3.3. Research procedures
3.3.1. Sample selection (organizations and subjects)
El centro de operaciones es Sión, he dicho anteriormente. De Sión parte el grito de guerra y Yahvé se levanta en Sión para juzgar. De una forma o de otra todo y todos se encaminan hacia Sión y se encuen- tran en Sión. Desde esta perspectiva comento el salmo.
2.1. Escena bélica en Salem (vv. 2-4). Pablo, paseando por Atenas,
encontró un altar dedicado “al dios desconocido”; el poema que comento celebra por el contrario al “Dios conocido” o “reconocido”, pues el conocimiento bíblico no es mera función intelectual, sino que atañe a todo el ser e implica comunión con la realidad conocida, en este caso con Dios. Para ser conocido o reconocido, es necesario que Dios se muestre, se revele en acciones históricas concretas. La teofa- nía precede al conocimiento o al reconocimiento, exige un lugar con- creto y acciones concretas. El lugar del poema es bien preciso y está definido por una preposición cuatro veces repetida: en Judá, en Israel, en Salem, en Sión. Los dos reinos hermanos, y a veces enfren- tados, comparten la tierra de Dios, y su patria espiritual es un mismo Dios conocido y reconocido por ambos. La grandeza de Dios, aunque obedezca al modelo regio oriental (cf. Sal 99,3; 2 S 7,9; 1 R 8,42), es patente a los dos reinos, pues tanto Judá como Israel están al corrien- te de las proezas de la liberación divina, sea la liberación de Egipto o alguna otra liberación histórica. El “nombre” o fama de Dios es gran- de en Israel (v. 2). El nombre de Judá precede al de Israel, porque Judá es la sede de la dinastía davídica y el lugar del templo.
Salem, designación arcaica y poética de Jerusalén, es el nombre de la ciudad cananea (cf. Gn 14,18). Están latentes en este nombre remi- niscencias de las tradiciones patriarcales (cf. Gn 14), davídicas (Sal 110,4) y cultuales (Sal 47,3.10). Los LXX corrigieron el topónimo tra- duciendo por sˇa-lôm (= “paz”: “la ciudad de paz”, como leemos en Jdt 4,4). Esta ciudad no es importante por su brillante pasado, sino por- que Dios acampa en ella: ha puesto su tienda o choza en este lugar (v. 3a), como sucedió en los tiempos del éxodo (cf. Sal 27,5; 31,21; 42,5; Lm 2,6). La choza es el “domicilio” de Dios. Esta denominación del templo es muy rara en la Biblia; tan sólo se halla en otros dos lugares (cf. Sal 27,5; Jr 25,38). Casi todos los textos en los que leemos esta palabra se aplica a la guarida de las fieras; tan sólo en Dt 33,27 y en Jr 21,13 se refiere a la morada humana. Es imposible probar que el
templo haya quedado reducido a una choza o guarida; por el contex- to, es más probable esta otra explicación: una edificación aparente- mente tan inconsistente e insignificante es suficientemente fuerte y estable como para que los más poderosos se desvanezcan ante ella.
Allí mismo, en efecto, en Sión y en el templo, reside el comandan- te supremo del cosmos y de la historia, el nombre (sˇe-m) de Dios. Allí mismo (sˇammâ, como eco fonético del nombre) Dios pulveriza todas las armas bélicas. El lector ha de tener “in mente” hechos históricos concretos que se desarrollaron al pie de las murallas de la ciudad de Dios: p.e., los ejércitos de Senaquerib, pero también los poderes cós- micos y caóticos relacionados con la ciudad y con el templo (cf. Sal 46,10; 2 S 7,10). Entre las armas pulverizadas están las “ráfagas del arco”: las saetas, con una posible alusión al dios de la peste Rasˇpu; este dios infernal lanza sus flechas mortales contra los habitantes de la tierra (cf. Sal 78,48). Los enemigos triturados por Dios son poderes infernales y demoníacos. Dios destruye también las armas defensivas, como son los escudos, que protegen al combatiente cubriéndole por entero. Todas las armas bélicas son aniquiladas con el poder proce- dente del templo de Dios en Jerusalén, templo humilde comparado con el potente aparato bélico de los enemigos. Dios los ha atraído a su propia tierra, para ser derrotados en ella, según aquel oráculo de Isaías: «Quebrantaré a Asiria en mi país, la pisotearé en mis monta- ñas» (Is 14,25; cf. Ez 38-39). Dios, que habita en Sión, es el gran triun- fador de la guerra que tuvo lugar en Salem.
2.2. Escena bélica en los montes (vv. 5-7). La estrofa primera
comenzaba con un dato auditivo (el nombre o la fama de Yahvé) y finalizaba con una combinación entre lo visivo y lo auditivo (la pul- verización de las armas y las “ráfagas del arco”). La segunda estrofa se centra en la vista, ante la que aparece Dios con todo su esplendor deslumbrante y majestuoso: fulgurante como el rayo, majestuoso como monarca. “Fulgurante y magnífico” (v. 5) es Dios, avecindado en Sión, donde transcurre la acción de la primera estrofa.
