2.3 Linear Deformable Model Fitting
2.3.2 Generative Fitting
1
“...Así abandoné Suiza con Cafi ero. Estaba enfermo, escu- pía sangre y me habían dicho que estaba tísico, más o menos... Mientras atravesaba el Gotardo durante la noche –en aquel tiempo no existía todavía el túnel y había que atravesar la mon- taña nevada en diligencia– tomé frío y llegue con fi ebre a la casa de Zürich en que habitaba Bakunin.
Después de los primeros saludos, Bakunin preparó un catre y me invitó –mejor dicho, me forzó– a acostarme, me cubrió con todas las mantas que pudo encontrar e insistió en que reposara y durmiese. Hizo todo eso con una premura y una ternura ma- terna que me llegó al corazón.
Mientras estaba envuelto en las mantas y todos creían que dormía oí que Bakunin decía cosas admirables respecto de mí y luego agregaba melancólicamente: “Lástima que esté tan enfer- mo, lo perderemos pronto; no tiene para seis meses”.
Esta conmovedora descripción de su primer encuentro con Bakunin en 1872 fue escrita por Malatesta en 19261 cuando éste
tenía 73 años y ya hacia 51 años que Bakunin yacía en su tumba. Otras personas se refi rieron en esa época a la mala salud de Malatesta. Cafi ero (en una carta de 1875) hablaba del “pobre Malatesta, enfermo del pecho” y pensaba que sin duda las inten- ciones de sus perseguidores eran la de “extinguir una existencia tan joven y noble entre los fétidos y silenciosos muros de una celda”2.
Borghi señala que “el aparato respiratorio de Malatesta siguió siendo por cierto su punto débil durante toda la vida”, y agrega: “...no olvidaré nunca las crisis que le provocaron los ataques bron- quiales en la fétida celda de Milán en el frío invierno de 1920–21”3.
Su compañera durante los últimos años de su vida, Elena Melli, en una carta a Damián (julio 28 de 1932) describe las ultimas semanas de su vida: “Había superado apenas una pul- monía, una recaída ocurrida hace pocas semanas. Parecía estar mejor y fuera de peligro, pero se debilitaba cada vez más: se lo percibía día a día... Y sin embargo, él no creía estar cercano a la muerte hasta que lo sofocó otro ataque del lado izquierdo...
Durante los últimos días respiraba con fatiga, se sofocaba pese a todo ese oxígeno –1.500 litros en cinco horas...–. Murió el viernes 22 [de julio de 1932] a las 12.20 p.m.4”
2
George Woodcock en su reciente historia del anarquismo escribe5:
“A mediados de 1871, sin embargo, apareció un nuevo gru- po de militantes, diferentes de carácter de los veteranos de lu- chas anteriores que se habían reunido al comienzo en torno a Bakunin. Sus líderes, Carlo Cafi ero, Errico Malatesta y Carmelo Palladino, eran todos jóvenes que andaban todos por los veinte años, hijos educados de terratenientes del sur de Italia; todos ellos provenían de regiones donde la pobreza campesina era en- démica... constituían de hecho el equivalente de los nobles rusos con conciencia de culpa que en la misma década sintieron la imperiosa urgencia de ‘ir hacia el pueblo’”.
Por lo menos en lo referente a Malatesta, la comparación no se adecua a los hechos disponibles.
De Padilla no se sabe mucho aparte de que era un abogado joven, que había desarrollado gran actividad en la sección de Nápoles de la Internacional desde 1869 hasta 1871; que visitó a Bakunin en compañía de Cafi ero hacia fi nes de 1872 y que se trasladó a Locarno en 1874, después del fracaso del movimiento insurreccional italiano de ese año, pero eventualmente volvió a Cagnamo Varamo, “donde murió muchos años más tarde en circunstancias trágicas”6.
