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no sólo han sido estudiados en un tono sensacionalista por perso- nas que empleaban métodos periodísticos, sino también por per- sonas serias que han tratado de encajarlos dentro del marco de las ciencias espaciales, la física moderna, la psicología o la his- toria de las supersticiones. Un número creciente de investigadores —agrupados alrededor de la Flying Saucer Review en la Gran Bretaña, y con entidades como APRO y NICAP14 en los Estados Unidos— han efectuado intentos sistemáticos de reunir datos con solvencia y objetividad, intentando al propio tiempo descubrir una o varias «constantes» coherentes en estos informes. Pero, hasta el momento, estos intentos de racionalización del fenómeno OVNI no se han visto coronados por el éxito.

Entre todas las teorías formuladas, la que ejerce mayor atrac- tivo es la que considera a los OVNIS como sondas procedentes de otro planeta. Sin embargo, esta teoría peca por defecto, al no poder explicar el fenómeno en su contexto histórico. Los platillos actuales no pueden estudiarse prescindiendo de la nave aérea de 1897 o de observaciones anteriores de objetos similares. Por otra parte, la teoría de la simple visita debe combinarse con el pos- tulado de que nuestros visitantes saben mucha más física que nosotros..., tanta, en realidad, que cualquier interpretación hecha según los conceptos físicos que nos son familiares se halla con- denada de antemano a terminar en fracaso y contradicción. El segundo inconveniente importante que presentan todas las teo- rías que se han propuesto hasta ahora se encuentra precisamente en la descripción de los seres y de su conducta. Cualquier teoría puede explicar algunos de estos informes, pero sólo a expensas de rechazar arbitrariamente un grupo mucho mayor de ellos.

El reconocimiento de que existe un paralelo entre los infor- mes sobre los OVNIS y los principales temas del folklore (espe- cialmente el relativo a las hadas), es el primer indicio que he po- dido encontrar de que puede existir una manera de salir de este callejón al parecer sin salida. Y aunque aún es demasiado pronto para que podamos recoger los fragmentos de nuestras antiguas teorías para formar con ellos un nuevo intento de explicación, me gustaría concluir este capítulo con una revisión más precisa de los casos más difíciles que se ofrecen a nosotros. Poco puede de- cirse de las observaciones «razonables». El verdadero problema surge cuando encontramos testigos que son una muestra típica de la población media y que cuentan una historia que, aunque no

está en desacuerdo con la gama de informes sobre los OVNIS, se destaca, sin embargo, gracias a unos cuantos detalles específicos tan increíbles, que nuestra primera reacción consiste en rechazar de plano toda la historia.

La idea de que la historia deba rechazarse porque constituye un insulto a nuestra razón es una reacción con la que estoy muy familiarizado, y me condujo a seleccionar para su análisis úni- camente aquellos casos que parecían susceptibles de dejarse so- meter a la crítica científica. Asimismo, algunos grupos principa- les, como NICAP o APRO y los investigadores oficiales encuadra- dos en el proyecto Blue Book, imaginaron unas normas más o menos conscientes para rechazar automáticamente los casos «in- creíbles». A decir verdad, muchos de estos relatos merecen, efec- tivamente, la calificación de crackpot (chiflado) que se les atri- buye, pero estas historias suelen estar acompañadas de numero- sos signos indicadores del desequilibrio mental del testigo. Sin em- bargo, cuando no existe este contexto psicológico, es preciso es- tudiar el caso con sumo cuidado.

12 de octubre de 1963. Llovía copiosamente entre Monte Maíz e Isla Verde, en la Argentina, mientras Eugenio Douglas conducía por la carretera su camión cargado de carbón. Estaba alborean- do. De pronto, Douglas vio un punto brillante frente a él, en la carretera, como los faros de un vehículo que se acercara, sólo que se trataba de una sola luz cegadora. Para evitar un choque, Douglas redujo la marcha. La luz se hizo tan intensa, que tuvo que bajar la cabeza y apartarse a un lado de la carretera. Detuvo el camión y se apeó. La luz había desaparecido.

Entre la lluvia, Eugenio Douglas pudo ver entonces un apara- to metálico, circular, de unos diez metros de altura. Se hizo vi- sible una abertura, que originó una segunda zona luminosa, menos intensa, y aparecieron tres figuras. Su aspecto era humano, pero llevaban unos extraños cascos provistos de una especie de antena. Su estatura era superior a los tres metros y medio. Aunque los extraños personajes no tenían nada de repulsivos, dijo Douglas, él sintió un miedo terrible.

