Entre todos los logros de la época, seguramente fue la Feria Internacional del Calzado e Industrias Afines (FICIA) el más dinámico e innovador, el que más contribuyó a dotar a la ciudad de una imagen exterior moderna y positi- va. La Feria nació en las fiestas de sep- tiembre de 1959 con escasas pretensio- nes: era una exposición del calzado lo- cal, organizada por la Comisión de Fiestas municipal en el colegio Padre Manjón, que premiaba a los mejores in- dustriales y artesanos locales para con- tribuir a mejorar la calidad de sus pro- ductos. Sin embargo, el éxito fue de tal magnitud que en 1960 se convertía en feria nacional y en 1961 la Administra- ción ya le concedía el rango de interna- cional. En 1962 el ministerio de Co- mercio concede una subvención para dotarla de una sede apropiada que, cons- truida con una rapidez inusual, era inau- gurada en septiembre de 1964.
El éxito de aquella primera exposi- ción se enmarca en un contexto excep- cionalmente favorable: ya en 1957 al- gunas opiniones defendían la necesi- dad de una feria comercial en Elda; en 1958 un grupo de exportadores acudió a la Semana del Cuero de París; en 1959 se funda la cooperativa «Elda Exporta- dora», casi al mismo tiempo que Mr. Feman, un asesor estadounidense del Ministerio de Comercio exalta las po- sibilidades exportadoras del sector, si se realizan algunas modificaciones; los fabricantes intentaban conseguir auto- rizaciones para adquirir maquinaria ex- tranjera, que una Feria Internacional facilitaría muchísimo; las posibilidades de producción superaban la capacidad de compra del mercado nacional. Una vez tomada la iniciativa, el apoyo estatal no tardó en llegar para una de las escasas industrias que entonces parecía capaz de exportar y aportar divisas: se conceden todas las peticiones de ampliar el radio de acción de la Feria, el ministro Ullas- tres clausura el certamen de 1961 y las Juntas Nacionales del Calzado del Sin- dicato Nacional de la Piel (que no que- ría quedar al margen de un éxito ajeno) se celebraron en Elda en las mismas fe- chas. Posteriormente, numerosos mi- nistros acudirían a inaugurar o clausu- rar un evento comercial que daba una imagen modernizadora del país. Edificio San Cristóbal, una
muestra del colosalismo constructivo de la Elda desarrollista (Foto del autor).
En sus primeros años, la feria se convirtió en un acontecimiento social provincial, con decenas de miles de vi- sitantes no profesionales, sobre todo en 1964; fue también un claro agente mo- dernizador de una ciudad que apren- dió a convivir con gentes de diversas procedencias y costumbres; abrió puer- tas que parecían imposibles (por ejem- plo, en 1961 ya se exporta por valor de 50.000 dólares de los de entonces a la URSS). Con los años, se ampliaron los certámenes anuales (temporadas de ve- rano e invierno, salón de conexas) y se crearon iniciativas complementarias, como la Agrupación de Exportadores en 1965 (luego CEPEX) o el INESCOP en 1971. En 1968 es admitida en la Unión de Ferias Internacionales. Entre 1969 y 1971 comenzaron los primeros problemas de entidad: solicitud de ex- posiciones menores en otras provincias, peticiones de deslocalización, roces y polémicas públicas con la Agrupación Sindical de Fabricantes, ausencias sig- nificativas de algunas empresas y de al- gunos ministros en cuanto se atravesa- ba un momento difícil. En 1974, cuan- do ya se sentían las consecuencias de la crisis del petróleo, algunas personas vin- culadas a la institución, como Fernan- do Obrador, plantean la necesidad de construir en la periferia urbana de Elda un nuevo recinto más amplio y adaptado a las nuevas necesidades.
