Chapter 3 Methodology and Methods
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Para el siglo XIII, los teólogos cristianos habían asimilado completamente las obras de Aristóte- les, lo cual implicó beneficios y desventajas. Si bien se reconocieron, como cabría esperar, los logros de Aristóteles, no sucedió lo mismo con el espíritu crítico y empírico que hay detrás de ellos. Sus precauciones generales y competentes teorías se elevaron y fosilizaron convirtién- dose en dogmas cristianos, al grado en que se convirtió en herejía cuestionar las teorías aristo- télicas que fueran adoptadas por la Iglesia, como posteriormente experimentarían en carne propia Galileo, Giordano Bruno y Descartes.
Sin embargo, es un mito que la Iglesia haya sido activamente hostil hacia la ciencia y que se valiera de la Inquisición para sofocar e inhibir a quienes tuviesen tendencias científicas y empí- ricas. Existen pocos registros de científicos que hayan sido quemados en la hoguera por la Inqui- sición. La respuesta general de la Iglesia a las posturas intelectuales problemáticas fue la expur- gación de las obras impresas y la excomunión de sus autores (Thorndike, 1944). Se opuso a la astrología, que se practicaba frecuentemente junto con la astronomía, pero según los registros sólo a un astrólogo, a un tal Cecco d’Ascoli, se le condenó a muerte en 1327 (Wedel, 1968).
También es un mito que la Iglesia medieval impidiera el estudio científico de la medicina al prohibir la disección de cadáveres humanos (Demaitre, 1975). El Concilio de Tours publicó una prohibición en contra de la disección humana en 1163, pero ésta no se dirigía a la ciencia médica. Se introdujo para desalentar la conveniente práctica de desmembrar los restos morta- les de los cruzados antes de que fueran embarcados a casa. En cualquier caso, muchas escue- las médicas, como el Hippocraticum Medicorum Collegium de Salermo, la principal escuela médica en el siglo XII, simplemente ignoró la prohibición, y no hubo una oposición eclesiástica sistemática a la disección humana durante el periodo medieval. En muchas universidades, como la Universidad de Bolonia, la disección humana era obligatoria (Bullough, 1958). Eran los estudiantes los que se resistían a ésta, y no las autoridades universitarias o eclesiásticas (Kemp, 1990).
Guillermo de Saliceto (1210-1277), cirujano italiano, publicó un registro de sus disecciones en 1275, como lo hiciera también en el año 1316 Mondino de Liuzzi (c. 1275-1326). Uno de los pocos anatomistas en ser sentenciados a muerte por la Inquisición fue Vesalio, quien enca- bezó la revolución del pensamiento médico en la Universidad de Padua en el siglo XVI, al final del periodo medieval. Sin embargo, Vesalio fue acusado de asesinato ante la Inquisición por los padres de un hombre al que supuestamente había diseccionado mientras aún estaba con vida; no por el acto de la disección médica. Se le perdonó la vida merced a la intervención de Felipe II, y su sentencia se conmutó a un peregrinaje religioso.
El papa Gregorio IX instituyó la Inquisición en 1233 para reprimir los remanentes de la herejía cátara en España y el sur de Francia, para cuyo combate el papa Inocencio II inició la Cruzada Albigense. Los cátaros se mostraban críticos a la opulencia y poderío de la jerarquía eclesiástica y sostenían que, como Cristo había sido pobre, la Iglesia debía seguir su ejemplo y desprenderse de sus riquezas. Muchos perecieron por mantener dicha postura, pero no por la defensa de teorías científicas controvertidas.
Brujas y demonios Otro mito es que la Iglesia, en buena medida merced a los oficios de la Inquisición, condenó a cientos de miles de personas desafortunadas, principalmente mujeres, a morir en la hoguera por considerárseles brujas. El periodo medieval suele representarse como
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un lapso de retorno a diversas teorías supersticiosas relativas a la posesión llevada a cabo por espíritus y en el que se realizaron tratamientos represivos de los trastornos psicológicos. Comúnmente se supone que durante este periodo los síntomas de los trastornos psicológicos se interpretaban como evidencias de brujería o posesión demoniaca, y que muchos inocen- tes perecieron como resultado de esa ignorancia (Altrocchi, 1980; Alexander y Selesnick, 1966; Suinn, 1975). Los cálculos del costo humano de esta persecución suelen establecerse dentro de un rango de cientos de miles de personas en Europa: “literalmente cientos de miles de mujeres y niños fueron condenados por brujería […] y quemados en la hoguera” (Zax y Cohen, 1976, p. 41).
