5.4 Experiments 5 and 6
5.4.1 Experiment 5a: subordinate category teaching
CONTEMPORÁNEO
Mujeres como Catherine Deneuve, extremamente femeninas, tienen, a la vez, un componente masculino muy fuerte. Tanto es así que Gérard Depardieu en una ocasión afirmó que Catherine Deneuve era el hombre que a él le hubiera gustado ser. También sobre la actriz francesa, Susan Sarandon, en una declaración para el documental Celuloide
Oculto29, contó que sugirió a Tony Scott, director de El ansia30, cambiar una escena de la
película. Para ella, no haría falta que su personaje se emborrachara para liarse con la vampira interpretada por Catherine Deneuve. Es más: afirmó que cualquier hombre o mujer lo haría sin necesidad de cualquier tipo de estímulo extra, al final, se trataba de Catherine Deneuve. Quizás lo que le convierta en un atractivo tanto para hombres como para mujeres sea el hecho de que su imagen y actitud dejen entrever tanto un qué seductor, generalmente asociado a la feminidad, como una autoridad que la ubica como sujeto de acción y señora de su destino. Y aunque sea ella quien lleve la voz cantante, no lo hace como un hombre, quien generalmente ocupa esta posición. Lo hace sin abdicar de su condición femenina. Mujeres como ella y Madonna, por ejemplo, podrían ser consideradas andróginas porque tienen los dos componentes, el femenino y el masculino, muy fuertemente marcados en sus caracteres. Madonna, el mayor icono pop que ya ha existido, también despierta la libido de ambos sexos. Mujeres y hombres, sean heterosexuales, homosexuales o transexuales, la desean. Durante la realización del trabajo de campo, he
29 El documental, dirigido por Rob Epstein y Jeffrey Friedman, analiza la presencia de personajes
sexualmente ambiguos en las grandes producciones de Hollywood.
30 El ánsia (The hunger) narra la historia de John (Bowie) y Miriam (Deneuve) Blaylock, una una
sofisticada pareja europea que se ha instalado en Manhattan. Seductores infalibles, recorren juntos los clubes neoyorkinos en busca de alimento para saciar su especial apetito. Son vampiros, pero no son iguales. La condición de Miriam es la del vampiro original. La inmortalidad y la juventud eterna provienen de su sangre. En cambio, sus amantes, devenidos en vampiros por la mezcla de su sangre humana con la de ella, gozan de la inmortalidad y de una larga, pero no eterna, juventud. John es el último de los amantes de Miriam. Llevan juntos unos cuantos siglos y el amor que los une sigue fuerte y fogoso como el primer día. Sin embargo, lo inevitable viene a trastocar su exquisita existencia: la juventud de John manifiesta sus restricciones. Su cuerpo muestra los primeros signos de un envejecimiento vertiginoso. Desesperado, acude a la Dra. Roberts (Sarandon), una investigadora que busca invertir el proceso de envejecimiento de las células. Miriam también acude
podido constatar que muchos gays, al igual que Jimmy, uno de los sujetos de estudios seleccionados para ilustrar el estudio etnográfico, sólo considerarían la posibilidad de acostarse con una mujer si ésta fuera Madonna. Incluso porque, según sus propias palabras, ella no es a penas una mujer. No cabe duda: Madonna es un personaje que no puede ser encasillado. Ella, que ya lo ha sido todo y ya ha vivido todos los roles, puede asumir cualquier forma. Camaleónica, andrógina. Así se ha mostrado a lo largo de sus 25 años de carrera. De su capacidad de constantemente reinventarse, probablemente provenga su poder de acaparar la atención de los medios de comunicación y hacerse desear por todos y todas. Nadie le dice que no. De su poder deriva la fascinación que ejerce.
Bourdieu (2000) advierte que ser hombre es encontrarse en una posición de poder. Para Kimmel (1997), la definición hegemónica de virilidad es un hombre de poder, con poder en el poder. Se relaciona la masculinidad con ser fuerte, exitoso, capaz, confiable. Con tener la voz de mando, el control. Tal mito perpetúa el poder del hombre, no cualquiera: del blanco heterosexual de clase media o alta, sobre las mujeres y ciertas minorías, en especial las sexuales y étnicas.
