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Experiment 3b: frequency inference with explicit target

Tal como la conocemos en los días de hoy, la homosexualidad indica la preferencia afectiva y sexual, con carácter de exclusividad, por personas del mismo sexo. Tal acepción surge como una construcción histórica que aparece a finales del siglo XIX y gana peso a lo largo del siglo XX, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial. La invención de la palabra homosexualidad es atribuida al pensador húngaro Karl Maria Kertbeny13, quien, en 1869, la usó por primera vez con el fin de abolir las leyes que punían con cárcel los actos homosexuales. En aquel entonces, la palabra hacía mención al amor y a las prácticas sexuales mantenidas por personas del mismo sexo. Habría que destacar que Kertbeny contemplaba sobre todo a los sodomitas, sin hacer ninguna alusión a las prácticas lésbicas. Con el paso del tiempo, la palabra fue ganando nuevos matices. El concepto de homosexualidad ha sido vaciado. Como consecuencia de eso, una de las dificultades reside en medir su alcance, es decir, definir quién es homosexual. Hay quien considere que homosexual es aquel que es penetrado durante el acto sexual. Hay quien considere que tanto el pasivo-penetrado como el activo-penetrador sean homosexuales. Otros, sin

embargo, aluden al hecho de que aunque ambos estén participando en una relación homosexual, quizá no sean homosexuales, puesto que para ello es necesario asumir una identidad como tal. La práctica en sí no convertiría a uno en homosexual. Muchos hombres que mantienen relaciones sexuales con púberes o travestis no se ven a sí mismos como sujetos homosexuales. Incluso cuando asumen una postura pasiva. Hay hombres heterosexuales que usualmente son penetrados por travestis y no se consideran homosexuales. Al fin y al cabo, es una mujer o una casi mujer quien le está penetrando. Habría que aclarar, por lo tanto, qué criterio prevalecería a la hora de determinar si un sujeto es o no homosexual: ¿sería el sexo biológico de los que participan en la relación sexual o el tipo de práctica que realizan (oral, anal), el rol que uno asume dentro de la relación (activo o pasivo) o el vínculo que une a los participantes (puramente sexual o afectivo), la motivación (intercambio económico o placer) o la frecuencia (una vez por probar o regularmente), las circunstancias en la que se dan las prácticas (sobrio o bajo efecto de algún estupefaciente) o la naturaleza del acto (sexo consentido o violación)?

Mientras no se establezca qué criterio debe prevalecer, cualquier sujeto que tenga una relación sexual con alguien de su mismo sexo puede ser identificado como homosexual. La cuestión es que el sujeto se vea como tal y asuma esta identidad. Por esto, habría que analizar más a fondo la construcción de la identidad homosexual. La dificultad de saber si un sujeto puede ser considerado homosexual es consecuencia de la ausencia de una sólida identidad gay/lésbica. El hecho de que algunas personas participen en relaciones homoeróticas no las convierte en homosexuales. Insistir en ello resulta contraproducente. Es más: evidencia la fragilidad e ineficiencia de un concepto que, a lo largo de los años, perdió su amplitud. Definitivamente, la práctica homosexual no tiene que llevar a la persona a identificarse como gay o lesbiana. Son muchos los casos de sujetos que viven una vida doble, siendo heterosexuales dentro del matrimonio y homosexuales en sus relaciones extraconyugales. Su conducta, por no ser amanerada, y su opción, por mantenerse en el anonimato, no es condenada. Esto, según Castañeda (1999), les permite mantener, regular o esporádicamente, relaciones sexuales con una persona de su mismo sexo, disfrutándolo incluso más que cuando lo hacen con alguien de diferente sexo. Con una ventaja: no se exponen a juicios de valores ni a cualquier tipo de exclusión. El anonimato los protege.

Consciente de ello, algunos gays optan por no salir del armario14. Esto les hace invisibles, a

la par que impide que se les asigne una identidad homosexual.