Los años sesenta son el momento en que Elda accede al rango de capital
de facto del área del Alto Vinalopó; la ciu-
dad, que ya en 1935 se había converti- do en la más poblada de la comarca, co- menzó a asumir funciones más allá de
las estrictamente locales entre los años 1965 y 1969; la primera de todas ellas es su designación en noviembre de 1965 como capital del nuevo partido judicial creado a partir de los antiguos de Mo- nóvar (que incluía también a Algueña, Monóvar, Pinoso, Petrer, Salinas y la propia Elda) y Novelda. Casi inmedia- tamente se iniciaron las gestiones para trasladar también el Registro de la pro- piedad y, en 1968, es designada capital de zona recaudatoria del Estado. En 1967, Elda-Petrer se convierte en una de los escasos núcleos urbanos provin- ciales que disponen de instituto de en- señanza media, en el primer logro con- junto de ambos municipios. A finales
La entonces calle del general Solchaga mostraba el deterioro imparable que sufría el casco antiguo desde hacía varias décadas (CEFIRE).
Vista del pabellón del Festival de Ópera. 1973 (Revista Fiestas
de 1968 la diócesis de Orihuela decide crear un archiprestazgo en Elda.
Al margen de estos nombramientos oficiales son muchas las transforma- ciones que se realizan en la ciudad, re- forzando la imagen de entorno clara- mente urbano que los altísimos edificios y la densificación creciente habían crea- do. Se inició el servicio de autobuses urbanos, ampliado a Petrer (incluso un autobús de dos pisos llega a enlazar am- bos núcleos durante cierto tiempo); se trasladan, amplían y mejoran servicios como correos, teléfonos o ambulatorio; se multiplican los centros educativos, con nuevas escuelas públicas (Virgen de la Salud, Seráfico, Cisneros), mo- dernos colegios privados (Sagrada Fa- milia, Carmelitas), guardería pública, centros de enseñanza postobligatoria (Azorín, La Melva, Escuela de Gradua- dos Sociales) y hasta un instituto de in- vestigación del calzado, sin que pese a ello se alcancen las plazas escolares que la po- blación creciente reclamaba, por lo que se mantuvieron tanto los niños sin es- colarizar como las aulas en locales co- merciales mal ventilados e iluminados o las viejas academias poco adaptadas a las nuevas necesidades. Se incrementan las instalaciones deportivas (Club de Campo, Ciudad Deportiva, Estadio Mu- nicipal y anexos...), los bancos en el centro de la ciudad (volvió el Hispano-America- no, desaparecido tras la Guerra Civil), las parroquias católicas –estratégicamente repartidas– y los primeros templos pro- testantes; nacen nuevos barrios plani- ficados (como San Francisco de Sales) o crecidos como hongos de forma caó-
tica. En los años setenta se incrementan las actividades culturales y los Festiva- les de Ópera (a los que acuden figuras de ámbito mundial) se convierten en símbolo de las posibilidades de la ciudad. El crecimiento eldense supera su propio término y se proyecta en algunos pun- tos en término de Petrer, intensificándose la conurbación entre ambas, hasta el punto que el desvío de la carretera na- cional que atravesaba Elda –generando enormes problemas de tráfico– se pro- yecta por detrás del núcleo urbano ve- cino. Si en la primera posguerra algunas familias humildes comenzaron a esta- blecerse en Petrer, en La Frontera, aho- ra serán ya algunos colectivos burgue- ses los que colaboran al desarrollo de aquel municipio, bien estableciendo allí sus industrias y negocios, bien afin- cándose ellos mismos (los vecinos de la Loma Badá).
