5. Develop regression models for demand response assets
5.5. Regression analysis for the underground sections
Una experiencia reiteradamente relatada por quienes eran niños en diferentes épocas de la ocupación del Sáhara Occidental es el miedo. Cuando preguntamos a quienes ahora ya son adultos por sus experiencias en diferentes momentos de su infancia, la mayor parte de la gente describió una situación de aislamiento y temor, de cosas de las que no se podía hablar porque era peligroso, de limitaciones para sus espacios de juego o contacto con otros niños y niñas. Las sucesivas generaciones de saharauis en el Sáhara Occidental han crecido con el impacto de la militarización en las calles, el riesgo y la frecuencia de detenciones de familiares o conocidos, en un mundo amenazante que no podían entender y del que los adultos les trataban de proteger.
Nací en 1966 entre Smara y El Aaiún. Vivo en El Aaiún desde mi infancia, cuando fue una región española. Viví la ocupación marroquí, la entrada de los tanques en la calle, vi soldados entrando en cada casa… tenía diez años cuando me acuerdo que me encontré chocado por encontrar el barrio tomado por tanques y muchos uniformados marroquíes, con coches y patrullas militares que llevaban cascos de hierro y unos fusiles que terminaban con cuchillas. Iban en grupos de quince o veinte a las casas saharauis, que era la mayoría del barrio, casa por casa. Teníamos mucho miedo, y los padres tenían mucho miedo por los hijos. Mi padre, como para todos los niños, era mi héroe. Pregunté a mis padres qué estaba pasando allí y nadie me respondía, hasta que mi padre me dio un codazo para que me callara. Había controles por todos lados, con la gente contra el muro, te bajaban del coche para registrarte. Brahim Dahane. El ambiente social de control y militarización ha llegado a minar las relaciones sociales y familiares más íntimas. En un contexto en el que hablar sobre ciertos temas era peligroso y los señalamientos podían ser parte de nuevas violaciones de derechos humanos, el mie- do formó parte durante décadas de las relaciones entre los saharauis y las autoridades en la zona ocupada por Marruecos, e incluso con una parte de la población marroquí llegada al Sáhara Occidental a partir de 1975. En las familias se aprendió lo que era permisible fuera y dentro de la casa, y el riesgo que suponía preguntar o hablar sobre cosas que sucedían alrededor: ¿Por qué detuvieron a mi tío? ¿Por qué hay tanta policía en la calle? ¿Por qué un maestro me pegó? Las preguntas que cualquier niño hace para dar sentido a lo que ve a su alrededor, se convierten también en amenaza. En este ambiente de control, muchos niños y niñas empezaron a interiorizar la normalidad de la violencia o la discrimi- nación que sufrían, y la necesidad de protegerse del exterior y de las autoridades militares o policiales especialmente.
No nos dejaban enterarnos de lo que pasaba, porque éramos muy pequeños, pero yo me di cuenta de la clandestinidad que había en mi casa. Tanto mi padre como mi madre decían: “No digas eso”, “No se habla de eso”, “No comentes eso fue- ra”… y de vez en cuando venía gente extraña a la que mi madre les metía en una habitación aparte, y no sabíamos por qué. Y, al mismo tiempo, la vigilancia de la policía marroquí: oíamos ruidos en el techo y mi madre nos decía: “No pasa nada, dejadles que escuchen lo que quieran”. Estaban también delante de la casa y la vigilancia era bien visible, no intentaban disimular. Mohamed Ahmed Laabeid. Esta necesidad de dar sentido a su experiencia fue si cabe más difícil para los hijos e hi- jas de personas detenidas desaparecidas, para quienes tenían sus familiares directos en los campamentos de refugiados de Tinduf o incluso eran miembros del Frente POLISARIO. El siguiente ejemplo es el de un muchacho que tenía su padre refugiado y del que no podía hablar sin riesgo de ser señalado o marginado. Estas generaciones que crecieron con miedo, han visto afectadas su salud y sus expectativas de vida, sus posibilidades de desarrollo y sus mecanismos de adaptación en un contexto hostil. La generalización de sus experiencias y el intercambio con otros niños que vivían situaciones similares les dio, desde apenas unos pocos años de vida, una conciencia de la diferencia basada en el trato de que eran objeto.
Los niños siempre teníamos miedo porque la gente contaba que uno había des- aparecido, otro que la policía estaba en su casa… muchas cosas que hacían los niños como jugar, nosotros no podíamos, nos tocaba estar en casa por el miedo que teníamos. Said Salma Abdalahi.
Durante casi tres décadas, los niños crecieron en un contexto en el que el fantasma de la desaparición forzada, la impunidad, el aislamiento social e internacional, y la ausencia de mecanismos de denuncia o control frente a las autoridades conllevaron una sensación de vulnerabilidad permanente. Hay que tener en cuenta que esta no es solo una historia que les afectaba porque amenazaba directamente a los adultos sino que también había niños y niñas entre las víctimas directas.
En mis primeros recuerdos, Smara aparece como una ciudad tomada, donde la pre- sencia masiva de militares, gendarmes, mojaznis de las fuerzas auxiliares bajo el mando del Ministerio del Interior, policías, soldados de las Compañías Móviles de Intervención (CMI), policías de paisano, etc., hacen de Smara una verdadera guar- nición. Era imposible e impensable pasearse de noche por la ciudad; patrullas de todos los diferentes cuerpos de seguridad circulaban por sus calles y detenían a todo aquél que no respetase “el toque de queda” impuesto. Ali Oumar Bouzaid.