• No results found

Sigma-Delta Conversion

In document Data Acquisition and Control (Page 77-79)

Basic Analog and Digital I/O

5.1.5.4 Sigma-Delta Conversion

Esta singular imbricación del «nosotros» y el «yo» se en- cuentra también en el nivel de las tres cartas, como si se tratara de una constante del modo de comunicación que subyace a los escritos joánicos, sea cual sea, por lo de- más, la diferencia de géneros literarios. Pero, mientras que la primera carta utiliza constantemente el «noso- tros» en un contexto retórico que mezcla reprimenda y voluntad de persuasión, los billetes segundo y tercero se

inician y acaban con el «yo» del locutor, autodesignado como el presbítero (o el Anciano).

La primera carta. No es éste el lugar para estudiar de-

talladamente los modos de argumentación puestos en práctica a lo largo de la primera carta, con todos los ma- tices perceptibles a través de un discurso cohortativo que recurre al pronombre «nosotros». Por el contrario, con- viene subrayar que, igual que el evangelio, la primera car- ta se inicia con una serie de verbos (1 Jn 1,1-4) que co- mentan el «hemos visto» del prólogo evangélico (Jn 1,14) y se cierra precisamente con un triple «sabemos» (1 Jn 5,18.19.20), ecos igualmente del evangelio (Jn 21,24). Ahora bien, la serie de los verbos iniciales, todos relativos a la revelación acaecida en Cristo, mezcla varios tiempos gramaticales. Mientras que el aoristo parece designar la realidad misma de la experiencia pascual (especialmente la expresión: «Lo que nuestras manos palparon»: verbo

psêlafaô, atestiguado en Lc 24,39), los verbos de percep-

ción «ver» (horaô: vv. 1.2.3) y «escuchar» (akouô: vv. 1.3),

empleados en perfecto, evocan más bien la continuidad de una confesión de fe, nacida sin duda del encuentro con Jesús, pero transmitida igualmente a lo largo de genera- ciones de creyentes. Asimismo, el aoristo del verbo

theaomai (hemos constatado, observado: v. 1) parece

remitir no solamente al prólogo del evangelio (el mismo verbo «ver» –etheasametha– en Jn 1,14), sino también al

«realismo» de los relatos de aparición pascual (actitud de Pedro dentro del sepulcro: verbo theôreô en Jn 20,7), se-

gún una modalidad del «ver» distinta del camino de la fe iniciado por el Discípulo amado y justamente expresado con el verbo horaô.

Sobre la base de esta fe (metáfora de los verbos de per- cepción «ver» y «escuchar» en perfecto), vivida tras las

huellas de las generaciones postapostólicas y en refe- rencia a la experiencia fundadora de los testigos históri- cos (metáforas de la vista y del tocar, en aoristo), el autor de la carta se dirige a sus lectores, en forma de anuncio, con el presente de indicativo: «Lo que hemos visto y oí- do [en perfecto; es decir, que no hemos dejado de ver y de escuchar], os lo anunciamos a vosotros para que es- téis en comunión con nosotros» (v. 3). Después, preci- sando el modo de comunicación al que recurre, el autor añade: «Y esto os lo escribimos, para que nuestra ale- gría sea completa» (v. 4).

La primera carta de Juan se inicia, pues, con la autode- signación de un locutor colectivo, sujeto de un anuncio (casi un «evangelio», como será llamado en el versículo si- guiente: «Éste es el anuncio que hemos escuchado de él y que os anunciamos de nuevo», v. 5) y responsable de un acto de escritura destinado a establecer a la comunidad en la unidad y la alegría compartida. Ahora bien, este «no- sotros» del locutor-escritor proviene en línea recta de su- cesión de otro «nosotros», identificable con el linaje de los creyentes postpascuales, ellos mismos herederos de los testigos «históricos» de la encarnación, especialmente a través de las apariciones pascuales. Así, jugando con la polifonía del «nosotros», el locutor de la primera carta a la vez afirma su inserción en un colegio o una comunidad responsable de la palabra aquí emitida («anunciamos», «escribimos»: verbos en presente) y declara su depen- dencia con respecto a una tradición eclesial nacida del tes- timonio apostólico («hemos constatado», «nuestras ma- nos palparon»: verbos en aoristo) y desplegada siguiendo a las generaciones postpascuales («no hemos dejado de ver y de escuchar»: verbos en perfecto).

