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Jung llamó a la cara que presentamos al mundo nuestra persona, refiriéndose a las máscaras que se utilizaban en las tragedias griegas. No obstante, el uso de esos y personajes simbólicos no queda por supuesto limitado al teatro griego. Los japoneses, por ejemplo, tienen máscaras similares que utilizan en su teatro noh. Cada máscara representa a un personaje determinado. Los balineses tienen figuras simbólicas similares en su teatro de marionetas. Los personajes de guiñol de Punch y Judy son eternos favoritos de los niños británicos. Y, aunque éstos no llevaban máscara, los buenos y los malos de las películas del Oeste americano (hasta el día en que apareció la figura del antihéroe) también eran como estereotipos. Todos reconocíamos al terrateniente malvado, al frío asesino a sueldo, a la inocente damisela que estaba en un apuro, al médico alcohólico, a la dura camarera con un corazón de oro, al héroe, más puro que la nieve recién caída, etc.

En el mundo occidental de finales del siglo XX la profesión de un

hombre se convierte en ingeniero o en programador informático hasta tal punto que se olvida de que es algo más que su profesión. Hasta hace poco tiempo, las mujeres tenían pocas o nulas oportunidades de asumir roles adultos que no fueran los de «madre», «vieja solterona», «señorita maestra», «bibliotecaria», etc. Toda mujer que se casa y tiene hijos sabe lo difícil que es conseguir que otras personas la vean como una persona con derecho propio, como alguien que no sea la esposa de su marido, o la madre de sus hijos. Ella misma tiene muchas veces dificultades para verse a sí misma de otra manera que no sea en estos roles fuertemente arquetípicos.

Todos necesitamos una identidad y, en lugar de luchar para definir nuestra propia y única identidad, la mayoría de nosotros estamos dispuestos a adoptar una identidad colectiva como la de «madre» o «padre», «bibliotecaria» o «programador informático.» Pero estos roles son como máscaras que no pueden cambiar de expresión. No importa cuál sea la situación, tenemos que reaccionar de acuerdo con nuestro personaje predefinido. Cuando alguien se encuentra estancado en su persona, nos parece superficial. No suscita gran interés porque, literalmente, carece de profundidad.

Asimismo, nos construimos una imagen ideal de nosotros mismos: amables y educados, pero fuertes y decididos. (O alguien en quien se puede confiar, leal, servicial, valiente, limpio y reverente como un boy scout ideal). Cualquier imagen de este tipo, compuesta exclusivamente por aquello que consideramos bueno y correcto, es demasiado ligera; le falta el sombreado oscuro que necesita para estar completa. Por ejemplo, en Gran Bretaña, durante la segunda mitad del siglo XIX el ideal masculino

era el del gentleman, con su exquisito autocontrol. El complemento de ese ideal era un salvaje, que era incapaz de controlar sus impulsos instintivos. Naturalmente, ambas imágenes existían sólo en la mente británica, no en la realidad.

Creyendo en el espejismo de que dominaban completamente sus vidas, la clase alta británica estaba de hecho dominada por su inconsciente. Impulsada por una necesidad de encontrar el salvaje necesario para su totalidad, los hombres británicos llevaron el colo- nialismo a sus extremos, dominando la India, África y todos los lugares del mundo que ellos imaginaban estaban habitados por salvajes. Los colonialistas británicos se instalaron en todos esos países e intentaron vivir exactamente igual a como lo hacían en Inglaterra. En medio del África, el gentleman inglés se ponía cuello almidonado, leía diariamente su Londón Times (que probablemente tenía ya seis meses cuando le llegaba), y tomaba su té. Más que nada, esos colonos temían a sus compañeros, incapaces de resistir la atracción del inconsciente, que se habían adaptado a las costumbres nativas.

Para poder desarrollar la autodisciplina necesaria para una locura tal, los jóvenes británicos de la clase alta eran enviados a escuelas donde se les pegaba salvajemente e incluso a veces padecían abusos sexuales por

parte de sus profesores y compañeros. Su necesidad de la oscuridad y salvajismo reprimidos les llevaba inevitablemente al masoquismo y al sadismo. Incapaces de relacionar la sexualidad con el amor, porque para ello se precisaba cierta disminución de su papel consciente de dominio, se convirtieron en homosexuales en un número verdaderamente extraordinario.60

O consideremos un fenómeno incluso mayor, el cristianismo, y la sombra que ha dejado en muchos de nosotros. Como marcado contraste con la máxima patriarcal judía de «ojo por ojo, diente por diente,» Jesucristo propuso al mundo una nueva idea más suave, más femenina: «Ama a tu prójimo como a ti mismo.» Lo que Cristo realmente estaba expresando era el reconocimiento de que él no estaba realmente separado de la gente que le rodeaba, de que veía algo de sí mismo en todo aquél con quien entraba en contacto. Pero darse cuenta de una cosa así requiere autoconocimiento, y éste sólo se alcanza después de una larga lucha con nosotros mismos y, especialmente, con nuestra sombra.