Así que aparecieron las figuras, un rayo de luz roja partió hacia el lugar donde él estaba, produciéndole una quemadura. Douglas sacó su revólver y disparó contra los tres seres, y acto seguido huyó a todo correr hacia Monte Maíz. Pero la misma luz roja y ardiente le siguió hasta el poblado, donde hizo impacto en los faroles del alumbrado público, que no tardaron en tornarse de un color violeta y verde. Douglas notó la presencia de un gas acre. La belleza y el carácter dramático de esta escena es impre- sionante, y si se deseara ilustrar la epopeya de los OVNIS, ésta

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sería probablemente la imagen que mejor expresaría todo su sig- nificado.

Douglas corrió a la primera casa pidiendo socorro. El propie- tario, un tal señor Rivas, había fallecido la víspera, pero su fa- milia, que lo estaba velando, manifestó que al tiempo que oyeron los gritos de Douglas, las velas de la estancia mortuoria y las luces eléctricas de la casa se volvieron verdes, y se notó el mismo olor acre. Corrieron a abrir la puerta y ante ellos apareció Dou- glas empuñando un revólver y defendiéndose del chaparrón con el poncho puesto sobre la cabeza. Las luces de la calle también habían cambiado de color. Sin duda ésta fue una de las escenas más fantásticas que figuran en los ricos archivos de la ufología. Eugenio Douglas fue llevado a la comisaría de policía, donde todos vieron claramente las quemaduras que presentaba en la cara y las manos. Se supo que la Policía había recibido numero- sas llamadas telefónicas preguntando por la razón del cambio de color en el alumbrado, pero las autoridades atribuyeron estos cam- bios a irregularidades en el suministro de la energía..., aunque esto, por supuesto, no explicaría el cambio en la coloración de las velas, suponiendo que no fuese una simple ilusión. Douglas fue sometido a revisión médica, y se comprobó que las quemaduras habían sido causadas por una radiación semejante a los rayos ul- travioleta (según Douglas, sintió una quemadura cuando le alcanzó un rayo rojo). Cuando los habitantes del poblado se dirigieron al lugar donde había quedado estacionado el camión, encontraron huellas de enormes pisadas, casi de medio metro de longitud, que poco después fueron borradas por la lluvia1 5.

A finales de agosto de 1963, en las afueras de Sagrada Familia, en el Brasil, tres muchachos, Fernando Eustagio, de once años, su hermano Ronaldo, de nueve, y un vecino llamado Marcos entraron en el jardín de la familia Eustagio para sacar agua del pozo. De pronto vieron una esfera suspendida sobre los árboles, en el inte- rior de la cual distinguieron cuatro o cinco hileras de personas. Se abrió una especie de puerta bajo la esfera, y de ella salieron dos rayos de luz hacia abajo. Como si se deslizara por ellos, un esbelto ser de tres metros de alto descendió al jardín, para reco- rrer entonces unos seis metros en una extraña postura: tenía el torso muy rígido y erguido, las piernas separadas y los brazos ex- tendidos. Balanceaba su cuerpo de derecha a izquierda, como si tratara de recuperar el equilibrio, y después se sentó en una roca. Los tres niños observaron que el gigante llevaba un casco trans- parente y que en el centro de la frente tenía lo que ellos descri- bieron como un «ojo» oscuro. Calzaba botas altas, provista cada una de ellas de una especie de espuela triangular, que dejó una huella extraña en la tierra blanda, la cual persistió durante algu-

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nos días. Su traje era brillante y se hinchó en cuanto el miste- rioso personaje tocó el suelo. Los pantalones parecían estar per- fectamente sujetos a las botas. Sobre el pecho llevaba un curioso recipiente cuadrado, que emitía destellos de luz de manera inter- mitente.

En el interior de la esfera, que seguía cerniéndose inmóvil sobre el jardín, los tres muchachos pudieron ver a varios seres de aspecto más o menos humano, sentados ante tableros de mando, «accionando botones y pulsando interruptores».

Cuando el gigante que estaba en el jardín hizo un movimiento como si quisiera agarrar a uno de los niños, Fernando cogió una piedra para tirársela..., pero quedó paralizado cuando el hombre espacial le miró directamente a los ojos. El gigante volvió enton- ces a la esfera, utilizando esta vez los rayos de luz como «ascen- sor», pero manteniendo ahora los brazos apretados al cuerpo. Los niños ya no tenían miedo, aunque después no supieron explicar qué sintieron entonces. Cuando la esfera se fue, estaban seguros de que el gigantesco astronauta no había venido a hacerles daño, y, de la misma manera irracional, sabían también que volverían16. En Brasil tuvo lugar, seis años antes, un incidente que ocupa en los anales ufológicos el alto lugar que ciertamente merece, gra- cias a la excelente investigación que realizó en su día el malogrado doctor Olavo Fontes, de la Escuela Nacional de Medicina de Río de Janeiro, quien entrevistó y examinó al testigo, Antonio Villas Boas, de la localidad de Sâo Francisco de Sales, en el Estado de Minas Gerais.

