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Existen una serie de definiciones acerca de la tutoría. Por ejemplo, Planas (2002, p. 182) define a la tutoría como “el elemento individualizador, a la vez que integrador, de la

educación”.

Por otro lado, Sánchez (1997, p. 9) la construye como “aquello que un profesor puede hacer en el campo de la orientación con relación a los alumnos del grupo del aula que le han sido encomendados en base a un nombramiento de profesor-tutor de los mismos”.

Por su parte Lázaro y Asensi (1989) la definen como la acción individual y en grupo que emprende el profesor con la finalidad de orientar en los aspectos, personal, académico y vocacional. En un sentido más amplio, de vida y carrera.

Como se puede observar la tutoría es la labor psicopedagógica que lleva a cabo el docente-tutor de forma individual y en grupo con sus alumnos a cargo, con la finalidad de potenciar sus capacidades.

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El encargado de llevar a cabo la labor de tutoría es el docente-tutor, y que de acuerdo con Riart, (2006, p. 27) es “la persona capacitada para orientar al alumno (al estudiante) y al grupo clase, dinamizadora de las personas que interactúan con el alumnado y gestora

administrativa de sus tareas hechas en unas condiciones adecuadas”.

Como agente directo de la orientación, el tutor, de acuerdo con Boza, (2005) debe poseer ciertas bases formativas profesionales para el desempeño de su función.

Bases psicológicas, que fundamenten y le faculten al tutor, el conocer y comprender el desarrollo psicosocial, y evolutivo del individuo. Conocer, sin que esto implique, el llegar a ser un experto en “los principios que rigen el aprendizaje, los procesos cognitivos, afectivos y sociales”(Boza, 2005, p. 160).

Bases pedagógicas que le permitan diseñar y aplicar estrategias que desarrollen

aprendizajes significativos en sus alumnos. Para ello, se necesita, además poner en práctica un sinnúmero de saberes, procedimientos, actitudes, aptitudes, valores, etc. que van de la mano con el currículo vigente.

Bases socio-afectivos, de cualidades y actitudes como la empatía, que permite al tutor crear un clima armonioso de comunicación; la madurez, intelectual y emocional, que le facilite la toma de decisiones; la sociabilidad, que le permita la apertura hacia el diálogo cordial y positivo; la responsabilidad, que lo conduzca hacia el compromiso y la toma de riesgos. Por otro lado, actitudes como el respeto hacia sus alumnos, sobre todo en la expresión de

pensamientos y sentimientos; la adaptación al medio escolar, es decir, la identificación con la escuela; la tolerancia, fomentando con ello, el valor de la democracia; una actitud favorable hacia la curiosidad, cuyo vínculo es la pregunta; y la sensibilidad para entender y escuchar sin prejuicios ni estereotipos de ninguna clase.

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Por último, bases de técnicas e instrumentos, como la entrevista, el cuestionario, el sociodrama, etc., que le permitan conocer a fondo a sus alumnos. Menciona este autor, que en ocasiones son los mismos docentes los sorprendidos ya que se dan cuenta de situaciones o aspectos de la vida personal, familiar o social de sus alumnos que son de relevancia y que antes ignoraban.

Antes de cumplir un perfil profesional, el tutor debe preocuparse por su salud emocional, ya que no puede trabajar temas como la autoestima con los alumnos si antes no se pone en paz consigo mismo, y deja de cargar problemas y culpas, que le impidan tener una autoestima alta (Baqués, 2006).

Cuando no se es empático, es difícil sensibilizar a los alumnos y propiciar el análisis y la reflexión en ellos. Aspectos centrales en el manejo de emociones y del trabajo de construcción de un proyecto de vida.

De acuerdo con Riart (2006) el tutor debe poseer dos situaciones personales: madurez personal y estabilidad emocional; debe poseer dos actitudes elementales: ser empático y tener una actitud positiva; debe poseer dos capacidades importantes: resolver conflictos y

comunicación eficaz; y por último, debe poseer dos campos de formación profesional: psicopedagógicos y del currículo de la temática a impartir. “Ser conocedor de las teorías psicopedagógicas” (Salavert, 2006, p.137).

