Como hemos mencionado a inicios de la producción minera en la zona, se utilizó el sistema de enganche para captar mano de obra, existiendo reclutamiento coercitivo de la mano de obra con el apoyo directo o indirecto de las autoridades políticas. Esta forma de captación de fuerza laboral fue siendo desplazada por el traslado voluntario de los campesinos hacia las minas conforme se fue modernizando la actividad minera.
La compañía procuraba que los trabajadores se adaptaran al estilo de vida en el campamento minero. Al reconocer problemas socio-culturales en la transición de un modo de vida básicamente rural a un modo de vida urbano, se intentó a través de la labor de un equipo de asistentes sociales resolver los problemas que acarreaba este cambio en la experiencia vital de la fuerza laboral. Los/las asistentes sociales desarrollaban entre otras funciones las siguientes: 1) Ayudaban a los mineros y a sus familias a encontrar soluciones en el proceso de aprendizaje del nuevo estilo de vida, con este propósito desarrollaban dinámicas de grupo para tratar temas relativos a la higiene, uso de baños modernos, cuidado de las viviendas, como parte de esta actividad se pasaban películas. 2) Vigilaban la “buena presentación” de las casas de los mineros, tratando de inculcar sus propios códigos culturales de clase media. Asimismo criticaban negativamente los hábitos y costumbres de la vida rural. 3) Supervisaban el mantenimiento adecuado de las viviendas y controlaban de que éstas fueran habitadas solamente por el personal dependiente de la compañía (De Wind 1986: 20).
Los/las asistentes sociales actuaban como mandos medios en la estructura de poder de la compañía, para ejecutar mecanismos de vigilancia y sanción entre los miembros de la comunidad minera. Se encargaban de evaluar mensualmente los hogares mineros y dictaban cursos para que las familias lograran un mejor nivel en el sistema de clasificación manejado por la empresa. Al encontrarse los hombres en el trabajo, según De Wind, el proceso de adaptación a la vida en el campamento era asumido básicamente por las mujeres, preocupadas principalmente porque el salario del minero alcanzará para solventar los gastos.
En los cursos impartidos por los asistentes sociales se capacitaba a las mujeres para resolver problemas prácticos. Al promover el consumo de alimentos producidos industrialmente como: café instantáneo, fideos, gelatina y harina preparada se introducían cambios en la dieta alimenticia, generando nuevos hábitos alimenticios. En el almacén de la compañía las familias de los trabajadores mineros adquirían muchos de los productos que consumían. Se enseñaba a preparar estos alimentos en cocinas a kerosene y a combinarlos para conseguir una dieta nutritiva. Las mujeres llevaban cursos de costura para confeccionar ropa para los miembros de su familia y así ahorrar dinero. Los/las asistentes sociales visitaban las casas de los mineros para enseñarles a sus esposas a amoblar y mantener las viviendas. Se les daba indicaciones desde cómo decorar las habitaciones hasta advertencias acerca de lo anti-higiénico de almacenar legumbres en las duchas de los baños, práctica extendida en el lugar porque las familias no podían adquirir refrigeradoras debido a que su nivel de ingreso no se los permitía (De Wind, 1986).
La intromisión de las/los asistentes en la vida privada de las familias mineras estaba orientada inclusive a la administración del presupuesto familiar, las mujeres eran asesoradas para gastar el dinero más racionalmente. Precisamente los conflictos familiares más frecuentes giraban en torno al gasto del salario, los derechos de las mujeres en compartir el ingreso con los esposos y opinar sobre la distribución del gasto, así como la responsabilidad del padre de mantener a sus hijos. Los mineros sentían que el control de la compañía superaba el ámbito del trabajo y penetraba el espacio privado de las relaciones interpersonales en la vida familiar.
