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Chapter 3 Methodology and Methods

3.2 Methodologies and Theoretical Perspectives

Suele marcarse el comienzo del periodo medieval con la deposición de Rómulo Augusto en el año 476 y su final con la caída de Constantinopla ante los turcos en 1453. Hay, por supuesto, un enorme grado de arbitrariedad respecto a estas fechas. El Imperio Romano estaba en deca- dencia desde mucho tiempo antes de la destitución de Rómulo Augusto, y hubo anticipaciones del regreso del pensamiento científico en los siglos anteriores a la caída de Constantinopla. Sin embargo, estas fechas tienen cierto fundamento. Para finales del siglo V, el imperio comercial de los romanos fundado en el dinero se había disuelto en enclaves feudales aislados basados en una economía de subsistencia rural. Buena parte de las obras clásicas se destruyeron o perdie- ron y los eruditos occidentales no volvieron a disponer de ellas sino hasta el siglo XII. Para finales del siglo XV, el Renacimiento y la Reforma estaban en pleno desarrollo en Europa occi- dental, y la antipatía hacia la tradición que representaban estos movimientos fue un presagio de la revolución científica que comenzó en el siglo XVI.

En Europa occidental, el periodo que abarca aproximadamente entre los años 500 y 1000 y durante el cual disminuyeron el comercio y el desarrollo del conocimiento, suele denomi- narse periodo medieval temprano (el término medieval significa “edad media”). El lapso entre los años 1000 y 1300, durante el cual revivieron el comercio y el conocimiento, suele clasifi- carse como el periodo medieval intermedio. El periodo comprendido entre los años 1300 y 1600, durante el cual el sistema intelectual y social del mundo medieval se vino abajo por inconsistencias internas y por la presión del Renacimiento y la Reforma, suele clasificarse como el periodo medieval tardío.

Se acostumbra representar a la Iglesia cristiana medieval como una institución hostil hacia el pensamiento científico, al grado de perseguir activamente a los científicos. Aunque hay cierta verdad en esta idea, también es una especie de caricatura, y la verdadera historia es más compleja e interesante. Además, cualquiera que haya sido el conocimiento que se preservó en Occidente, sobre todo durante el periodo medieval temprano —conocido también como “la Edad de las Tinieblas”— fue preservado por clérigos en enclaves monásticos. Sin embargo, durante este lapso, el desarrollo de la civilización y el conocimiento se estancaron en Europa, salvo por un breve renacimiento durante el reinado de Carlomagno (742-814).

El Islam

Fue el Imperio Islámico el que redescubrió, tradujo y preservó las obras de Aristóteles y otros pensadores griegos. El profeta Mahoma nació en el año 570 y experimentó su primera visión del arcángel Gabriel en el año 610. En ésta, se le reveló que había sido elegido como el mensa- jero de Alá (Dios) y recibió las sagradas escrituras que formaron la base del Corán, el libro sagrado de la nueva religión islámica. Sus discípulos conquistaron rápidamente las ciuda- des sagradas de La Meca y Medina. En forma asombrosa, en un periodo de cien años a partir de la muerte del profeta en el año 632, el Imperio Islámico alcanzó su esplendor dominando un área mayor que la del Imperio Romano, que incluía África meridional y España, Siria, Egipto, Arabia y Persia. Esto permitió que los eruditos islámicos entraran en contacto con las obras clásicas que se habían perdido en el mundo occidental.

Los conquistadores islámicos inicialmente condenaron y rechazaron las obras paganas con el mismo celo que los primeros cristianos. Destruyeron los restos de la Gran Biblioteca de Ale-

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jandría en el año 642, utilizando los volúmenes clásicos como combustible para los baños de la ciudad. Justificándose, el califa Omar afirmó que “si estos escritos de los griegos coinciden con el libro de Dios, son inútiles y no necesitan preservarse; si no coinciden, son perniciosos y deben destruirse”, actitud casi idéntica a la de san Agustín.

Los califas posteriores fueron menos radicales. Alrededor del año 800, el califa Harún al- Rashid (o Aarón el Justo) hizo que se tradujeran al árabe las obras de Aristóteles, Hipócrates y Galeno; posteriormente, sus sucesores enviaron misiones a Constantinopla y la India a descu- brir otras obras científicas que conviniera traducir. Cuando el Imperio Islámico conquistó Per- sia se dispuso de las obras de Platón, Plotino, Euclides, Arquímedes y otros autores clásicos —pues, como se dijo anteriormente, los alejandrinos habían preservado allí las obras tras huir de Constantinopla— y eruditos como Yaqub ibn isaac al-Kindi (m. después del año 866) y Abu Nasr al-Farabi (c. 870-950) las tradujeron al árabe. De este modo, el Imperio Islámico se convir- tió en el depositario del conocimiento y la ciencia clásicos. Los eruditos islámicos más famosos fueron Abu Ali al-Husayn ibn Sina (c. 980-1037), conocido en Occidente como Avicena, y Muhammad ibn Eoshd (1126-1198), conocido en Occi- dente como Averroes, quien tradujo y comentó las obras clásicas. Ambos trataron de integrar las características medulares de la filosofía platónica y aristotélica en la teo- logía islámica. Abi Ali Hasan ibn al-Haitham (965-1039), conocido en Occidente como Alhazen, desarrolló la pri- mera teoría detallada y experimentalmente fundada sobre la percepción visual.