La segunda estrofa nos lleva a los montes. ¿De qué montes se trata? Los LXX tradujeron “montes eternos”, acaso dando a entender que son los lugares de culto del reino del norte: de Israel (cf. Sal 68,16-17), opuestos o contrapuestos al monte de Sión. Algún exegeta, basándose en la traducción griega, entiende que el original debía hablar de los “montes del Líbano”. No es necesario ampliar el mues-
trario y tampoco corregir el texto hebreo, cuya traducción puede ser semejante a la que ofrece la NBJ: «en medio de montones de botín» [o quizás esta otra traducción: «Eres más deslumbrante y magnífico que montañas de botín»]. El significado creo que puede ser el siguien- te: Yahvé es un soberano victorioso, que con una majestad imperial entra en la capital del reino cargado del botín capturado al enemigo (cf. 2 S 5,17-25; 8,11-12). Los montes son aquellos que rodean a Jerusalén, residencia terrestre del Dios del cielo. El palacio del rey se llena de los tesoros capturados a los vencidos [O bien, por muy des- lumbrantes y espléndidos que sean los montones del botín, mucho más deslumbrante es Yahvé].
El morador de Sión, habitante de una humilde casa, es mucho más poderoso que los valientes más esforzados y belicosos. Ante el poder de Dios de nada sirve la fuerza del hombre. Basta con que Dios aparezca para que un miedo paralizante inutilice a los guerreros atur- didos: «a los guerreros les fallaron los brazos» (v. 6b). Así, mientras duermen son despojados; no se refiere el poeta al sueño de la muer- te, como le sucedió al ejército de Senaquerib (cf. 2 R 19,35), sino al sueño natural o al pasmo inducido por la manifestación divina. El arma empleada por Dios en esta batalla es el grito de guerra, que es también un rugido (cf. Sal 18,14-16; 46,7; Is 17,12-13), evocador del trueno teofánico, mucho más potente que los estruendos bélicos. La visión de Dios paraliza a los guerreros; su bufido aturde al auriga y al caballo. Acaso el poeta aluda sutilmente a la epopeya del éxodo (cf. Ex 15,1) o al enorme contraste entre un ejército sin caballos ni caba- lleros, como el del rey Ezequías, y a otro bien pertrechado, como el ejército asirio (cf. 2 R 18,23). El poder del Faraón y el poder de Asiria fueron aniquilados ante la actuación de Yahvé. Es la misma eficacia que Isaías otorgará a la palabra: «Herirá al hombre cruel con la vara de su boca / con el soplo de sus labios matará al malvado» (Is 11,4). En definitiva, toda liberación remite a la liberación original de Egipto y está abierta a postreras liberaciones.
2.3. Escena judicial en el cielo y en la tierra (vv. 8-10). El Dios reco-
nocido (v. 2) y deslumbrante (v. 5) es también el Dios terrible (v. 8). Ha mostrado su fulgor en la guerra; es terrible cuando juzga. El texto hebreo, tal como nos ha llegado, centra la atención del lector u oyen- te en el “tú” divino: «Tú eres terrible, tú», leemos en el texto hebreo. El Dios trascendente y justo por excelencia es sumamente terrible. Así
lo exterioriza en el bufido de sus narices (v. 8a): un antropomorfismo para hablar de la ira divina. Ningún ser humano se mantendrá en pie, en actitud desafiante, cuando Dios muestre su rostro airado. La ira divina es un tema apocalíptico (cf. Jl 2,11; Ml 3,2; Ap 1,6; Sal 130,3; 147,17): «¿Quién se mantendrá ante ti, bajo el golpe de tu ira?» (v. 8). El juicio, desde esta perspectiva, tiene connotaciones escatológicas.
La sentencia procede del cielo. No ha de olvidarse que el cielo se junta con la tierra en el templo, morada del Altísimo –nombre dado a Dios en el templo de Jerusalén (cf. Sal 14,2)–. Dios pronuncia la sen- tencia judicial en el cielo (o en el templo). Apenas se pone en pie, como juez o como guerrero (en este caso para “juzgar”) la tierra teme y se estremece (cf. Sal 96,13; 98,9). El juicio de Dios pone las cosas en orden, tiene una doble vertiente: es la esperanza de los humildes de la tierra (v. 10b; cf. Sal 72,12; 74,19; 75,8.10). La tonalidad universal del poema no excluye a todos los desposeídos. La vertiente punitiva para con los enemigos ya fue expuesta en la estrofa bélica anterior; en todo caso, la sentencia inapelable de Dios llega a toda la tierra, con sus habitantes, se entiende.
Sión continúa siendo el centro del poema. Dios Altísimo vive en Sión, guerrea desde Sión, juzga desde Sión, el lugar de unión del cielo con la tierra.
