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¿Puede alguien asegurar en serio que el agua nos haya traído algún beneficio? Rubén Darío

Al referirme nuevamente a los diluvios, quisiera volver sobre el relato de la leyenda de los indios tupí, de la región del Amazonas, mencionada en un capítulo anterior, por considerar que es particularmente decidora en sus detalles que parecen incomprensibles a primera vista.

“El gran cacique Iaia había perdido un hijo y lo sepultó en el interior de una gran calabaza, en vez de hacerlo en uno de los enormes cántaros de barro, como era

tradicional. Puso a su alrededor las armas y las joyas del difunto y en seguida abandonó aquel paraje, para volver a su hogar. Cuando volvió al día siguiente, la calabaza estaba llena de agua de mar y los peces nadaban adentro, y todo estaba cubierto de algas marinas. Los niños quisieron llevarse la calabaza con los peces, para comérselos. Pero, cuando la calabaza se desprendió del tallo y cayó al suelo, comenzó a salir agua y más agua, inundando todos los terrenos adyacentes y subiendo implacablemente, hasta cubrirlo todo. Y así nació el mar”.

Esta leyenda debe tomarse muy en serio, a mi Juicio, ya que narra precisamente ese detalle que tendría que producirse en el caso de un cambio repentino de posición del eje de nuestro planeta. El mar, debido a la inercia, trataría de seguirse moviendo en la misma forma que antes. Al cambiar repentinamente, en pocas horas de posición, tendría que inundar forzosamente los terrenos adyacentes con una primera y monstruosa ola. Posteriormente, esta ola volvería al nuevo nivel provisorio, para subir en seguida en forma lenta y segura en aquellos territorios predestinados a hundirse en el fondo de los océanos.

En otros terrenos, menos expuestos a ser inundados, por encontrarse cerca de los nuevos polos, en cambio comenzaría una interminable nevazón que iría formando las nuevas capas polares.

La leyenda de Tamandaré, otro indio tupí, habla de que éste permaneció en la llanura, acompañado por su esposa, mientras sus hermanos de raza escalaron los montes ve- cinos. Tamandaré ascendió con su esposa a una palmera. Esta fue arrancada de raíz por las aguas que subían, y como la pareja se había instalado sobre la copa de la palmera, la que flotaba sobre las aguas, ésta pudo subsistir gracias al alimento y a la bebida que le ofrecían los cocos. Todos los componentes de la tribu de Tamandaré se ahogaron, pues las aguas sobrepasaron las cumbres de los cerros, mientras que Tamandaré y su esposa subsistieron, llegando a ser tronco de una nueva humanidad.

La leyenda nada dice de una ola enorme que fue precursora de la inundación posterior. Pero todos sabían que existía el peligro y por eso trataron de ponerse a salvo sobre las altas montañas. Probablemente fue la primera gran ola, la que los puso sobre aviso, para que huyeran.

Noé comenzó con la construcción de su arca, porque Dios le había advertido el peligro que se aproximaba (!!). ¿No sería posible suponer que Noé, un hombre inteligente y civilizado, haya advertido el peligro él mismo, a base de ciertos indicios? ¿Y que debido a esta advertencia se lanzó al trabajo de construir su arca? De todas maneras sabemos que esta arca que cobijó a Noé con toda su familia y con un gran número de animales domésticos y tal vez de los salvajes que la leyenda relata, les salvó y pasó a la historia como el vehículo ideal para sobrevivir en una catástrofe de esta índole. Es de suponer que Noé vivía en una meseta o altiplano, lo que le dio la ventaja de tiempo de semanas y tal vez meses para terminar la construcción de su barco.

Si la advertencia hubiera sido la de una enorme marejada, aquellos pueblos, alejados de los mares, no habrían recibido la misma. Pero por otra parte habrían tenido que observar que el sol comenzaba a salir desde otra dirección y a ponerse en un punto del horizonte, distinto al que debía alcanzar.

Tal observación habría sido efectuada seguramente por los astrónomos, como también por los pastores.

Desconocemos la forma precisa de advertencia que los pueblos recibieron de Dios para prepararse a enfrentar el gran cataclismo, pero es de suponer que fue una cadena de fenómenos, consistente en un cambio repentino del clima, la subida lenta, pero incesante de las aguas, extrema nubosidad, tormentas de nieve extraordinariamente largas y acentuadas, en sitios donde anteriormente no caían, etc.

¿Podemos suponer que el diluvio no ha sido más que una historia inventada? No, pues existen evidencias geológicas comprobadas de cambios profundos provocados por inundaciones que han hecho subir el nivel de los mares. Además existen las leyendas que deben ser consideradas como otra evidencia más, ya que existen en todos los con- tinentes.

¿Y fue invento lo del arca de Noé? ¿Cómo es posible, entonces, que tantos pueblos adoren un arca?

