Para los griegos, los estrechos lazos de amistad que unían a los guerreros enaltecía la masculinidad. Según Cardín (1984), gran parte de estos varones estrechaban tales vínculos, que muchas veces iban más allá de la amistad, mediante juramentos. Cuando uno de ellos moría en la guerra, su amante le rendía homenajes. La práctica más común era el envío de ofrendas a la tumba. Como pudo constatar Cardín, estos tipos de relación eran comunes en toda Grecia: desde los primeros tiempos, los héroes solían contar con un leal compañero con el que compartían su intimidad. Así sucedió con Aquiles y Patroclo, Hércules y Yolao, Teseo y Pirítoo, Eneas y Acteo, Orestes y Pílades.
En el siglo I antes de Cristo, Plutarco desvela que un soldado enamorado no necesita nada más que a su media naranja y no teme morir en combate. Según Boswell (1992: 304), en el
Tratado sobre el amor, Plutarco menciona la costumbre de que el amante regalara su
armadura completa a su amado cuando éste era alistado.
En el siglo IV antes de Cristo, Jenofonte, como indica Boswell (1992: 305), sostiene que el trato amoroso con los niños proviene de la educación y critica duramente el hecho de que Licurgo apruebe en Lacedemonia una ley que impide que los hombres que se relacionaban con otros hombres traten con los niños, de la misma forma que se abstienen los padres de los hijos o los hermanos entre sí.
Platón (2006: 44), en El banquete, describe el amor de Alcibíades hacia Sócrates, narrando que en una ocasión éste le confesó su amor en un momento en el que se apagó la luz y los esclavos se retiraron:
- Sócrates, ¿duermes? - No, respondió él.
- Y bien, ¿sabes qué pienso? -¿Qué?
- Pienso que tú eres el único amante digno de mí y me figura que no te atreves a descubrirme tus sentimientos. Yo creería ser poco racional si no procurara complacerte en esta ocasión como en cualquier otra. [...]
Sin embargo, quizá el ejemplo más ilustrativo que hace mención al amor entre hombres en
El Banquete provenga de Aristófanes (2006: 192):
Quienes aman a hombres y sienten placer en acostarse con ellos y ser abrazados por ellos son también los muchachos más hermosos y jóvenes. Y, naturalmente, los más masculinos. Los que los acusan de desvergüenza mienten; no hacen tal cosa por falta de vergüenza, sino que abrazan lo que es como ellos por pura valentía, por pura virilidad. Una prueba clara de esto nos la da el hecho de que, una vez adultos, son los únicos que se comportan como hombres en sus carreras públicas.
Según rige la leyenda, los dorios de Creta fueron los primeros impulsores del homoerotismo. Relata Estrabón que cuando un guerrero llevaba, con el consentimiento previo de los padres, a un niño cretense, se comprometía a devolverlo con muchos regalos, que incluían un escudo y armas de guerra. El joven que fuera tomado por un adulto tenía garantizada su incorporación al mundo masculino de la milicia. Tal hecho marcaría un antes y un después en su vida. De aquel momento en adelante, pasaría a figurar entre hombres ilustres, indicando así su ascenso en la escala social. Explica Blanco Freijeiro (1986) que si un doncel espartano o cretense expresaba su predilección por las mujeres, rechazando la investida de un guerrero, muy probablemente arruinaría sus posibilidades de
ascender social y profesionalmente. Habría que seguir el ejemplo de Apolo, el dios más venerado de Esparta, y Heracles, el héroe dórico por excelencia: unir fuerzas, convertir a niños en guerreros. Para Blanco Freijeiro (1986: 21), estamos ante un caso de homosexualidad ritual en el que el guerrero mayor, poseedor de un determinado status en la jerarquía militar, transfería a un joven soldado, que lo aceptaba como tutor y amante, su hombría, valor guerrero y experiencia militar a través de prácticas sexuales enmarcadas en una convivencia legal. El maestro, a través de su semen, le transmitía su fuerza y experiencia al pupilo. No sólo convivían, sino que luchaban juntos en el campo de batalla. Muchos murieron combatiendo en la misma batalla. Tanto Platón como Aristóteles identifican un carácter fundamentalmente pedagógico en este tipo de relación.
