5.4 Experiments 5 and 6
5.4.2 Experiment 6a: action word teaching
Antes de iniciar el presente apartado, considero oportuno definir los términos utilizados. Para ello, me basé en las definiciones utilizadas comúnmente por la comunidad LGTB y en especial las asociaciones de lesbianas, gays, transexuales y bisexuales de Madrid.
Cuando en un sujeto coexisten rasgos físicos de ambos géneros y su manera de actuar y expresarse combina características que suelen ser atribuidas tanto al género femenino como al masculino, estamos ante un caso de androginia. Cuando los caracteres biológicos que definen a qué colectivo pertenecerá el individuo no coinciden con aquel con el cual él se identifica, estamos ante un caso de transgenerismo. Cuando el sujeto decide someterse a una cirugía de reasignación de género para que sus caracteres sexuales coincidan con el rol social con el que se ve identificado, estamos ante un caso de transexualidad. Las y los transexuales son transgéneros que deciden corregir su anatomía para que esta pase ser coherente con su identidad de género.
La transexualidad es la trasgresión social, psicológica y cultural del sexo biológico, es la construcción de un nuevo género social a partir de experiencias subjetivas que conllevan a un cambio físico que le obligará al sujeto a cambiar de colectivo y a buscar la reinserción social, puesto que tendrá que asumir un nuevo rol coherente con su nueva condición. La transexualidad generalmente se caracteriza por la sensación de pertenecer al sexo contrario y por la disconformidad con el aparato sexual originario. Las y los transexuales definen su identidad de género de manera distinta al resto de las personas, puesto que cambian su género biológico. Una de las principales dificultades que enfrentan las personas transexuales reside en lograr reintegrarse en una sociedad que censura la subversión del género. No obstante, además de luchar para que sean tratados como ciudadanos pertenecientes al sexo con el que se identifican, las y los transexuales se enfrentan a otra batalla: alcanzar y asimilar el cambio de sus características corporales. Esto incluye someterse a tratamientos hormonales, psicológicos y quirúrgicos.
Hay muchas explicaciones sobre el origen de la transexualidad. Una de ellas sugiere que la transexualidad sea consecuencia de una alteración de la estructura cerebral. O de la insuficiencia de testosterona o de estrógeno durante el proceso de gestación. También se llegó a identificar un gen, cuya existencia, supuestamente, le convierte a uno en transexual. En todo caso, el gen, así como cualquier otra explicación médica que contemple la causa del fenómeno, en lugar de restar transfobia, estimula la expectativa de erradicación de la transexualidad. Pese a que el hermafroditismo haya estado presente en todas las culturas y en todos los tiempos, las disforias de género todavía son encaradas con desconfianza y prejuicio. Las y los transexuales siguen siendo marginados socialmente a pesar de la ascensión del ideal andrógino y de los significativos cambios en los roles de género experimentados por la sociedad occidental en los últimos treinta años.
Hay científicos sociales que afirman que la transexualidad es una construcción social: a consecuencia de los rígidos patrones impuestos por el sistema binario de clasificación de género, hay individuos que no permiten que les encasillen. La transexualidad constituye una subversión al sistema que impone la división de los sexos y, paradójicamente, se basa en ella, una vez que la mayoría de las y los transexuales mimetizan características entendidas como típicamente femeninas o masculinas poseyendo cuerpos biológicamente
no acordes. Butler (2000a) asegura que el potencial radical y subversivo de la transexualidad reside precisamente en combatir esa supuesta naturalidad del género, ya que al imitarlo se pone en evidencia la estructura imitativa del género en sí mismo, así como su carácter repetitivo. La ley de coherencia heterosexual supone que sexo y género están desnaturalizados por medio de un performance, que pone de manifiesto su carácter distintivo y el mecanismo cultural que asegura la perpetuación de la especie. Ya Weeks (1998) asevera que tal vez no podamos elegir nuestro cuerpo ni la manera en la que sentimos, pero podemos decidir lo que hacemos con ese cuerpo y también con nuestros sentimientos y deseos. Para el autor, la identidad, tanto de género como sexual, no es un destino, sino, en gran medida, una cuestión de elecciones personales. Mackenzie (1994), a su vez, señala que en contrapartida a la sensación de haber nacido con un cuerpo erróneo se debería considerar el haber nacido en una cultura errónea. Las dicotomías femenino/masculino y normal/patológico propician la desigualdad de derechos. Marginan a cualquier minoría por una diferencia cualquiera. Obesos, mujeres, minusválidos, viejos, homosexuales y enanos lo padecen en menor o mayor grado. Las y los transexuales también, puesto que suelen tener problemas para cambiar el nombre en el DNI, para conseguir un trabajo que no esté vinculado al mercado sexual, para financiación de sus tratamientos de salud, para comprar una vivienda. Y sobre todo, para el ejercicio pleno de la ciudadanía. Son muchas veces víctimas de la intolerancia, que les priva el acceso a ciertos espacios sociales y les rotula de enfermos.
