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4.6 Summary and Model Benefits

4.6.5 Support for Web Annotations

Los mecanismos oníricos

Lovecraft, lo mismo que Coleridge, padecía de sueños escalofriantes. De intensas pesadillas que lo arrojaban del lecho mientras los demonios trataban de triturarle el alma que el frío y la fatiga dejaban abandonada en las noches de invierno. De esos sueños, como también lo intentaron Coleridge con el poema Kubla Khan  (1797) y Tartini con la sonata de El trino del Diablo  (1713), Lovecraft hizo su inalienable escritura. Las pesadillas le dictaron sus monstruos maléficos, los enigmas del pasado y la visión del terror.

Obras como The festival  (1923), The rats in the walls  (1923) y The call of Cthulhu (1926) fueron motivadas por el sueño o las pesadillas que lo afligían. Su alergia al frío solía dictarle llanuras fantasmales o espacios gélidos donde se petrificaban extrañas criaturas que llegaban de otros mundos.

Ronald Stewart nos relata en The mystery night  (1938) que Lovecraft solía soñar con monstruos que llegaban de las regiones polares. Eran los  primigenios  que lo aterrorizaban, uno de los cuales se sentaba a su cabecera para decirl e que los seres gelatinosos habían perdido su estricta dimensión por dedicarse a la magia negra. El fin de la humanidad sería ese: convertirse en gelatina para expiar las infinitas culpas y los grandes pecados en que habían caído por su soberbia.

Entre esos dioses, ocultos o llegados de los espacios gélidos y a veces de las láminas siderales, escribe Stewart (VII, 92), se hallaban Cthulhu y Nyarlathotep. Venían con ropaje simulado a la espera de una venganza que les restituyera la Tierra, desde cuya superficie intentarían la guerra de los mundos.

Para Stewart, por lo tanto, Lovecraft era un soñador patológico de cuyos terrores se liberaba llevándolos a la escritura. Los amigos conocían sus pesadillas. El relato que Lovecraft hacía de ellas, los impresionaba y motivaban la realización de más de un cuento que, a veces, el mismo Lovecraft, generoso e inmenso, les corregía en el afán de obtener un producto literario de rigurosa estructura.

Estos amigos que metían mano a sus pesadillas, solían apodarlo con el nombre de algunos de sus extraños dioses. Howard, el creador de la heroic fantasy , lo llamaba Nyarlathotep o arquetípico  en su correspondencia. No lo hacía en sentido peyorativo, sino para señalar la inventiva que lo distinguía entre los seguidores incondicionales de su círculo.

Lovecraft era una cantera de sueños. Incluso cuando publicaba un relato que previamente no había comunicado a sus amigos o al director de Weird Tales éstos comentaban el acontecimiento como si se tratara de la simple escritura de un sueño o una pesadilla que se agregaba a los otros relatos. Lovecraft se enteraba de todo

esto y se sumaba a su vez con otro “sueño” que imaginaba despierto.

“El día que deje de soñar ”, declaró en cierta ocasión, “habrá terminado mi carrera de

Esto no significa que toda su obra haya pasado por los sueños. Pero, sí, que estas instancias lo llevaron a ciertas concepciones en las que la imaginación y el sueño se amalgaman en una estructura insólita. No sería raro decir que la escritura de Lovecraft es ese punto de sutura entre la realidad y el sueño que pregonaba André Breton en el Primer Manifiesto del surrealismo  (1924). Hasta no le faltaba el automatismo con que describía esas deidades que acechaban al hombre.

Un documento valioso.

Una carta de Lovecraft a Rheinhart Kleiner, fechada el 14 de diciembre de 1921, da cuenta de este inusitado mecanismo de creación.

Transcribo la traducción que hice de ella para otros medios:

“ Nyarlathotep es una pesadilla, un verdadero fantasma surgido del inconsciente. El  primer párrafo fue escrito en tanto no completamente despierto. Me sentía, desde hacía mucho tiempo, en estado execrable; durante semanas enteras los dolores de cabeza y los vértigos no me habían dejado ninguna posibilidad. No pude trabajar en ningún caso durante más de tres horas consecutivas. Desacostumbradas dificultades visuales se agregaban a mi malestar habitual que me impedían la lectura de caracteres pequeños, una curiosa distensión de nervios y músculos me torturó durante semanas. En el seno de estas tinieblas surgió la pesadilla de pesadillas, la más realista, la más horrible de cuantas yo había experimentado desde los diez años. Todos los recursos de la escritura no pueden dar de este horror y de su espantosa fuerza de expresión, más que una imagen atenuada.