Los israelitas adoraron un arca que estaba construida en forma de un pequeño templo transportable, en el cual Dios actuaba por presencia constante. Los Mexicanos, Che- rokees, indios de Michoacán, como los Hondureños, eran igualmente adoradores de arcas. La misma era considerada tan sagrada que solamente los sacerdotes podían

tocarla. Es probable que el arca haya sido el símbolo de la gracia divina, debido a que fue la herramienta para salvar a innumerables seres humanos del peligro de perecer du- rante el diluvio.

Otra evidencia de que los mares se han encontrado a alturas no sospechadas, es la que ofrecen los lagos salados que se encuentran a alrededor de 3.000 metros sobre el nivel del mar (Titicaca, Poopó y otros). Los lagos salados esparcidos alrededor del monte Ararat también son vestigios de aquellos tiempos en que el océano sepultó esos territorios bajo enormes masas de agua.

Ahora, si pensamos que se conocen los nombres de los reyes prediluviales, extraídos de crónicas de origen sumerio, ello es otra comprobación de que el diluvio fue una realidad histórica innegable. Los reyes indicados en estas crónicas son:1

A-lu-lin de la ciudad de Nunki, gobernó 28.800 años; A-la-gar, de la misma ciudad, gobernó 36.000 años. En-me- en-lu-an-na de Bad-tabire, gobernó 43.200 años; En-me- en-gal-an-na de Bad-tire, gobernó 28.000 años; Damuzi, el pastor, de Bad-tabire, gobernó 36.000 años; En-sib-zi-an-na de Larak, gobernó 28.800 años; En-me-en-dur- an-na de Sippar, gobernó 21.000 años; Du-du de Schuruppak, gobernó 18.000 años. Todos estos reyes son considerados como legendarios

hasta el momento, pero, habiendo sido enumerados por los Sumerios en sus tabletas de barro cocido, no tenemos por qué dudar de que realmente existieron.

El alto número de años indicados para sus gobiernos, hace suponer que no se tratara de años, sino que de lunas, o sea, de meses de 28 días. Al resultar siempre miles de años, puede considerarse la posibilidad de que fueron dinastías las que duraron tanto. Edward Chiera dice en sus bien documentados escritos: “Durante las excavaciones en Mesopotamia pudimos ver surgir grandes construcciones a la luz del día, pirámides escalonadas, Ziguratos, monumentos y sus respectivas inscripciones que permitían remontar en la prehistoria de esos pueblos hasta el comienzo de la especie humana”. Fue para los excavadores el descubrimiento de un mundo anterior, de tanta importancia para la comprensión de los Babilonios, como lo fue para la comprensión de la época antigua de Grecia, el descubrimiento de la civilización de Creta y la Micénica. Pero la cultura sumeria llevaba más lejos, más hacia el pasado. Era casi como si coincidiera su comienzo con el génesis bíblico, por lo menos en lo que se refiere a los primeros hombres después de la gran inundación mandada por Dios que sólo Noé había logrado vencer.

¿No había relatado la misma historia el desconocido autor de la epopeya de

Gilgamesch? En los primeros veinte años de nuestro siglo, el arqueólogo inglés Leonard Woolley comenzó a excavar la viejísima ciudad de Ur de Caldea, la patria de Abraham, y pudo demostrar no sólo que el diluvio de la epopeya de Gilgamesch y el de Noé eran uno y el mismo, sino al mismo tiempo, que este diluvio era un hecho histórico. ¿Por qué no es dable suponer entonces que este diluvio haya sido causante al mismo tiempo de la desaparición de la Atlántide?

¿Sería utópico suponer que Noé ya poseía un idioma escrito? ¿Por qué vamos a

dudarlo? ¿No era una persona culta, llena de sabiduría y dotada de un espíritu práctico y de sabias iniciativas?

Mucho se está hablando actualmente de que las pruebas atómicas y la fabricación de las armas de esta especie van a ser colocadas bajo un control internacional. La única

manera de evitarle a la humanidad un despertar patético, estaría en que tales

procedimientos basados en la trituración del átomo, fueran proscriptos de una vez por todas. De lo contrario, la actual época, que puede considerarse en cierto sentido como de bienestar, podría terminar bruscamente en la más desastrosa de las tragedias. Existen decoraciones murales en las cuevas de Altamira en España, que son calculadas en unos 20.000 años de edad, y tal vez 30.000, y que por consiguiente, son prediluviales. En rea- lidad, no tenemos ningún punto de apoyo como para poder establecer cuál fue el

período de calma que precedió al último diluvio. Se supone que Tiahuanaco puede haber sido destruida en un diluvio anterior, hace unos 23.000 años. Pero esa teoría parece antojadiza.

Es indispensable que un nuevo diluvio encuentre a la humanidad preparada para afrontarlo con posibilidad de éxito.

1Goetter, Graeber und Gelehrtc, CERAM, Rowchltverlag, 1981, p. 458.

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