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¿Quién es el juez supremo, garante de la observancia del derecho y eficaz administrador de la justicia? Ningún juez del entorno, por mucho que se recorran los cuatro puntos cardinales; tampoco los soberbios y engreídos; sólo Dios puede juzgar imparcialmente a los insolentes y a los honrados. Sigo en mi comentario la estructura que acabo de describir.

2.1. Invitación a la alabanza (v. 2). Según reza el título, la ejecución

del poema parece ser que se atuvo a una melodía conocida en otro tiempo: «No destruyas»; el título da al poema el nombre de “cántico”. La posible composición musical acaso era entonada con motivo de la vendimia (cf. Is 65,8). La mención del vaso de vino (v. 9) pudo indu- cir al comentarista judío a pensar en esa canción.

La invitación al agradecimiento evoca la liturgia del templo (cf. Sal 106,1; 118,1). La repetición del verbo, en perfecto de coincidencia, supone que la alabanza es continua, ininterrumpida. Es una alaban- za narrativa, conforme a la teología de Israel, que rehúye el discurso abstracto y se ciñe a los hechos históricos: a las maravillas de Dios. Son las mismas maravillas en las que centra la alabanza del Sal 105: «¡Dad gracias a Yahvé, invocad su nombre, / divulgad entre los pue- blos sus hazañas! / ¡Cantadle, tañed para él, / recitad todas sus mara-

villas» (Sal 105,2-3). Son las actuaciones de Dios con motivo de su

intervención en el éxodo.

La alabanza incluye también la invocación del nombre de Yahvé, aunque para dar lugar a la invocación haya que alterar el texto hebreo. El texto hebreo habla de “cercanía”, y concretamente del “Vecino”, como título divino. Podía entenderse como un participio con valor plural: «… te damos gracias, los vecinos de tu nombre, pre- gonando tus maravillas». Si el término hebreo tiene valor de vocati- vo, la traducción sería: «¡Oh Vecino, alabamos tu nombre, procla- mando tus maravillas!». Contra la opinión del impío que estima que Dios está lejano y permanece ajeno, el nombre de Dios es tan cerca- no que se hace historia con la historia de su pueblo, que se implica en el juicio de los soberbios y de los honrados. Juzgó al Faraón en tiem- pos pasados y dispuesto está a juzgar ahora, liberando al pobre y cas- tigando al soberbio. Existen algunos otros casos de epítetos divinos ocultos en este salmo, por lo que no es improbable esta segunda lec- tura, que respeta el texto hebreo tal como nos ha llegado. En todo caso, la invocación o la cercanía del nombre de Yahvé es una garan- tía de que el mal no prevalecerá.

2.2. Oráculo divino (vv. 3-6). Dios irrumpe en el poema inespera-

damente, sin haber sido presentado con anterioridad. Su palabra es decisiva y enérgica, como sugiere la partícula enfática que encabeza el v. 3 (kî = “ciertamente”, “sin lugar a dudas”). Dios empeña su pala- bra de intervenir en el tiempo del hombre, pero no en el plazo

impuesto por hombre alguno, sino en «el momento en que decida» (v. 3): en el “kairós” preestablecido y oportuno, en el momento en el que se cumplen las predicciones de la alianza y dan plenitud al tiempo (chronos) (cf. Ha 2,3; Sal 102,14). Cuando se cumpla el plazo, Dios juzgará con rectitud (v. 3b). Ejercerá su justicia en el escenario de la historia y en el curso del tiempo humano; de ahí que tenga repercu- siones de tipo cósmico (cf. Sal 11,3; 82,5; 96,10), como también el mal tiene sus consecuencias cósmicas: el mal y la nada van de la mano; el bien y la justicia caminan juntos. Aunque se convulsione la tierra, por las maldades que en ella se cometen, las columnas sobre las que se sustenta el orbe permanecen firmemente estables porque Dios las ha establecido. Es claro el contraste entre el “terremoto” y la “estabili- dad” de la tierra. Entre ambos extremos se sitúa, incluso estilística- mente, el “yo” divino: «Aunque tiemble la tierra… yo establecí sus columnas». Es paradigmática la historia del diluvio: la maldad de los hombres es la causa de la destrucción (cf. Gn 6,11); la última palabra ante el caos destructor es pronunciada por Dios (cf. Gn 9,11: «Nunca más volverá a ser aniquilada la vida por las aguas del diluvio, ni habrá más diluvio para destruir la tierra»).

