8.3 Experimental design
8.5.4 Relative bit cross-sections
¿Qué hay más fascinante fuera de nuestra propia vida, que la vida propia del mundo?
Que los continentes tienen un movimiento de traslación, es un hecho conocido desde hace muchos años. Fue Wegener el que estableció la teoría respectiva, la que es tan conocida que no es necesario repetirla en detalle. Según la misma, en tiempos
remotísimos todos los continentes formaban uno solo, y el movimiento de traslación de nuestro planeta en dirección sur-norte habría producido una condensación de la
humedad del aire en el polo sur, desde donde las aguas habrían fluido nuevamente hacia el norte, separando los continentes y dándoles la forma actual.
Al observar un globo terrestre y al estudiar detenidamente las altas cordilleras y la configuración geográfica del mismo, he podido establecer algunas peculiaridades que hasta el momento no deben haber sido consideradas lo suficientemente. Para
explicarlas, es necesario que dé a conocer algunos hechos que tal vez sean conocidos solamente por científicos y por legos especialmente estudiosos: los continentes se encuentran en movimiento. Este es tan lento, medido en relación con la vida humana, que no nos posibilita hacer observaciones directas y personales.
Mientras que la costa occidental del continente norteamericano se va hundiendo, se levanta la costa occidental de Sudamérica. En cambio, surge de las aguas la costa oriental norteamericana y se hunde la costa oriental sudamericana.
¿Qué explicación podría tener este movimiento?
A mi juicio, todo cuerpo en movimiento giratorio, sobre el cual o dentro del cual hay masas movibles, tiene la tendencia a orientar las masas más pesadas alrededor del respectivo Ecuador.
La objeción que se va a tratar de oponer a esta teoría,
es la de que la masa de las cordilleras es tan insignificante, medida sobre el volumen y el peso total del planeta, que no puede influir en absoluto sobre el movimiento de los continentes.
Algunos geólogos no creen en una corteza terrestre de 2000 km. de espesor. Afirman que la misma no tiene más de 30 a 40 Km. de grueso. Ello coincide con los hechos que revela el estudio objetivo del mapamundi y con las nuevas teorías que expone Louis Jacot en su revolucionario libro La terre s’en va.
Si la parte central de nuestro planeta aún se encuentra en estado gaseoso o de ebullición, es muy lógico que las materias más pesadas hayan sido expedidas centrífugamente hacia fuera y que por consiguiente formen parte de las altas cordilleras y de la parte superior
de la corteza terrestre, la cual, por consiguiente, debería ser mucho más pesada que las materias que se encuentren debajo de ella.
Las altas cordilleras tienen, a mi juicio, una fuerza gravitacional tan enorme, que son ellas las culpables de las variaciones del eje de la Tierra. Seguramente se me contestará que esta teoría no puede ser demostrada en ninguna forma. Pero creo poder demostrar la veracidad de esta nueva teoría. Basta observar nuevamente el globo terráqueo, o sea, un mapamundi, con bastante atención.
¿Por qué la alta cordillera del continente americano, que bordea su costa occidental, se encuentra tan torcida? Parece que primitivamente hubiera formado una sola línea. Todo hace suponer que esta cordillera antes hubiera estado formada por un cordón recto. Si se ha ido torciendo, ha sido por las fuerzas contrapuestas que la han ido des- pedazando y sacando de quicio. En tiempos remotísimos, la cordillera americana se encontraba orientada en una sola línea alrededor, o mejor dicho, a la altura del
Ecuador de aquellos tiempos.
¿Y por qué esta alta cordillera no sigue orientada en forma paralela al Ecuador? Es,
porque no es ella la única cadena de montes elevados que gravita sobre el equilibrio inestable de nuestra Tierra. Existe otra cadena de cordilleras que, debido a los múltiples cambios a que ha estado expuesta a través de las distintas épocas geológicas, también se ha resquebrajado y torcido. Se encuentra igualmente en una línea, en forma análoga a la de las cordilleras americanas, pero en forma diagonal. Forma una línea imaginaria que va desde los Pirineos, por sobre los Alpes, los Cárpatos, el Cáucaso y el macizo tibetano (Himalaya), para terminar en unas cadenas desmembradas que siguen por sobre la India del Norte, Malaca y las islas de Sumatra y Java, para terminar en las de Nueva Guinea y Nueva Zelandia.
Los dos hemisferios indicados en las ilustraciones Nos. 52 y 53 permiten seguir la forma de las altas cordilleras que reúnen los cerros y los picos más elevados de la Tierra. Africa es una meseta alta, pero que no posee cadenas tan elevadas como las de los otros continentes. Además, estando unida a Europa y Asia, gravita con estos continentes en conjunto, siendo arrastrada por ellos.