Entre las carencias, la Elda de los se- senta y los primeros setenta no fue ca- paz de edificar una casa de cultura ade- cuada –ni siquiera una biblioteca en condiciones–, ni una residencia sanita- ria, ni una mínima red de jardines (prác- ticamente, sólo se crea el de Las Tres- cientas y algunos menores). Entre las pérdidas, la desaparición del Banco de Elda, que vivió previamente su venta a la Banca Úbeda y después al Central; sin duda, era el fin del sueño de aquella burguesía emprendedora y progresista que en los años treinta hizo de Elda el centro de la comarca. El desarrollismo de los sesenta –crecer por crecer, a cual- quier precio, en busca del dinero fácil y rápido– se llevó por delante muchas de La noticia de la petición de
fusión con Petrer, en las páginas de La Verdad.
las señas de identidad de la vieja Elda: se siguió degradando física y socialmente todo el casco antiguo, desaparecieron casi todas las viejas casas de interés históri- co (la de Castelar, la de los Maestre, la Casa Abadía), se desmoronó lo poco que quedaba de La Torreta, se derribó el templete de Castelar –que en sus pocos años de vida se convirtió en uno de los símbolos de la ciudad– y se sacó de las plazas del barrio antiguo la vieja feria me- dieval de la Inmaculada.
El crecimiento eldense acabó inci- diendo espacialmente en el término de Petrer, lo que obligaba a adoptar al- gunos acuerdos conjuntos y nuevas formas de colaboración. El camino para conseguirlo se realizó de la peor manera posible, generando tensiones innece- sarias, fomentando una desconfianza que todavía persiste y dañando grave- mente las posibilidades de desarrollo de ambos pueblos a todos los niveles. El conflicto comenzó muy bien: en 1934, cuando el barrio que construía alcan- zó el límite de Elda, la sociedad La Fra- ternidad solicitó al Ayuntamiento de Pe- trer que mantuvieran las alineaciones de aquellas calles al llegar a su término, algo que entonces sólo requería buena voluntad. Sin embargo, ya en 1955, la corporación presidida por Martínez González solicita incorporar a Elda la zona de La Frontera, aunque no inicia gestiones oficiales. El momento más tenso vino en 1969, cuando el 12 de mayo, en pleno municipal, la corpora- ción de Elda acuerda plantear la fu- sión con Petrer pero, al mismo tiempo, amenaza con incoar expediente de se- gregación de parte del término muni- cipal vecino en caso de que aquella lo- calidad no accediese a sus plantea- mientos. El tono de la propuesta –tan inoportuno como estúpido– provocó el rechazo del Ayuntamiento petrelense, arropado masivamente por sus veci- nos, y obligó a la corporación eldense a replantear los términos de su peti- ción, que volvió a ser desestimada de nuevo, aunque brindándose a colabo- rar en asuntos concretos de interés para ambas poblaciones. Al poco tiempo, las gestiones del gobernador civil con- siguieron tender puentes entre ambas corporaciones, que desembocaron en la Mancomunidad Elda-Petrer, una de las primeras del país, a imagen de la de Sabadell-Terrassa: en plenos simul- táneos, ambos ayuntamientos apro-
baron los estatutos en marzo de 1972; el 27 de enero de 1973 se constituyó so- lemnemente en presencia de las auto- ridades provinciales; al poco tiempo, se comenzaba a trabajar en asuntos como la nueva depuradora o el trans- porte urbano. El proceso parecía ha- ber culminado con cierto éxito: sin em- bargo, la mutua desconfianza subsistió, limitando las posibilidades de colabo- ración a lo que resultaba imprescindi- ble y jamás se emprendieron iniciativas imaginativas o acordes al ritmo que las transformaciones exigen; además, la Mancomunidad nacía impulsada des- de arriba, por gestiones de autorida- des superiores más que por la refle- xión participativa y democrática y el acuerdo sincero de las sociedades locales. Cuando lleguen los momentos difíci- les, al área Elda-Petrer le costará mucho competir con otros territorios mejor vertebrados internamente, planifica- dos como un todo; el fracaso del Plan General de Ordenación Urbana con- junto tampoco colaboró a mejorar las cosas.