En la Antigua Grecia, según explica Blanco Freijeiro, cuando se hablaba de las virtudes y de los vicios del amor no se hacía mención a la pasión entre un hombre y una mujer, sino a la de un hombre por otro hombre. En el mundo clásico, también se reconocía el amor entre mujeres. Hacia el año 600 en Mitelene y demás ciudades de la isla de Lesbos, Safo destacaba como la precursora del amor lésbico al dedicar a las mujeres su producción poética. Gracias a su poesía, el amor lésbico adquiere, por primera vez, el rango de literatura. Bernabé y Somolinos (1994) garantizan que nunca antes el lesbianismo había sido tratado de manera personal. Sentimientos sumamente universales como el deseo, la alegría, la plenitud, el dolor, la insatisfacción, los celos y el odio ganan tintes lésbicos. Y aunque no se pueda afirmar con seguridad si aquel grupo de muchachas se reunía con propósitos educativos o religiosos, Rodríguez Tobal (1997: 15) destaca que en el amor que Safo nutría por sus amigas, la religión y la sensualidad se mezclaban. Los versos de Safo (1997: 26) buscaban un nuevo valor: el de la belleza inasequible y sagrada:
Quisiera estar muerta y no miento; ella me abandonó entre sollozos y entre otras cosas ella me dijo: - Ay, qué terrible es lo que nos pasa… Safo, créeme, que te dejo contra mi deseo - Y yo le respondí: ve con bien
y acuérdate de mí,
y si tú no, yo en cambio sí quiero recordarte... cuántos bellos momentos disfrutamos[...]”
Los pilares de la sociedad griega hacen alusión a la satisfacción del deseo y no indican ninguna restricción al disfrute, al placer. El mito de Ganímedes, por ejemplo, evidencia un pensamiento que legitima las relaciones entre un hombre mayor y un muchacho joven teniendo como referencia una moral distinta a la actual. En nuestros tiempos, el rapto de la persona amada es inaceptable, mientras que para los antiguos no estaba condenado. Podría incluso llegar a ser recompensado. Según Graves (1984: 25), el mito cuenta que Ganímedes, hijo del rey Tros, quien le dio nombre a Troya, era el efebo más bello que existía y por esa razón fue escogido por Zeus como compañero de lecho y copero. Según reza la leyenda, Zeus se convirtió en águila y envolvió al joven entre sus plumas para llevárselo al Olimpo. Para recompensar a Tros, Hermes le regaló, en nombre de Zeus, una vid de oro y dos espléndidos caballos. Y a Ganímedes le brindó con la inmortalidad, librándolo de las miserias de la vejez.
En el canto XX de La Ilíada, Ganímedes fue descrito por Homero como el joven más
seductor nacido entre los mortales. Tamaña era su belleza que le raptaron los dioses para
hacer de él copero de Zeus. Y aunque el texto no haga ninguna referencia a la homosexualidad ni al hecho de que Zeus fuera el autor del rapto, el nombre de Ganímedes era usado como un eufemismo para referirse a los deseos sexuales de Zeus. Según Lewis (1982: 146), tal historia cumplió la función de legitimar el ethos o el deseo homosexual en la cultura griega, contemplando la relación entre un adulto (erastés) y un muchacho (erómeno) como un rito de paso a la edad adulta. El mito de Ganímedes fue creado por sus contemporáneos para legalizar sus propias prácticas.
Habría que puntuar que la aplicación práctica del mito de Ganímedes no estaba del todo libre de amarras socioculturales: al erómeno le podría suponer una deshonra demostrar deseo sexual por el erastés. Para el joven, tal proceso debería ser entendido como un rito de transición a la edad adulta. No más. El erómeno le debe al erastés respeto, lealtad y gratitud. Obviamente esto incluye complacerlo, también a nivel sexual. Se trataba de una relación pactada bajo ciertos principios. El tutor debería hacerse cargo de su elegido,
quien, a su vez le debía obediencia. Los términos en los que se daban estas relaciones se perciben en las esculturas de Leocares que enseñan al muchacho ofreciéndose de manera voluntariosa al águila. Para Pijoán (1999: 392), la copia que se conserva en los Museos Vaticanos representa al joven pastorcillo entregándose a Zeus: sus pies empiezan a elevarse mientras el perro que lo acompaña aúlla al verlo partir. Boswell (1992: 385) no identifica en la imagen del príncipe troyano con el águila la representación de un deseo unilateral o de un secuestro forzoso, puesto que el secuestrado se deja secuestrar. Es más: le busca al águila, se ofrece a él. La alusión al águila también se hace presente en el cristianismo, sobre todo en las representaciones posteriores de esta ave como símbolo de San Juan Evangelista. Otras obras maestras que reproducen el mito de Ganímedes son las pinturas renacentistas de Correggio y Tiziano, además de la obra barroca de Rubens, por lo que se deduce que este ideal ha sido extensamente valorado desde los antiguos griegos. En la literatura, el poema sobre el diálogo entre Helena y Ganímedes ha sido considerado muy célebre desde el siglo XII. Según Boswell (1992: 52), el mito de Ganímedes ha permanecido tanto como emblema del varón gay como ideal cristiano, una vez que se convirtió en una referencia entre el abad y sus monjes.