Carlo Cafi ero (nació en Barletta en 1846 de una “familia rica y reaccionaria”)7 fue miembro de la Internacional de Londres
y Marx se proponía utilizarlo para ayudar a convertir a Italia y a España al marxismo. A su retorno a Italia, fue él en cambio el que se convirtió, y en parte por los esfuerzos de Malatesta. Bakunin completó la “conversión” al año siguiente. Cafi ero si- guió en actividad hasta 1882, cuando sostuvo la causa de la socialdemocracia. Un año más tarde sufrió un quebranto mental del cual nunca se recobró. Murió en un manicomio en 1892.
Errico Malatesta nació en Santa Maria Capua Vetere (una ciudad guarnición con una población de 10.000 habitantes, de la provincia de Caserta) el 14 de diciembre de 1853. Sabemos muy
poco acerca de sus antecedentes familiares. La difundida idea de que provenía de la nobleza carece de base. Fabbri8 describe al
padre de Malatesta como “un hombre de ideas liberales mode- radas” y “un rico propietario terrateniente”. Según Nattlau9 la
familia provenía de la “pequeña burguesía y estaba dedicada al comercio”, y esta descripción la confi rma Borghi10, que cuenta
que a Malatesta le divertía mucho su supuesta descendencia de Segismundo Malatesta, “el famoso tirano de Rímini”, que en el siglo xv erigió un templo a Dios y a su amante Isotta. No corría ninguna sangre azul por sus venas: “su madre y su padre fueron modestos y recoletos propietarios terratenientes”.
Por el relato de Malatesta acerca de su primer encuentro con Bakunin en 187211 nos enteramos de que por entonces su madre
y su padre, junto con su hermano y hermana, habían muerto de “dolores del pecho”, y en otro artículo de reminiscencias po- líticas de Giusseppe Fanelli, aquél recuerda que en esa época (1871) “era un estudiante y vivía con una vieja tía que nos sirvió de madre después de la muerte de nuestros progenitores”12.
“La Internacional había sido introducida en Italia por bur- gueses que, en su amor por la justicia, desertaron de su clase, y en 1872 y también más tarde en muchos lugares, la mayoría, o por lo menos los líderes y elementos activos, no eran trabajado- res sino jóvenes de la clase media y media–baja”13.
3
A mediados de 1871 Malatesta no “andaba por los 20 años” sino que sólo tenía 17 años cumplidos, y ya se mostraba activo en la lucha política.
A los 14 años protestó por una injusticia local dirigiendo al rey Vittorio Emmanuele II una carta que Fabbri14 describe como
“insolente y amenazadora”, y que las autoridades tomaron tan en serio como para ordenar su arresto (el 25 de marzo de 1868). Con ayuda de amigos su padre logró liberarlo de la prisión y también de la amenaza de que lo enviarían a una escuela espe- cial “en vista del hecho de que su familia había descuidado la tarea de educarlo como un fi el súbdito de la corona”15.
Mientras cenaba durante la noche de su liberación su padre trató de reprocharle, o por lo menos de advertirle que fuera más prudente en el futuro. Pero Fabbri nos dice que la respuesta del
joven Malatesta fue tan intransigente que todo lo que su padre pudo decir, con lágrimas en los ojos, fue: “Pobre hijo, me des- agrada decírtelo, pero a este paso terminarás en la horca”16.
Dos años más tarde (1870), según Angiolini17, fue arres-
tado y sentenciado en Nápoles luego de una manifestación y “suspendido” por un año en la Universidad de Nápoles, donde estudiaba medicina.
La educación escolar de Malatesta comenzó en el liceo de Santa María, pero en seguida se trasladó con sus padres a Nápo- les donde asistió a la escuela de los padres Escolapios (orden religiosa dedicada a la educación) y estudió a los clásicos18.
“Yo estaba entonces (1868) dedicado al estudio de la retó- rica, de la historia romana y de la fi losofía de Gioberti. Mis maestros no lograron sofocar sin embargo en mí la fuerza de la naturaleza, de modo que logré preservar mi salud intelectual y la pureza de mi corazón y protegerlas de la estupidez corruptora de la escuela moderna”19.
