Chapter 6 HADATH: System Implementation and Results
6.4 Evaluation
1.- “El lenguaje no es una expresión inmediata de lo dado en la naturaleza, sino que es un constructo lingüístico y como tal es una ilusión o engaño, lo mismo que cualquier obra de arte”(2004: p.405). El pensar el arte desde el concepto de «apariencia» y no desde la óptica de la verdad, supone que la distinción que hubo a lo largo de la filosofía, entre un
«mundo verdadero» y un «mundo aparente», no es tal, la verdad desde la óptica del arte, del artista se derrumba.
Al Tocar el problema del valor de la verdad desde el lenguaje, desde el hecho de haber situado un carácter no representacional del lenguaje, desde el hecho de considerar al lenguaje como una obra de arte, como una vertiente llena de posibilidades de ser, el problema de la “verdad”, llega a ponerse frente a nosotros como un gran desafío que afrontar, como la esfinge se plantó frente a Edipo. Digamos que la verdad ha sido puesta en los márgenes y dominios de la “creación”, de la invención de proyección de apariencia, digamos que la verdad ha sido considerada ya, como una mentira útil; al presentarla así, evidenciamos que, o bien, existe una posibilidad de transvaloración de los valores al sentido de superar ciertas categorías prefijas de sistemas filosóficos y de modos de pensar, tales como yo, cosa, voluntad, dios, etc. O bien, como lo podemos inferir de la investigación pasada, caemos en el problema del nihilismo, al sentido de no optar por una reapertura de la posibilidad de llegar a ser como especie. El problema de la verdad se puso frente a nosotros como en ninguna otra época osó situarse; ¿qué haremos como especie, como humanos, cuando nos hemos dado cuenta del fondo irremediablemente negro de la existencia? ¿Qué hacemos cuándo Dios y cuando el mundo verdadero ha sido puesto como una “bella” ilusión, producto de ciertos instintos –desconocidos-, a la base de ciertos filósofos? “Partiendo de este «creer» suyo, se esfuerzan por obtener su «saber», algo que al final es bautizado solemnemente con el nombre de la «Verdad»” (2012: P.28) ¿Qué hacemos, cuando incluso nos damos cuenta de que esa “bella” ilusión –artísticamente hablando-, ha sido más bien una forma de degeneración de la vida y de castración frente a la vida? ¿De qué incluso, a raíz de lo último, tampoco se le podría considerar como arte, porque destruye a la vida?
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El problema del valor de la verdad se plantó delante de nosotros, - ¿O fuimos nosotros quienes nos plantamos frente a él? ¿Quién de nosotros es aquí Edipo? ¿Quién esfinge? Es este, a lo que parece, un lugar donde se dan cita preguntas y signos de interrogación-. (2012: p.28).
A la base de la concepción de verdad, existen fuertes inclinaciones instintivas de degeneración del mundo aparente, el único existente: “Las razones por las que «este»
mundo ha sido calificado de aparente fundamentan, antes bien, su realidad, - otra especie distinta de realidad es absolutamente indemostrable.” (1994: p. 50). Los filósofos en este sentido han sido los mayores falsificadores de la realidad, del mundo “Aparente” poniendo a su base un mundo “verdadero”, que en todo – y, en cualquier caso-, no deja de ser un tipo de ilusión “óptica-moral”. Entonces, ¿De dónde el impulso a designar las cosas existentes del mundo como “verdaderas” y no “verdaderas”? ¿Acaso el miedo al cambio? ¿Acaso a no querer afrontar y enfrentar una soledad cósmica indisociable a la existencia, a nuestra existencia? Porque el problema del valor u origen de la verdad difícilmente podría ser descubierto en sus dominios, sino que se necesita y se requiere de otras herramientas, de otros recursos, y en este sentido, Nietzsche concibe al «Arte» como la llave que puede poner entre abierta la puerta para enfrentar de una vez por todas a la esfinge que seduce a buscar una verdad donde en realidad no puede surgir de ningún lugar. “Ni siquiera a los más previsores entre ellos se les ocurrió dudar ya aquí en el umbral, donde más necesario era hacerlo, sin embargo: aun cuando se habían jurado de [Dudar de todas las cosas]” (2012: p.43).
Por ejemplo, que lo determinado es más valioso que lo indeterminado, la apariencia menos valiosa que la «Verdad» a pesar de toda su importancia regulativa para nosotros, semejantes estimaciones podrían ser, sin embargo, nada más que estimaciones superficiales una determinada especie de bobería, quizá necesaria precisamente para conservar seres tales como nosotros. (2012: p.31).
Para conservar cierto tipo de especie, para que nosotros en definitiva pudiéramos llegar al umbral de llegar a plantearnos ciertas interrogantes –como estas-, tuvo –por qué no-, el hombre suponer y disponer de un mundo esencialmente distinto a como él lo estaba viendo, oyendo, palpando, gustando, en definitiva, percibiendo.