Sin embargo, durante la mayor parte del periodo medieval, la Iglesia no reconoció la exis- tencia de las brujas y reservaba la hoguera para los heréticos impenitentes (Kirsh, 1978). Aun- que el Santo Oficio de la Inquisición fue sin duda represivo y se valió de investigaciones secre- tas y de la tortura, éstas sólo se utilizaron para investigar la hechicería hacia finales de dicho lapso (Cohen, 1975). El famoso tratado breve en contra de la brujería, El Martillo de las Brujas (Malleus Maleficarum), escrito por Jacob Sprenger y Heinrich Kramer, se publicó en 1487, años después de la caída de Constantinopla y el comien zo del Renacimiento europeo, hechos que suele considerarse que marcan el final del periodo medieval (Cohen, 1975).
Aunque suele decirse que esta “biblia de los cazadores” fue responsable de “cientos de miles de mujeres y niños quemados en la hoguera” (Alexander y Selesnick, 1966), las cifras son bastante exageradas (Schoeneman, 1977), posiblemente hasta en un 100 por ciento (Maher y Maher, 1985; Trevor-Roper, 1967). Por ejemplo, el sumamente activo Gran Inquisidor Ber- nardo Gui (c. 1307-1323) dictaminó 930 casos en su vida, de los cuales 80 acusados ya estaban muertos cuando llegaron a juicio, y sólo en 43 de estos casos se condenó al acusado a la hoguera (Coulton, 1961, citado en Kemp, 1990). Se ha argüido que el furor europeo por la caza de brujas no ocurrió en función de la superstición y la ignorancia medievales, sino que fue producto de la revolución científica del siglo XVI, que fomentó la idea de que podía haber índi- ces empíricos de posesión demoniaca y brujería (Kirsh, 1978).
La obsesión europea por la cacería de brujas fue bastante real, pero alcanzó su cenit en los siglos XVI, XVII y XVIII. Críticos como Cornelio Agripa (1486-1535) y Felipe Paracelso (1493- 1541) refutaron las explicaciones del comportamiento anormal en términos de brujería desde su aceptación dentro del círculo eclesiástico de los zelotes protestantes y católicos. Johannes Wier (1515-1588) en Deception of Demons (1563) y Reginald Scott (c. 1538-1599) en El descubri- miento de la brujería (Discovery of Witchcraft, 1971 —originalmente publicado en 1584—) fueron de los primeros en proponer que algunas de las personas identificadas como brujas posible- mente hayan sufrido alguna forma de trastorno psicológico.
Quema de brujas.
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Sin embargo, cabe la duda de si todos los que fueron quemados por brujería tenían alguna anormalidad psicológica, ya que los motivos de sus perseguidores al parecer eran muchos y variados, incluyendo razones sociales, políticas, económicas, legales y personales, lo mismo que religiosas (Schoeneman, 1977; Spanos, 1978). Por ejemplo, si bien la mayoría de las perso- nas quemadas por tal motivo en Gran Bretaña eran mujeres y pobres, en la Europa continental se asesinó a una cantidad considerable de hombres económicamente privilegiados, y es posible que esta distribución demográfica se relacione directamente con las leyes de tenencia de la propiedad mucho más liberales en aquella zona (Currie, 1968).
La Iglesia medieval reconoció la posesión demoniaca, que distinguía de la brujería. Sin embargo, la mayoría de los clérigos se mostraban escépticos ante los supuestos casos de pose- sión, y hubo pocos ejemplos de persecución pues se creía que ésta era un incidente de escasa ocurrencia. Los exorcismos también eran infrecuentes y, por lo general, sólo se realizaban en casos de convulsiones e incoherencias verbales (Neugebauer, 1978). San Francisco de Asís (c. 1182-1226) se valió de diversas pruebas para discriminar a los posesos de los psicológica- mente perturbados, basándose en los poderes y respuestas atribuidos a los demonios (Kemp, 1990). Philipp Melanchthon (1497-1560) trató de alcanzar la misma meta salpicando a las personas sospechosas con agua de pozo ordinaria y agua bendita. Juzgaba como posesos sólo a aquellos pocos cuya respuesta violenta se limitaba al agua bendita (Bodin, 1975).