La masculinidad tiene su base más profunda en la creencia de que los hombres son poseedores privilegiados de un don que les concede una supremacía incuestionable. El dominio masculino legitima el uso de la fuerza y de la autoridad para el control de la naturaleza y el ejercicio de su voluntad. La institución del androcentrismo le atribuye la capacidad de ejecutar el mando hegemónico con la justificación de que la naturaleza le ha concedido una diferencia anatómica que determina una distinción cultural, ubicándolo un escalón más arriba en la estructura social. El determinismo biológico es la justificación usada para legitimar el mito de que el hombre es más fuerte, más inteligente y más capaz. La existencia de un órgano viril externo establece la excusa para la división sexual del trabajo, la exclusión de las mujeres del ejercicio de la ciudadanía y del ámbito público. El hombre no sólo debe ser masculino, debe parecer serlo. Los hombres se enfrentan a un dilema continuo: ser demasiado hombres o no serlo lo suficiente. Para demostrar su hombredad, algunos cometen actos vandálicos, misóginos, homofóbicos y agresivos. Se
esfuerzan por cumplir con las expectativas de género. Se sabe de dos niños que, en el siglo XIX, vivieron en un mundo salvaje durante los primeros años de sus vidas. Fueron criados por animales y posteriormente encontrados por Malson (1964: 81-82), quien escribió sobre ellos. Estos niños mostraban dificultades para distinguir entre lo masculino y lo femenino. Uno de ellos cuestionaba el porqué de no poder vestirse con falda si con la referida vestimenta se sentía más cómodo. El otro tampoco tenía claro porqué algunas tareas correspondían exclusivamente a las mujeres y otras a los hombres. La educación no contribuyó a adquieran los patrones tan marcados de diferenciación de género que caracterizan a la mayor parte de la sociedad humana. Hay sociedades, como la tahitiana, que no mantienen una diferenciación de género tan estricta como en la cultura occidental, la cual, desde antes del nacimiento ya condiciona al sujeto a una estructura de género predeterminada. Es un hecho: desde antes del nacimiento, la cultura establece las bases del género. Los avances tecnológicos permiten identificar el sexo del niño a través de ultrasonidos y a la vez que describen el sexo del embrión, decretan el género del bebé por la existencia o por la ausencia del miembro viril. Badinter (1993) asegura que los hombres engendran a los machos, tanto en el ámbito biológico como en el psicosocial. El espermatozoide que fecunda al óvulo posee el cromosoma que determina el sexo del embrión. El cromosoma X da origen a una hembra, el cromosoma Y a un varón. La diferenciación del feto macho comienza hacia el día cuarenta después de la fecundación. Genéticamente los hombres y las mujeres son iguales en un 99.7%. En las primeras semanas de gestación, las células fecundadas son idénticas. Inicialmente, tanto el embrión femenino (XX) como el embrión masculino (XY), son femeninos al 100%, son XX. El sexo genético no los distingue por sí mismo. Para ello es necesaria la actuación de la testosterona, que determinará el sexo gonádico. La gónada masculina es el testículo, mientras que la gónada femenina es el ovario. Si el gen SRY le inyecta testosterona a la célula fecundada, dará origen a un feto masculino. Si no, la célula fecundada seguirá siendo un embrión femenino. Sin embargo, si la información genética falla y el gen no suministra la cantidad de testosterona necesaria, el huevo no producirá la gónada masculina, es decir, los testículos, por lo cual se mantendrá con su sexo gonádico femenino aunque hereditariamente tenga un sexo genético masculino. También hay mujeres que poseen el sexo genético masculino, pero no tienen testículos ni órganos
sexuales internos ni externos acordes a su sexo genético. Y a pesar de contar con el sexo genético masculino, tienen el sexo gonádico femenino porque tienen la gónada femenina, el ovario. En estos casos, generalmente son estériles. Existen, además, hombres con testículos atrofiados y penes pequeños que también presentan problemas de esterilidad. Por lo cual, se llega a la conclusión de que el sexo gonádico es el que determina el sexo corporal, los órganos internos, externos y los caracteres sexuales secundarios posteriores. Como sólo se logra un embrión masculino si el sexo gonádico inyecta la cantidad suficiente de testosterona a la célula fecundada31, el menor quebranto testicular pone en peligro el
éxito de la operación. El embrión masculino XY tiene que enfrentarse activamente a un sistema originariamente femenino, puesto que la célula masculina se constituye contra la feminidad original del embrión. Por eso, Fausto-Esterling (1998) asegura que biológicamente existen 5 sexos: intersexuales, hermafroditas verdaderos, pseudo hermafroditas, macho y hembra.