Igual que en el cuarto evangelio, la voz narrativa apela a una comunidad («anunciamos», «escribimos», vv. 3-

4); pero esta última no es sólo contemporánea del ac- to de escritura; se inscribe en el tiempo y pretende re- coger los frutos de una tradición relativa a «eso mismo que estaba desde el comienzo», dicho de otra manera: «Lo que concierne al Verbo de la vida» (v. 1), o incluso: «La vida eterna que estaba [imperfecto: ên] junto al Pa-

dre y que se nos manifestó [aoristo: efanerôthê]» (v. 2).

Las referencias al prólogo del evangelio son aquí evi- dentes: el «nosotros» del locutor reconoce su deuda con respecto a la primera comunidad joánica, la misma que, evocando la encarnación del Verbo, declaraba orgullo- samente: «Hemos visto su gloria» (Jn 1,14). El mismo «nosotros» se atreverá a cerrar la primera carta con la triple afirmación de un saber («sabemos») relativo a la verdad de la condición filial concedida a los discípulos por el hecho mismo de la filiación divina de Jesús, en consecuencia con una plena seguridad frente al mundo pecador y la fuerza de concluir con una bella confesión cristológica: «Estamos en el Verdadero, en su Hijo Jesu- cristo; él es el Dios verdadero y la vida eterna» (1 Jn 5,20). A partir de ahí, hay que huir de cualquier ilusión o de cualquier pretexto falso (lit.: cualquier «ídolo»): «Hijitos, guardaos de los ídolos»; éstas serán las últimas palabras de la carta.

En oposición a semejante expansión o dilatación del lo- cutor en el tiempo y el espacio, las cartas segunda y ter- cera valoran el sujeto personal «yo», dicho de otra ma- nera, «el presbítero» (2 Jn 1; 3 Jn 1).

La segunda carta. Así, varios verbos principales de la

segunda carta están en 1ª persona del singular: «El An- ciano a la Señora elegida y a sus hijos, a los que amo en verdad» (v. 1); «Me alegro mucho de que, entre tus hi- jos, haya encontrado que caminan en la verdad» (v. 4); «Ahora te pido, Señora, aunque no sea un mandamien-

to nuevo el que te escribo...» (v. 5); «Habiéndoos escrito otras muchas cosas, no he querido hacerlo [...], aunque espero dirigirme junto a vosotros» (v. 12). Sin embargo, el sujeto singular hace referencia a un «nosotros» cada vez que apela a la autoridad de su mensaje o pretende expresar su contenido. En el v. 1, la expresión: «A los que amo en verdad», es corregida inmediatamente en estos términos: «No sólo yo, sino todos los que conocen la ver- dad», antes de proseguir: «A causa de la verdad que per- manece en nosotros y estará con nosotros para siem- pre». Lo mismo sucede en el v. 4: el singular «Me alegro mucho» es referido inmediatamente a la experiencia co- munitaria: «... de que, entre tus hijos, haya encontrado que caminan en la verdad, conforme el mandamiento que hemos recibido del Padre».

Asimismo, incluso al final de la carta (v. 12), mientras que la voluntad personal del sujeto «yo» es enunciada claramente, hasta el punto de considerar un encuen- tro personal (literalmente: boca a boca), el objeto bus- cado no es otro que la plenitud de «nuestra alegría», asociando así a las esperanzas del autor no sólo a los destinatarios de la carta, sino también, sin duda, a la comunidad a la cual él mismo pertenece7. Esto es lo que sugiere la fórmula de conclusión (v. 13): «Te saludan los hijos de tu Hermana elegida». Se trata, por tanto, de dos comunidades o Iglesias hermanas, puestas en re-