Por otro lado, el tema se hace aún más complejo si se tiene en cuenta que hay individuos que, a pesar de no haber mantenido relaciones con personas de su mismo sexo, se asumen como homosexuales. Tales individuos perciben a sí mismos como lesbianas o gays aunque no hayan vivido una experiencia homosexual. Quizá esto se de porque hay homosexuales que otorgan menos importancia a la práctica sexual que a la sociabilidad con personas que comparten su misma preferencia sexual. Para algunos sujetos, la homosexualidad se convierte en parte inherente de su identidad y del concepto que tienen de sí mismos, como si se tratara de una característica más de su personalidad o de su constitución. En ocasiones, esa sensación llega a perturbarles mucho por el hecho de ser una identidad socialmente censurada. Su reconocimiento conduce a la construcción psicológica de una subjetividad homosexual que puede convertirse en un estilo de vida. Y si así es, tal constructo cultural es resultado del proceso de formación de la identidad homosexual, que pasa por una metamorfosis con alcances psicológicos, sociales y culturales muy complejos y una constante labor de negociación con el entorno más inmediato.

No es otro si no el entorno sociocultural, según Plummer (1991), el que establece las restricciones de quién y cómo. Las de quien están relacionadas con las parejas, su género, edad, etnia y clase social. Restringen con quién podemos relacionarnos como pareja. Las

de cómo definen qué órganos se pueden usar, los orificios que se pueden penetrar, el

modo en que se puede tocar, el cuándo, dónde y con qué frecuencia el acto en cuestión puede ser practicado. Las reglas, sin embargo, suelen ser distintas para hombres y mujeres, según observa Weeks (1998). Sobre todo porque, generalmente, la sexualidad de las mujeres queda subordinada a la de los hombres. A pesar de ello, pueden tomar muchos aspectos, tanto formales e informales como legales y extralegales. Las bases de lo que conocemos como sexualidad están determinadas por los permisos, las prohibiciones, los límites y las posibilidades que conforman nuestra vida erótica. Para Weeks, tan grande fue

el dualismo instituido por el Occidente entre espíritu y carne, mente y cuerpo, que no se concibe el sexo fuera del ámbito de la angustia y del conflicto moral.

Tradicionalmente, los términos hombre y marica han sido considerados antónimos. Sin embargo, el significado de uno está intrínsecamente vinculado al del otro. En contrapartida al pasivo está el activo. Lo mismo pasa en el universo lésbico, con las butch y femme (camionera y bollycao). Sin la primera, es inconcebible la segunda. Este problema remite a la construcción social e histórica de los géneros (masculino/femenino, hombre-activo/mujer- pasiva, heterosexual-penetrador/ homosexual-penetrado). Es algo que ha sido heredado. Bourdieu (2000) señala que el principio de la masculinidad trae en sí, aunque de forma implícita, la idea de que el sujeto penetrador/insertivo es el que domina, posee la fuerza, el poder y el falo mítico para ejercer su dominio sobre la feminidad, representada en la carencia, dulzura y sumisión que caracteriza la parte dominada. A raíz de este razonamiento, Llamas (1994) afirma que el sujeto pasivo es reducido a un cuerpo: se relega su personalidad a la corporalidad. Al igual que la mujer, pierde la categoría de persona para ser reducido a la nada. Para Rivera (1994), la nada revela la concepción del cuerpo sin alma, sólo se le ve como agujero: boca, vagina, ano. Tal proceso cosifica al sujeto. Al gay, a la lesbiana. También a la mujer.