De los Escolapios pasó a la Facultad de Medicina de la Uni- versidad de Nápoles. Pudo completar a lo sumo tres años de sus estudios de medicina antes de unirse a la Internacional, y los años que siguieron a esa importante decisión están tan cargados de actividad política y revolucionaria que es improbable que haya llegado a completar sus estudios médicos20.
4
A la edad de 14 años era un republicano en germen, y con el tiempo solicitó el ingreso en la Alianza Universal Republicana, pero Mazzini rechazó su solicitud alegando que sus tendencias eran demasiado socialistas y que pronto se pasaría a la Inter- nacional. Malatesta no había oído hablar de la Internacional hasta entonces. Su insaciable curiosidad tenía que ser satisfecha y se puso a averiguar más; en el curso de su búsqueda encontró a una cantidad de miembros de la sección italiana de la Inter- nacional y sufrió la infl uencia de Fanelli y de Palladino. Se unió a la Internacional en 1871, unos pocos meses después de los “inspiradores” eventos de la Comuna de París. Su ingreso en la sección de Nápoles fue el comienzo de una nueva fase de actividad dentro de esa sección. Además de un grupo de trabajadores lo si- guieron muchos de sus compañeros de estudios21. Daba también
muestras no sólo de una gran capacidad de trabajo sino de la fuerza para inspirar a los que lo rodeaban, característica que conservó durante toda su vida.
Muchos años más tarde describiría la vida de un militante en esos días de “entusiasmo”, cuando los Internacionalistas esta- ban “siempre prontos a todo sacrifi cio por la causa y se sentían animados por las más rosadas esperanzas”22.
“Todos daban a la propaganda todo lo que podían e incluso lo que no podían permitirse, y cuando el dinero era poco ven- dían alegremente los objetos de su casa y aceptaban con resigna- ción los reproches de las respectivas familias. Por la propaganda descuidaban el trabajo y los estudios. ¡De todos modos la revo- lución podía estallar en cualquier momento y arreglarlo todo! A menudo alguien terminaba en prisión, pero salía de ella con más energía que antes: las persecuciones sólo lograban hacer más consciente nuestro entusiasmo. Es cierto que las persecuciones de entonces eran broma en comparación con lo que ocurriría más tarde. En aquella época el régimen había salido de una serie de revoluciones, y las autoridades, rígidas desde el comienzo en los enfrentamientos con los trabajadores, especialmente en el campo, demostraban un cierto respeto por la libertad en la lucha política, una especie de embarazo semejante al de los go- bernantes austríacos y borbones, que de todas maneras desapa- reció tan pronto como el régimen se consolidó y la lucha por la independencia nacional quedó relegada a segundo plano”23.
Pero Malatesta no vacila en señalar todos los falsos supuestos políticos con que ellos se alimentaban en esa época de entusiasmos.
“Nosotros creíamos en el descontento general, y puesto que la miseria que afligía a la masa del pueblo era verda- deramente insoportable, pensábamos que habría sido sufi- ciente dar el ejemplo y con las armas en la mano lanzar el slogan ‘abajo los nobles’ para que las masas trabajadoras depusieran a la burguesía y tomaran posesión de las tierras, de las fábricas y de todo lo que habían producido con su fa- tiga y que les había sido sustraído. Teníamos una fe mística en la virtud del pueblo, en sus capacidades, en sus instintos igualitarios y libertarios.
”Los hechos demostraron entonces y más tarde –y ya lo habían demostrado antes– cuán lejos estábamos de la verdad.