No por casualidad, la mortalidad infantil de los niños es superior a la de las niñas. En el útero, mueren más niños que niñas y la seguridad social francesa, según Ruffié (1986) paga más por un niño que por una niña en su primer año de vida. Pese a que nacen más niños que niñas – de 104.4 a 108.3 por cada 100 niñas –, a los 60 años queda una proporción de, aproximadamente, 92 hombres por cada 100 mujeres, según país y época. Los hombres viven una media de ocho años menos (en los países latinos, con amplia tradición machista, 10 años menos) debido a trastornos relacionados a la imprudencia, que afectan más a los hombres que a las mujeres. Los hombres se dan más al alcoholismo y al tabaquismo que las mujeres. Los hombres también superan a las mujeres en términos de trastornos psiquiátricos. Y, además, la incidencia de disfunciones sexuales y disforias de género es mayor entre los hombres. El doctor Eisenberg32 revela que una posible explicación para la mayor vulnerabilidad masculina quizá se deba a la esencial fragilidad física del cromosoma Y, ya que el hombre sólo posee una X, no conservando así la capacidad de equilibrio presente en la combinación XX. Chevallier (1988), a su vez, lo
31 Sin embargo, no habría que considerar que la testosterona es la hormona masculina y el
andrógeno la femenina, puesto que en ambos sexos están presentes las dos hormonas pero en distintas cantidades.
atribuye a la exposición de la sustancia masculinizante de la testosterona, de la cual se encuentran exentas las células XX femeninas.
Analizando la figura masculina en la sociedad contemporánea, Badinter (1993: 160-161) reconoce que el ideal masculino tiene cuatro consignas básicas:
1 No debe ser afeminado
El verdadero hombre carece de toda y cualquier feminidad, exigiéndosele que renuncie a una parte de sí mismo, puesto que se le obliga a reprimir su capacidad de expresar afecto y su lado más delicado. La ternura y la sensibilidad son virtudes que suelen ser atribuidas a las mujeres. Y el hombre, ante todo, deberá demostrar que no es ni mujer ni homosexual, lo que denotaría falta de hombredad. Confundir homosexualidad con afeminamiento, al forzar una identificación del sujeto homosexual con el universo femenino, en especial con sus elementos más caricatos, es una manera de restarles poder a las mujeres y a los homosexuales, es un mecanismo que le asegura al verdadero hombre el ejercicio de su control. 2 Debe ser una persona importante, debe tener status
La hombría se mide por los éxitos cosechados, por el poder obtenido. También por la admiración que causa en los demás. El hombre tiene como meta alcanzar la superioridad con respecto a los demás, tener más status que los de su entorno. Para ser importante, el hombre necesita ver reconocidos sus logros laborales y triunfar económicamente. El trabajo del hombre es producir, mientras que el de la mujer es reproducir. La apropiación del ámbito público supone un imperativo de éxito ante la mirada de los demás hombres.
3 Debe ser fuerte
El hombre tiene la obligación de ser totalmente independiente, poderoso, autónomo e inconmovible con el fin de no mostrar ninguna señal de debilidad. Las mujeres son débiles, los hombres deben ser fuertes. Frases del tipo los hombres no lloran y
compórtate como un hombre indican el deber de demostrar resistencia y aguante.
4 Debe hacer uso de su autoridad
El hombre es entrenado para ser el más fuerte de todos, siéndole permitido usar la violencia si es necesario. El hombre es culturalmente violento ante la necesidad de demostrar su frágil identidad. Para evitar cualquier duda acerca de su masculinidad, el hombre tiene que dar muestras públicas de que puede cometer imprudencias, abusar del poder, humillar al débil y hacer uso de la fuerza. Esto le confiere autoridad. Este hombre, al igual que el vaquero de Marlboro o el Rambo de Stallone, es el más duro entre los duros. Parece estar mejor preparado para enfrentarse a la muerte que para el matrimonio y el cuidado de sus hijos. Esto, según Badinter, le convierte al hombre en un mutilado de afecto. Tal mutilación tiene su origen en sus primeros años de vida, cuando se le educa al niño para abdicar de la parte femenina heredada de su madre y someterse al duro trabajo para convertirse en un gran hombre.
El peso de los primeros años de vida en el proceso de formación de la identidad es determinante para cualquier ser humano. En el hombre, la separación de la madre supone la adquisición de la noción de individualidad y la diferenciación de género. Según Bainter (1993: 80), Roth llegó a afirmar que no se puede ser hombre sin renunciar a la madre, sin
cortar los lazos de amor de la infancia. La virilidad es, en principio, decir no a la propia
madre, para, posteriormente, poder decir no a las demás mujeres. Esta teoría explica porque el hombre, en un primer momento, es dominado por el sentimiento de culpa: él cree estar traicionando a su madre, a la cual ama y teme. En un segundo momento, la culpa es sustituida por la agresividad y el odio, dirigido a su madre y a las demás mujeres.
Chodorow (1978) señala que en el inconsciente se acuña la separación de la madre de manera intensamente dolorosa. Esta madre, que es amada, también es odiada. Según la autora, el miedo y la aversión culturalmente universales hacia lo femenino son resultado de la transferencia de este odio hacia la madre a todas aquellas que llegan a representarla, es decir, a las mujeres en general, y también a todo aquello asociado al universo femenino, como la homosexualidad. Para el feminismo psicoanalítico, los niños necesitan repudiar a sus madres para convertirse en hombres. De acuerdo con el planteamiento de la escuela feminista psicoanalítica encabezada por Chodorow, el desarrollo de la masculinidad exige
que el niño suprima la feminidad que lleva dentro mediante el repudio de cualquier vinculación o identificación con su madre. Para hacerse hombre debe aprender a apartarse de su lado femenino y tratarlo como un objeto ajeno, con el que no se puede establecer ninguna conexión ni comunicación.