Generalmente el estigma no recae sobre el hombre que practica sexo con otro, siempre y cuando él sea el miembro dominante. Esta situación, que se da especialmente entre las clases más bajas, persiste en los países árabes, mediterráneos y latinoamericanos. De igual manera, ha permanecido el mito del hombre-activo y de la loca-pasiva. Según señala Sullivan (1996: 25), hasta principios del siglo XX, en Nueva York, se afirmaba que:

Los hombres “normales” que mantenían relaciones sexuales con las “locas” no eran realmente homosexuales, puesto que si así lo consideráramos, dejaríamos sin explicación su búsqueda por mujeres como compañeras sexuales. Pero tampoco podían ser considerados heterosexuales, puesto que los heterosexuales habrían sido incapaces de responder sexualmente a otro hombre. Tampoco eran bisexuales, porque eso les habría obligado a sentirse atraídos por las mujeres como mujeres y por los hombres como

hombres. Digamos que eran hombres que se sentían atraídos por hombres con aspecto de mujer o que tenían el interés de poner en práctica una actividad sexual no definida por el sexo de su pareja sino por el tipo de placeres corporales que ésta les proporcionaba.

Como se ha visto, las primeras dificultades para identificar al sujeto homosexual residen en la postura asumida en la actividad sexual (penetrador/ penetrado), puesto que pueden existir prácticas homosexuales sin que todos los sujetos que participen en ellas se perciban a sí mismo o sean percibidos por los demás como homosexuales. De todas maneras, considerar únicamente el acto en sí mismo es reducir la sexualidad a una mínima parte de su expresión. Carole S. Vance (1989) sostiene que el más importante órgano sexual está situado entre las orejas. Es el cerebro que cobre de sentido las fantasías, los placeres y deseos. No es otro que éste, el órgano que arquitecta la construcción sociocultural y psicológica de la subjetividad a consecuencia de todo lo que dice respecto al ejercicio de la sexualidad. Sin embargo, la cuestión es más compleja si consideramos que la sexualidad, por más que deba pertenecer al ámbito subjetivo y privado, tiene alcances políticamente públicos.

El SIDA, conocido a inicios de los años 80 como el cáncer gay, golpeó duramente el colectivo homosexual. El estigma del virus activó mecanismos de censura. Las conductas consideradas promiscuas, pecaminosas e inmorales pasaron a ser condenadas con más rigor. Sobre todo a nivel moral y social. La enfermedad fue usada como un instrumento de represión social, institucional y política. Su principal víctima fue el colectivo gay. El SIDA representaba el cumplimiento de la profecía del castigo divino por desafiar el orden establecido. Reforzaba, además, la idea de que la homosexualidad era una conducta patológica y contagiosa. El SIDA también hizo con que se volviera a cuestionar la identidad homosexual. Habría que aclarar quién era homosexual, puesto que surgía la necesidad de saber hacia quién dirigir las campañas de prevención. ¿Quién es el gay? ¿El que se asume como tal o el que es sacado del armario por los demás? No por casualidad, en la década de 80, surge un movimiento que se dio a conocer bajo el nombre de outing. Consistía en sacar a los homosexuales del armario. Es decir, en obligarles a asumir públicamente su