Según el DSM-IV (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders) y el ICD-10 (International Clasification of Diseases), adoptados por la OMS35 (Organización Mundial de
Salud), se debe utilizar el término transexual para designar a aquellas personas que deseaban o vivían en un rol de género contrario a su anatomía. Desde 1994, sin embargo, el Comité del DSM-IV sustituyó el concepto de transexualismo por el de Trastorno de Identidad Sexual (TIS), cuyos síntomas son:
Una fuerte identificación con el sexo opuesto y no solamente con las ventajes culturales de pertenecer al otro sexo.
Incomodidad con su propio sexo o sensación de inadecuación en el rol del género correspondiente a ese sexo.
Padecimiento de estrés clínicamente significativo. Incapacidad de interacción social, ocupacional u otras.
Los estudios de prevalencia realizados en Holanda abarcaron la facción de la población que superaba la edad de 15 años. Eran considerados transexuales quienes recibían tratamiento hormonal tras solicitar una cirugía de reasignación de género. La razón hombres/mujeres es de 3/1, siendo la prevalencia en varones de 1/18.000 y en mujeres de 1/30.400. En Suecia, la prevalencia fue calculada teniendo como referencia las personas mayores de 15 años que se iban a someter a la cirugía de reasignación de género sin importar si ya habían iniciado tratamiento hormonal. La razón hombre/mujer también fue de 3/1. La incidencia de transexuales que demandan la cirugía de reasignación de género en este país es de 0,17/100.000. Ya el Código de Transexuales de Alemania, aprobado en 1980, permite la tramitación del cambio de sexo y de nombre en los registros administrativos. Sin embargo, la cirugía no está cubierta por el sistema sanitario público y no existe aún regulación ni guías clínicas para el tratamiento hormonal, quirúrgico y psicológico. El gobierno andaluz, a su vez, además de haber publicado el manual de
Atención sanitaria de los trastornos de identidad de género en Andalucía, incluyó la cirugía
de reasignación de género como una de las competencias de la seguridad social en dicha comunidad autónoma, la única de España que lo oferta. Todo el proceso, desde los estudios endocrinológicos al seguimiento psicológico, culminando en la intervención quirúrgica, es cubierto por la sanidad pública andaluza.
Las personas que se visten con ropas consideradas como propias del sexo contrario o que se comportan socialmente como si fueran de un sexo diferente al que indica su biología han sido objeto de marginación y exclusión social debido al gran peso que tiene la opresión de género. Las y los transexuales llegaron a ser considerados sicóticos extremos, esquizofrénicos o masoquistas que deseaban castrarse. Quizá, esto se deba, en gran parte, a la estigmatización de la iglesia que los condenó por no respetar las leyes divinas. Posteriormente, la medicina aseveró que la transexualidad, y también la homosexualidad, era el hermafroditismo del alma, ignorando el hecho de que homosexuales y transexuales sólo tienen una cosa en común: desafían el régimen sexual impuesto por el sistema hegemónico. Muchos homosexuales y transexuales no comparten ni siquiera el mismo
objeto de deseo. Un gay y una transexual femenina (cambio de hombre a mujer, HaM) pueden diferir en cuestión de preferencias sexuales. La transexual puede desear sexualmente a otra mujer y no a un hombre como el varón homosexual. Éste es el caso de Julia, uno de los sujetos de estudio. En una de las charlas que tuvimos, Julia me explicó que siempre se había fijado en mujeres y que sigue con la misma novia, con quien se comprometió antes de la cirugía de reasignación de género y de quien recibió apoyo incondicional durante todo el proceso. Cuando le pregunté el porqué de haberse sometido a la cirugía, me dijo: Yo no me sentía a gusto en aquel cuerpo. Era como si no me
perteneciera. Estaba harta de ser un hombre lesbiano. Su inclinación sexual no había
cambiado, ella sólo había adaptado su anatomía. Julia es translesbi (transexual femenina y lesbiana). Ya Alex, otro sujeto de estudio, al igual que Moisés, protagonista del documental
El camino de Moisés, es transgay (transexual, cambio de MaH, y gay). También los hay normales, que como lo indica Sasha, que es transexual y heterosexual, son aquellos que si
hacen el cambio de hombre a mujer, se relacionan exclusivamente con hombres. Y si hacen el cambio de mujer a hombre, se relacionan exclusivamente con mujeres. En uno de nuestros encuentros en la Plaza Vázquez de Mella, le cuestioné tal lógica:
Tú, antes de transexual, eras homosexual. ¿Si o no? Recuerdo que me habías comentado que siempre te gustaron los chicos. ¿Por qué Julia y Alex no son normales? ¿Por qué son homosexuales? Lo único que cambia es que tú lo eras antes de la cirugía y ellos lo son ahora, después de haberse sometido a la intervención quirúrgica. Antes ambos eran heterosexuales: Julio tenía sus novias y Alejandra, sus novios. Ellos no han cambiado su objeto de deseo: a Alex siempre le gustaron los hombres y a Julia, las mujeres.