7. De hecho, la crítica textual de este versículo manifiesta de nuevo la va- cilación entre «vuestra» y «nuestra» alegría. Sin duda es una característi- ca principal de las cartas joánicas administrar el pacto de comunicación, a la vez según la modalidad dialogal que asigna al interlocutor la postura del «vosotros» con respecto al enunciador, y según la estrategia de convic- ción-seducción, anticipándose en alguna medida a la adhesión del desti- natario (cf. la expresión familiar: «Estamos de acuerdo»; resulta demasia- do claro que nos ahorraríamos un enunciado como éste si justamente la unanimidad estuviera adquirida a priori).

lación a través de esta carta: primero, la Señora elegi- da, destinataria del mensaje (v. 1); después la Herma- na elegida, emisora del mensaje (v. 13) por mediación del presbítero (v. 1), no sólo escritor (v. 5), sino también embajador despachado al lugar (v. 12), a fin de mante- ner conversaciones particulares con algunos de los miembros de la comunidad amiga. Así, la personaliza- ción del locutor no altera para nada el carácter inter- comunitario del intercambio llevado a cabo por medio de la segunda carta de Juan.

La tercera carta. En la tercera carta, la personalización

está aún más subrayada, puesto que no sólo el remi- tente es el presbítero, que se expresa en 1ª persona del singular («amo; deseo; me alegro mucho; estoy feliz» – vv. 1-4; «he escrito; si voy; recordaré» – vv. 9-10; «ten- dría muchas cosas que escribirte; no quiero; espero» – vv. 13-14), sino que también el destinatario está indivi- dualizado («el amable Gayo»: v. 1), y por tanto tratado en 2ª persona del singular: «En todas las cosas te deseo que estés bien y que tengas buena salud, lo mismo que tu alma esté bien» (v. 2); «los hermanos dan testimonio de tu verdad» (v. 3); «caminas en la verdad» (v. 3); «ac- túas fielmente en lo que haces por los hermanos» (v. 5); «han dado testimonio de tu caridad ante la Iglesia» (v. 6); «harás bien en socorrerlos» (v. 6).

Asimismo, la conclusión de la carta se dirige primero a Gayo personalmente: «Tendría muchas cosas que escri- birte, pero no he querido hacerlo...» (v. 13); «Espero ver- te pronto, y hablaremos de viva voz» (v. 14). El presbíte- ro llega incluso a escribir, con respecto a Gayo y a otros miembros de la comunidad, alabados por su fidelidad: «Mis propios hijos» (v. 4), proporcionando así una nota absolutamente personal con el título de «hijos», omni-

presente en la primera carta, pero entonces desprovisto del adjetivo posesivo. No obstante, la dimensión colegial no se descuida; así, el saludo final asocia a los dos co- rrespondientes (el presbítero y Gayo) dos colectivos de personas cercanas: «La paz sea contigo. Te saludan los amigos. Saluda a los amigos, a cada uno en particular» (v. 15). Sobre todo, en el centro de los debates que apun- tan a la autoridad que hay que conceder a algunos per- sonajes considerados como peligrosos (Diotrefes: vv. 9- 11) o, por el contrario, presentados como perfectamente seguros, como Demetrio (v. 12) y el propio Gayo (vv. 3- 7), el autor apela al testimonio y compromiso colectivos de la Iglesia: «Debemos acoger a gente así, para que sean colaboradores en la verdad» (v. 8); «También nosotros damos testimonio, y tú sabes que nuestro testimonio es verdadero» (v. 12).

De esta manera, las tres cartas de Juan atestiguan a la vez la dimensión colegial de la escritura joánica y la im- portancia de la figura personal del locutor, primero fun- dida en el «nosotros» de una comunidad que apela a la unidad de la Tradición (primera carta), y después progre- sivamente individualizada (segunda carta) conforme a los progresos de una crisis que opone a los individuos en- tre sí en el seno de la comunidad (tercera carta).

In document Data Acquisition and Control (Page 77-79)