Frente a esta situación se generó en el campamento, entre los trabajadores mineros, una corriente de rechazo a la labor de asistencia social, que se expresó en críticas en contra de la compañía. De Wind (1986: 21) recoge el punto de vista de uno de los funcionarios extranjeros
de Cerro de Pasco Corporation sobre el programa de asistencia social: “El asunto es mantener
contentas a las mujeres. De otro modo, en cualquier día de lluvia, arrinconan a sus esposos y descargan contra ellos todas sus quejas. Entonces los esposos se van a emborrachar, se juntan entre ellos como cuando hacen huelga y culpan de todos sus problemas a la compañía”
Sin embargo, el mencionado propósito de mantener tranquilas a las mujeres no se logró porque al imponerles patrones culturales ajenos, extraños al estilo de vida rural, sus hábitos y costumbres no eran respetados. Aún más cuando se las humilló, intentando promover un sentimiento de inferioridad por el hecho de ser de origen campesino. El objetivo era lograr que las familias mineras que habitaban el campamento dejaran de lado su modo de vida y aceptaran la forma de organizar la vida cotidiana que la empresa pretendía imponer. Al enseñarles patrones de consumo que rebasaban su nivel de ingreso, se generó entre ellas frustración. Entonces esta insatisfacción revirtió en contra de la compañía, debido a que los salarios no permitían cubrir el nivel de vida al que supuestamente debían aspirar.
Entre los habitantes del campamento se percibía que la compañía ponía en práctica ciertos mecanismos para obligarlos a cambiar su estilo de vida, sólo en función de su propio interés. Esto llevó a que las mujeres frente a la presión que ejercía sobre ellas la compañía, compartieran sentimientos de frustración e indignación, y decidieran formar los Comités de Damas, que actuaron como organizaciones sociales de base, en cierta forma paralelas a los sindicatos de los trabajadores. Cabe señalar el apoyo de las mujeres en las huelgas mineras, en las cuales ellas destacaban por su participación en las marchas de protesta. En el Informe de
situación sobre la vivienda (1963)se señala la existencia de 43 clubes de madres en La Oroya que tenían como finalidad resolver problemas relativos principalmente a la mantención del hogar, la educación de los hijos; por otro lado, se trataba también de fomentar la práctica del ahorro, siendo motivadas las integrantes de estos clubes por la aspiración al “progreso”. La determinante y creciente mayoría obrera de la población de La Oroya, explica la importancia de sus organizaciones en el medio urbano.
Figura 11: Mujeres en los lavaderos del campamento Club Peruano.
Recuperado de https://www.flickr.com/photos/lluquish/9721802660/in/set-72157635366077549
En el campamento los sindicatos fueron importantes espacios de socialización política de los mineros para tomar conciencia de su situación en relación con la empresa. En la historia sindical cabe destacar la ola de huelgas que se llevaron a cabo entre 1969 y 197170, en los testimonios recogidos los mineros reclamaban que era difícil satisfacer sus necesidades con los salarios que percibían. La compañía respondía a este reclamo señalando que los salarios habían aumentado por encima del costo de vida en los últimos quince años (De Wind, 1986). Este argumento probablemente era correcto porque los salarios se habían incrementado y eran superiores al promedio de la región, pero no se tomaba en cuenta que los trabajadores eran cada vez más dependientes del consumo en el mercado y se habían generado necesidades que sólo podían ser satisfechas con bienes de la producción capitalista. Si bien, la compañía intenta constituir una fuerza laboral estable, dependiente fundamentalmente de su salario y adaptada al modo de vida en el campamento, este proceso no tuvo los resultados esperados. Los trabajadores no realizaban sus expectativas plenamente, enfrentaban serias dificultades para obtener en el mercado los medios de subsistencia y esto ocasionó descontento, críticas políticas, y por consiguiente medidas de protesta como las huelgas.
