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P3 (386) Third-Generation Processors

Hemos observado algunos casos que relacionan a seres des- conocidos con el hurto de productos agrícolas. Los misteriosos

hombrecillos parecen haberse llevado con igual destreza desde matas de espliego hasta patatas, pasando por racimos de uva. En relato tras relato, desde América del Norte y del Sur hasta Euro- pa, los pequeños seres aparecen desembarcando de su brillante aparato para recoger muestras de vegetación y despegar acto se- guido ante los ojos atónitos de los testigos. Semejante conducta es muy apropiada para hacer suponer a los investigadores de es- tos relatos que los visitantes se dedican a la recogida de mues- tras, con el cuidado y la precisión propios de experimentados exo- biólogos. ¿No hemos ideado nosotros, al fin y al cabo, unos robots que efectuarán los análisis preliminares de la flora marciana cuan- do las primeras sondas enviadas por los hombres lleguen al pla- neta rojo? En algunos casos, los visitantes incluso tienen tiempo de sostener prolongadas conversaciones con los testigos acerca de nuestras técnicas agrícolas. Éste fue el caso de un aterrizaje que, de manera harto curiosa, tuvo lugar en Tioga City (Nueva York), el mismo día del famoso aterrizaje de Socorro, unas diez horas antes de que el agente de policía Zamora observase el ob- jeto ovoide y brillante que ahora ya nos resulta tan familiar.

Un joven granjero llamado Gary T. Wilcox se hallaba espar- ciendo abono en su campo. Un poco antes de las diez de la ma- ñana, se detuvo en su trabajo para ir a echar una mirada a un campo rodeado de bosque, que se encontraba a poco más de kiló- metro y medio de su granero. Deseaba comprobar si la tierra de dicho campo ya estaba en condiciones de ser arada. Pero al acer- carse al lugar indicado, vio en él un objeto brillante, que de mo- mento tomó por una nevera abandonada, después por un depó- sito de combustible de avión o cualquier otra pieza de una aero- nave. Al acercarse más, se dio cuenta de que el objeto tenía forma de huevo y que sus dimensiones eran de seis por cinco metros, parecía de metal duradero y no le recordaba a nada que hubiese visto antes.

Lo tocó y no lo encontró caliente.

No observó en él puertas ni escotillas de ninguna clase. Y, sin embargo, dos seres de aspecto humano aparecieron de pronto. Tenían aproximadamente 1,20 m de estatura y vestían unos trajes sin costuras, con casco y una caperuza que les tapaba totalmente el rostro, lo cual impidió a Wilcox observar sus facciones. Pare- cían poseer brazos y piernas. Le dirigieron la palabra «en un suave inglés», pero su voz no parecía proceder de la cabeza, según le pareció a Wilcox, sino de su cuerpo.

—No se alarme, no es la primera vez que hablamos con per- sonas. Somos del planeta que ustedes llaman Marte —le dijeron.

A pesar de que Gary se hallaba convencido de que «alguien me estaba tomando el pelo», la extraña conversación continuó. Los

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dos seres manifestaron hallarse muy interesados por los abonos y su empleo. Declararon que ellos cultivaban alimentos en Marte, pero que los cambios experimentados por el medio ambiente les planteaban unos problemas que ellos confiaban en resolver obte- niendo información sobre nuestras técnicas agrícolas. Sus pregun- tas eran bastante infantiles, y demostraban un gran desconoci- miento de la agricultura. Cada uno de ellos llevaba una bandeja llena de tierra.

—Cuando hablaban del espacio o de su nave, me costaba mu- cho entender su explicación. Dijeron que sólo podían venir a este planeta cada dos años y que actualmente sólo visitan el hemis- ferio occidental —refirió Wilcox.

Le explicaron que sólo aterrizaban durante las horas diurnas, «porque su nave era menos visible a la luz del día», y manifesta- ron su sorpresa porque Wilcox hubiese visto su aparato. También le dieron algunas precisiones sobre los viajes espaciales. Di- jeron que nuestros astronautas no conseguirán sus objetivos, por- que sus cuerpos no podrán adaptarse a las condiciones que im- peran en el espacio. Para terminar, pidieron a su interlocutor una bolsa de abono, pero cuando Gary Wilcox fue en busca de ella, el aparato despegó, desapareciendo de su vista en pocos se- gundos. El testigo, sin embargo, dejó una bolsa con abono nitro- genado en aquel mismo lugar; al día siguiente, la bolsa había desaparecido 12.

Una lista, aunque fuese incompleta, de casos parecidos a éste no tardaría en hacerse tediosa. En la mayoría de los aterrizajes en Sudamérica, los testigos han declarado que los humanoides recogieron muestras de tierra, plantas y hasta piedras. Esta con- ducta parece ex profeso para hacernos creer en el origen interpla- netario de estos extraños seres y sus naves. La verdad es que este tipo de incidentes han influido grandemente en los investiga- dores, haciéndoles llegar «independientemente» a la conclusión de que los OVNIS son sondas espaciales enviadas por una civilización extraterrestre.