Fue hasta demasiado claro que tener hambre, cuando no hay conciencia de los propios derechos y ninguna idea guía la ac- ción, no conduce a resultados revolucionarios: a lo sumo crea esporádicas revueltas que los señores, si tienen un poco de sen- satez, pueden controlar más fácilmente distribuyendo pan y arrojando desde sus balcones unas pocas monedas de cobre a la multitud que clama, más bien que ordenando a los cara- bineros que disparen sobre ella. Y si los deseos no hubiesen cegado nuestra capacidad de observación, habríamos podido notar fácilmente el efecto deprimente y en todo caso contrarre- volucionario del hambre y el hecho de que nuestra propaganda hacía más efecto en las regiones menos deprimidas y entre los trabajadores, en su mayoría artesanos, que sufrían menos es- trecheces fi nanciaras”24.
A diferencia de muchos revolucionarios que nunca vieron el bosque de la realidad porque se lo impedían los árboles de sus sueños, Malatesta, en un estadio temprano de su vida política, sometía todas las esperanzas y teorías de sus con– temporáneos y maestros a la prueba crítica de la realidad. Es importante insistir, sin embargo, en que tal como ocurre tan a menudo, mientras el tipo de revolucionario misionero con los ojos en las estrellas y el activista que practica la acción sobre todo y desdeña a quienes se atreven a detenerse a pen- sar, pierden rápidamente su celo misionero y consagran su activismo a objetivos más mundanos, Malatesta nunca aban- donó su actividad revolucionaria ni perdió su optimismo, op- timismo que debe considerarse mucho más como confi anza en sí mismoy en sus amigos íntimos que como fe ciega en algún milenio anarquista o socialista.
En un raro artículo autobiográfi co escrito en 188425, cuan-
do tenia 30 años, y destinado a advertir e incitar a la juventud de la época, Malatesta describe sus propios sentimientos de la adolescencia, sus ensueños de “un mundo ideal” y su fe en la “república” –por cuya causa había visto por primera vez el interior de una prisión del reino, lo que sólo le permitió co- brar conciencia, al adentrarse en el mundo de la realidad, de los problemas que había que superar para alcanzar su mundo ideal, y del hecho de que la república era un gobierno como cualquier otro, y a veces inclusive peor–.
5
Malatesta comprendió muy temprano los peligros del culto de la personalidad sin llegar sin embargo a subestimar nunca el valor del hombre, o a dejar de reconocer las excepcionales cualidades de otros o la infl uencia que éstos ejercían sobre su propio desarrollo. El hecho de que en su primera juventud tuviera que elegir entre una galaxia de “grandes hombres” –Garibaldi, Mazzini, Marx, Bakunin– puede haberle dado una temprana comprensión de los peligros que surgían de asociar las ideas con las personalidades. En verdad, en el Octavo Congreso de la Asociación Internacio- nal de los Trabajadores, celebrado en Berna en octubre de 1876, Malatesta, que fue uno de los delegados italianos, protestó con- tra el hábito de denominarse o ser conocidos como bakuninistas, “puesto que no lo somos, ya que no compartimos todas las ideas prácticas y teóricas de Bakunin, y sobre todo porque seguimos las ideas y no a los hombres, y nos rebelamos contra esta costumbre de personalizar un principio en un hombre”.
Y respecto de Mazzini alude a la manera en que “quizás irritado por haberse visto privado de ese tipo de pontifi cado que ejerciera durante muchos años sobre el movimiento revolu- cionario, atacó a la Comuna y a la Internacional y frenó a sus seguidores para que no dieran los pasos que estaban por dar”26.
Y escribe acerca de los seguidores de Garibaldi y de “su duce”27
(Mussolini se había llamado a sí mismo “il duce”, y puesto que la referencia de Malatesta a Garibaldi fue escrita en 1928, cuan- do Mussolini estaba en la cumbre de su poder, el hecho de que Malatesta utilice este término en el caso de Garibaldi difícilmen- te puede considerarse como halagüeño).
Sin embargo, quizá porque combatía la idea del superhom- bre, era tan generoso al señalar las cualidades y logros de aque- llos contemporáneos y “mentores” suyos, como severo al no admitir compromisos en su crítica de las debilidades personales de éstos y de lo que él consideraba como sus errores políticos. Este enfoque está bien ilustrado por el artículo de Malatesta que contiene recuerdos acerca de Kropotkin, incluido al fi nal de estas Notas, y en su breve pero generosa defensa de Mazzini (1922): “Estuvimos contra Mazzini por su modo de concebir la lucha social, por la misión providencial que atribuía a Italia y a Roma, por su dogmatismo religioso.