70 Durante este período, las pérdidas de Cerro de Pasco Corporation fueron mayores en comparación a la pérdida de toda la década anterior. Los mineros realizaron marchas de sacrificio hacia Lima y hubieron violentas confrontaciones con la policía, produciéndose muertes (D. Sulmont, 1980)
Con el fin de impulsar la proletarización de la fuerza de trabajo, desvinculándola de la agricultura campesina y haciéndola totalmente dependiente de sus salarios, la compañía intentó que los mineros para satisfacer sus necesidades se proveyeran solamente del mercado de bienes de consumo. La estrategia de la compañía consistía en ajustar la vida familiar de su población dependiente al ideal “moderno”, procurando ampliar sus necesidades de consumo en el mercado. Esto explica, entre otros aspectos, la introducción en la dieta familiar de alimentos industrializados. A su vez, la empresa trataba de que los mineros fueran autosuficientes, pero al eliminar los servicios “paternalistas”, se incrementó el gasto que éstos debían cubrir con sus salarios.
En La Oroya la dinámica urbana se encontraba subordinada y limitada por la actividad productiva. La ciudadanía no tenía pleno desarrollo, en este sitio el “ciudadano” no es propietario de nada, no es libre para realizar actividades independientes, es fundamentalmente un asalariado. Su permanencia en el campamento depende de la vigencia de su contrato. Las formas de sociabilidad que desarrolla intentan ser reguladas por un protocolo laboral que impone la compañía que controla la vida en el lugar y procesa el mineral. Se trata de un fenómeno cultural que impactó en la vida cotidiana de los habitantes de este centro minero- metalúrgico, y tuvo repercusiones en el conjunto del país, más allá de los beneficios económicos que generó.
En este centro minero-metalúrgico, la compañía controlaba la gestión urbana, tomando decisiones en relación a la ocupación del espacio y el crecimiento del campamento conforme a sus intereses. El gobierno local (Municipio) no ejercía un control efectivo en relación al desarrollo urbano. Al respecto presentamos el siguiente testimonio:
“Antes éramos dueños de grandes tierras y la empresa nos expulsó al cerro y ni siquiera eso nos quería dejar el Municipio. Algunos creen que como ha crecido, La Oroya ha mejorado. Pero no se dan cuenta que la empresa se ha agarrado casi todo, y así nos ha ido expulsando. Si uno no es minero, no puede vivir en La Oroya, si uno no trabaja para la empresa, no puede vivir en La Oroya, uno se tiene que dedicar a comerciante o irse a otra ciudad, así no es mejor que antes”. (Testimonio de Adela Rivera de Santos, Cooper Acción 2000: 31)
El impacto de la actividad minera es significativo no solamente en los campamentos sino en el ámbito de la sierra central, tomando en cuenta que en el contexto de fortalecimiento de los vínculos región–nación, se difunden patrones de comportamiento urbano que aceleran el proceso de urbanización71. La influencia de la minería en el quehacer de la región es fundamental a nivel del empleo, el medio ambiente y la inversión debido a la modernización que trae consigo nuevas formas de organización productiva, avance tecnológico, así como también una relación directa con el capital transnacional. La minería en su etapa de auge contribuyó a la construcción de una identidad y organización regional, que dejó huella en la dinámica socio-cultural y en la interacción de los grupos sociales locales cuando la región se integró de manera más plena al área metropolitana de Lima y Callao y al resto del país.
71 El proceso de cambio que experimenta el país en la década de 1960 (crecimiento poblacional, demanda por reformas sociales, movimientos campesinos, difusión de ideas nacionalistas etcétera) se expresa en procesos sociopolíticos que afectan los intereses de la CPC en el Perú. Entre ellos tenemos las invasiones por los comuneros de las tierras de las que anteriormente habían sido desplazados por la compañía. Como ocurrió con la toma de la hacienda Paria (propiedad de la CPC), en 1960, por campesinos de la comunidad de Rancas, episodio narrado por Manuel Scorza en su conocida novela Redoble por Rancas.
Capitulo IV
El proyecto urbano moderno de Talara, ciudad empresa petrolera: 1940-1970