4.3 Implementation Details
4.3.2 Walsh-Hadamard Features
Esa otra matriz que transforma el metal a través del fuego es el horno, llamado en el Perú con la palabra ancestral huaira, que significa viento (Pifferetti, 2002; Bargalló, 1955); también conocidos como wairachira (El hombre y los metales del Perú, fascículo
Figura 2.35. Ilustración de remate de alfiler de una obra Tairona. Fundición sucesiva. Museo del Oro.
Figura 2.36. Ilustración del proceso de fundición en dos coladas dentro de un molde cerrado (Bray, 1991).
122 II, p. 15) o huairachina que significa “soplar el fuego o las brasas” (Petersen, 1970, citado por Pifferetti, 2009, p. 41) o “donde se hace el viento” (en quechua, Baltasar Ramírez, 1597, citado en el hombre y los metales del Perú, fascículo II). Según González (2004, p.30) la imagen y el brillo del metal líquido, como fuego fluyendo dentro del horno y el crisol, se pudieron asociar con “los volcanes, las montañas y el eterno devenir de los ciclos de la naturaleza”.
El sólo espectáculo de más de seis mil huairas ardiendo al mismo tiempo, en Potosí57 (Bolivia), hacia el siglo XVI, era ya un impacto visual para los cronistas quienes lo describían así: “al modo de luminarias, que vellos ardes de noche y dar lumbre tan lejos y estar en sí hechos una ascua roja de fuego, era espectáculo agradable” (según narra el padre Acosta, 1979 [1590], citado por Bargalló, 1955.); en el mismo sentido Garcilaso de la Vega (1943, [1609]), manifiesta su impresión ante la belleza del paisaje, al ver al tiempo alrededor de quince mil hornillos en los cerros: “... Era cosa hermosa ver en aquellos tiempos ocho, diez, doce, quince mil hornillos arder por aquellos cerros y alturas”. A través de la recreación de estos hornos (figura 2.37.), en una plataforma experimental de Melle (Francia), Téreygeol y Cruz (2014), nos permiten contemplar en esta fotografía, el funcionamiento de las huairas de noche y de paso inferir el impacto visual de más de seis mil huairas, tal cual lo describe el anterior cronista; proceso experimental que los autores también adelantaron en la localidad de Tilcara (Jujuy, Argentina, 2014), a partir de los restos arqueológicos de huairas encontradas en Potosí (Bolivia).
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Precisamos que al hablar de Potosí, este lugar es señalado por algunos autores tanto en Bolivia, como en el Perú, esto se debe a que antiguamente el sector minero de Potosí se ubicaba en el cerro del mismo nombre en el Alto Perú, el cual hoy forma parte de Bolivia.
Figura 2.37. “wayra” experimental. (Téreygeol y Cruz, 2014).
123 En el interior de estos hornos se fundía al fuego vivo, el mineral que los dioses o seres divinos habían enseñado a los seres humanos, allí se fundían los metales que cargaban de sacralidad al horno (Eliade, 1996). Este mismo sentido estaba presente en la China, donde se asimilaban desde los principios cosmológicos con el yang (con los masculino) y el ying (con lo femenino) (Pérez, 1966); el horno, como espacio de transformación fue sacralizado, al punto de ser ofrendado con fetos humanos o de animales, para una exitosa culminación del proceso de fundición, ofrendas asociadas a la consideración del horno como útero o embrión; se pensaba con esto que “el feto sacrificado transmitiría su energía vital en transformación a los metales” (Eliade, 1974, citado por Falchetti, 1999, p. 62).
Estos debían ser construidos por una persona pura y que conociera los “ritos del arte”; en este sentido Eliade (1996) considera una estrecha relación entre los forjadores y los chamanes, ya que según él, ambos son “amos del fuego”. Esta fuerza mágica y sagrada durante las fases de este proceso de fundición, la refiere González (2004, p. 30), para el contexto peruano, donde los plateros actuales de San Pablo, guardan algunas tradiciones ancestrales al respecto, tales como la realización de ceremonias, desde el momento de la extracción de la arcilla para los moldes. Estos orfebres por ejemplo, no funden piezas antiguas, porque creen que el metal contiene las almas de los dueños anteriores y estos podrían castigarlos, en el mismo sentido comenta este autor, cómo ellos funden días diferentes al martes y/o viernes, porque son considerados días maléficos para los metales, además en el proceso mismo de fundición se requiere tener en cuenta el uso del lenguaje para no ofender al metal, así como está presente la prohibición en el taller, de mujeres menstruantes.