2.4. Escena judicial (bélica) en la tierra (vv. 11-13). Son muy discu-
tidos la versión y el significado del v. 11, con el que ciertamente se ini- cia la cuarta estrofa, como sugiere la partícula enfática. Los dos gran- des temas del poema (el judicial y el bélico) se aúnan en la estrofa final. El bufido divino (su cólera: v. 8) ha derribado por tierra el pode- río enemigo, simbolizado en el carro y en el caballo (v. 7): nadie puede mantenerse en pie ante el Dios airado (v. 8). Es decir, se enfrenta una Cólera (la divina) contra otra cólera (la humana), con el siguiente resultado: los que han atacado a Jerusalén (la cólera humana) ten- drán que alabarte a su pesar. Es posible que la forma verbal hebrea proceda de otro verbo con el significado de “triturar”. En este caso, el v. 11 proseguiría con el tema judicial: el poder judicial divino pone punto final a la cólera humana, que es triturada. Habrá un resto, sin embargo, que escapará a la Cólera de Aquél que por ser terrible (v. 8) recibe el nombre de Terrible (v. 11), o bien escapará a la cólera que se desató belicosamente contra Jerusalén. Yendo más allá de un hecho histórico concreto, el v. 11 evoca la trayectoria del “resto santo”: «El
resto sagrado continuador de la historia y portador de la salvación, que ha sobrevivido a tantas agresiones y ahora se concentra en Judá. Éstos se apiñan en torno a la capital con su templo, reconociendo al Señor como a su Dios. Se vuelven a levantar los poderosos violentos contra el resto inerme, y entonces Dios interviene» (Alonso, Treinta
salmos, 429). Éste es el resto que ha escapado a la cólera humana y a
la devastadora cólera divina. Dios lo protegerá, o bien, si el verbo es una segunda persona femenina, el resto rodeará a Dios; en todo caso, el verbo no cela una metáfora bélica, sino un símbolo de intimidad (cf. Sal 109,19; Jr 13,11).
El resto salvado de la Cólera responde a la actuación divina for- mulando sus promesas y cumpliéndolas. El destinatario de los votos o promesas es «el Señor, Dios vuestro» (v. 12), el nombre propio y per- sonal de Yahvé, que ha sido el gran protagonista de la guerra y del jui- cio. No es tan sólo el Dios “reconocido, deslumbrante, magnífico, terrible”, sino el Dios personal del pueblo salvado, y, por ello el Dios amado. Continúa siendo el Dios terrible para aquellas poblaciones o reinos colindantes con Judá (cf. Sal 18,45-46), sus vecinos (cf. Jr 12,14): el tributo, en efecto, tiene connotaciones políticas. La victoria planetaria y el juicio cósmico obligan a los reyes vasallos a reconocer la soberanía del gran Rey, como en Sal 2,11 (cf. Sal 68,30; Is 18,7).
Este poema, como el Sal 2, finaliza con tonos de amenaza. El Dios trascendente, y por ello terrible, es el Dios creador: da el aliento vital (Gn 2,7) y lo retira. Si lo retira, el ser creado se hunde en el polvo (cf. Qo 3,19-21; 12,7). Nada importa que sean príncipes o plebeyos; nin- guno es dueño del aliento vital constitutivo, tan sólo Dios es el dueño, en cuyas manos está recoger el aliento (cf. Sal 104,7) e incluso coar- tarlo o sofocarlo. El resultado es el mismo: la muerte o la ejecución de la pena capital dictada en la sentencia. Para los prepotentes (los príncipes) Dios es fuente de terror; para los que confiesan el nombre de Dios y lo reconocen es fuente de serenidad. Dios es reconocido en Judá y temido por los reyes de la tierra.
* * *
¿Tiene algún significado para nuestro mundo la presencia y auto- manifestación de Dios en Sión? Los pobres son cada vez más pobres, los violentos no cesan de sumar cadáveres, no pocos gobiernos de las
naciones tienen a gala ser laicos, Dios es el gran desterrado: ya no tiene su choza entre nosotros Ante una realidad tan cruda y atea es urgente preguntarse por el lugar de la presencia divina, porque “allí”, dondequiera que esté Dios, tiene lugar la batalla contra “los reyes de la tierra”, los cabecillas del caos, y el terrible juicio de Dios. Es un jui- cio que se encamina a la paz y que significa ayuda y salvación para los pobres. El creyente actual tendrá que preguntarse de forma inin- terrumpida por la presencia del reinado salvífico del Dios de la histo- ria. El creyente del AT encontraba la presencia de Dios por doquier, sobre todo en la comunidad creyente y en el templo santo de Sión. El creyente del NT está convencido de que Dios está presente en su comunidad, en su Iglesia, y en el templo santo construido sobre la piedra angular, Cristo el Señor. No es un Dios ausente de la realidad político-histórica ni del acontecer de este mundo, por más que quie- ran ocultarnos su presencia. Es el creador, señor de la historia, pode- roso y justo. No es procedente espiritualizar los enunciados de este poema tan inserto en el devenir histórico de nuestro mundo. La ora- ción de este salmo puede alentar la esperanza del creyente y soste- nerlo en sus luchas.
III. ORACIÓN
«Oh Dios terrible, haz firme el propósito de los que confían en ti, para que, iluminados por los montes eternos, y contemplando la glo- ria de tu resurrección, seamos liberados de la ignominia del juicio eterno. Te lo pedimos a ti, que vives y reinas con el Padre en la uni- dad del Espíritu Santo, y eres Dios por los siglos de los siglos. Amén» (PL 142,286).