• No results found

2.3 Visual Scene Understanding

2.3.1 Image Segmentation

Este es el verdadero ejemplo de una aleación que transforma la materia física y simbólica, que desde su unión básica oro y cobre, crea un metal con cualidades particulares con un bajo punto de fusión. Pues si con el oro se tiene que llegar a una temperatura de 1063º C y con el cobre a 1083º C, con la tumbaga la temperatura se reduce a 800º C (Plazas y Falchetti, 1978; Cuesta y Rovira, 1982, p. 46) o a 900º (Laniéce, 1998 ), si se trata de una aleación eutéctica (Martín, comunicación personal, 2014). Otras cualidades que se le asignan a la tumbaga son su facilidad en la reproducción de los detalles decorativos, así como la riqueza en el trabajo de superficie a través de dorados, que le dieron a las obras mayor vistosidad. Igualmente representa la unión de lo masculino y femenino, en un encuentro que trasciende la forma para ser significado desde su mera aleación.

Sobre el origen de dicha palabra y conocimiento hay varias posturas, entre éstas, las que consideran que viene de la palabra Guanín (Bartolomé de las Casas, 1965, citado por Falchetti 2003, p. 364; Saunders, 2003, p. 25), que se corresponde con el nombre de una planta que en Cuba se conocía como Guanina, que tenía un olor apestoso; nombre también asociado al de los colibríes o Guani (Bray, 1997). Al respecto hay que precisar que a la fecha no hay mayor información sobre trabajos de fundición de los Taínos, nativos de esta isla, pero sí sobre el valor especial que para ellos tenía el Guanín, no sólo por su color, olor y brillo, sino que era considerado venido del cielo, por lo que Bray (1997) cree, éste pudo ser importado por ellos, probablemente de Guyana.

En esta otra postura sobre la procedencia de la tumbaga de las Guyanas, además de Bray (1997), Rivet y Arsandaux (1946, citados por Cuesta y Rovira, 1982) consideran esta opción, y plantean que ésta llegó a Colombia entrando por la altiplanicie del Orinoco con las invasiones que los pueblos caribes hicieron sobre los territorios Chibcha. Al respecto con Carmona (2003, p. 97, 328) se presenta otra postura, desde la cual se cree que si bien se encontraron “objetos” en tumbaga en

87 Guyanas, estos pudieron deberse al proceso de intercambio entre los nativos Arawuacos de las Antillas Menores y pobladores de Colombia, teniendo en cuenta que los Muiscas y Taironas formaron parte de la Gran Familia Lingüística Chibcha, los cuales se conocieron como un grupo de comerciantes marítimos especializados en intercambios a larga distancia. Bray (1997), hace mención de un colgante de estilo colombiano encontrado en el río Mazaruni en Guyana, así como de otro collar, también de estilo colombiano, encontrado en Cuba. Bargalló (1955 p.35) hace alusión a cómo algunos cronistas (Fray Pedro Simón) registran que “los bogotaes (...) Conocían, además, una aleación igual al guanín de las islas del Caribe, Venezuela y Guayanas, de donde seguramente llegarían a los habitantes de aquellas islas”. Una última postura, que aquí relacionamos, parte de que la tumbaga fue un término introducido por los españoles de la colonia, y que su origen fue malayo “tombak” (Trimborn, 1959), el cual significa cobre (Cuesta y Rovira, 1982).

Aunque la tumbaga fue conocida en el Perú48, México, región del Caribe y otros países andinos, la más grande producción de obras en esta aleación no sólo se realizó en Colombia, sino que son las que registran las fechas más antiguas, por lo que no se descarta que sea Colombia el lugar de origen de la tumbaga, que según Sánchez (1988) se ubica en torno al 500 d. de C. y según Carmona (2003, p. 38, 81) hacia el año 1000 a.C., difundida en Colombia por las culturas Calima y Quimbaya entre los siglos III y X.

A la tumbaga también se le llamó oro bajo o chafalonía (Agudelo y Díaz, 1979), dados los porcentajes de las mezclas de la aleación que fueron variables, los más comunes corresponden a un 30% de oro y un 70 % de cobre. Según Lectman (1991), en las aleaciones, al metal que se presenta en una mayor concentración se le denomina metal matriz. En cuanto a la variedad en su composición, se plantea como una opción la existencia de los recursos mineros con los que se contaba en el territorio donde se realizaron dichas fundiciones. Otra mirada considera la clara identificación de las gamas de colores que dichos porcentajes producían en las obras, las cuales eran valoradas por los artistas ancestrales desde el valor simbólico que el color representó

48

Destacamos los análisis de Fraresso (2010b) en el sitio de huacas de Moche (Perú), en donde los análisis de algunos fragmentos de crisoles, indican el uso de la tumbaga.

