pendence principle
4.5 THE ITINERARY PROBLEM
El punto inicial al que debemos remontarnos en este breve repaso de los hechos históricos acaecidos durante la Guerra con Chile es el 7 de junio de 1880. En aquel infausto día se libró la Batalla de Arica que, con derrota peruana, marcó el final de la posesión efectiva del Perú sobre el departamento sureño de Tarapacá. Luego de esta derrota el ejército efectivo peruano se replegó hasta la ciudad capital mientras que la maquinaria bélica chilena se dedicó a una actividad destinada a arruinar aún más al Perú. La destrucción de los puertos norteños del país y sus incipientes riquezas industriales llevada a cabo por la expedición del chileno Patricio Lynch, llevó la realidad de la guerra a zonas del país en las que antes no pasaba de ser una mala noticia. Esta expedición, que tenía como objetivo consolidar la debilitación de la economía peruana, se llevó a cabo durante los meses de septiembre, octubre y noviembre de 1880.
Durante esta etapa, el gobierno chileno preparó el último movimiento que pondría fin a este conflicto y que marcaría su incontestable victoria: la ocupación de la ciudad capital. En el desarrollo de esos planes, el 20 de noviembre de 1880 se produjo el desembarco de la primera división del ejército chileno en la localidad de Chilca, setenta kilómetros al sur de Lima. Esta acción de desembarco fue realizada con total tranquilidad y absoluta libertad de acción por parte del ejército chileno debido al nulo poder de defensa marítima peruana y a la escasa presencia de fuerzas nacionales en los territorios que actualmente corresponderían a la provincia limeña de Cañete y a las provincias iqueñas de Pisco y Chincha.
Tanto este primer desembarco como el que se realizó el día 22 de ese mismo mes en la localidad de Curayacu (actual distrito limeño de San Bartolo), marcaron el ingreso a territorio peruano del grueso del ejército invasor. A este contingente se fueron sumando en las siguientes semanas aquellas tropas chilenas que con anterioridad ya se encontraban en la costa sur medio del país (localidades de Pisco y Chincha) y las huestes que, bajo el mando de Lynch, habían destrozado los principales puertos de la costa norte.
El desembarco realizado en Curayacu tuvo la protección del grueso de la escuadra chilena la misma que, luego de esta maniobra, se dirigió al puerto del Callao a reanudar un bloqueo que ya se había llevado a cabo en fechas anteriores. Con estos actos se iniciaron las acciones que, según la estrategia chilena, conducirían a “asfixiar” a la ciudad capital y apurar un definitivo desenlace de la guerra.
Estando los chilenos ya en las cercanías de la capital, desde el mes de diciembre de 1880 se dieron algunas escaramuzas entre pequeños contingentes peruanos y las patrullas de avanzada del invasor. Los combates de Yerba Buena (Cañete), Bujama (Mala), Manzano (Cañete) y La Rinconada (Ate) fueron enfrentamientos de poca relevancia siendo que las acciones militares determinantes fueron las batallas de San Juan y de Miraflores.
Con la presencia de las huestes invasoras en los territorios señalados, la ciudad capital vivía ya un clima de guerra y preocupación ante la inminente marcha hacia Lima que realizarían las tropas chilenas. Ello motivó la variación de las actividades usuales y que la población en general empezara a prepararse para el combate. Así, se formaron las compañías de reservas compuestas por obreros y estudiantes con la consiguiente suspensión de sus actividades respectivas y, días antes de las batallas de San Juan y Miraflores, gran parte de los habitantes limeños, principalmente hombres de edades entre 15 y 40 años, se encontraban acantonados en los prados de Lobatón, actual distrito limeño de Lince.
Las batallas de San Juan, el 13 de enero de 1881, y de Miraflores, el 15 de enero de 1881, marcaron la derrota definitiva del ejército profesional peruano y el aniquilamiento de las fuerzas de defensa de la ciudad capital. Ante esa situación, el Dictador Nicolás de Piérola tomó rumbo a Canta para intentar una resistencia en la sierra que nunca llegó a cuajar y quedó en Lima, como única autoridad visible, el alcalde de la ciudad don Rufino Torrico.
En las horas previas al ingreso del ejército chileno, Lima vivió horas de permanente agitación. La destrucción que se había hecho la víspera a los poblados de Miraflores y Chorrillos – saqueos, incendios, pillaje y latrocinio por parte de los invasores – causó la desesperación de la población que abandonaba sus casas para buscar refugio en colegios, conventos y poblados del norte de la ciudad como el puerto de Ancón. A este
movimiento de la población se sumaría, una vez consumadas las derrotas, el regreso en desbande de los soldados y reservistas sobrevivientes. La exaltación de los ánimos y la humillación de la derrota hicieron que la ciudad sea escenario de represalias contra algunas minorías, como los chinos, y el caos reinante facilitó las cosas para que algunos bandidos pudieran cometer pillaje. El desgobierno se apoderó de la ciudad y los disturbios se iniciaron en la tarde del mismo 15 de enero luego de que la derrota en la Batalla de Miraflores se mostrara inminente.
Recién a la madrugada del día 17 de enero, el alcalde junto con brigadas de seguridad conformadas principalmente por extranjeros residentes, logró pacificar la ciudad y disponer las cautelas básicas para que el ingreso del invasor no registre incidentes, como no los registró.
Ese día 17 de enero de 1881, aproximadamente a las cinco de la tarde, la Ciudad de los Reyes, Lima, la que fuera primera capital del subcontinente y la hasta entonces más lujosa y principal urbe de la Sudamérica española, recibió a las tropas chilenas que la ocuparían durante los próximos tres años.
Subcapítulo 2: Primeras relaciones entre la autoridad invasora y el Poder