Las tareas del tutor están encaminadas hacia la orientación académica y vocacional, hacia la atención de la diversidad y hacia el desarrollo personal. Para ello, debe diseñar un plan de acción que guíe las actividades en función de los propósitos planteados por el plan y programa de estudios vigente para el caso de la tutoría. El programa de orientación y tutoría (SEP, 2006a, p. 23) menciona que:

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Para que los tutores desarrollen su función, es conveniente que elaboren un plan de acción flexible que permita al tutor anticipar y organizar las actividades con el grupo. Es importante que este plan sea conocido por maestros, personal de asistencia educativa y directivo para precisar y coordinar actividades en función de las necesidades tanto del grupo como de la institución escolar.

De acuerdo con Planas (citado en Sendra, 2006, p. 41) el plan de acción tutorial son un “conjunto de acciones educativas de orientación personal, académica y profesional, diseñadas y planificadas por los tutores, profesores y orientadora educativa con la colaboración de alumnos y de la misma comunidad educativa actuando siempre en función de sus necesidades”.

De acuerdo con lo revisado anteriormente, el tutor tiene que trascender la labor de ser un mero transmisor de contenidos de su asignatura para complementarla con la de orientar en el aspecto psicopedagógico a sus alumnos. Para lo cual debe cumplir con requisitos de aptitud y actitud que le permitan llevarla a cabo, de lo contrario esta labor se convertirá en una más que se llevan a cabo en el centro escolar.

Un aspecto fundamental en tan importante labor de orientar, es el predicar con el ejemplo, es decir, que haya congruencia entre lo que el tutor dice con lo que hace. Mostrar a los alumnos que la incongruencia, la manipulación y el engaño, son aspectos a los cuales hay que combatir, en lugar de aprender.

2.4.1 Obstáculos en el proceso de orientación

Como ya se mencionó, para que la labor de orientación tenga éxito hay que cumplir con ciertos requisitos. Pero, éstos en ocasiones no dependen del profesional de la orientación en sí, sino de aspectos externos a él como los prejuicios, la falta de condiciones para ejercer su labor, entre otras. A continuación se mencionan algunos de los obstáculos más comunes que existen alrededor de la orientación y de quienes la ejercen.

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Existen obstáculos que entorpecen la labor de orientación en los centros escolares. En primer lugar, tienen que lidiar con la falsa percepción que se tiene de su perfil profesional y sus funciones psicopedagógicas.

En el caso de la educación secundaria, cuando un alumno se comporta mal en un salón de clases, lo primero que hace el profesor de grupo es reportarlo o llevarlo con el orientador para que hable con él.

En lo que respecta a la escuela secundaria para trabajadores, sucede algo muy similar, a diferencia que no existe el reporte de indisciplina como tal, sino que, por ser poco numerosos los grupos de alumnos, el profesor de grupo puede llevarlos con el director, subdirector u orientador (a) de la escuela.

Esta percepción de coerción y de labor poco importante, trasciende al salón de clases, donde los alumnos cuestionan, se inquietan y le restan importancia a la labor del orientador, sobre todo si les imparte clase. En pocas palabras la labor del orientador es subestimada por los docentes, autoridades, estudiantes, padres de familia y lo que es peor, aún por los propios orientadores.

En 1976, la UNESCO hizo una valoración acerca de las concepciones de la orientación educativa que prevalecían en América Latina, encontrando que existía un reduccionismo psicologísta y utilitario que se enfatizaba en la orientación profesional de los estudiantes. (Meneses, 2001). Dejando de lado aspectos como el desarrollo personal y familiar, entre otros.

La propuesta entonces fue, que el orientador educativo no se limitara solamente a atender el fracaso escolar y la elección de carrera, sino que tuviera también un espacio en donde se enfocara a fortalecer el desarrollo integral de la persona.