En los años sesenta, el descontento político contra el régimen se redujo por múltiples razones: causa esencial fue la brutal represión de cualquier disidencia ejercida en los primeros años de pos- guerra, que arrasó todo tipo de organi- zación opositora y permitió la suaviza- ción posterior de los aspectos más vio- lentos y doctrinarios; pero también
Los cines Lis y Rex desarrollaron en algunos momentos
programaciones continuadas del llamado cine de arte y ensayo.
influyó claramente una mejora genera- lizada de la situación económica du- rante los años sesenta, que incrementó tanto las posibilidades de trabajo como la entrada en la llamada sociedad de consumo. Si el progreso material fue evidente en el conjunto del Estado, Elda fue sin duda una de los lugares en que se hizo más patente, hasta el punto de que se convirtió en ejemplo de ciudad pu- jante para ministros –como Sánchez Bella en un discurso tierras murcianas en 1970–, actores de fama –«Elda, el me-
jor pueblo del mundo», según Alejandro
Ulloa en 1957– e incluso políticos de Petrer –«Elda, milagro español» titula Per- seguer un artículo en La Verdad en 1964–, siendo corrientes las referencias a su bonanza económica no sólo en la pren- sa nacional sino hasta en algún artícu- lo perdido en Washington Post o Reader´s
Digest. Fuerte polémica creó un artícu-
lo de la revista madrileña Desarrollo en enero de 1969 cuando, tergiversando unas declaraciones del empresario Ma- nuel Belmar, afirmó que en cualquier ho- gar de Elda entraba una cantidad de di- nero a todas luces exagerada, por des- gracia. En realidad, en los años sesenta en buena parte de las familias obreras se accedió no sólo a la vivienda en pro- piedad, sino al vehículo propio («quien
no tiene un coche, tiene un seiscientos» decía
el viejo chiste), a electrodomésticos hoy imprescindibles y, los más afortunados, a un apartamento junto al mar –mu- chos de ellos en Playa Lissa, una curio- sa transformación de viviendas socia- les en segundas residencias– o a un cam-
po; la letra de cambio fue casi siempre el
artífice de tales milagros. Los empresa- rios y clases pudientes, por supuesto y pese al ambiente interclasista respira- do en la ciudad, siempre disfrutaron de comodidades suplementarias, fundan- do entidades de encuentro como el Club del Campo o el Motoclub.
Pese a ello, no era oro todo lo que relucía; las carencias y la pobreza tam- bién estaban muy presentes en Elda. Tal vez, pese a eventos como los festivales de ópera, las actividades culturales eran el talón de Aquiles de la vida local: falta- ban aulas suficientes para todos, per- sistía el analfabetismo y el absentismo escolar en algunos sectores, se carecía de infraestructura cultural acorde con la en- tidad de la ciudad y –hasta bien entra- dos los setenta– de una programación adecuada, hasta el punto de que la co- misión municipal de Cultura no se creó hasta 1972 y sólo para organizar actos no para actuar estratégicamente con- tra las carencias. En el plano urbanísti- co, las deficiencias fueron gravísimas en muchos barrios a lo largo de todo el periodo; diversos reportajes de Valle so- bre los barrios de los sesenta hablaban de falta de alcantarillado y pavimenta- ción, infravivienda o problemas de acceso en barrios como Tafalera, Caliu, Huer- ta Nueva, Estación, Monte Calvario, Los Molinos... casi la mitad de la extensión residencial de Elda. Los problemas más graves los afrontaba la población gita- na: en mayo de 1974 todavía existían numerosas familias padeciendo el cha- bolismo, un 70% eran analfabetos y sólo 7 estaban afiliados a la seguridad so- cial según un estudio de Nuevo Ciu-
dad–Vinalopó. En esas fechas, Auxilio
Social seguía alimentando diariamente a casi un centenar de personas.
