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Resistor Applications

In document Data Acquisition and Control (Page 48-56)

Basic Component Theory

4.2 Passive Components

4.2.1.1 Resistor Applications

En el caso del cuarto evangelio, la insistencia en la auto- ridad del Discípulo amado le asigna casi la posición de lo- cutor, en la medida en que él mismo se nos presenta co- mo testigo ocular, fuente y garante del mensaje (19,35 con confirmación en 21,24).

Pero las cosas no son tan sencillas, primero porque el Dis- cípulo amado figura siempre en 3ª persona, por tanto a distancia del «yo» de la enunciación. Ciertamente, esto puede ser el efecto de una convención literaria bien co-

nocida: el autor es frecuentemente el primero en hablar de sí mismo en 3ª persona; pero, por ficticio que sea y sin alcance en el plano de la investigación histórica sobre la identidad del personaje, semejante desdoblamiento tiene como efecto situar al autor externo al libro bajo la dependencia de una voz narrativa interna al texto.

Personaje (pasado) y voz narrativa (presente). En

el caso del Discípulo amado al pie de la cruz (19,35), asis- timos a una doble y extraña distancia. En efecto, leemos en primer lugar: «El que ha visto da testimonio, y su tes- timonio es verdadero» (v. 35a); el verbo está en partici- pio, precedido por el artículo (ho heôrakôs), mientras que

el posesivo se traduce normalmente por el genitivo del pronombre personal (autou); no hay aquí nada distinto

de la expresión ordinaria del relato «en 3ª persona». Por el contrario, la segunda parte del versículo consigue el efecto de un recargo que tiene valor de sobrepuja. La voz narrativa insiste en la verdad de un testimonio destina- do a apoyar la fe de aquellos a los que se dirige el libro.

Ahora bien, esta vez el Discípulo amado es designado por medio del pronombre demostrativo que sugiere lejanía: «Aquél [ekeinos] sabe que dice la verdad, para que tam-

bién vosotros creáis» (v. 35b).

El solo hecho de recurrir al deíctico ekeinos, más que al

artículo definido o al pronombre de llamada, como ocu- rría doblemente en el caso de la primera proposición, lle- va a cabo un distanciamiento real de aquel que se con- sidera que transmite el testimonio fundador. A partir de ahí, algunos comentaristas han creído posible ver en ello una designación del propio Jesús, incluso de Dios Padre, reclamados como ayuda para autentificar la autoridad asignada aquí al discípulo. Además de que eso parece po- co verosímil y sin fundamento textual –Jesús está muer- to y el Padre, ausente del relato desde hace tiempo–, es más sencillo ver en ello el desenlace de un movimiento de distanciamiento entre el autor oficial (el discípulo) y el locutor real, cuya conclusión será precisamente la eman- cipación de éste, en el capítulo 21, después de la muer- te comprobada del discípulo (21,23).

La posición de alejamiento, sugerida en el relato de la cruz por el hecho de la recarga que afecta al 19,35, se en- cuentra plenamente confirmada al final del libro. Al co- mienzo del capítulo 21, la entrada en escena del Discípu- lo amado comporta ya el demostrativo de alejamiento

ekeinos: «El discípulo aquel que Jesús quería» (21,7), con-

trariamente a las ocurrencias precedentes de la expresión (13,23; 19,26; 20,2), en las que simplemente figuraba el artículo definido. Por el contrario, un poco más adelante (21,20), cuando se trata de situar al discípulo siguiendo a Jesús, y sin duda a Pedro, encontramos nuevamente la expresión usual «el discípulo» (con artículo). Pero es para introducir una proposición relativa que tiene como efec- to volver atrás en el tiempo (analepsis), llevando al lector

a la escena de la última cena, precisamente la posición del discípulo recostado en el pecho de Jesús (13,25). Di- cho de otra manera, el personaje del discípulo pertenece al pasado: no debería ser confundido con la voz narrati- va, forzosamente contemporánea a la enunciación.

El locutor ante el discípulo-autor. De la misma for-

ma, en el penúltimo versículo del libro (21,24), el Discípu- lo amado es de nuevo el objeto de un distanciamiento mediante el recurso al demostrativo houtos6, valorado además por su posición en cabeza de la frase, literal- mente: «Éste es el discípulo que da testimonio de estas

cosas...». A continuación, la proposición recupera el mo- do narrativo ordinario –«... y que las ha escrito [participio precedido de artículo], y nosotros sabemos que su testi- monio [genitivo del pronombre de llamada] es verdade- ro»–, pero en dependencia del enunciado precedente: «Éste es el discípulo».

Sin duda se podrá objetar que la distinción entre el Dis- cípulo amado y la voz narrativa del texto no es explícita más que en el estadio del capítulo 21, mientras que la muerte del discípulo es una realidad comprobada, aun- que puesta en duda por algunos, como atestigua la in- sistencia del v. 23: «Entre los discípulos se había extendi- do el rumor de que aquel discípulo [de nuevo ekeinos, el

6. La atención dispensada aquí a los demostrativos es característica del procedimiento narrativo. Insertados en la categoría de los «deícticos» (del verbo griego deiknymi, lit.: mostrar), los demostrativos tienen como efec-

to designar el contenido del texto, desde un punto de vista exterior a la narración. Dicho de otra manera, atestiguan la actividad del locutor, quien, dentro de su texto, inserta elementos de apreciación que indican su pro- pia perspectiva sobre el texto. A partir de ahí, los demostrativos merecen toda la atención del narratólogo, entregado a desenmascarar la presen- cia del autor «implícito» en el centro mismo del proceso de comunicación puesto en práctica por el relato.

pronombre demostrativo más fuerte en términos de alejamiento] no moriría; pero Jesús no había dicho que no moriría». Sin embargo, hay que tener en cuenta el hecho de que la recarga de 19,35b tiene justamente co- mo efecto introducir, en el centro mismo del evangelio, y en el momento más decisivo en cuanto al fundamen- to de la autoridad reconocida al Discípulo amado, el mis- mo efecto de distancia entre el personaje del fundador y la voz del locutor.

Mientras que una aproximación histórico-crítica se sen- tiría satisfecha con una explicación mediante la historia redaccional que distingue entre el capítulo 21 y el cuerpo del evangelio –a costa de cerrar los ojos ante la dificultad planteada por 19,35–, una aproximación inspirada por el análisis narrativo deberá dar cuenta del hecho de que ya en 19,35 se lleva a cabo el proceso de diferenciación en- tre el discípulo y el locutor. A partir de ahí, es el libro en- tero el que, en su estadio final, atestigua la pretendida distinción entre el discípulo autor, contemporáneo de Je- sús, y por eso presente al pie de la cruz, y el locutor de un texto dirigido a lectores cuya primera particularidad es no haber conocido ni a Jesús ni al Discípulo, incluso aunque éste hubiera gozado de una notable longevidad. Como vemos, las consideraciones del capítulo 21 sobre la muer- te del Discípulo no tienen solamente como efecto admi- nistrar los conflictos de poder acaecidos entre la comu- nidad joánica y un modelo de Iglesia más amplia, habitualmente referida a la autoridad de Pedro. Esta perspectiva, absolutamente pertinente desde un punto de vista histórico (cf. los sugestivos trabajos de R. E. Brown), gana cuando es completada con una aproxima- ción narrativa, atenta no ya a las condiciones que han presidido la escritura del libro, sino mucho más al proce- so de su recepción a través de un acto de lectura, a la vez

infinito y cuidadosamente regulado mediante la instan- cia autorial que asume la responsabilidad del libro.

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