Mientras que la masculinidad se define a partir de la separación, la feminidad se define mediante el acercamiento. El intercambio, que para las mujeres es pieza clave para su desarrollo identitario, para los hombres es una amenaza que podría alejarlos de su identidad, de su masculinidad. Los varones intentan preservarse de este peligro evitando relaciones íntimas o transformándolas en relaciones homosociales. Guardando la debida distancia, el yo no corre riesgos, no se torna vulnerable. Es grande el miedo inconsciente de los hombres por mantener cualquier tipo de contacto con homosexuales, a quienes consideran peligrosos, pues creen que la homosexualidad puede ser contagiosa y un mínimo acercamiento podría poner en duda su virilidad. Tal temor es un indicativo de alto grado de inseguridad.
Para Chodorow (1978), la maternidad/paternidad compartida permitiría superar la dominación masculina. Ya Badinter (1993) pone en evidencia el verdadero interés por detrás de la necesidad de reinventar al padre mediante el reconocimiento de que los hombres son quienes engendran a los hombres que están por salir del vientre materno. El hombre no nace hombre, se hace. Y lo hacen los mismos hombres, a través de la educación. Según Badinter, cuando los hombres se dieron cuenta de la gran desventaja de la naturaleza al no poder parir a sus propios hijos, crearon un paliativo cultural de gran envergadura: el sistema patriarcal.
La visión constructivista de la masculinidad se opone radicalmente a la perspectiva biológica y esencialista, las cuales sugieren que la distinción física entre hombres y mujeres se basa sobre todo en la presencia o ausencia del miembro viril y en el hecho de tener mayor resistencia y vigor físico. El mito de la fortaleza masculina, sin embargo, se desploma ante la constatación de mayores índices de mortalidad de fetos, niños y adultos masculinos. Estos datos demuestran la fragilidad masculina. De igual forma, recuerda
Beauvoir (1980), los hombres no libran duras batallas físicas como la resistencia al parto y a la menstruación.
Tales planteamientos conciben al hombre como un ser mutilado, del cual le sacaron su parte original femenina. La sociedad androcéntrica reproduce el mito de la androginia al reducirles a los hombres a su mitad, al igual que Zeus lo hizo cuando los andróginos amenazaron invadir el Olimpo. Convertirles a los andróginos en seres incompletos fue la manera encontrada por los dioses para restarles poder. Convertirles a los hombres en seres incompletos fue la manera encontrada por el patriarcado para asegurarles el poder. Puesto que las muestras de ternura y afecto son consideradas características menos valoradas, el hombre es entrenado para renegar de una mitad de sí mismo. Dado a que la masculinidad es un acto continuo de demostración de hombredad, al parecer, la masculinidad es un asunto que les preocupa más a los hombres que la feminidad a las mujeres.
El hecho es que las diferencias entre hombres y mujeres son mínimas. Difieren básicamente por el cromosoma Y, por el sexo gonádico, por la presencia del miembro viril. Por un sistema androcéntrico que marca la diferencia entre ellos, por un contrato entre hombres que la determina, por la inseguridad que origina el patriarcado. Un hombre es alguien con algo más. Pero también con algo menos.
Tradicionalmente, un hombre es la combinación de determinadas características humanas, exceptuando aquellas que se le amputan por estar asociadas al universo femenino. Se le enseña a reprimir la afectividad, la ternura, la cercanía y el interés por todo lo que corresponde al ámbito doméstico. En cambio, se le estimula a ser competitivo, ambicioso, agresivo y a destacarse en la esfera pública. Habría que añadirle también la tendencia a la opresión y a la dominación con respecto a las mujeres, a los disidentes sexuales y a los sujetos que, independiente, de su condición sexual, no reúnen los requisitos que, se supone, un hombre debe tener. Curiosamente, habría que recordar que, a la consigna de ser hombre, ciertas muestras de homosociabilidad son aceptadas en ámbitos y situaciones específicas. Las demostraciones de cariño y solidaridad entre compañeros de un mismo equipo deportivo, la euforia compartida después de un triunfo, la cooperación en el trabajo,
la alianza entre ellos cuando salen de juerga o van a una casa de citas. También quedan incluidas algunas muestras permisivas de afecto entre padres, hijos y familiares cercanos. Según Alsina y Borràs (2000), la virilidad, y sobre todo la obligación de tener que