Los oficiales de la Inquisición eran por lo general frailes de la orden franciscana, fundada por san Francisco en el siglo XIII. Esta orden, tal y como sucedió con la dominica, se creó en respuesta a la herejía cátara, de la cual muchos creían que sólo podía combatirse con clérigos que predicaran la ortodoxia llevando vidas de pobreza y austeridad. Una de las paradojas del periodo medieval fue que, si bien los franciscanos dotaron de personal al oficio más opresivo de la Iglesia, su orden también produjo teóricos de mentalidad abierta como Roger Bacon (c. 1214-1292), Duns Scotus (c. 1265-1308) y Guillermo de Ockham (c. 1280-1349), cuya obra se anticipó a la revolución científica de los siglos XVI y XVII (Kemp, 1990).
Tontos naturales y acedia Suele suponerse que los medievales entendían poco los trastornos psicológicos y, en consecuencia, trataban a los que los padecían en formas crueles y bárbaras. Comúnmente se piensa, y con razón, que no fue sino hasta el siglo XX cuando la psicología científica desarrolló un sistema de clasificación adecuado para las psicopatologías y creó medios efectivos y humanitarios para tratarlas.
Sin embargo, las teorías medievales sobre los trastornos psicológicos fueron muy variadas. La mayor parte de ellos se atribuían a daños cerebrales constitutivos o provocados por el ambiente, como en el caso de aquellos a quienes se identificaba como “tontos naturales” y aquellos cuyos trastornos se imputaban al acaecimiento de accidentes, como golpes en la cabeza (Spanos, 1978). Las psicopatologías también se atribuían al desequilibrio de los humo- res generados por sustancias nocivas como el vino fuerte, a la tensión emocional inducida por el trabajo o el estudio excesivos, y a diversas causas psicológicas y sociales como los problemas conyugales, el amor o el destino frustrados, la ambición fallida, la culpa, los celos, el miedo, el pesar por la muerte de alguien, los problemas económicos, la discordia entre padres e hijos, el abuso social y el estigma (Neugebauer, 1978).
La visión medieval de los trastornos psicológicos no era ni estrecha ni conceptualmente poco sofisticada. Por mencionar un ejemplo, en el siglo V, el teólogo cristiano Juan Casiano clasificó en una lista a la acedia como el octavo pecado mortal. Se trataba de una forma de depresión caracterizada por una debilitante apatía o insatisfacción vital, que llegó a conocerse como “la enfermedad del mediodía”, pues alejaba a los monjes de sus oraciones del mediodía. Este tipo de depresión se distinguía de aquella que llegó a conocerse como melancolía, carac- terizada por una tristeza asociada con alguna pérdida personal o con sentimientos de incom- petencia. Dichas modalidades diferentes de depresión —cuya distinción había postulado Aris- tóteles y, también, san Pablo, quien pensaba que sólo la melancolía era pecaminosa— se discutieron mucho en el periodo medieval (Altschule, 1965). Ya para el siglo XVII, el médico inglés Richard Napier (1559-1634) discernió casos de acedia de casos de melancolía y señaló que las clases altas, que disponían de mayor tiempo para el ocio, la padecían con mayor fre- cuencia que las clases bajas, cuya vida se centraba en el trabajo (MacDonald, 1981).
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El término “acedia” fue dejándose de utilizar y eventualmente se eliminó de la lista de los pecados mortales. Pocas personas se quejan de acedia en nuestros días, y ésta no figura en nin- guna edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (Diagnostic and Statis- tical Manual of Mental Disorders, DSM). No obstante, los medievales tal vez no hayan sido los únicos desatinados. El psiquiatra Robert Findley-Jones (1986) sugirió que el Cuestionario Gene- ral de Salud y el Examen de Estado Actual pueden emplearse para discriminar la acedia de la depresión regular y que la acedia al parecer es especialmente frecuente entre las amas de casa y los desempleados (por lo menos en Melbourne, Australia).
Las modalidades medievales de tratamiento solían ser eclécticas, ya que iban desde des- canso y relajación, dieta controlada, música, medicamentos y compuestos populares hasta sangrías, purgas, amuletos, asesoría y oración. La mayor parte se basaban en una concepción holista de la salud derivada de Hipócrates. Fue sólo hasta los siglos XVIII y XIX que se populari- zaron tratamientos “científicos” como dar vueltas, empapar con agua y generar estimulaciones eléctricas, junto con experimentos primitivos y a menudo peligrosos en la psicofarmacología que incluían la administración de hierro, arsénico y estricnina a los enfermos (Jackson, 1986). Los hombres del medievo generalmente trataron a quienes sufrían trastornos psicológicos con el grado de simpatía y cuidado apropiado para esos tiempos duros.