El 1 de noviembre de 1954, día de Todos los Santos, la se- ñora Rosa Lotti-Dainelli, de cuarenta años de edad, se dirigía al cementerio de Poggio d'Ambra (Bucine), localidad próxima a la ciudad italiana de Arezzo. La devota señora llevaba consigo un jarro con flores. Es posible que su espíritu, en fecha tan señalada para el orbe católico, se hallase muy lejos de cualquier fantasía extraterrestre; sin embargo, lo que le sucedió en el minuto si- guiente acaso constituya el más extraño de todos los incidentes que se registraron durante la oleada de 1954.

Cuando la señora Lotti-Dainelli pasó junto a una pradera, vio en ella una máquina en forma de torpedo colocada en posición

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vertical. Por su forma, el extraño aparato parecía estar compues- to por dos conos unidos por sus bases. A través de una abertura practicada en el cono inferior, distinguió dos pequeños asientos. El objeto parecía metálico. No se parecía a nada que la testigo hubiese visto con anterioridad.

De detrás del objeto aparecieron entonces dos seres. Su es- tatura era aproximadamente de un metro. Parecían estar con- tentos. Sonreían, mostrando unos dientes blancos y menuditos. Vestían monos grises y se tocaban con cascos de cuero rojizo, parecidos a los que emplean los conductores militares. Parecían tener una «convexidad» en el centro de la frente. Hablando en un idioma incomprensible, ambos se acercaron a la señora y uno de ellos le arrebató el jarro de flores.

La señora Lotti-Dainelli trató entonces de recuperar lo que le pertenecía, pero los dos seres regresaron a su aparato sin ha- cerle caso. La testigo se puso a gritar y huyó corriendo. Pero no tardó en volver al sitio acompañada de otros testigos, entre los que había varios carabinieri. Demasiado tarde. No había ni rastro del objeto. Pero, según parece, otras personas vieron al aparato en vuelo, que dejó tras sí una estela roja y azul.

Estas historias no pasarían de ser «sorprendentes» si no fuese por una característica constante que los folkloristas conocen muy bien: es ésta la de que en cierto tipo de leyendas que aluden a seres sobrenaturales, los mismos vienen a nuestro mundo para robarnos sus productos, nuestros animales e incluso —como vere- mos en un capítulo posterior— para secuestrar a seres humanos. Mas, por el momento, limitémonos a estudiar esta extraña «reco- gida de muestras» efectuada por estos seres, y sus peticiones de productos terrestres.

En una leyenda algonquina que reúne todas las característi- cas de la mejor historia platillista, un cazador ve bajar del cielo una cesta. La maravillosa cesta contiene a doce doncellas de una belleza arrebatadora. El cazador trata de aproximarse a ellas, pero las celestiales criaturas se apresuran a entrar de nuevo en la «cesta», que asciende rápidamente hasta perderse de vista. Pero el astuto cazador, al observar otro día el descenso del extraño objeto, se vale de una estratagema para acercarse a él y consigue capturar a una de las doncellas, con la que se casa y de la que tiene un hijo. Mas, por desgracia, su esposa se muestra inconso- lable por la pérdida de sus hermanas, que se alejaron a bordo del vehículo celeste. Así es que un día se construyó una cestita, y, según refiere Hartland,

después de entrar en ella con su hijo entonó el ensalmo que ella y sus hermanas solían emplear, y ascendió de nuevo a la estre- lla de donde había venido.

La joven pasó dos años en aquellas regiones celestiales, hasta que un día le dijeron:

Tu hijo desea ver a su padre; así es que vuelve a bajar a la Tierra, busca a tu marido y dile que nos traiga ejemplares de todos los animales que mata.

Ella así lo hizo. Y el cazador ascendió a los cielos con su esposa, vio a su hijo y asistió a un gran festín, en el que fueron servidos los animales que él había traído.

Esta leyenda algonquina presenta una mezcla muy compleja de temas. Algunos de ellos están presentes en las actuales histo- rias de OVNIS; otros se derivan de conceptos tradicionales, como el intercambio de comida, que ya hemos comentado. Los elemen- tos nuevos son: (1) el deseo expresado por los seres celestiales de obtener ejemplares de todos los animales capturados por el caza- dor, y (2) la idea de que es posible el matrimonio entre la raza terrestre y la raza aérea. En el capítulo IV examinaremos por separado este último aspecto.