Sus seguidores decidieron tomar la «regla de oro» como eso exactamente: una regla que tenía que ser seguida, de la misma manera que antes habían seguido los diez mandamientos de la religión judía. Es más fácil decir simplemente que tenemos que amar a nuestro prójimo, independientemente de que lo hagamos o no, que investigar esas partes de nosotros mismos que preferiríamos dejar a oscuras. Del mismo modo, si seguimos el ideal de Cristo, es mucho más fácil verle como perfecto, incapaz de pecar, que como un hombre que lucha con éxito con los lados contradictorios de su propia naturaleza. ¿Qué otra cosa podía hacer Jesucristo excepto luchar, compuesto como estaba de Dios y de hombre? Si seguimos el ideal de Cristo, necesitamos luchar para reconciliar nuestra naturaleza esencialmente animal con nuestra naturaleza esencialmente divina. Necesitamos descubrir la divinidad en lo instintivo, lo instintivo en lo divino.

En lugar de ello, el cristianismo desarrolló un ideal de perfección, de luz sin oscuridad. La oscuridad ha quedado escindida y se la atribuye a Satán, en lugar de considerarla una parte necesaria de nuestra naturaleza. Si existe la luz, inevitablemente existe la oscuridad, como compensación. Por lo tanto, todas las partes descuidadas y reprimidas de la personalidad se congregan alrededor de la sombra y se las asocia con el pecado y el mal.

60 Con ello no quiero decir, ni muchísimo menos, que toda homosexualidad procede de este tipo de represión. Parece que un porcentaje fijo (habitualmente estimado entre el 10 y el 15%) de hombres y mujeres de cualquier cultura son homosexuales, al parecer genéticamente predispuestos hacia la homosexualidad, de igual modo que la mayoría están genéticamente predispuestos hacia la hetetosexualidad. Pero las circunstancias también pueden llevar a una persona, cuya sexualidad sea incierta, a un campo o al otro. En el caso de la Gran Bretaña de fin de siglo, las circunstancias llevaron a muchos hombres de la clase alta a una infeliz homosexualidad, infeliz porque probablemente no estaba predeterminada por la naturaleza.

PROYECCIÓN

Jesucristo también enseñó que primero deberíamos mirar la mota en nuestro propio ojo antes que el mal en el de nuestro prójimo. Los psicólogos utilizan el término proyección para referirse a esta atribución de nuestras características a otras personas. Es importante darse cuenta de que la proyección es un proceso inconsciente sobre el cual no tenemos control alguno. El objetivo es alcanzar un nivel de consciencia suficiente para no tener que proyectar más la sombra sobre los demás.

Si estamos sexualmente reprimidos, se forma una figura de sombra que da paso a todo impulso sexual. Cuanto más neguemos que tenemos esos deseos malvados, más energía se acumulará alrededor de la sombra. Al final hay tanta energía que ya no la podemos confinar al inconsciente. Sale disparada. A veces nos posee y hacemos cosas que después preferiríamos olvidar: «¡Chico, pues no estaba yo borracho ni nada! No recuerdo nada en absoluto.»

O bien proyectamos la sombra sobre alguna persona de nuestro alrededor. Las proyecciones no son totalmente indiscriminadas; tiene que existir algún tipo de «gancho» para que la sombra pueda colgarse de él. Pero si la energía es lo suficientemente fuerte, el gancho no tiene que estar demasiado cerca. En el caso de nuestro ejemplo, podríamos proyectar nuestra sombra de lujuria desenfrenada sobre cualquiera que no sea tan reprimido como nosotros sexualmente. Una vez colocada la proyección en su lugar, atribuiríamos todo tipo de características a esa infortunada persona que no tendrían nada, o muy poco, que ver con su personalidad real.

Es por ello por lo que nuestros sueños producen figuras de sombra. En los sueños podemos relacionarnos con ellas de manera segura. En el inconsciente podemos tener nuestras discusiones, librar nuestras batallas y lentamente llegar a respetar su punto de vista, gradualmente aprender a soltarnos un poquito más. Pero si conscientemente permanecemos demasiado rígidos para hacer ningún cambio en nuestro sistema de valores, las figuras de sombra serán cada vez más amenazadoras y finalmente quedarán proyectadas sobre personas del mundo exterior. Una vez proyectada, finalmente nos vemos obligados a enfrentarnos a la sombra, por desgracia a expensas de la persona que recibe la proyección.

El hecho de que este proceso ocurra es asombroso. Evidentemente, algo de nuestro interior no aceptará nuestra visión unilateral de la vida. Jung llamó a este proceso la función trascendente (en el sentido de que «trasciende» nuestra perspectiva funcional normal de la vida). La función trascendente intenta restituir la totalidad llevando aspectos reprimidos o ignorados de la personalidad al consciente. Visto de esta manera, la

sombra nos ofrece una oportunidad de crecimiento. Si la reconocemos y nos relacionamos con ella, crecemos. Si la negamos y la reprimimos, la sombra se va haciendo más fuerte hasta que tenemos que reconocerla y relacionarnos con ella. La psique intenta hacernos crecer, tanto si nos gusta como si no.