La noche del 5 de octubre de 1957, Antonio y su hermano se acostaron alrededor de las once. A causa del calor, Antonio deci- dió abrir los postigos de la ventana, y vio entonces una luz pla- teada en el corral, semejante a la de un faro de automóvil en- focado hacia abajo. Más tarde, volvió a mirar, junto con su her- mano Joño, y ambos vieron que la luz seguía allí, después avanzó hacia la casa, iluminando el tejado antes de desaparecer.

El segundo episodio tuvo lugar la noche del 14, probablemen- te entre las 9,30 y las 10. Antonio estaba arando de noche, en compañía de su hermano, un campo situado en un llano, a orillas de un río. Un tractor arrastraba al arado. Alrededor de las once de la noche, Antonio señaló a su hermano la presencia de una luz en el cielo, que cambiaba de posición cada vez que los labradores daban la vuelta al llegar al extremo de un surco. Cuando aquella luz se acercó a los dos hermanos, éstos se asustaron, desengan- charon el arado y volvieron al pueblo con el tractor.

A la noche siguiente, alrededor de la una, Antonio se encon- traba solo en el campo. Una luz parecida a una estrella se apro- ximó a gran velocidad, para inmovilizarse, pocos segundos des-

pues, a cosa de 100 metros de altura sobre el campo. Asustado, Antonio quiso volver a su casa y empezó a accionar el disposi- tivo hidráulico de desenganche del arado. Pero el dispositivo no funcionaba, y mientras Antonio trataba de hacerlo funcionar, el motor del tractor se paró. En aquel momento, el misterioso ob- jeto descendió bruscamente y aterrizó a unos 20 metros del trac- tor. Antonio, aterrorizado, vio salir de la máquina a dos «perso- nas», que corrieron hacia él. Presa de pánico, saltó de su tractor y trató de huir, pero los dos personajes (descritos ahora como «hombres») lo sujetaron por detrás. Tras una breve lucha, cua- tro de aquellos hombres consiguieron arrastrarlo al interior de la máquina. Estos seres se comunicaban entre ellos mediante ba- jos gruñidos, distintos a cualquier sonido conocido por el testigo, diciendo únicamente de ellos que «no eran agudos ni demasiado bajos». A pesar de la resistencia que Antonio ofrecía, aquellos se- res lo desnudaron, le pasaron por todo el cuerpo una especie de esponja húmeda, y lo llevaron a otra cámara, haciéndole pasar por una puerta que ostentaba extrañas letras.

No es mi propósito repetir aquí todos los detalles de la ex- periencia por la que pasó Villas Boas. Estos ya han sido adecua- damente documentados, primero en la Flying Saucer Review por Fontes y Creighton, y posteriormente por los Lorenzen, que re- producen en su totalidad el testimonio conseguido por Fontes y J. Martins, junto con la opinión profesional del doctor Fontes des- pués de su examen médico del sujeto, en su obra Flying Saucer Occupants17. Lo que me impulsa a incluir aquí este caso es la con- clusión a que llega Fontes: que Villas Boas no es un desequili- brado mental y de que es sincero al referir su historia. Y ésta, además, nos proporciona un vínculo con relatos como el de Ossián y el problema general del contexto genético que pueda tener el mito de los OVNIS, y que será el tema de la próxima sección de este mismo capítulo.

Antonio permaneció solo en el segundo compartimiento duran- te un tiempo que a él le pareció muy largo. Cuando oyó un ruido en la puerta, se volvió y recibió una «impresión terrible»: la puerta se abrió para dejar paso a una mujer, tan desnuda como él. Sus cabellos eran rubios, con raya en medio. Tenía los ojos azules, más alargados que redondos, y oblicuos hacia los lados. La nariz era recta, y los pómulos, salientes. Tenía un rostro muy an- cho, «más ancho que el de un nativo indio». Terminaba en un mentón puntiagudo. Los labios eran casi invisibles de tan delga- dos. Las orejas, pequeñas, pero normales. Era mucho más baja que él; su cabeza sólo le llegaba al hombro. La mujercita se apre- suró a indicarle de manera inequívoca cuál era el objeto de su visita. Poco después, entró un hombre, quien llamó por señas a

la mujer, la cual, señalándose el vientre, sonrió, señaló después al cielo y salió en seguimiento del hombre1 8.