88 para ellos. Al respecto Rivet y Arsandaux (1946, citados por Cuesta y Rovira, 1982) establecieron varias categorías de tumbaga según su composición: Categoría A: con menos del 50% de oro; Categoría B: Entre el 50 y el 62,5 % de oro; Categoría C: Con más del 62,5% de oro; cuando la obra presenta más del 80% de oro y menos del 5% de cobre, la consideraron como oro. Desde la otra mirada en cuanto a la variedad de porcentajes en la tumbaga, Cabanillas et al. (2006-2009, p. 268), precisan que éstas pudieron ser “azarosas”, entrecomillamos la palabra, pues si bien hace relación a la presencia casual de otros elementos minoritarios cuando el metal es sacado de su lugar de origen, como es el caso de porcentajes de plata de menos de un 1%. También podríamos creer que los ancestros tenían un conocimiento de los suelos, por lo que su elección no fue necesariamente “azarosa”, sino que implicó una elección de estos lugares, dada la presencia de esos otros elementos que pudieron dar otras características especiales a sus aleaciones, por ellos buscadas, tal cual lo plantea Laniece (1998), en los estudios de algunos tunjos Muiscas presentes en la colección del Museo Británico. Ella encontró que la inclusión del cobre en esta aleación presentó una variable en porcentajes que pasaron de un 5% a un 65%, lo cual consideró como una adición deliberada de este metal. Algunos autores (Pérez 1958, Laniece, 1998) se han planteado la “casualidad” de esta aleación, por razones económicas, frente a la presunta ausencia de oro para poder adelantar los procesos de fundición.

Si bien la constante de las obras orfebres de distintas zonas arqueológicas de Colombia y particularmente las Muiscas, presentan la aleación oro-cobre, con proporciones variables, las que comúnmente son identificadas como tumbagas; a partir de la presencia de otras aleaciones como oro, cobre y plata, se han identificado conceptos como tumbagas binarias49, para las primeras y tumbagas terciarias, para estas últimas (Barriga, 1961, p. 203; Carmona, 2003, p. 156; Lecthman, 1991, p. 15; Fraresso, 2010a, p.155).

La tumbaga fue una aleación que en la mayoría de comunidades ancestrales, fue apreciada por su conexión con lo divino, en la que se concentran las fuerzas simbólicas ya mencionadas, de metales como el oro y el cobre, que se correspondieron con el

49

En las que también se incluyen otras aleaciones como plata-cobre, que no son tan generalizadas en el caso colombiano.

89 poder de lo sobrenatural, visible a través de sus representantes y gobernantes como los caciques (Bray, 1997). Ésta fue una “materia” que representó en su unión la posibilidad de simbolizar la continuidad de la semilla de vida, por eso el proceso de la fundición fue visto por ellos como sobrenatural, pues en manos de los orfebres se logró un proceso de creación, de unión y de transformación (Falchetti 2003). La tumbaga, además de ser el resultado de un proceso de investigación tecnológica, en la que se forma una aleación que genera condiciones particulares de fundición, como un más bajo punto de fusión; es a la vez desde el mundo simbólico, una manifestación del equilibrio del universo, donde lo femenino y masculino, engendran y mantienen la vida. Esta unión es simbolizada desde lo masculino por el sol, el oro, lo amarillo; y desde lo femenino, con la luna, pero en este caso no es la plata sino el cobre y en particular con su color rojizo, asociado a la sangre, el que representa este aspecto femenino (Reichel-Dolmatoff, 1981, citado por Falchetti, 2003). La tumbaga aparece como un proceso de transformación, en el que este proceso metalúrgico se equipara “a un desarrollo embriónico simbolizado en el mito por los distintos colores cobrizos por los que pasa la luna una vez fertilizada por el sol” (Reichel Dolmatoff, 1981; Falchetti, 2003). Este concepto de fertilidad, se corresponde con los ofrecimientos de esmeraldas, y figuras votivas en tumbaga, que hacían los Muiscas al Arco Iris, deidad asociada a la fertilidad. El color y la variedad de matices desde el rojo hasta el rosado de la tumbaga, lograron que las obras en esta aleación en la región Andina transmitieran “una simbología religiosa”, por eso en particular en los Muiscas con sus figuras votivas y en general en todo el territorio colombiano, la mayoría de las obras de orfebrería son en tumbaga y su uso fue ceremonial, cargados de una simbología cósmica sagrada (Falchetti, 2003, p. 374; Carcedo, 1998). “…Las aleaciones de tumbaga, con sus propiedades inherentes de enriquecimiento del color, constituyen la contribución más significativa del Nuevo Mundo al repertorio del sistema de aleaciones desarrollado por las sociedades antiguas” (Lechtman 1991. p. 16).