“Había llegado después de medianoche, mientras estaba extendido en el diván, maravillado de haberme debatido en la 'poesía' de Bush. Esto comenzó por una sensación general de vaga aprehensión, un terror que se extendía por el Universo. Yo estaba, imagínate, en mi sillón, cubierto por mi viejo saco de fumar, pronto a leer una carta de Samuel Loveman. Esta carta era increíblemente realista  – papel fino, formato 8' x 13’, escrita en tinta violeta–, pero su contenido parecía siniestro. El Loveman del sueño escribía: No deje de ver a Nyarlathotep si viene a Providence. Es horrible –más allá de todo cuanto usted pueda imaginar  –, pero maravilloso. Os

encantará en seguida durante horas. Aun tiemblo cuando pienso en aquello que me ha mostrado.

“Hasta ese momento yo no había escuchado jamás el nombre de NYARLATHOTEP,  pero ya parecía comprender su significado. Nyarlathotep  era una especie de empresario u organizador de espectáculos, algo así como un conferenciante ambulante que peroraba en salas públicas, y que, por sus exhibiciones, producía con mucha frecuencia terror y discusiones. Estas sesiones se dividían en dos partes: la  primera comprendía un film horrible, pero posiblemente profético, la cual era seguida

de algunas experiencias extraordinarias con accesorios científicos y eléctricos.

“Al recibir la carta, creía recordar que Nyarlathotep estuvo ya en Providence, y que él había sido el origen del terror indescifrable que se expandió por todo el Mundo. Parecía que algunas personas me habían prevenido, susurrándome al oído que estaban espantados por sus horrores, y que me habían aconsejado no cruzarme en

su camino. Pero la carta del sueño de Loveman me impulsó y me vestí para ir a la ciudad a ver a Nyarlathotep. Los detalles conservan aún toda su intensidad  –hasta me sentí mal al anudarme la corbata –, pero este terror indescriptible lo abarcaba todo.

“Al salir de casa vi una multitud que avanzaba penosamente en la noche, susurrando  palabras terroríficas Y tomando la misma dirección. Los seguí lleno de espan to, pero aun más curioso por ver y escuchar al grande, al obscuro, al indescifrable Nyarlathotep. Luego el sueño siguió casi exactamente en la misma progresión que la historia, salvo que no llegué tan lejos. Terminó un instante después en que yo fui  precipitado a un abismo negro, surgido en la nieve, y arrojado en un torbellino junto

con las sombras de los que habían sido hombres.

“Completé la macabra conclusión para satisfacer las necesidades de una graduación dramática y de una conclusión. En el momento en que era arrojado a los abismos, grité estrepitosamente (creí en verdad que había sido audible, pero mi tía me dijo que no), y la imagen se desvaneció. Estuve muy mal  –con las sienes palpitantes y las orejas enrojecidas –, pero me sentí compelido por un solo impulso: escribir para conservar esta atmósfera de terror excepcional; y antes de haber tenido el tiempo necesario para advertirlo, ya me había serenado cuando me puse a escribir febrilmente. Sólo tenía una vaga idea de la narración. Al cabo de un momento, renuncié a concretarla y bajé la cabeza. Luego, completamente despierto, recordé todos los incidentes, pero ya había dejado escapar el exquisito escalofrío del espanto, la real sensación causada por la presencia del desconocido.

“Observé lo que había escrito y me sorprendió su coherencia. Hubiera querido continuar en el mismo estado inconsciente, pero al intentar la prosecución del relato, el escalofrío inicial se había perdido. El terror se había convertido en el objeto de una creación artística consciente.

“La otra pieza –Calephais – representa un gran número de mis sueños recientemente tejidos sobre un entramado con pathos.

H. P. Lovecraft”

En esta carta a Rheinhart Kleiner está el método o el procedimiento creador de Lovecraft. Pero no hay que tomarlo al pie de la letra, en el sentido de que si no se producía el sueño, no había escritura. Nada de eso. Lovecraft escribía con sueños o sin ellos. Pero, sí, es importante saber que el sueño constituía uno de los mecanismos de su creación. No lo buscaba, indudablemente. Venía a él, impensadamente, por su estado febril o alérgico. Y cuando esto acontecía, no dejaba escapar la visión onírica hasta darle un contenido literario.