Regresaron entonces los captores de Antonio con las ropas de éste, y lo llevaron a una cámara en la que estaban sentados los demás miembros de la tripulación, que gruñían entre ellos. El testigo, que ya estaba seguro entonces de que no le harían nin- gún daño, se dedicó a examinar cuidadosamente lo que le rodeaba. Entre otras cosas —todas sus observaciones tienen un gran inte- rés—, observó una caja con tapa de vidrio que parecía un «reloj despertador». Este «reloj» tenía una manecilla y varias señales que corresponderían al 3, 6, 9 y 12 de un reloj ordinario. Pero como el tiempo pasaba y la manecilla no se movía, Antonio su- puso que no se trataba de un reloj 1 9.

El simbolismo que encierra esta observación de Villas Boas es claro. Nos recuerda a los cuentos de hadas que antes hemos citado, el país donde el tiempo no transcurre, y aquel gran poe- ta que tenía en su habitación un gran reloj blanco sin manecillas que ostentaba la inscripción: «Es más tarde de lo que supones.» Lo que llama la atención es la cualidad poética que tienen estos detalles en muchos relatos sobre OVNIS —a pesar del carácter irracional o evidentemente absurdo de la historia— y que los hacen tan parecidos a un sueño. Antonio debió de pensar lo mis- mo, pues se dijo que tenía que llevarse alguna prueba y trató de robar el «reloj». Pero inmediatamente uno de los hombres lo apar- tó a un lado de un airado empellón. Este intento por hacerse con alguna prueba es un rasgo constante en los cuentos de hadas, y no olvidemos tampoco que Betty Hill intentó convencer a sus cap- tores de que le permitiesen llevarse un curioso «libro» que había visto dentro de la máquina. Como en el incidente Villas Boas, los tripulantes no quisieron darle la oportunidad de convencer al mundo de la realidad de lo sucedido.

Finalmente, uno de los hombres indicó a Antonio que le siguie- se a una plataforma circular. Entonces le hicieron dar una deta- llada vuelta a toda la máquina, lo condujeron a una escalerilla metálica y le ordenaron por señas que bajase por ella. Antonio observó todos los detalles del despegue y su preparación, siguien- do con la mirada al aparato cuando éste se elevó del suelo y se alejó en cuestión de segundos. Comprobó que eran las 5,30 horas; había pasado más de cuatro horas dentro de la extraña máquina. Es preciso observar que el testigo ofreció información sobre el caso, sin entrar en detalles, en respuesta a un aviso que se pu- blicó en un periódico dirigido a todos cuantos hubiesen visto OV- NIS. Se mostró extremadamente reacio a comentar los aspectos más personales de este caso, y sólo los refirió respondiendo a las insistentes preguntas de Fontes y Martins. Como Maurice Masse,

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Villas Boas sufrió una extraordinaria somnolencia durante un mes después de este incidente.

DAEMONIALITAS

Cuando el folklore degenera, convirtiéndose en un género lite- rario menor, como ocurrió con la fe en las hadas, que degeneró en los actuales cuentos de hadas, pierde, naturalmente, gran parte de su contenido: precisamente esos detalles «no aptos para me- nores» que no pueden conservarse en los libros para niños. El re- sultado directo de esta censura de los detalles picantes en estas maravillosas historias las convierte realmente en simples motivos de asombro. El caso Villas Boas no resulta apropiado como texto de lectura para una escuela de párvulos, pero la eliminación de la mujercita convierte a esta historia en un cuento desprovisto de un profundo valor simbólico o psicológico. Es precisamente el contexto sexual lo que confiere a estos relatos su influencia lite- raria. Es lo que proporciona impacto a la fe en las hadas.

Sin este contexto sexual —sin las historias de comadronas hu- manas, de niños cambiados por otros, de matrimonios mixtos con los elfos, temas que nunca se mencionan en los cuentos de hadas modernos—, es dudoso que la tradición de las hadas hubiese so- brevivido a través de los siglos. Y esto no es cierto únicamente en cuanto a las hadas: los casos más notables de contacto sexual con seres no humanos no se encuentran en picantes libros «plati- llistas», ni en leyendas sobre las hadas, sino que se guardan a buen recaudo en los archivos de la Iglesia. Para encontrarlos, hay que aprender primero latín y obtener acceso a las pocas bibliotecas donde se conservan estos extraordinarios relatos. Pero lo que allí se encuentra deja pálido al caso Villas Boas, como creo que el lector estará de acuerdo si sigue leyendo este capítulo.

Dejemos primero bien sentado que la creencia en la posibi- lidad de uniones mixtas entre hombres y razas no humanas es el corolario de las apariciones que se encuentran en todos los contextos históricos.

Esto es tan evidente en los relatos bíblicos, que apenas es