identidad homosexual. Posteriormente, los mismos homosexuales hicieron uso de este recurso para poner en evidencia a homosexuales de presencia mediática que no apoyaban la causa o que asumían una postura homofóbica. Sin embargo, no se trataba a penas de señalar quien era gay. Habría que aclarar otras cuestiones: ¿cuál era la diferencia entre ser homosexual y realizar actos homosexuales? El hecho es que el SIDA obligó a homosexuales, declarados o no, a salir de los armarios. No les quedaba de otra: necesitaban tratamientos médicos, puesto que su vida estaba en juego. Muchos han muerto. Sobre todo hasta la primera mitad de la década de 90. Si se puede sacar algo de positivo de todo esto, quizá sea el carácter revitalizador del VIH. El SIDA, a la par que sembró el rechazo, también sembró la solidaridad entre los homosexuales: se crearon muchas redes sociales de ayuda a seropositivos. También se puso en la mesa del debate público la identidad homosexual y, a raíz de esto, se produjo un cambio en las relaciones de los homosexuales con su entorno. En definitiva, el SIDA, y sobre todo sus efectos, lograron un cambio social que puntualizó un movimiento. Reconocerlo no supone olvidar que el SIDA fue utilizado en contra del colectivo gay. Pocas enfermedades, al igual que el SIDA, convirtieron al enfermo en culpable. Pero no a cualquiera que padeciera del síndrome de la inmunodeficiencia adquirida. Sólo aquellos que habían adquirido el virus por medio de intercambio sexual. Los hemofílicos, por ejemplo, quedaban absueltos. Tal manipulación tenía un objetivo concreto: criticar un estilo de vida, criticar el sexo libre de ataduras. La libertad sexual pasó a ser entendida como libertinaje. Ciertos valores instituidos por el sistema hegemónico recobraron fuerza: el sexo para ser legítimo debe ser practicado dentro del matrimonio, en ámbito privado y con pareja de diferente sexo, objetivando la reproducción. Si las décadas de los 60 y los 70 fueron marcadas por el ideal del amor libre y los ecos de la revolución sexual, los años 80, por la represión sexual. Paradoja de una sociedad consumidora de pornografía, paradoja de una sociedad que había comercializado el sexo al extremo.

Mientras los gays luchaban contra el SIDA, las lesbianas luchaban contra la invisibilidad. Lo hacían confirmando su identidad lésbica al formular explicaciones desde su propia vivencia. Para Weeks (1998: 49), la principal razón de que haya menos estudios antropológicos y sexológicos que contemplen el lesbianismo, en comparación a los que mencionan la homosexualidad masculina, reside en el hecho de tratarse de una sexualidad femenina

autónoma, donde el hombre no tiene ninguna función. La ausencia de la figura masculina en la sexualidad lésbica ha sido un duro golpe para el sistema hegemónico, patriarcal y machista por excelencia. Al negar la tradicional visión de la subordinación sexual femenina, el colectivo lésbico corroboró la existencia de las lesbianas, entre ellas, las que son madres, y de modelos de familia distintos al nuclear: madre, padre e hijo(s). Rompieron, de esa manera, un tabú parecido al del divorcio y al de las madres solteras.

Tan complejo era el tema que, a partir de la segunda mitad del siglo XX, la ciencia moderna ha cambiado el término homosexualidad por homosexualidades, distinguiendo así diferentes segmentos según la edad, el género, la clase, la ubicación geográfica, la actividad y la identidad sexual. La mayoría de las investigaciones sobre las homosexualidades han puesto en evidencia que la sexualidad no podría ser explicada por las prácticas en sí mismas, sino por su significado y las repercusiones sociales, políticas y psicológicas que afectan al sujeto homosexual y a su entorno social. Uno de los pioneros en el análisis científico de la conducta sexual humana fue Alfred Kinsey, quien inventó la tabla que medía cuán homo, hetero y bisexual sería uno. También se dedicó a estudiar la homosexualidad en los animales. Su instituto fue víctima de diversos ataques, se le recortó su presupuesto y sufrió amenazas diversas sobre todo después de publicar las prácticas sexuales de los estadounidenses. Sostuvo que la homosexualidad es una parte fundamental de la sexualidad de los mamíferos, como del hombre, y demostró que:

 El 60% de los hombres15 y el 33% de las mujeres16 participaron en por lo menos un acto

homosexual hasta los 16 años de edad y que al menos un tercio de los hombres han alcanzado el orgasmo en prácticas homosexuales.

 El 50% de los hombres y el 28% de las mujeres no son exclusivamente heterosexuales durante su vida sexual.

 El 37% de los hombres y el 13% de las mujeres han tenido por lo menos alguna experiencia homosexual, entre la adolescencia y la vejez, que los ha llevado al orgasmo.