El oráculo baja a lo concreto. Los arrogantes son la encarnación del mal; se complacen en sí mismos; ellos mismos se alaban (en vez de alabar a Dios). Son locos y jactanciosos; con lenguaje sapiencial, son “malvados”. La palabra de Dios se torna prohibición tajante: «¡Fuera arrogancias!» (v. 5a). Es una prohibición semejante a la que formula la Sabiduría dirigiéndose a los necios: «Inexpertos, adquirid prudencia, / y vosotros, necios, sed sensatos» (Sb 8,5). La jactancia se traduce inmediatamente en gestos: situados en la altura (lugar ade- cuado para exhibir la altanería), los engreídos de sí mismos levantan su cornamenta desafiando a Dios. El cuello estirado insolentemente añade plasticidad al gesto. Este ademán es sumamente orgulloso y blasfemo (cf. Sal 89,18; 92,11; 112,9; 132,17; etc.: la misma imagen del cuerno, con el significado de “poder”). Es posible otra traducción y otra lectura del v. 6: «No alcéis vuestra frente [cornamenta] contra el Excelso, / no habléis insolentemente contra la Roca». El “Alto” o “Excelso” por excelencia es Yahvé (cf. Sal 64,9; 97,7; 139,24; 140,9- 10), lo cual resalta aún más la locura del pecado. La Roca es un títu- lo clásico divino (Sal 18,3). La firmeza rocosa de la justicia divina resiste cualquier asalto, como lo aguantan los pilares de la tierra.

Sobre ésta se desvanecen las acometidas del mar; sobre la Roca se astillan los cuernos de los poderosos. La primera lectura tiene la ven- taja de aludir a la «dura cerviz del pueblo», tópico de la teología del éxodo (cf. Ex 32,9; 33,3; 34,9; etc.) y relacionado con el episodio de adoración del becerro de oro. Cuello y cornamenta se levantan orgu- llosamente contra Dios.

2.3. Comentario del oráculo (vv. 7-9). Cambia el locutor: ya no es

Dios, sino alguien que, a la vez que comenta el oráculo, profesa su fe. El v. 7 se pasea por la rosa de los vientos, pero carece de verbo, dando el resultado de una negación más categórica, y dejando que el lector busque mentalmente el verbo adecuado. Si atendemos a las preposi- ciones que preceden a los puntos cardinales (“de”, “desde”), el verbo puede ser «viene el auxilio, se garantiza la justicia». Son posibles otras opciones: que los puntos cardinales sean personalizaciones, y que el verbo del v. 7 sea el mismo que leemos en el v. 8: «Ni el Oriente ni el Occidente…, gobiernan/juzgan [sino sólo Dios]». Otra traduc- ción posible es la de la NBJ: respeta el participio del verbo juzgar y traduce la partícula inicial del v. 8 mediante una locución local [las partículas de los otros dos versos serían causales], con el siguiente resultado: «Pues ya no es por Oriente ni Occidente… por donde Dios, como juez, a uno abate y a otro ensalza».

Las partículas iniciales, que son enfáticas y no causales, tienen la función de resaltar la negación y de subrayar el gobierno/juicio sólo de Dios. En el texto hebreo no es clara la mención de los cuatro pun- tos cardinales, sino que leemos: «Ni del Oriente ni del Occidente, ni del desierto de los montes» (v. 7). El «desierto de los montes» sería una alusión al desierto de Judá o al Sinaí. El comentarista del orácu- lo anotaría el pensamiento de los jactanciosos: Dios no se muestra en el ámbito geográfico (Oriente y Occidente) ni en el escenario históri- co («desierto de los montes»). No obstante, es posible gramatical- mente la mención de los cuatro puntos cardinales: Oriente y Occidente, Sur (desierto) y Norte (los montes). Si son personalizacio- nes, no son ellos o sus representados los que ejercen la justicia (los dioses: el monte es morada de los dioses; recuérdese el monte Safón). Si son lugares, no ha de buscarse la justicia en ninguno de esos luga- res, en el área cósmica. Sólo Dios es juez, y ejerce la justicia en el mundo de los hombres: de oriente a poniente, del septentrión al mediodía. «En la geografía terrestre, humana, no encuentra el orante

una instancia superior que garantice eficazmente el respeto del dere- cho y la justicia; no encuentra un lugar internacional acatado por todos» (Alonso-Carniti, II, 998).

El poeta dirige su mirada a otro lugar para identificar al juez: «Únicamente Dios es juez» –entendiendo como enfática la partícula inicial del verso–, o «… Dios, como juez, a uno abate y a otro ensal- za» (v. 8). En una u otra traducción el sentido no varía: el único juez es Dios. Ejerce la justicia no arbitrariamente, sino que «juzgará con rectitud» (v. 3b). “Abatir” y “ensalzar” no son actos caprichosos: abate o humilla a quienes se enaltecen –hablan desde la altura o se enfren- tan con el Excelso (v. 6b)–, ensalza a los humillados, a los que se hun- den en el polvo de la muerte. El binomio “abatir-ensalzar” es clásico en el vocabulario bíblico (cf. Sal 113,7-8; 147,6; Mt 23,12; Lc 1,46-55), teniendo en cuenta que alude a otro binomio: “muerte-vida” (téngase en cuenta a David-Goliat, por ejemplo; o bien a David-Saúl; cf. tam- bién el caso de Ana, cf. 1 S 2,1-10; etc.).