Que las dos cadenas de altas montañas se encuentran, cada una, en una especie de conglomerado que forma una línea distorsionada es, a mi juicio, la demostración más elocuente de la exactitud de mi teoría.
En la actualidad, la Tierra se encuentra con respecto a su eje, en una situación de
equilibrio ideal. En alguna forma se compensan las masas existentes. Pero esta situación no puede durar eternamente, ya que existe un movimiento en los continentes que ya ha sido mencionado superficialmente al comienzo de este capítulo. El continente
americano se encuentra en una traslación que hace gravitar su extremo del nor-oeste hacia el sud-oeste, mientras que el extremo sur de Sudamérica tiene la tendencia de moverse hacia el nor-este. Este movimiento doble trata de acercar ambos extremos de América hacia el Ecuador, apretando un extremo hacia abajo y al otro hacia arriba, para que la cordillera quede orientada alrededor del Ecuador.
La otra cadena de grandes montes que va desde Europa hasta Nueva Zelandia, ya se ha acercado más al Ecuador, al que corta a la altura de la isla de Sumatra. Seguramente masas mayores van gravitando en forma más rápida que las de menor peso.
El movimiento de los continentes aparece como sumamente lento, pero llegará el día en que su peso hará variar el equilibrio existente y es entonces, cuando nuestro globo
terráqueo tendrá que adaptarse a la nueva situación creada, cambiando junto con su eje toda la situación geográfica actual con un inmenso peligro para todos los seres que viven sobre la Tierra.
Como ya lo he mencionado anteriormente, los Toltecas dividían las épocas geológicas en “soles”. El primer sol era el sol de la tierra o de la noche, época de la cual no hubo sobrevivientes. El segundo fue el del aire, cuyos sobrevivientes fueron convertidos en monos. El tercer sol, o sol de fuego, ha de corresponder seguramente al diluvio de fue go, mientras que el último sol del agua seguramente corresponde al último diluvio. Como ya he expresado en capítulos anteriores, estoy convencido de que el género humano existe sobre la faz de la tierra desde hace millones de años, y que siempre trató de mantener un nivel cultural superior, pero las catástrofes que caían sobre él en
períodos regulares, no le permitieron mantener el progreso alcanzado, lo que ha hecho que el hombre haya tenido que volver una y otra vez a las armas primitivas de madera, de piedra y de hueso, como también a los utensilios de barro.
La teoría del movimiento de los continentes, que ahora esbozo, es fortalecida por el hecho de que las zonas de temblores y de terremotos, coinciden con aquellos territorios de las más altas cordilleras, territorios que se encuentran en movimiento (ilustración 51).
Donde existe una zona de temblores y terremotos, se encuentra al mismo tiempo el frente movible de los continentes, los que producen por su traslación, aparentemente tan lenta, los movimientos sísmicos.
Al observar atentamente el Mapa Mundi en la ilustración 54, salta a la vista que la mayoría de los volcanes se encuentra esparcida alrededor del océano Pacífico. La Amé- rica Central y Sur reúnen un mayor número de volcanes que la América del Norte. Pero la acción volcánica que se insinúa en Alaska y que se prolonga en las Aleutianas, prosigue después en una cadena que sigue por las islas Kuriles, las islas japonesas, las Filipinas y Australia, donde se bifurca, prosiguiendo una cadena a través de Java y Sumatra, mientras que la otra prosigue por Nueva Guinea y Nueva Zelandia (ver ilustración 51).
No es una casualidad que la línea imaginaria que he mencionado anteriormente, se extienda precisamente desde Nueva Zelandia hasta los Pirineos. ¿Podrá ser todo esto una simple coincidencia?
Otros volcanes se encuentran esparcidos por sobre el océano Atlántico, en las Azores, las islas de Cabo Verde y las Canarias. Otros se encuentran en Islandia, África y a orillas del Mediterráneo, principalmente en Italia. Es digno de mención que los mismos por lo general están ubicados sobre islas o cerca de las costas. Al comparar los mapas de las zonas de temblores con la de la distribución de los volcanes se podrá establecer que estos factores coinciden en la mayoría de los casos.
¿Podemos asegurar, a base de nuestros conocimientos actuales, de que los temblores y las erupciones no son producidas por el movimiento de los continentes? ¡O son
precisamente éstos los que introducen ese factor de intranquilidad y de peligro dentro de las referidas zonas.
Desde luego, a todo observador le llamará la atención que la cadena de altas montañas existentes en el continente americano causa la impresión de haber sido torcida y desmembrada por fuerzas gigantescas. Lo mismo se puede apreciar en la línea de montañas que corre desde los Pirineos hasta Nueva Zelandia. ¿No es ello una demostra-
ción de que la teoría formulada en este libro, es digna de ser considerada? Y ella daría una solución a la eterna pregunta de las causas que motivan los trastornos periódicos que azotan a nuestro planeta, haciendo desaparecer civilizaciones altamente
desarrolladas y volviendo a los sobrevivientes a la edad de piedra.
