3.4 Experiment 1: contrastive inference
3.4.1 Method
Haraway (1995: 81) señala que una de las aportaciones esenciales de la teoría feminista fue combatir dualismos dogmáticos: yo/otro, mente/cuerpo, realidad/apariencia, activo/pasivo, bien/mal, realidad/ilusión, dios/hombre. No será si no a través de ese combate que se logrará la transformación de las estructuras dicotómicas por un continuum de deseos e identidades que abrirán paso a la reinvención del yo y de su naturaleza. Como paradigma, Haraway propone los cyborgs, que serían individuos en un mundo sin géneros, sin génesis y quizá sin fin. Según Haraway, el yo es aquel que no puede ser dominado. Si percata la dominación por parte del otro, se despega. Ser uno es ser autónomo, ser otro es
ser múltiple. De ahí surge el concepto de Haraway de identidades fracturadas. Esto se puede observar en términos como mujer, hombre, gay, andrógino o transexual. Para definir mujer, por ejemplo, no existe un solo adjetivo, puesto que existen contradicciones parciales, una vez que no es lo mismo ser mujer si se trata de una blanca, negra, chicana, asiática, de clase alta o baja, joven o vieja, soltera o madre de familia. Pretender la unidad es muy difícil, según Haraway, una vez que los intereses de cada colectivo son tan diferentes que la inocencia y la victimización ya han hecho mucho daño.
Para Haraway, al igual que la raza, el sexo es una formación imaginaria que se convierte en realidad. La lucha clave se basa en la destrucción del sistema social que impone la heterosexualidad como patrón de normalidad, que hace del sexo la categoría política naturalizada en la que se basa la sociedad. En el mismo sentido, Butler (1990a: 87) más que proponer una cultura no heterosexual, concibe una sociedad sin sexo, argumentando que el sexo, al igual que la clase, es un constructo que debe ser depuesto inevitablemente, a fin de que el género, como un proyecto tácito, deje de renovarse en los términos corpóreos de uno mismo a través de una historia cultural ancestral.
La idea clave del movimiento feminista se centra en la diferencia de género. Al liberarse de la dominación masculina, enfrentándose a un sistema que respalda tal dominación, la mujer se asume como sujeto autónomo con igualdad de derechos y, a la vez, se convierte en protagonista tanto de su historia individual como de la colectiva. Esta idea ha sido analizada desde diferentes ángulos. El feminismo marxista, por ejemplo, revela que la construcción social del sistema de género se basa en la división sexual del trabajo, tanto en su vertiente productiva como reproductiva. Esto, según Casado Aparicio (1999: 28), es lo que conlleva a la separación entre los ámbitos público y privado. Las feministas radicales3,
en cambio, afirman que la familia es el núcleo fundamental de la opresión de género y la sexualidad, el campo productor del ordenamiento y de la jerarquización social. Casado Apacio señala, asimismo, que el debate feminista que marcó los años sesenta se centraba en el feminismo de la diferencia frente al feminismo de la igualdad. En el primer caso, se reclama ontológicamente la diferencia femenina frente a los perjuicios incautados por la identidad masculina en el imaginario colectivo a lo largo de la historia. En el segundo, la
subordinación de la mujer se explica a través de los procesos socioculturales de constitución del género que tienen origen en un mito puramente biológico: la diferencia de caracteres sexuales. Esta corriente concibe el individuo como un sujeto claramente político que pretende alcanzar la igualdad entre hombres y mujeres.
Si por un lado la teoría feminista aporta interesantes argumentos sobre la opresión de las mujeres, por otro, muestra una serie de limitaciones. Un motivo frecuente de crítica al feminismo reside en la victimización de la mujer que siempre es retratada como la esclava sexual obligada a dar placer y a parir, la trabajadora con menores ingresos económicos y oportunidades de desarrollo profesional, en fin, como la que es víctima de sus maridos y padres, de acoso moral y sexual, de un sistema que no la contempla como sujeto de acción. Este factor victimista, muchas veces, les impide a las mujeres emprender acciones de empoderamiento. En parte, porque no se conoce la contraparte, el hombre. Convendría que los estudios de género, para evitar el sesgo, tuvieran en cuenta ambos géneros. Hablar de la masculinidad y de los efectos devastadores del machismo sobre los propios hombres debería ser una de las prerrogativas del movimiento feminista. Conocer la condición masculina no les sería útil sólo a los hombres, sino a las propias mujeres. ¿De que otra manera lograrían identificar y conseguir las herramientas que les permitirían hacer frente al patriarcado, desmembrando el contenido simbólico de las relaciones de poder? Quizá así dejarían de mirar al hombre como el otro y lo empezararían a ver como lo que realmente es: Un sujeto con más semejanzas que diferencias, un individuo con quien comparten algunos patrones culturales. Prescindir del hombre haría con que las feministas incurrieran en el mismo error que Foucault, al que critican por no haber contemplado la experiencia femenina en La historia de la sexualidad.
Por otro lado, una cuestión que no queda resuelta ni por el feminismo de la diferencia ni por el de la igualdad es el oscurecimiento de las diferencias entre las propias mujeres. Y aunque las feministas sean las supuestas representantes de la identidad femenina, esencial, universal y ontológica, no es sino hasta la llegada de nuevas líneas de acción como las emprendidas por activistas negras, lesbianas y de identidades fronterizas, como es el caso de las y los transgéneros, que asuntos como raza, etnia, orientación sexual,
clase, religión, edad, ideología política y cuerpo comienzan a ser abordados para formular una nueva dicotomía: unidad versus diversidad.
Otra crítica al feminismo pone en jaque una máxima de Simone Beauvoir ampliamente difundida, la de que mujer no nace, sino que se hace. Casado Aparicio (1999: 15), al igual que otras autoras contemporáneas, lo cuestiona: ¿Cómo es posible que la mujer llegue a
ser algo que ya es? Para ella, la mujer es un ser que está, un ser que habita, un ser que se
narra. Para Butler (1990b: 26), la palabra mujer no es neutral, inocente ni universal. Es más: Ha dejado de fuera a algunas mujeres y se basa en el dualismo naturaleza/cultura, que deberá interpretarse como una repetición social constante de lo natural y de la naturalización del orden social.
Quizá una de las más importantes objeciones encontrada en la nueva teoría feminista reside en la pérdida de la identidad del sujeto. Los promotores de estas críticas sostienen que las últimas corrientes de la epistemología feminista han vaciado el concepto de mujer. La cuestión es que si por un lado el cyborg de Haraway alcanzaría destruir los polos binarios hombre/mujer y englobaría en un continuum todas las categorías, por otro, le quitaría a la teoría crítica feminista su principal objeto de estudio: La mujer.
Como hemos visto, los estudios de género se caracterizan, de una manera general, por investigar las relaciones de poder entre hombres y mujeres dentro de estructuras sociales como la familia, el estado, el trabajo y la sociedad, sin olvidar su significado en el ámbito público y privado. El acercamiento a estos fenómenos conlleva a la discusión de problemas sociales como la discriminación, la misoginia, la violencia doméstica y el sexismo. Dado que por herencia social ser hombre supone la negación de toda y cualquier característica que suela estar asociada a la feminidad, la más mínima desviación a la norma constituye un desafío que deberá ser corregido. La homofobia comparte la misma génesis que la violencia de género: la asimetría en las relaciones de poder, ya sea entre los sexos o entre la normalidad social frente a la diversidad. Es por ello que se ha creado una visión de la sexualidad a través de la deconstrucción de la misma, la cual ha sido ampliamente expuesta por la teoría queer.