72 Y ahora que la verdad “ha sido descubierta” ahora que nos hemos puesto al borde del abismo, después de haber descubierto que a la base de toda «valoración», existe un instinto un impulso de conservación de cierta temática, de cierto estilo de vida – por ejemplo el espíritu científico heredado de Sócrates en adelante-, y además, ( que el motor del mundo), y más bien, la pulsión originaria del hombre, es un proceder al arte, a lo artístico, es decir, un tender a la invención, a la proyección de apariencia, de ilusión, de engaño, nos devela que en su origen, tanto los polos como de «Verdad» y de «lenguaje»
tienen un origen “inventivo-regulativo” que devela más bien el comportamiento estético que tenemos con el mundo y no más bien una adecuación intrínseca, directa, “pura” con la realidad; el hombre es la medida de todas las cosas, porque él se ha hecho la medida de todas las cosas.
Ellos creen otorgar un honor a una cosa cuando la deshistorizan, [desde la perspectiva de lo eterno].- Cuando hacen de ella una momia. Todo lo que los filósofos han venido manejando desde hace milenios fueron momias conceptuales, de sus manos no salió nada real (1994: p.45).
La razón: primera causa legítima de la mentira. De la “verdad”. Pareciera ser, que en este punto, la verdad tiene una exclusiva relación con el componente corporal, ya sea la “verdad” proclamada por la “razón” (un puro y vil cúmulo de mentiras, proyecciones de apariencias, engaños), o bien, la “verdad” que puede darnos el cuerpo, como lugar inicial de una balanza donde se pueden pesar, todas nuestras valoraciones y estimaciones sensoriales- conceptuales. Nietzsche, en Así habló Zaratustra, indicó que:
El cuerpo es una gran razón, una pluralidad dotada de un único sentido, una guerra y una paz, un rebaño y un pastor. […] Instrumento de tu cuerpo es también tu pequeña razón, hermano mío, a la que llamas «espíritu», un pequeño instrumento y un pequeño juguete de tu gran razón. (2004: p. 64).
La verdad tiene que ver exclusivamente con la sensibilidad, con el estímulo nervioso directo, con la aprehensión directa y primera que yace entre sujeto y objeto, visto desde una manera correlacional, es decir, que existe un grado significativo de codificación entre ambos polos, y no de una determinación a la cosa como se lo entendió en la
73 antigüedad y modernidad. La “verdad” así queda reducida ya no en el campo de la “razón” y la “lógica”, sino que aparece un alto componente somático a su base:
Detrás de tus pensamientos y sentimientos, hermano mío, se encuentra un soberano poderoso, un sabio desconocido –llámase sí-mismo. En tu cuerpo habita, es tu cuerpo. Hay más razón en tu cuerpo que en tu mejor sabiduría. ¿Y quién sabe para qué necesita tu cuerpo precisamente tu mejor sabiduría?(2004: p.65).
A la base de la verdad está la sensibilidad. Si lo que deviene es, entonces tenemos que el mundo como la vida yacen bajo un perpetuo cambio y devenir constantes, como si en el comienzo del universo fuese un completo desprenderse, esparcirse, romperse de la unidad primigenia y substancial. El mundo es cambio y la vida decadencia y el universo agota su cadencia a algo que, en realidad, desconocemos. Es aquí, donde radica la verdad del arte en todo el pensamiento de F. Nietzsche, ya que lo que esencialmente devela el arte, ya que en la constante del cambio y del devenir absoluto, la creación de una proyección de apariencia, llámese obra de arte, en su cúspide, en la obra de arte de la tragedia griega, el hombre revela una verdad que va más allá de las apariencias visibles e inteligibles a partir del hilo conductor del cuerpo, a saber, intuye una “verdad trágica” de la existencia, esto es, que a partir del fenómeno informe de la vida supuesto a las leyes del cambio y del perecer físico, hay una unidad de la cual fluye todo el torrente ilusorio de la existencia, pero ya no es una “verdad” “inmóvil”, al sentido de Dios, sino que la verdad trágica conduce al hombre al descubrimiento de la pluralidad y unidad de las cosas, vistas desde un todo, que para el nacimiento es necesaria la muerte, que para el cambio, es necesaria la quietud, que para la verdadera transvaloración de los valores, fueron necesarios dos milenios de conceptualización y promulgación de la “Verdad”.
“[…] es de un todo carácter antropomórfico y no contiene absolutamente nada que sea “verdadero en sí”, real y de validez universal, fuera de la órbita humana” (1970: p.1).
¿De dónde proviene el impulso a la Verdad o la Verdad?