Noté que mi apreciación le causó un cierto mal estar a Sasha. Su respuesta fue:
Se supone que un transexual se opera para corregir un error y no para caer en otro. Yo traté de tener un cuerpo coherente con mi mente, con mi deseo.
También hay los transbi, transexuales femeninas y masculinos que se relacionan tanto con hombres como con mujeres de manera indistinta, caso de Allan, otro sujeto de estudio. Ya los transpan, menos comunes, serían aquellos o aquellas transexuales que se relacionan no sólo con hombres y mujeres, hetero u homosexuales, sino también con otros transexuales, tanto femeninas como masculinos.
He observado que existen diferencias significativas entre los mismos transexuales. Hay los que toman hormonas a fin de que se les crezca barba en la cara (caso de los transexuales masculinos) y los que se inyectan silicona para darles volumen a sus senos (caso de las transexuales femeninas). Hay los que desean someterse a la intervención quirúrgica y los que no. La cirugía sólo es una opción para algunos(as) transexuales, puesto que la mayoría suele conservar su pene intacto. O porque éste es una fuente de ingresos económicos, ya que la mayoría de las transexuales femeninas se dedica al trabajo sexual, o porque les proporciona placer. Allan me comentó que si se sometiera a la cirugía de reasignación perdería muchos clientes:
¿Qué crees que buscan estos tíos que llenan Montera cuando hay
partido del Madrid? Se buscan a un transexual que les follen. Dicen a las esposas que se van al partido y vienen a que les hagamos el favor. Y pensar que se creen tan machotes.
Por lo que he podido averiguar durante la realización del trabajo de campo, las transexuales que ejercen la prostitución, al prestarles servicios a hombres heterosexuales casados, casi siempre tienen que asumir el rol activo. Para todos los efectos, los hetero
pasivos, según definición de Allan, están siendo penetrados por una mujer. No por
casualidad, la mayoría de las transexuales femeninas no se castran y se inyectan silicona para tener un par de senos que se haga notar. Una de las muchas consecuencias de la
hetero pasividad de algunos hombres casados se refleja en las estadísticas: cada vez más
mujeres heterosexuales casadas descubren que son portadoras del VIH. La gran mayoría jamás ha tenido una aventura extramatrimonial.
La androginia física de cuerpos como el de Allan, al igual que el de la mayoría de las transexuales que se dedican al mercado del sexo, reúne el símbolo máximo de la
expresión de la masculinidad, el pene, con el de la feminidad, los senos. Su versatilidad al asumir tanto el rol activo como el pasivo lo convierte en un ser polifacético. Es mujer y hombre a la vez sin ser ni una cosa ni otra. Pertenece a un tercer género, intermedio. Se convierte en un ser híbrido.
El comportamiento transexual es sumamente complejo: existen personas que tienen una doble vida y existen personas que viven a tiempo completo su transexualidad. Los que llevan una doble vida son aquellos que suelen esconder de la familia o de sus compañeros de trabajo, en el caso de que no se dediquen a la prostitución, el hecho de que tomen hormonas, de que pertenezcan a un sexo diferente al que aparentan o de que estén en proceso de transición de un género a otro. Sin embargo, si el aparentar pertenecer a un sexo diferente tiene una connotación lúdica y reversible, la persona no puede ser considerada transexual, sino travesti. Según Abbate (1998), el travesti es el sujeto que utiliza ropas características del sexo opuesto para estimularse sexualmente, para llevar a cabo una fantasía sexual o para exhibirse en público como drag queens o transformistas. Para evitar mezclar conceptos al referirse a la transexualidad es necesario ser consciente de su complejidad y de lo que abarca. Por la naturaleza plural del fenómeno, convendría hablar de transexualidades en lugar de hablar de transexualidad.
La experiencia y el intercambio sociocultural constituyen una fuente inagotable de significados para este fenómeno. El sexo está para la biología como el género para la cultura. Hay transexuales que relegan su erotismo a un plano secundario porque no se sienten anatómicamente cómodos. Otros, en contra partida, se sienten motivados a reforzar su identidad de género por el retorno que obtienen de la interacción social con los demás: cuanto más me tratan como mujer, más me siento mujer.