Con la ascensión de los romanos todo cambia: aparecen los primeros procesos criminales por delitos sexuales. Según Boswell (1992: 53), seis de ellos involucran relaciones homosexuales. Las faltas consistían en el abuso sexual de un ciudadano romano libre de nacimiento. En el mundo romano, los esclavos podían ser prostituídos por sus dueños o usados para sus propios fines sexuales. La prostitución no sólo era tolerada, sino que era considerada una actividad profesional como otra cualquiera. Los prostitutos pagaban impuestos y tenían derecho a sus propias vacaciones legales. El uso de jóvenes como prostitutos no presuponía la existencia de cualquier estigma. Hasta el siglo IV, los romanos podían prostituir a cualquiera salvo un ciudadano menor de edad. De acuerdo con Boswell, hay evidencias de que Tibulo, Catulo y Filostrato no sólo recurrieron a prostitutos, sino que se enamoraron de algunos, elogiándolos en sus Epístolas.
El tabú no provenía de la actividad homosexual en sí, sino de la postura pasiva que le desvestía al varón de su hombredad. Prevalecía la opinión de que la prostitución era la peor de las profesiones para los romanos bien nacidos. No por moralismos que
condenaban la práctica sexual a cambio de dinero, sino porque prostituirse podría significar caer en la pasividad sexual. Según los relatos de la época, cualquier ciudadano o esclavo podía disponer de los servicios de un/a prostituto/a. Incluso se rumoreaba que algunos emperadores habían brindado a sus antecesores con favores sexuales para obtener el poder. Como Augusto, que se habría ofrecido a Julio César, y Otón a Nerón, al igual que Adriano a Trajano. Julio César llegó a ser objeto de burlas políticas a causa de sus relaciones con Nicomedes, rey de Bitinia. Sobre todo porque los rumores insinuaban que era él quien asumía una posición pasiva.
Ya el hecho de que se le atribuya a Augusto una relación con Julio César, al parecer, no le perjudicó considerablemente. Quizá porque se haya entregado al emperador cuando era todavía un efebo.
Según Boswell (1992: 103), el homoerotismo y el culto a las formas masculinas aparece por doquier en la literatura latina:
Una gran dotación genital en los varones provoca mucho más comentario entre los escritores romanos que unos pechos particularmente bonitos y desarrollados en las mujeres.
Desde la antigua Grecia, los ritos de transición a la edad adulta y el culto al cuerpo, sobre todo el masculino, indican que las relaciones homosexuales no sólo no feminizan al hombre, sino que lo masculinizan. No era si no hasta estar con otro hombre, su mentor, que el joven obtenía un cierto status. El tener un mentor para un joven griego suponía la adquisición de prestigio y poderío: era la promesa de ingreso a la sociedad de los hombres y la entrada a la política como ciudadano. Sería, además, lo que le abriría las puertas para la práctica deportiva y para el disfrute del arte, de la música, de la filosofía, de la poesía y del teatro, a los cuales, mujeres y esclavos no tenían acceso. Habría que aclarar, sin embargo, que en los primeros tiempos del Imperio, los roles tradicionales de amante y amado ya no se restringían al vínculo sexual que podría haber en relaciones como las mantenidas por un mentor y su pupilo o por un amo y su esclavo. Se identifica un creciente abandono de los roles tradicionales en busca de relaciones eróticas más recíprocas. Los hallazgos arqueológicos de Boswell, reflejados en su obra Cristianismo, tolerancia social y
homosexualidad, demuestran la existencia de matrimonios homosexuales en la Roma
Antigua, puesto que muchas relaciones homosexuales eran exclusivas y permanentes. Entre personas pertenecientes a las clases bajas, predominaban las relaciones informales; mientras que entre aquellos que pertenecían a las clases más altas eran comunes y legales los matrimonios entre dos hombres o dos mujeres. Según Boswell (1992: 105-106), durante los primeros años del Imperio Romano, tales uniones se daban con cierta frecuencia. Llega incluso a enumerar las relaciones más comentadas: Calígula fue amante de Lépido y Nerón llegó a casarse consecutivamente con dos hombres en ceremonias públicas bajo los rituales precisados para el matrimonio legal y que a sus esposos se les otorgaban las distinciones de emperatriz. Esporo, uno de los maridos de Nerón, lo acompañaba en actos públicos, dando muestras del cariño que nutría por el emperador. Él estuvo al lado de Nerón durante todo su reinado y lo acompañó hasta el día su muerte. Por cuenta de ello, uno de los chistes más populares de la época hacía referencia al hecho de que si el padre de Nerón se hubiera casado con el mismo tipo de esposa que el hijo, el mundo hubiera tenido mejor suerte.