La verdad procede únicamente según Nietzsche y a raíz de lo investigado y expuesto anteriormente, desde el ámbito de la convención y desde la necesidad de comunicación y sociabilidad de los hombres. La verdad tiene un fundamento netamente
74 antropomórfico y jamás proviene de algún tipo de mundo ideal y/o substancial. Ya la filosofía de su maestro Schopenhauer le había enseñado que de la esencia de las cosas únicamente podemos obtener representaciones de estas, jamás una representación ideal y pura de la cosa. Quienes han profesado y promulgado la “verdad” como si fuese una entidad a la cual podemos aspirar como hombres, los filósofos y sacerdotes de todos los tiempos, olvidan que la estricta relación que tiene nuestro modo de decir el mundo, la realidad, guarda un componente puramente estético y artístico, ya que en el salto de trastrueque de esferas entre un impulso nervioso y la imagen que se refleja de ese impulso nervioso, y el sonido que de la imagen desprendemos, jamás podrá decirse que pertenece a la verdad, ya que no existe tal.
Su método consiste en tomar al hombre como la medida de todas las cosas, partiendo, sin embargo, de la creencia errónea de que estas cosas le son inmediatamente dadas, como objetos en sí. Quiere esto decir que se olvida de que las originales metáforas expresivas son metáforas y las toma como las cosas mismas(1970: p.5).
Pues, a partir de lo dicho anteriormente y con lo ya dicho en la investigación, tenemos que la “verdad” se origina por el olvido de la invención artística-poética que tiene en su origen el lenguaje. La verdad, y en realidad ese impulso desinteresado hacía “la verdad”, es puesta en duda y en tela de juicio cuando se pone de manifiesto el carácter esencial del lenguaje, a saber, su naturaleza estética y su función y fuerza artística.
Por lo demás, la “percepción” justa –termino que significaría la expresión adecuada de un objeto en el sujeto- se me antoja un contra sentido; pues entre dos esferas radicalmente distintas, como lo son el sujeto y el objeto, no media ninguna causalidad, ninguna adecuación, ninguna expresión, sino a lo más un comportamiento estético, quiere esto decir, un transferir alusivo, un balbuceante traducir a una lengua extraña (1970: p.5).
El impulso artístico que yace en el hombre, lo recubre todo. Se necesita de una fuerza, de un saltar e inventar libremente, incluso en los dominios del lenguaje. Seguido de esto, tenemos que el lenguaje “primero”, más originario, directo, “puro”, es el lenguaje poético, esto es, el de inventar las más audaces metáforas, metonimias para decir el mundo,
75 para decir la realidad: “Para lo cual es menester, en todo caso, una esfera y fuerza mediadora que elabore e invente libremente” (1970: p. 5). Entonces, el hombre en su afán de encapsular, de ordenar, de legislar el mundo es como acabo convirtiéndose en un idolatra de la “verdad”, a partir, de un rechazo de su sensibilidad, y de un olvido de su carácter eminentemente artístico, creador y emancipador de apariencias, de realidades.
2.- El descubrimiento del acontecer y del proceder trágico que realiza Nietzsche al momento de analizar y entrever la aparición del género artístico de la “Tragedia”, lo lleva a elevar al arte a una categoría ontológica suprema. “el arte” –dice- “es la tarea propiamente metafísica de esta vida”, a la cual el hombre, el artista, el filósofo tiene como única aspiración y fundamentación de su existencia, el crear y el proceder artístico. ¿Es que acaso fueron los griegos realmente pesimistas por haber llevado a cabo el género trágico, de la tragedia ática? ¿Es que acaso es un pesimismo fundamentado el hecho de que el destino fatal de Prometeo, de un Edipo, de Penteo, terminará aplastados y despedazados por las horripilantes garras del inexorable destino, de sus “ciegas” intenciones? Precisamente la respuesta que da Nietzsche es completamente contraria a la que dieron sus predecesores tanto como Schopenhauer, como Aristóteles.
«Grecia y el pesimismo», éste habría sido un título menos ambiguo; es decir, una primera enseñanza acerca de cómo los griegos acabaron con el pesimismo, de con qué lo superaron…precisamente la tragedia es la prueba de que los griegos no fueron pesimistas: Schopenhauer se equivocó aquí, como se equivocó en todo(2013: p. 86).
