Software Overview
FIFO Data In
¿Qué pasa entonces con el Apocalipsis? Ciertamente –ya lo hemos visto más arriba–, sería tentador considerarlo aparte del movimiento joánico y no estudiarlo más que en función de las características literarias y teológicas del género apocalíptico, por tanto en el seno de un corpus es- pecífico constituido por apocalipsis antiguos, judíos o cris- tianos, cuando no de ambos a la vez, dadas las interpola- ciones cristianas introducidas en textos de origen judío. Sin embargo, tratemos de imaginar que pudiera ser, en alguna medida, joánico. Entonces habría que centrar el estudio a la vez en los discursos testamentarios del evan- gelio (Jn 14–17) y en la primera carta. En efecto, allí en- contraríamos al menos dos datos singularmente cerca- nos al libro del Apocalipsis: por una parte, el tema del enfrentamiento con un mundo hostil y perfectamente impermeable al mensaje cristiano, consiguientemente con la amenaza de persecuciones que pueden llegar has- ta la muerte de los discípulos; por otra, la dramatización escatológica de la crisis presente, con referencia a la úl- tima hora, como en el caso del Anticristo (1 Jn 1,18).
El Apocalisis podría provenir así de un círculo de profe- tas, familiares al género apocalíptico y pertenecientes a Iglesias de origen joánico presentes en Asia Menor, no solamente en Éfeso, citada la primera (Ap 1,11) –lugar tradicionalmente querido para la comunidad joánica–, sino también en las ciudades circundantes de Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia y Laodicea. La refe- rencia al profeta Juan de Patmos, enfrentado él mismo a la persecución en tiempos más antiguos –que podrían ser los del mártir Antipas de Pérgamo (2,13)–, participa- ría entonces de un proceso de designación de una auto- ridad primera, concebida como estrictamente apostóli- ca y, por tanto, perfectamente pseudoepigráfica. Por otra parte, esto no debería extrañar a ningún lector de la Biblia, por cuanto el procedimiento es corriente en
el Antiguo Testamento y, de igual manera, a través del Nuevo Testamento, se trata de evangelios «según» o bien de varias cartas manifiestamente póstumas.
Conclusión
La cuestión del autor sería subyacente, por tanto, al conjunto de los escritos joánicos, como le cuadra a una literatura original y probablemente surgida de un am- biente, si no marginal, al menos portador de vigorosas especificidades. La recepción y la canonización de tales escritos sería en alguna medida milagrosa: sólo se en- tendería así la insistencia común en cuestiones final- mente vitales para el reconocimiento y la supervivencia de tales libros.
Para trabajar personalmente:
1. Leer todo seguido el cuarto evangelio, tratando de señalar algunas de las tensiones o contradicciones que afectan a la mirada dirigida sobre:
– los judíos (autoridades o individuos),
– el mundo (en el sentido de la sociedad pagana),
– la comunidad (papel y función de cada cual).
2. ¿En qué cosas contiene en sí mismo el cuarto evangelio todo un «mundo», reflejo de la experiencia de varias generaciones? ¿Cuáles son entonces las aportaciones específicas de las cartas y –por qué no– del Apocalipsis?
La complejidad del recorrido histórico llevado a cabo por la comunidad joánica sugiere que la redacción de los li- bros se desarrollará en un largo período de tiempo, con todo un juego de citas y relecturas establecidas en rela- ción con las situaciones vividas sucesivamente.
¿Versiones sucesivas? En el caso del único evangelio
«según san Juan», parece casi seguro que las dos princi- pales localizaciones (Palestina antes del 70; Éfeso a fina- les de siglo) marcaron profundamente la redacción, has- ta el punto de que algunos autores actuales no dudan en considerar que la última edición habría podido con- sistir en reunir y armonizar dos versiones sucesivas. Así se explicaría la existencia de numerosos dobletes, no solamente en el detalle del texto, sino incluso en el nivel de unidades más largas, tales como las dos explicaciones distintas de la multiplicación de los panes (las dos partes del discurso sobre el pan de vida: 6,26-51a; 51b-58) o del lavatorio de los pies (diálogo de Jesús con Pedro: 13,6- 11; después discurso dirigido al conjunto de los discípu- los presentes: 13,12-17). Asimismo, en cuanto el Apoca- lisis, parece posible considerar dos mezclas de la misma obra, con un primer núcleo contemporáneo de Nerón y largas ampliaciones del tiempo de Domiciano.
Por último, por lo que respecta a la primera carta, no es- tá más seguro que sea de un solo trazo: el estilo repetiti-
vo aboga más bien en favor de una redacción extendida en el tiempo, tal como una meditación proseguida en la escuela del presbítero y en continuidad con su enseñanza.
El espesor histórico de los libros. La historia redac-
cional del cuarto evangelio, así como –aunque en menor medida– las de la primera carta y el Apocalipsis, ya ha da- do un buen número de resultados. Tales estudios con- servan todo su interés y aún pueden ganar en la expre- sión de nuevas hipótesis. De todas formas, los «modelos» propuestos sobre la materia pretenden menos describir exactamente una realidad histórica, que sigue siendo in- verificable, que sugerir claves que permitan hacerse una cierta idea de un proceso de otro modo complejo. Más allá del mero interés por la reconstrucción de las si- tuaciones vividas por el cristianismo antiguo, el lector de los escritos joánicos habrá ganado con ello un sentido más agudo del «espesor» histórico de los libros, por tan- to una mayor atención a la riqueza semántica de textos susceptibles de combinar varios horizontes de lectura. Semejante precaución debe ser mantenida a condición de que no resulte en el desmantelamiento de los libros, incluso de los textos en el orden del capítulo o de la pe- rícopa, en un cierto número de fragmentos breves, casi autónomos y prácticamente libres de cualquier estrate- gia literaria global.