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Así pues, si el cuarto evangelio, el Apocalipsis y las bre- ves segunda y tercera cartas de Juan presentan conclu-
siones elaboradas con la finalidad de abrir el espacio in- finito de la lectura, ¿cómo se puede entender el carác- ter abrupto de la primera carta, que acaba con estas enigmáticas palabras: «Hijitos, ¡guardaos de los ídolos!» (1 Jn 5,21)?
Un peligro teológico. Incluso ahí es posible y perfecta-
mente legítima una lectura histórica ordenada. Así, es probable que el autor invite a sus contemporáneos a des- marcarse de falsificaciones cristológicas denunciadas a lo largo de la carta, y atribuibles en buena parte a miem- bros desviados surgidos de la comunidad joánica. Además del peligro propiamente teológico, que vuelve a poner en cuestión el lugar central de la encarnación en la expe- riencia cristiana de la salvación, el deplorable «cisma» también tiene como efecto comprometer gravemente el ideal de vida comunitaria y de afectar las relaciones de compartimiento y solidaridad esperadas de los miembros de la comunidad.
Semejante lectura histórica se encuentra por otra parte abierta a todas las formas de actualización: en todos los lugares y en todos los tiempos, las comunidades cristia- nas deben estar vigilantes, tanto sobre la autenticidad de su confesión cristológica como sobre la verdad de las relaciones internas de la vida comunitaria. Las últimas palabras de la primera carta son para todos los tiempos: «Sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado la inteligencia para que conozcamos lo verdadero. Y es- tamos en el Verdadero, en su Hijo Jesucristo: él es el Dios verdadero y la vida eterna. Hijitos, ¡guardaos de los ído- los!» (1 Jn 5,20-21).
Ahora bien, semejante llamada al discernimiento puede aplicarse no sólo al actuar cristiano en el contexto his- tórico que sea, sino a constituir una especie de regla her-
menéutica aplicable primeramente al acto de lectura de- seada por el autor.
darse de los ídolos»; es decir, las ilusiones y los falsos pre- textos, las «imágenes» engañosas y desprovistas de con- sistencia. Una pretensión como ésta puede sorprender; no es menos coherente con lo que ha sido enunciado an- tes en la carta: «Tenéis la unción [recibida] del Santo, y todos lo sabéis» (2,20); «En cuanto a vosotros, la unción que habéis recibido de él [el Hijo] permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que se os enseñe; pero, desde el momento en que su unción os enseña sobre todas las cosas, y que ella es verdadera y está desprovista de men- tira, desde el momento en que ella os ha enseñado, per- manecéis en él [el Hijo]»8.
Dicho de otra manera, antes incluso de considerar la apli- cación de la consigna final a las modalidades de la exis- tencia cristiana en contextos socioculturales determina- dos, parece posible considerar la advertencia de 1 Jn 5,21 como aplicándose directamente al acto de lectura. Inclu- so podríamos hablar del acto de institución de un lector, si no ideal, al menos conforme al pacto de comunicación apuntado por el autor. Un lector así deberá «guardarse» de los «ídolos» o falsedades que produciría en este caso una lectura superficial o puramente mundana.
Sería grande el riesgo de reducir los significados a su sim- ple apariencia, es decir, no conceder a las palabras más
8. La interpretación de la mencionada unción no concita la unanimidad de los comentaristas. ¿Se trata del Espíritu Santo, presente en el mismo co- razón de los discípulos, según la promesa de Jesús? ¿O bien de la Palabra, siempre activa por el hecho de la acción del Espíritu, en plena conformi- dad con el compromiso de Jesús de no dejar a sus discípulos huérfanos? Quizá se pueda ver en esta palabra «unción» (griego: chrisma) algo así co-
mo la marca de Cristo (christós: el que ha recibido la unción) inscrita en ca-
da fiel gracias al don del Espíritu como contrapartida al compromiso del discípulo a ser él mismo portador de una Palabra que no es otra que la de Cristo, vivo y activo en el seno de su Iglesia.
El riesgo de una lectura superficial. En efecto, estos
últimos versículos de la carta tienen como efecto afirmar que Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios, es precisamente el cri- terio absoluto de verdad. A partir de ahí, no hay verdad más que en él, lo mismo que no hay acceso a la vida di- vina (lit.: la vida eterna) más que por su mediación. Así pues, el cristiano es aquel que, siendo uno con Cris- to, se adhiere tan estrechamente a la verdad de Dios que puede, sin riesgo de error, discernir la verdad y «guar-
«¡Guardaos de los ídolos!»