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Se han creado falsas expectativas y una visión equívoca acerca de la orientación, de tutores de grupo y del orientador, tales como confiarle a éste último se “encargue” de los alumnos más inquietos e indisciplinados, que “imparta” pláticas, talleres, conferencias, etc., que impacten en un mejor aprovechamiento de los alumnos en clases.

Santos (citado en Meneses, 2001) formula con más exactitud las falsas expectativas que se tienen de la orientación. 1.- Se cree que el orientador tiene que resolver los problemas de los alumnos. 2.- Los profesores consideran que los usuarios de la orientación son los alumnos y nunca ellos. 3.- pensar que el orientador es un profesional al servicio de quien sea, a la hora que sea, ya que no tiene un proyecto ni programa escolar propio.4.- que el orientador es un experto en la aplicación de pruebas, Test y baterías psicológicas.

Otro obstáculo común es la falta de capacitación y actualización que se ofrece a tutores y orientadora educativa. La administración educativa y/o escolar, les debe ofrecer cursos de actualización en los temas y contenidos que abordan con sus alumnos en las sesiones

correspondientes, así como en el conocimiento del desarrollo humano. Como lo menciona De la Plata (citado en Sabaté, 2006, p. 21) “La actualización científica debe ser una

responsabilidad administrativa al servicio de la acción educativa”.

La falta de actualización provoca una falta de dominio de los temas de tutoría por parte de tutores, así como la falta de identificación con la función (Salavert, 2006). Esto se proyecta hacia los alumnos quienes le restan importancia al trabajo psicopedagógico mostrando

desinterés por las actividades realizadas en este espacio.

Los docentes encargados de la labor de orientar, deben estar en permanente actualización, ya que es de fundamental importancia para el desempeño adecuado de la misma. De acuerdo con (Danielson y Abrutyn, 2000. p. 61).

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Todos los educadores son conscientes de la complejidad de la enseñanza. Es sensato, entonces, que una excelencia constante en un ámbito tan complejo exija una evolución y una elaboración permanentes. Lejos de ser un signo de incompetencia, el compromiso de un docente con el aprendizaje constante es la marca del verdadero profesional.

Por otro lado, para que exista una labor de orientación eficaz, el personal directivo del centro escolar debe considerar ciertas condiciones como lo propone Riart (2006). Condiciones personales, tales como la edad, las aptitudes, el carácter, la voluntad, la experiencia y la formación profesional.

Condiciones de estructura educativa, como son el entorno o clima laboral, los criterios de elección de tutores, el incluir las acciones del tutor en el programa escolar, así como el tener a la mano apoyos materiales como libros, proyectores, material educativo, etc.

Condiciones de espacio y de tiempo como el tener un horario, un salón, un cubículo o seminario para la atención de la comunidad escolar. Reuniones con padres de familia, docentes, tutores, orientadora educativa y alumnos.

Por último, existe un obstáculo relativo a la falta de comunicación y trabajo entre docentes. De acuerdo con Danielson y Abrutyn, (2000), la vida profesional de muchos docentes se caracteriza por el aislamiento y la soledad, se debe romper con ello y brindarse la oportunidad de reunirse a favor de una causa común, que retroalimente y fortalezca las

relaciones profesionales. Cuando los docentes son capaces de trabajar juntos, las recompensas son muchas.

Es fundamental que exista una comunicación entre directivos, docentes, tutores de grupo y el orientador del plantel. Ya que de acuerdo con Babio y Nevares (2006. p. 61):

La coordinación del tutor con el Departamento de Orientación y con el psicopedagogo será clave para que en el desarrollo de estas tareas no se encuentre sólo; de lo contrario, podría sentirse como encerrado en el ‘ojo del huracán’ o ser poco menos que el ‘ojo divino omnipotente’ que tiene que resolverlo todo sin ayuda de nadie.

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