”Ha habido siempre, como ocurre en el calor de la lucha, excesos e incomprensiones de ambas partes, pero con espíritu de objetividad reconocemos que, en el fondo de nuestro corazón y en los sentimientos que nos inspiró, fuimos mazzinianos tal como Mazzini fue internacionalista.
”Existieron y siguen existiendo diferencias fundamentales de método, tal como hubo y sigue habiendo aún diferencias bási- cas en los conceptos fi losófi cos, pero el espíritu animador era el mismo. El amor entre los hombres, la hermandad entre los pue- blos, la justicia social y la solidaridad, el espí ritu de sacrifi cio, de deber. Y aparte de esto, el decisivo e inconciliable odio por la institución de la monarquía”28.
6
Bakunin ocupa un lugar de honor entre las personas que infl uyeron en su desarrollo. Malatesta se refi rió a él como “el gran revolucionario, aquel al que todos miramos como nuestro padre espiritual”. Su máxima cualidad era la capa cidad de “co- municar la fe, el deseo de la acción y del sacrifi cio a todos los que tuvieran ocasión de conocerlo. Acostumbraba decir que es necesario tener le diable au corps [el diablo en el cuerpo (NdE)] y por cierto lo tenía en sí y en su espíritu.
”Yo fui bakuninista, como lo fueron todos mis compañeros de aquellos días lejanos. Hoy –y por muchísimos años– ya no podría describirme como tal.
”Las ideas se han desarrollado y modifi cado. Hoy siento que Bakunin, en la economía política y en la interpretación de la historia, es demasiado marxista: encuentro que su fi losofía se ve arrastrada, sin posibilidad de salvación, hacia la contradicción entre la concepción mecanicista del universo y la fe en la vo- luntad contrapuesta al destino inexorable del género humano. Pero esto no tiene gran importancia. Las teorías son inciertas y las concepciones cambian: y la fi losofía, hecha de hipótesis, que habitan entre las nubes, tiene poca o ninguna infl uencia sobre la vida. Y Bakunin sigue siendo siempre, pese a todas las posibles divergencias, nuestro gran maestro e inspirador.
”Lo que permanece vivo es su radical crítica al principio de autoridad y al Estado que lo encarna; se mantiene viva la lucha contra las dos mentiras, los dos modos en que son oprimidas y
explotadas las masas: la democracia y la dictadura; está viva su magistral denuncia de ese falso socialismo que él llamó soporí- fero, y que tiende, consciente o inconscientemente, a consolidar el dominio de la burguesía adormeciendo a los trabajadores en la inactividad con inútiles reformas. Y sigue vivo, sobre todo, el odio intenso contra todo lo que degrada y humilla al hombre y el ilimitado amor por la libertad de todos”29.
7
Pero como él mismo escribió acerca de ese período, “aunque ninguno de nosotros hubiese leído a Marx, éramos todavía dema- siado marxistas”30. Fabbri consideró que el período de transición
entre el anarquismo de la Primera Internacional y el que él expuso hacia el fi n de su vida ocurrió durante los siete u ocho años que van de la publicación de L’Associazione (Londres, 1890) a la de
L’Agitazione (Ancona, 1897). Sin embargo, el mismo autor obser- va que ya en La Questione Sociale (Florencia, 1884) “ciertos con- ceptos fundamentales de su evolución se revelan claramente”.
Fue en L’Agitazione donde Malatesta publicó seis artículos so- bre “El individualismo en el anarquismo”, “Armonía y Organiza- ción”, en los cuales, sin polemizar abiertamente con Kropotkin, da una interpretación del anarquismo que está en abierta con- tradicción con el punto de vista kropotkiniano expresado en La