Nietzsche a partir del descubrimiento del concepto de lo trágico, llega a la intelección fundamental de la diada: Arte- Vida, como complementos necesarios el uno del otro; como un ciclo eterno e infinito. El arte salva a la vida, y la vida no encuentra mejor fundamentación que mediante la creación y proyección de una obra de arte, como si fuese un símil directo, como si encontrase en la creación y proyección de apariencia1 su análogo a lo que ella misma hace con el hombre, con el mundo. 30 El descubrimiento de la esencia
30 Toda obra de arte es en su esencia una creación de apariencia. Es un proyectar una descarga instintiva
que contiene dos orígenes en su base, a saber, la tendencia a la figura y a la forma, o la poesía y a la escultura, y otra tendencia a lo no figurativo, ejemplo total hallado en el pathos de la música y como su
76 de lo trágico por Nietzsche desenvuelve a este y a la psicología del poeta trágico en una afirmación cabal y absoluta de la existencia y de la vida; al descubrir que los griegos al sacrificar a sus tipos más altos encontraban el elixir supremo de una afirmación casi neurótica y desbordante, descubre, inevitablemente que a la base de la psicología del heleno primitivo, yacía un “dios desconocido”31
, inspirador y fomentador de la vida, de la nueva vida:
“Las dos innovaciones decisivas del libro son, por un lado, la comprensión del fenómeno dionisíaco en los griegos: el libro ofrece la primera psicología de ese fenómeno, ve en él la raíz única de todo el arte griego. Lo segundo es la comprensión del socratismo: Sócrates, reconocido por vez primera como instrumento de la disolución griega, como décadent típico. «Racionalidad» contra instinto. ¡La «racionalidad» a cualquier precio, como violencia peligrosa, como violencia que socava la vida!” (2013: p.86- 87).
Y, en este punto, resulta imposible no advertir la relación del griego con el “dolor”, con su manera y estilo de aplacarlo, de ensalzar. A partir del dolor y del sufrimiento de la parturienta se garantiza el advenimiento de la nueva vida, a partir del dolor y del desgarro de sí misma es como la naturaleza se garantiza y se asegura a sí misma y con esto damos en la intelección de le esencia de lo trágico en Nietzsche. Ya no se ve a la Tragedia y su desenlace como la forma suprema de un pesimismo huero o como una descarga de los afectos para encontrar en ella una forma de ser y de deber ser morales, sino que la tragedia revela la psicología de un “sí” oculto que desborda cualquier pesimismo con y para respecto a la vida, porque el dolor de Prometeo encadenado al ser engullido por el águila, todos los días, significa –aquí, y a partir de aquí-, un decir si a la vida, a sus decisiones, no arrepentirse de nada, pues todo forma parte constituyente de la existencia, de nuestra existencia, es en definitiva un decir sí a la vida, mediante el escenario de la aparición del olimpo de las apariencias, de transfigurar a la vida mediante el arte: “y una fórmula de la afirmación suprema , nacida de la abundancia, de la sobre-abundancia, un decir sí sin
subproducto de esto, la danza y todo tipo de lenguaje, a-conceptual provenientes de nuestro ser más íntimo, es decir, de nuestro cuerpo.
77 reservas aun al sufrimiento, aun a la culpa misma, aun a todo lo problemático y extraño de la existencia…” (2013: p. 88).
El arte es, la actividad propiamente metafísica del hombre, porque al hombre le salva el arte (ante una negación de la voluntad) y a través del arte se le salva la vida: el arte como la tarea auténtica de la vida, el arte como una actividad metafísica” (2007: p.31).
Es la vida misma como proceso la que pone a relucir al arte y este mismo, la que lo hace garantizarse a sí misma: “Una «idea» -la antítesis dionisiaco y apolíneo-, traspuesta a lo metafísico; la historia misma, vista como el desenvolvimiento de esa «idea»; en la tragedia la antítesis superada en unidad.” (2013: p. 86), la bella apariencia del arte es la que encubre el fondo horripilante y sin sentido de la existencia, es a partir, de la síntesis de la bella apariencia del arte con lo informe de este mismo, que la vida encuentra su unidad expresada en símbolo, lo dionisiaco aquí es homologado con el tormento de la producción y procreación de nueva vida, desde los misterios de la sexualidad, hasta el momento del parto, síntesis traspuesta al bello momento de la aparición de nueva vida, de un nuevo ser.
La vida eterna, el eterno retorno de la vida; el futuro, prometido y consagrado en el pasado; el sí triunfante dicho a la vida por encima de la muerte y del cambio; la vida verdadera como supervivencia colectiva mediante la procreación, mediante los misterios de la sexualidad. […] Para que exista el placer de crear, para que la voluntad de vida se afirme eternamente a sí misma, tiene que existir también eternamente el «tormento de la parturienta»… todo esto significa la palabra Dioniso: yo no conozco una simbólica más alta que esta simbólica griega, la de las Dionisias(1994: p. 134-135).
Así concluimos que la interpretación que da Nietzsche al aparecer de la Tragedia en la historia es producto de un punto culmine de afirmación de la vida, de la existencia y esta afirmación radical la encontramos traspuesta en la unidad del arte: Apolo y Dionisos como síntesis necesaria.
3.- En esta investigación, el concepto de vida ha sido deducido a partir de la óptica del «arte» y el arte desde la óptica de la vida, destacando como rasgo fundamental su