La comunidad transexual debate internamente sobre quiénes podrían ser considerados verdaderamente transexuales: si aquellos que quieren cambiar de sexo y los que ya lo han hecho o si también las personas que no desean hacerlo pero se identifican con el sexo opuesto. Dentro del colectivo trans, los travestis y transformistas son mirados con recelo porque reflejan ambigüedad de género, además de, supuestamente, restarle seriedad a la causa. La medicina tradicional, más radical todavía, sólo considera transexual a la persona
que tiene intención de someterse a la cirugía de reasignación de sexo, sin considerar otros factores personales que pueden conllevar a la elección de no hacerlo. Cristina Garaizábal (1998) asegura que la persona transexual es, en última instancia, definida por el deseo de deshacerse de sus genitales. En algunos casos, la operación puede reducir el sufrimiento de pertenecer a un cuerpo erróneo, pero también puede provocar serios trastornos psicológicos y generar conflictos a causa de la reinserción social en su nuevo colectivo de pertenencia. La presión por cambiar de sexo proviene de la enorme coerción que define a un hombre por la posesión de un pene y a una mujer por la de una vagina. La transexualidad no puede ser reducida exclusivamente a las personas que desean operarse, ya que existen personas que definen a sí mismos como transexuales y no tienen la intención de someterse a la cirugía de cambio de sexo. Como mucho, toman hormonas. Sin contar con que el alto costo de la operación, les frena a la mayoría de las personas transexuales, ya que sólo en Andalucía lo cubre la seguridad social bajo un estricto protocolo. Igualmente, las técnicas quirúrgicas no están suficientemente avanzadas para dotar a un transexual masculino (cambio de mujer a hombre, MaH) de un pene y testículos con los que pueda experimentar placer. Tampoco se le ofrecen garantías a una transexual femenina (cambio de hombre a mujer, HaM) de que obtenga, a través de su neovagina, satisfacción sexual. Ya las personas que han logrado cambiar su documentación legal después de someterse a tratamientos psicológicos, endocrinos y quirúrgicos aseguran que el hecho de estar debidamente documentado(a) no es ni una garantía para la integración social ni para la obtención de un trabajo. El éxito de la integración social depende más de que no se note el sexo anterior.
La identidad de género de las y los transexuales es sumamente discutida. Para algunos psicólogos, el proceso de formación de identidad depende de la manera como uno absorbe las situaciones que experimenta en sus primeros años de vida. La infancia, en tal proceso, es una etapa clave. En ella, la madre tiene un papel determinante. Durante todo el periodo de gestación, el bebé es parte del organismo de la madre. Como si fueron un solo ser. Hacia los dos o tres años, los niños empiezan a reconocerse a sí mismos como seres independientes. Es cuando finalmente se separan de sus madres. Hernando (2000) aclara que para las mujeres, la identidad femenina no depende de la separación de la madre. A las niñas no se les exige apartarse radicalmente de sus madres. Para las chicas, la madre
sigue siendo alguien con quien ella se conecta de una manera que transciende el plano físico y que se convierte en pieza fundamental en la constitución de su yo. A los chicos les pasa algo diferente. Si para la niña la identificación primaria con la madre es lo que le permite reconocer que ella también es mujer, para el niño resulta necesario el desprenderse de su madre para identificarse con el sexo opuesto. Él necesita otro referente, él necesita asimilar la identidad masculina. Si no logra dejar de identificarse con su madre, podría convertirse en homosexual o transexual, según lo defienden algunos psicólogos, como afirma Risman (1998). Estas teorías son fuertemente cuestionadas por los propios transexuales y no han sido probadas científicamente. La formación de la identidad transexual sigue siendo un enigma. No obstante, todos coinciden que el proceso de construcción de su nuevo género empieza cuando toman la decisión de iniciar el proceso de cambio de sexo. La persona transexual abandonará su condición anterior y adoptará la que le considera propia. El cambio de sexo abarca transformaciones a nivel físico, hormonal y psicológico. En las transexuales femeninas (HaM), la metamorfosis supone la pérdida de barba, ingestión de hormonas que provoquen el crecimiento progresivo de las glándulas mamarias, además de inyección de silicona en caderas, boca y senos. Muchas transexuales femeninas toman hormonas por sí mismas, automedicándose y se inyectan silicona líquida sin supervisión médica, ocasionando severos daños a su salud. Es el caso de Sasha, sujeto de estudio previamente mencionado, que tiene la pierna hinchada por cuenta del exceso de silicona que se aplicó en las caderas y otras partes del