Avicena Fue médico de varios príncipes persas. Desa- rrolló e incorporó las teorías de Galeno a su enciclopé- dico Canon de medicina, texto que se empleó en forma muy generalizada en las facultades de medicina de Europa y Asia durante el periodo medieval. Escribió amplios e influyentes comentarios sobre las obras de Aristóteles, incluidos tratados psicológicos basados en Del alma (Gutas, 1988). Llegó a conocérsele en el mundo islámico como el “tercer Aristóteles”,1 aunque sus principios aris- totélicos generales estaban bastante salpicados de modi- ficaciones platónicas (Goodman, 1992).

Avicena desarrolló la explicación jerárquica de la psi- que nutritiva, sensible y racional que se halla en Del alma de Aristóteles. También retomó la distinción artistotélica entre la razón pasiva y activa, y sostuvo que esta última es inmortal. Sin embargo, en contraste con Aristóteles, quien afirmaba que la razón pasiva se representa mate- rialmente, Avicena era un dualista y sostenía que la razón pasiva es una capacidad de la psique inmaterial o espiri- tual. Esta concepción la desarrolló en su famoso argu- mento del hombre que vuela, el cual, como el argu- mento similar de san Agustín, se anticipó al argumento del dualismo sustancial desarrollado posteriormente por René Descartes. Avicena argüía que si una persona total- mente desarrollada llegara de pronto a existir suspendida en el espacio, con las extremidades separadas y los ojos cubiertos, no tendría sensación alguna, pero de todos modos sería consciente de su existencia como una entidad distinta de su cuerpo:

1 A Abu Nasr al-Farabi, quien introdujo la lógica aristotélica en el Islam, se le conoce como el “segundo Aristó- teles”.

Avicena: Canon de medicina, Venecia, 1595.

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Supongamos que acaba de crearse de pronto [un hombre], completamente desarrollado y perfecta- mente formado, pero con los ojos vendados y, por tanto, sin la posibilidad de percibir todos los objetos externos —creado con la finalidad de flotar en el aire o el espacio, sin que lo sacuda nin- guna corriente perceptible del aire que lo sostiene, con las extremidades separadas y sin contacto entre sí, de modo que no se sientan unas a otras—. Luego, dejemos que el sujeto considere si afir- maría o no la existencia de su ser. Sin duda la afirmaría, aunque no así la realidad de ninguna de sus extremidades u órganos internos, sus entrañas, corazón o cerebro, o cualquier cosa externa. Afirmaría la existencia de este ser suyo aunque no estipularía que tiene longitud, anchura o pro- fundidad. Y si fuera posible para él en este estado imaginar una mano o cualquier otro órgano, no lo imaginaría como parte de sí mismo o como condición de su existencia.

—(Rahman, 1958, p. 16) Avicena siguió a Platón en el tratamiento de las formas o los universales como algo previo a las sustancias individuales e identificó al Primer motor de Aristóteles con el dios islámico, Alá. También adoptó una variante de la teoría de Plotino sobre las emanaciones para describir la relación entre Dios, el mundo de las ideas inteligibles, las almas inmateriales y los cuerpos materiales.

Averroes Fue juez y médico y pasó la mayor parte de su vida en España. Escribió comentarios detallados sobre Aristóteles, a quien veneró enormemente, y llegó a conocérsele como ”El comentador” (de Aristóteles, a quien llegó a ser conocido como “El filósofo”). Ofreció una interpretación de Aristóteles que carecía en general de las modificaciones en términos de la filosofía platónica realizadas por Avicena (Kogan, 1985). Recuperó la idea aristotélica de las sustancias individuales como algo previo a las formas o los universales, y su interpretación se volvió fundacional para muchos apólogos cristianos medievales, salvo por un aspecto proble- mático: Averroes consideró a la razón activa como algo inmaterial e inmortal, pero no la equi- paró con la psique humana individual. Argüía que no hay forma de distinguir la razón activa en diferentes seres humanos puesto que no posee propiedades físicas o una ubicación espacial por lo cual, consecuentemente, sostuvo que ésta es idéntica en todos los seres humanos: es una y la misma en todos. Esta doctrina, “que el intelecto de todos los hombres es uno y el mismo en términos numéricos”, llegó a conocerse en el mundo cristiano como la herejía de Averroes y fue condenada por el obispo de París en 1270 (Thorndike, 1944). Dado que retomó a Aristó- teles en el planteamiento de la psique racional de los seres humanos como algo materialmente representado, Averroes postulaba que no podía aceptar la inmortalidad del alma sobre bases racionales, aunque la adoptó como un acto de fe (Leaman, 1988).

Alhazen Fue quizás el primero en afirmar que la visión ocurre cuando la luz reflejada por los objetos externos entra en el ojo. Realizó experimentos originales sobre la reflexión y la refrac- ción de la luz y sobre los efectos atmosféricos en la visión. Su Libro de óptica (1021) contiene análisis detallados de la percepción cromática, el tamaño aparente y la visión doble. Exploró el problema de la inversión de imágenes y ubicó la visión binocular en el “nervio común” (el ner- vio óptico). Distinguió entre sensación y percepción y fue uno de los primeros teóricos en relacionar la física de la reflexión de la luz con la anatomía del ojo. Su obra empírica y los pro- blemas que planteó establecieron la agenda de investigación medieval en cuanto a percepción visual (Lindberg, 1968).