15 KINSEY, Alfred; et al. (1948): Sexual behavior in the Human Male. Philadelphia, Saunders.

 El 25% de los hombres tienen experiencias homosexuales precisas y prolongadas.  El 18% de los hombres tienen tanta actividad homosexual como heterosexual durante, por lo menos, tres años.

 El 8% de los hombres son exclusivamente homosexuales durante por lo menos tres años.

 El 4% de los hombres son exclusivamente homosexuales durante toda su vida.

 El 11,6% de los hombres blancos, con edad entre 20 y 35 años, se han dado a prácticas bisexuales durante este periodo de sus vidas.

 El 7% de las mujeres solteras, con edad entre 20 y 35 años, y el 4% de las casadas, con edad entre 20 y 30 años, se han dado a prácticas bisexuales durante este período de sus vidas.

 Del 2 al 6% de las mujeres, con edad entre 20 y 35 años, se declaraban homoflexibles en segundo grado.

 Del 1 al 3% de las solteras, con edad entre 20 y 35, se declaraban exclusivamente homosexuales.

El Informe Kinsey17, publicado por Alfred C. Kinsey en 1948, ha sido considerada la más

completa investigación realizada acerca del comportamiento sexual hasta los días de hoy, a pesar de las muchas críticas recibidas. Entrevistando de manera confidencial a más de 20.000 hombres y mujeres que respondían un cuestionario anónimo, logró crear una base de datos que describía el comportamiento sexual del ser humano. Generó gran sorpresa tanto los porcentajes de masturbación femenina y masculina como las informaciones respecto al comienzo de la actividad sexual. Sin embargo, lo que más ha resonado hasta la actualidad ha sido la tabla que indica los grados de las tendencias sexuales, los cuales evidencian que la heterosexualidad y la homosexualidad, con carácter de exclusividad,

17 Este informe provoca hasta hoy grandes controversias, sobre todo por los métodos de acceso a la

información, la selección de los entrevistados y el origen de la información sobre el comportamiento sexual en niños.

Kinsey murió en 1956 a los 62 años, dejando el Kinsey Institute for Sex Research como un legado a la investigación sexual.

abarcan una minoría de la población. En una escala de siete grados, que contemplan desde la absoluta heterosexualidad hasta la homosexualidad completa, pasando por varios grados de bisexualidad, queda demostrado que la mayoría de las personas son, en algún grado, bisexuales.

Lo verdaderamente significativo no es comprobar que la mayoría de los hombres se han relacionado sexualmente entre ellos, regular o esporádicamente, y que las mujeres hayan hecho lo mismo entre ellas, sino que esta realidad haya permanecido oculta por tanto tiempo y que los ataques de los sectores más conservadores no haya hecho más que ponerla en evidencia y, por ende, confirmar los datos.

Si aplicamos la escala de Kinsey a la realidad española contemporánea, una de las conclusiones a las que llegaríamos es la de que 14 millones de varones han tenido, al menos durante un periodo de su vida, una relación homosexual, considerando que los hombres adultos constituyen el 35% de la población total de un país como España. Esto indica que, al contrario de lo que nos quiere hacer creer el sistema hegemónico, las personas exclusivamente heterosexuales que tienen relaciones sexuales únicamente con su pareja, dentro del matrimonio y en ámbito privado, con fines exclusivamente reproductivos, rechazando cualquier intercambio sexual que envuelva dinero, fetiche u otras personas, constituyen una minoría. Más importante que contraponer la cantidad de hombres y mujeres exclusivamente heterosexuales con la de homosexuales, es percibir que la mayoría de las personas no se encuentran ni en un extremo ni en otro. Por ello, convendría analizar la tabla que diseñó Alfred Kinsey para medir la sexualidad en grados.

ESCALA DE LA SEXUALIDAD ELABORADA POR ALFRED KINSEY

Rango Descripción

Práctica sexual/

atracción por personas del mismo sexo

Práctica sexual/

atracción por personas del sexo opuesto