Desde las fuentes documentales consultadas, podemos ver cómo los actos cotidianos de las comunidades ancestrales se constituyeron en rituales, que se correspondieron con ceremonias, permisos y ofrecimientos, como parte del establecimiento de una armonía y equilibrio entre todos los seres de la naturaleza, como lo registra el cronista Fray Martín de Morúa (1946 [1590], p.178, citado por Ramírez, 2007), para el contexto peruano:
Los solían adorar, e hacer muchas ceremonias particulares de adoración, bebiendo y bailando, teniendolo por aguero; lo mismo solían hacer en las minas que llaman copa,
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que adoraban y reverenciaban a los metales que llamaban mama, y las piedras de los metales, que llaman corpa, adorábanlas, besándoles y haciéndoles diferentes ceremonias; y a las pepitas de oro en polvo y la plata, y las guayras donde se funde la plata hacían lo mismo... (Martín de Morúa, 1946[1590]).
Una vez reiterada esta mirada sagrada, en las acciones de este proceso, así como en las estructuras, utensilios, materias y personas que intervinieron, seguiremos en nuestro camino, indagando sobre el mismo.
De esta manera veremos la diversidad de hornos que se construyeron en estas épocas ancestrales, los cuales variaron en diseños, tamaños y funciones. Los hubo tanto fijos como portátiles. En algunos se refinó el metal, en otros se hicieron los vaciados directos sobre el molde y unos cuantos pudieron servir para derretir la cera. En Sahagún (1938), encontramos el diseño del mismo horno fijo, para dos funciones distintas; en la primera imagen (figura 2.38.) a partir de la ubicación de un recipiente abierto sobre unos carbones calientes (por su color rojo) y de un líquido amarillo burbujeante dentro de éste, nos lleva a inferir su uso, para derretir la cera y posteriormente adicionar la colofonia. La segunda imagen (figura 2.39.), en la que aparecen dos procesos, nos sugiere tanto el modelado de la obra en cera, el recubrimiento del molde y el posterior vaciado de la cera y quema del molde, que sería otro de los posibles usos dados a estos hornos.
Figura 2.38. Horno fijo de fundición (Sahagún, 1938, Lámina LVII, del Códice
Florentino).
Figura 2.39. Horno fijo de fundición (Sahagún, 1938, Lámina LVIII, del Códice
125 Esta variedad de hornos también estuvo determinada según el combustible: cuando se usó la brasa de la leña, se hicieron hoyos; y en el caso del carbón, se emplearon los hornos tocochimbos o tocochimpos (Barba, [1877]1995, p. 132, citado por Bargalló, 1955, p. 40) “los metales de plata y de cobre, al salir de las guairas, eran sometidos a una nueva fusión, con objeto de afinarlos…”. Etapa que algunos autores han considerado como prefundición (Perea, 1995). La variedad de hornos que los ancestros emplearon para fundir la precisa Gamboa ([1761], 1987; citado por Espino, 2011, p.125) en el contexto mexicano, hacia el siglo XVI, época en la que aún se mantenían procesos ancestrales de fundición:
Ay multitud de diferencias, porque se hacen de piedra, adobes, ó barro. En unos se funde con leña, y en otros con carbón: en unos se tapan las bocas, ó troneras, y en otros se dexan descubiertas...unos funden con ayre de fuelles: otros sin él, al viento que corre, ó con vapor engendrado de agua con los carbones quemados. En unos el metal, y la leña están revueltos: en otros la leña, y carbón no tocan el metal, sino la llama, por lo que les dicen Hornos de „Reverbero.