Durante los años en que Porta de- sempeñó la alcaldía, la mayoría de la población eldense se mostró política- mente indiferente, ocupada en proble- mas más personales o temerosa de ex- teriorizar sus opiniones cuando diferían de la oficial; sólo una minoría de obre- ros y universitarios manifestaba su opo- sición o actuaba en consecuencia, aun- que desde la crisis de 1973 y tras la muer- te de Carrero Blanco fue aumentando rápidamente el descontento y la parti- cipación ciudadana. La oposición obre- ra comenzó a mostrarse en el seno del sindicato vertical en la segunda mitad de los sesenta, como reflejan la elección de J. Leal, V. Belmonte o F. Cabrera para El fotógrafo Carlson –testigo
excepcional de toda la época y autor de muchas de las fotografías utilizadas- recogió así el momento de la muerte de Franco (Archivo EMIDESA).
puestos de responsabilidad o el amago de manifestación del 1 de mayo de 1968; en 1973 y 1974, la respuesta se acre- centó frente a un plan de reestructura- ción del calzado que amenazaba buena parte de los puestos de trabajo en la in- dustria y pretendía ofrecerse a los obre- ros como hecho consumado, a lo que és- tos respondieron creando grupos de es- tudio y debate autónomos, cada vez más participativos y amplios; al mismo tiem- po, se organizaban protestas ante re- ducciones de plantilla en algunas em- presas, como en «Pedro García», o des- pidos de trabajadores poco dóciles a la dirección, como en «Gómez Rivas». En estos hechos podemos encontrar las raí- ces del futuro Movimiento Asambleario. En la oposición política, durante los años sesenta sólo parecía sobrevivir el Partido Comunista, en la mayor clan- destinidad. A partir de 1973, el partido fue ampliando su actividad, con grandes problemas y penalidades, como la de- tención de F. Belmonte y otros mili- tantes de Elda-Petrer en 1974; el partido, como era llamado entonces, contaba con militantes combativos y células ac- tivas, pero se encontraba socialmente aislado de la mayoría de la población, de- monizado como estaba por la propa- ganda franquista; tampoco pudo dirigir las reivindicaciones obreras, tanto por- que los sindicalistas más destacados funcionaban autónomamente como porque CCOO seguía en buena medida las directrices de otro partido, el Movi- miento Comunista, que también dis- ponía en la comarca de militantes acti- vos y jóvenes.
Entre los grupos opositores eran mayoría quienes carecían de afiliación concreta a partido o sindicato alguno; eran centenares las personas que dese- aban participar en actividades sociales o culturales ajenas al régimen dictato- rial. Por ello, a mediados de los seten- ta estaban presentes iniciativas en todos los ámbitos. Grupos religiosos obreros comprometidos, como la HOAC y la JOC luchaban ya abiertamente por la transformación social o política, par- ticipaban en los grupos de análisis de la reestructuración del calzado y se opo- nían a la actuación preconciliar del obispo Barrachina. En el plano cultural, junto a la época dorada de Coturno, surgían multitud de grupos de claro contenido social, como Ágora o Anea, con obras de Neruda o Sastre; el cine no
comercial vivía sus mejores años, con un Cinefórum Pracix masivo en la Sagra- da Familia, un modesto Cine Club Berg- man algo más radical o salas de arte y ensayo; incluso la propia concejalía de Cultura programaba obras de Brecht, Va- lle-Inclán, un ciclo de teatro de van- guardia o actuaciones de Tábano; se creaban clubs culturales como el Fé- nix. El movimiento vecinal se iniciaba en estos años: en 1973, la Asociación de Vecinos de La Tafalera fue pionera en la provincia y una de las primeras de toda España, creando un modelo par- ticipativo que fue pronto imitado en otros barrios, augurando la fuerza rei- vindicativa que lograría el movimiento ciudadano en la Transición. Fueron también los años iniciales del feminis- mo local, curiosamente aglutinado en la Asociación de Amas de Casa, que en tantos otros pueblos era una entidad de corte conservador.
En diciembre de 1975, recién falle- cido Franco, uno de los primeros in- tentos de renovación interna del régimen permite a los concejales elegir a sus al- caldes. En Elda, Antonio Porta renuncia a presentarse. Un concejal joven, Fran- cisco Sogorb, es elegido en enero de 1976 frente a dos candidatos ajenos a la corporación (Juan Navarro y Eloy Pas- tor); en su discurso de toma de pose-