Las ceremonias públicas realizadas para unir en matrimonio a personas del mismo sexo eran celebradas ante los familiares de los contrayentes y, al igual que las celebraciones matrimoniales entre personas de diferentes sexos, debían cumplir con las exigencias legales estipuladas. También era práctica común el pago de un dote en enlaces homosexuales, tal como en los heterosexuales. Tales matrimonios, asegura Boswell (1992: 106), cumplían con los mismos requisitos legales que regulaba el matrimonio entre hombres y mujeres.
También hay relatos de enlaces matrimoniales contraídos por dos mujeres. Ovidio, en
Metamorfosis, cuenta una historia de amor entre dos mujeres. Una de ellas, que creía ser
hombre, por compasión de los dioses, se convierte en uno y se queda con su amada. Ya Luciano, en el quinto de sus Diálogos de las cortesanas, cuenta la historia de una mujer de Lesbos que seduce a otra de quien se enamora. En su novela Babylonica, Yámblico, contemporáneo de Luciano, detalla el amor de Berenice, reina de Egipto, por la hermosa Mesopotamia. Y aunque los matrimonios entre hombres, según Boswell, eran comunes en
el mundo antiguo, el de Berenice y Mesopotamia es uno de los pocos ejemplos de matrimonios oficiales celebrado entre mujeres.
Pese a que el relato no haya sobrevivido integralmente, Boswell cuenta que Berenice, hija del rey de Egipto, se había enamorado perdidamente de Mesopotamia. La conquistó pero no pudo disfrutar de su amor por mucho tiempo pues Mesopotamia fue tomada por Saka, quien la dejó bajo los cuidados de su hermano, Éufrates. Por suerte, Zobaras, la sirvienta de Berenice, que también se había enamorado de Mesopotamia, la rescató y la devolvió a su ama, ya convertida en reina de Egipto tras la muerte de su padre. Berenice finalmente se pudo casar con Mesopotamia.
Entre los hombres, quizá Adriano y Antinoo hayan formado la más famosa pareja del mundo romano. Adriano fue el más notable de los cinco emperadores que lograron gobernar de forma pacífica y productiva. Antinoo era un joven griego del que Adriano se había enamorado intensamente. Cuando su amado murió ahogado en el Nilo mientras lo cruzaban juntos, el emperador lloró de tal manera que sus lágrimas originaron un oráculo. En su honor, Adriano fundó una ciudad sobre el Nilo. El historiador Dión Casio (2004) narra que, además, se erigieron estatuas de Antinoo por todo el mundo romano. Y que su imagen quedó inmortalizada en esculturas, pinturas, monedas y libros. Todo lo que hizo Adriano después de la muerte de Antinoo fue expresar su amor por éste. Para muchos de los artistas de aquella época, la figura de Antinoo se convirtió en fuente de inspiración por su belleza. Pero, sobre todo, por su patética muerte y por la adoración que le tenía el emperador.
La desaparición del legado y de las costumbres romanas es atribuida a varios factores relacionados con la caída del Imperio. La destrucción de sus ciudades y de las carreteras que las comunicaban, les obligó a los romanos a retornar al medio rural. Boswell (1992) apunta la ascensión de la España visigoda, conocida por su repulsión hacia judíos, musulmanes, homosexuales y otros grupos que se apartaban de su norma, como la principal razón por la que las prácticas sexuales homoeróticas empezaron a ser condenadas y, a su vez, atribuidas a los extranjeros. No cabe duda de que la iglesia católica también influenció en el cambio de costumbres, aunque menos de lo que se
supone. Detrás de la defensa de la fe católica se escondían sus verdaderas causas políticas y económicas: habría que recuperar territorios ocupados por otros grupos. No por casualidad, en esta época apareció la figura del hereje-traidor-sodomita.
El papel de la iglesia católica en el cambio social que tuvo lugar en la Edad Media operó en tres diferentes frentes:
1 La elección de los libros que conformarían la Biblia, cuyas traducciones erróneas sobre la homosexualidad asociaban el sodomita al homosexual, cuando, en verdad, el pecado atribuido a Sodoma fue el de falta de hospitalidad.
2 La condena tanto de las costumbres y prácticas culturales como sexuales de otros grupos étnicos.
3 La advertencia de que sólo había una manera correcta de vivir la sexualidad: en ámbito privado y con alguien de diferente sexo.
Los historiadores que han asegurado que la homosexualidad era plenamente aceptada en la época clásica fueron duramente criticados a posteriori pues aunque se reconociera la existencia de prácticas eróticas entre personas del mismo sexo, no existía un nombre específico que designara al sujeto que se daba a estas prácticas como homosexual. Como la palabra homosexualidad no es acuñada hasta finales del siglo XIX, no tenía cabida hablar de comportamiento homosexual en la Grecia Antigua o en la Roma Imperial. Como lo hemos visto anteriormente, la palabra y su acepción, tal como la entendemos en la actualidad, no existía en aquel entonces. Los actos sexuales con personas del mismo sexo