Esta teoría, considerando la lógica traslación más rápida de los continentes de mayor volumen y masa explicaría por qué sus zonas costeras estarían expuestas a una presión mucho mayor, ya que tendrían que vencer la resistencia opuesta por las masas
adyacentes, fuera del trabajo del movimiento propio.
Las altas montañas tienen que desarrollar una presión más poderosa que las llanuras que seguramente irán siendo cubiertas lentamente por el mar.
Es comprensible que las zonas costeras que no se encuentran bien amalgamadas entre sí, sean desprendidas unas de otras con cierta facilidad, como se ve principalmente en el caso de las islas que se encuentran entre Australia y el continente asiático sur-oriental. La rotación terrestre indudablemente debe ejercer una gran influencia sobre los océanos. Seguramente ésta es la causa de las grandes corrientes marinas existentes en el Atlántico y el Pacífico, igualmente, de los terribles tornados que por lo general se producen en el Océano Pacífico y que ponen en peligro no sólo la navegación, sino que también a los habitantes de las islas polinésicas, japonesas, del mencionado Océano en general y también a las costas nor-occidentales de América.
Indudablemente, la rotación terrestre es el factor predominante de las modificaciones que se van produciendo tanto en tierra como en los mares. La zona de temblores alrededor del Pacífico demuestra por su parte, de cómo trabaja este inmenso océano para adaptarse a los obstáculos que se le oponen. Es creíble que los continentes de Lemuria, de Gondwana y de Hiva se encuentren hundidos en sus profundidades, con sus antiquísimos acervos
culturales, como lo demuestra el hecho de que en las zonas adyacentes de costa aún se encuentran los vestigios de esas construcciones megalíticas, enigmas de un remoto pasado de nuestro género humano.
Si pensamos en lo expuesto que se encuentra el género humano a los peligros de inundaciones repentinas, de erupciones volcánicas y terremotos, de tornados y terribles temporales de nieve, podemos comprender cómo es posible que una gran parte de nuestros antepasados haya perecido a causa de pavorosas catástrofes, o que haya tenido que emigrar bajo las más precarias condiciones, con el objeto de buscar tierras más propicias y climas más auspiciosos.
Para volver a las erupciones volcánicas ya mencionadas anteriormente, es de suponer
que los continentes, al trasladarse sobre el magma en estado incandescente, permiten a esta materia introducirse dentro de los huecos existentes en la parte baja de la corteza
terrestre y que generalmente corresponderán a volcanes apagados o en estado activo, buscando el camino hacia arriba.
Si una de las montañas que aún conserva los canales de volcán, pasa por sobre el magma que aún no ha tenido ocasión de deshacerse de su presión, el magma explotará con violencia y será llevado a la boca del volcán, desde donde bajará en forma de lava. Esto explicaría el fenómeno curioso de que los volcanes pasen por períodos activos y pasivos; al mismo tiempo dejaría establecida la circunstancia de que cada erupción
volcánica estaría demostrando un nuevo avance del respectivo continente o isla en su trayectoria prefijada, motivada por la gravitación de las cadenas de montañas que
buscan su acomodo a lo largo del Ecuador, erupción volcánica que a su vez,
demostraría el peligro inminente de la proximidad de un nuevo diluvio.
Creo que los diluvios de fuego se han producido en una escala mucho menor que los diluvios de agua. Sobre estos últimos quisiera entrar en consideraciones detalladas, para demostrar que el nivel actual de nuestros océanos no nos permite establecer en qué
forma van a quedar después del próximo diluvio las altas montañas y las llanuras actuales.
Existen ciertos indicios que permiten hacer conjeturas en relación con la forma en que se anunciaría un nuevo diluvio, y cuáles serían los primeros síntomas, sus primeras consecuencias y en cierto modo, cuáles serían las posibilidades de los seres humanos de escapar de sus devastadores efectos. Estos indicios solamente pueden fluir de ese grito de angustia condensado en las viejas leyendas y tradiciones que han llegado a nosotros a través de más de 500 generaciones de hombres que las fueron transmitiendo a través de 11.500 años de padre a hijo.
Episodios triviales son olvidados por lo general dentro de la misma generación en que se generaron. Cuando se trata de acontecimientos históricos importantes, podrán seguir en la memoria de los pueblos a través de 50 ó 100 generaciones, pero al perdurar a través de más de 10.000 años, debieron ser hechos trascendentales.
Fuera de éstas habrá que considerar las evidencias que nos aportan la geología y la geografía. Estas no pueden ser discutidas y servirán para iluminar una parte de la enigmática historia de nuestro planeta y del género humano.
VIGESIMOQUINTO CAPITULO