La traducción literal mediante la palabra «ídolos» tiene la venta- ja de proporcionar una expresión fuerte, cuya resonancia al final del libro puede sorprender al lector. No obstante, el riesgo de pro- ducir un falso sentido es grande: se trata, según parece, menos de una advertencia contra el paganismo, idólatra por naturaleza, que de una advertencia a escuchar en el interior de la confesión cris- tiana.
Anticipando las herejías cristológicas futuras, el autor llama a un verdadero discernimiento en cuanto a la persona de Cristo real- mente «venido en la carne». Dicho de otra manera, no basta con afirmar con los labios la encarnación del Hijo único; hay que ad- herirse a él plenamente y vivir de él (cf. el doble mandamiento de Jn 20,31: creer y vivir). Ahora bien, como ha subrayado R. E. Brown en su libro La comunidad del Discípulo amado, semejan- te rigor en la confesión cristológica invita a un doble recentra- miento de la vida cristiana: primero sobre el misterio de la cruz de Cristo, como cumplimiento de una vida plenamente dada pa- ra la salvación del mundo; después, sobre las exigencias de una vida comunitaria realmente fraterna. Opuesto a todo docetismo, el presbítero de la primera carta recuerda a los cristianos la se- riedad de una vida encarnada, siguiendo a Cristo y, por tanto, dis- ponible al amor fraterno.
que su sentido usual, naturalmente inadecuado para la expresión de un misterio que excede cualquier represen- tación humana. Por el contrario, por poco que esté «en Cristo» y viva una real conformidad con el ser filial de Je- sús, el lector será, por así decir, establecido en la verdad y en disposición de discernir lo verdadero. Su vida está implicada en ello: el hecho de leer no es una simple di- versión; cuando se trata de las Escrituras, lo que se ven- tila es de otra naturaleza, ya que concierne nada menos que a la vida eterna, es decir, a la capacidad de acceder a la vida en Dios o con Dios.
La clave de las Escrituras. De esta manera, Cristo en
persona resulta ser la clave de las Escrituras, la instancia suprema de verdad, el «lugar» mismo en el seno del cual es posible leer los textos sagrados por lo que son, más allá de las engañosas apariencias (los ídolos del v. 21) y otras ilusiones mantenidas por toda forma literaria. Igual que el evangelista y el presbítero de las cartas segunda y tercera reconocían la diferencia entre el contenido del mensaje y la exigüidad del texto, así el autor de la primera carta ad- vierte a su lector contra el peligro de una lectura superfi- cial, practicada de forma autónoma, independientemen- te de una relación viva con Aquel que es el único que posee la clave del verdadero sentido, el mismo Cristo, que no es otro que «el Dios verdadero y la vida eterna» (v. 20). A ejemplo del evangelista, del presbítero y del profeta de Patmos, el autor de la primera carta cierra su texto con una apertura dirigida a la lectura. La llamada a la vigi- lancia, a fin de salvaguardar la autenticidad, no está des- tinada sólo a corregir las desviaciones dogmáticas y éti- cas que afectan a la comunidad joánica y amenazan, después de ella, a cualquier grupo cristiano tentado de replegarse sobre sí mismo. También tiene como efecto primero plantear las condiciones de una lectura autén-
ticamente cristiana, es decir, centrada en Cristo, no co- mo un objeto abstracto, sino como el foco de una «vi- da» que sea también una «ciencia» de lo verdadero y, por tanto, una capacidad de discernimiento del sentido de las Escrituras más allá de las apariencias formales, sus- ceptibles de convertirse en «ídolos»; dicho de otra ma- nera, de ser consideradas por sí mismas, independiente- mente de su contenido teológico.
Escritor anónimo y portavoz de una tradición continua arraigada en el acontecimiento pascual (1 Jn 1,1-4), el autor de la primera carta espera de sus lectores que en- tren en el juego de una lectura confesante, alimentada con una auténtica vida en Cristo. Al hacer esto, el autor en cuestión se inscribe en la continuidad del evangelista, cuando escribe: «Para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre» (Jn 20,31). Sin embargo, las perspectivas se in- vierten: si el evangelista escribe para que sus lectores crean en Cristo y vivan de esta fe, el autor de la primera carta espera de sus lectores que crean ya en Cristo y vivan en él, de modo que puedan producir una lectura «verdade- ra» del libro, más allá de las palabras –semejante fijación podría ser considerada como «idolátrica»– y en la bús- queda del sentido propiamente religioso o teológico. A este respecto, los Padres de la Iglesia hablarán con razón de un sentido «espiritual», por otra parte en conformi- dad con el debate hermenéutico que subyace a la gran escena de Nicodemo en Jn 3.