. Había consternación, pues Niuwi no era el esperado portador de la luz. Más bien era opaco su rostro, opaca su persona [….] Entonces le preguntaron a Niuwi: ¿Ciertamente tú quieres ser padre del mundo, portador de su luz? Así es – respondió Niuwi sin vacilación. “Será entonces” concluyeron en consejo. “Facilitemos las cosas”. Resuelto así, trajeron atavíos de oro para cubrirlo: vestido de oro, gorro de oro, mochila de oro, sandalias de oro. Era cosa de admirar a Niuwi completamente ataviado en oro. Ciertamente este hombrecito dorado así comenzaba a parecer otro. Entonces Kakarabiku y Sekukue lo rodearon. Juntaron su aliento y al unísono comenzaron a soplar. Un torbellino se fue formando a los pies del hombre de oro. Todos observaban, reflejando el asombro en sus rostros: el poderoso aliento de los primeros abuelos hizo que Niuwi comenzara a flotar como hoja libre por la brisa. Y así se fue elevando, impulsado por el aliento de los primeros abuelos, Sekukue y Kakarabiku. Este ascenso prodigioso terminó con Niuwi colocado en lo más alto del cielo. Y he aquí que a medida que ascendía, su cuerpo iba cobrando brillo y calor con tanta pujanza, que pronto el mundo se vio libre de la noche. Su calidez envolvió la tierra y por primera vez fue puesto al descubierto el esplendor de la creación: la manifestación de Aluna: Niuwi transformado ahora en Sol Mama, padre del mundo.
Comunidades indígenas vivas como los Emberá, saben que el oro o Jaiporre es un espíritu que mantiene la vida, por eso desde este escrito se explicita el llamado que ellos hacen, para que no se saque de sus montañas (actualidad étnica, 2009). Este amarillo, que brilla como el sol, es el oro que se funde en medio del fuego, de la cera, y de la tierra amarilla que lo contiene, no es el metal que se vende, sino la fuerza que contiene la vida y como tal la transformación.