La copa que eleva en sus manos el juez divino es un símbolo elo- cuente de la sentencia condenatoria. El símbolo, de suyo, es bivalen- te: puede ser signo de bendición y de abundancia, signo de comunión y de hospitalidad (cf. Sal 16,5; 23,15; 116,13); también es signo de la cólera divina y del juicio, del vértigo y de la muerte (cf. Sal 11,6; 60,5; Jr 25,15-17; etc.). Beberán ese cáliz, y “hasta las heces”, no las nacio- nes enemigas de Israel, como en el profeta Jeremías, sino todos los devastadores que, seguros de sí mismos, se han encarnecido con las víctimas de su soberbia. El juicio de Dios va más allá de las coorde- nadas históricas de Israel y afecta a todos los malvados de la tierra, se encuentren donde se encuentren. Este poema es sustancialmente un cántico a la justicia divina y a la liberación de quienes esperan la intervención judicial de Dios. Desde este fondo sustancial, y una vez que el Judaísmo se abra al universalismo, el poema adquiere una dimensión escatológica.

2.4. Conclusión (vv. 10-11). Un jefe, liturgo o presidente, se hace

eco de la acción de gracias inicial. El jefe se convierte en heraldo de Dios, a quien anunciará siempre, a no ser que el adverbio debamos entenderlo como un nombre personal, en paralelismo con el segundo hemistiquio, con “el Dios de Jacob”, para el que tañe el liturgo. En este caso, la traducción debe ser: «Yo anunciaré al Eterno», sin que sea necesario introducir un pronombre neutro: «Y yo lo anunciaré

por siempre» (NBJ): se entiende que lo que se anuncia es la actuación divina, el juicio divino. Así como el salmista se propone tañer para el Dios de Jacob, también se propone “anunciar al Eterno”; acaso pueda entenderse que el motivo del anuncio se debe al hecho de ser juez y de ejercer la justicia hasta los confines de la tierra; así se desprende- ría del contexto sálmico, no sólo del v. 10.

Dios ha hablado en el oráculo ya explicado. El verso final sinteti- za el contenido del oráculo: se repite el binomio “abatir-exaltar”, el simbolismo del cuerno (con la acepción del poderío) y se aclara quiénes son “uno” y “otro” del v. 8; ahora sabemos quiénes son: “los malvados” y “el justo”. Dios anuncia la ejecución de la sentencia, res- petando la primera persona del verbo “quebrar”, tal como lo encon- tramos en hebreo: «Quebraré la frente del malvado, / mas la frente del justo se alzará» (v. 11). Más allá de una teología de la retribución e incluso de un problema de teodicea, lo que este poema destaca es un agudo interés por la condena del mal y un profundo anhelo de justicia.

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Domina en este poema una certeza: la cercanía de la venida de Dios como juez. Esta venida traerá consigo un cambio completo: los soberbios (malhechores) serán humillados y los justos (humildes) serán enaltecidos. Es la dialéctica del Magnificat (Lc 1,52), inspirada en Jb 5,11-12: «Pone a los humildes en la altura, / a los afligidos en lugar seguro. / Arruina los planes de los astutos / para que no prospe- ren sus intrigas» (cf. Jb 12,19). Mateo lo repite como máxima: «Pues el que se ensalce será humillado; y el que se humille, será enaltecido». La venida del Juez es anunciada mediante un oráculo divino. «Nadie podrá negar ya la actividad viva de Dios. Se advierte seriamente a los malvados (v. 5ss); es la suprema amonestación. Pero la venida del juez va acompañada también por la alabanza que le tributa la comunidad, la cual –en la doxología del juicio– tributa honor al reinado justo de Dios» (Kraus, II, 164). «Ha de venir con gloria a juzgar a vivos y muer- tos, y su reinado no tendrá fin», proclamamos en nuestro credo. Este poema, a la vez que condena todo tipo de maldad, sostiene la espe- ranza de los justos.

III. ORACIÓN

«Pastor bueno, que para redimir a tus ovejas mortales apuraste el cáliz de la pasión, invocamos suplicantes tu nombre, para que nos consolides establemente en las columnas de la sabiduría mediante el Espíritu septiforme, que contigo y con el Padre vive y reina por los siglos de los siglos. Amén» (PL 142,284).