Hasta aquí, hemos visto a nuestros visitantes robando plan- tas y solicitando nuestros productos. Pero, ¿han llegado a dar muerte por sí mismos a animales terrestres? ¿Han arrebatado ca- bezas de ganado? Si hemos de creer lo que cuentan muchos testigos, así es, en efecto. Pero lo más interesante es que aquí volvemos a encontrar un rasgo común a los ufonautas y al Buen Pueblo. En la página 74 de esta obra tendré ocasión de citar, dentro de otro contexto, una conseja que nos presenta a una mul- titud de hadas persiguiendo a un corzo en la isla de Aramore. El narrador agrega que, en otra ocasión, «esa gentecilla persiguió a un caballo». Y en el curso de la misma conversación con Walter Wentz, que éste transcribió antes de 1909, el narrador, apodado el viejo Patsy, contó la siguiente historia acerca de un hombre «que, si aún vive, se encuentra actualmente en América, adonde se fue hace unos años»:

Cuando caía la noche en la Isla del Sur, un hombre se hallaba abrevando a su vaca en un pozo cuando, al mirar al otro lado de un muro, vio a numerosos seres de extraña cata- dura jugando a la taba. Cuando vieron que los miraba, uno se acercó a la vaca y le asestó un fuerte golpe, y, volviéndose des- pués hacia el hombre, le produjo profundos cortes en la cara y el cuerpo. Si el hombre hubiese tenido la sensatez de irse en-

tonces, no le hubiera ido tan mal, pero volvió al pozo después del primer encuentro, y recibió así hasta cuatro veces una feno- menal paliza.

El 6 de noviembre de 1957, un muchacho de doce años, Eve- rett Clark, de Dante, en Tennessee, abrió la puerta de su casa para dejar salir a su perro Frisky. Vio entonces un objeto extraño en un campo, a cosa de cien metros de la casa. Pensó que estaba soñando y volvió a entrar. Cuando veinte minutos después llamó a su perro, descubrió que el objeto aún seguía allí y que Frisky estaba a su lado, con varios otros perros de la vecindad. Junto al objeto estaban también dos hombres y dos mujeres vestidos con ropas normales. Uno de los hombres trató varias veces de capturar a Frisky y después a otro perro, pero tuvo que dejarlos, pues los canes parecían dispuestos a morderle. Everett se dedicó a observar a los extraños personajes, que hablaban entre ellos «como los soldados alemanes que había visto en el cine»; des- pués les vio penetrar en el objeto atravesando limpiamente sus paredes, y después éste se elevó verticalmente sin el menor ruido. Era oblongo y de «ningún color particular»1 3.

En otra de estas extraordinarias coincidencias que son ya tan familiares a los ufólogos, aquel mismo día se efectuó otro inten- to de raptar a un perro, esta vez en una población de Nueva Jer- sey llamada Everittstown. *

Mientras el caso Clark tuvo lugar a las seis treinta de la ma- ñana, fue al anochecer cuando John Trasco salió a dar de comer a su perro y vio un objeto brillante de forma ovalada suspendido en el aire frente a su granero. Casi al instante siguiente se dio de manos a boca con un ser de un metro de estatura, «de cara color de masilla y grandes ojos de rana», quien le dijo en un inglés macarrónico: «Somos gente de paz; sólo queremos su perro.»

Trasco mandó a freír espárragos al extraño individuo. Éste huyó corriendo y, momentos después, su máquina despegó verti- calmente. Parece ser que la esposa de Trasco pudo observar el objeto desde la casa, pero no así al pequeño ser. Dijo, además, que cuando su marido trató de agarrar al hombrecito, éste es- capó, pero le dejó un polvo verde en la muñeca, que desapareció al lavarse las manos. Al día siguiente observó la presencia del mismo polvo en sus uñas. El ufonauta vestía un traje verde de botones brillantes, se tocaba con una especie de boina de punto, y calzaba guantes con un punto brillante en la punta de cada dedo, según Coral Lorenzen14.

* P o r otra c u r i o s a coincidencia, el n o m b r e del p u e b l o del s e g u n d o c a s o es pa- r e c i d o a l del t e s t i g o d e l p r i m e r o . N . d e l A .

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Hemos sondeado varios de los aspectos del comportamiento que se atribuye a seres sobrenaturales en el folklore antiguo y moderno. Poco importa si estos seres descienden en platillos vo- lantes o en cestas musicales, o si proceden del mar o de las rocas. Lo que verdaderamente importa es lo que hacen y dicen: la huella que dejan en el testigo humano, que es el único vehículo tangible de la historia. Este comportamiento nos ofrece una gama de situa- ciones y reacciones humanas que despiertan nuestro interés, nues- tra preocupación o nuestra risa. La historia de las tortas de Joe Simonton; los cuentos en que aparece la comida de las hadas son intrigantes, pero difíciles de analizar; los corros y los nidos son reales, pero el sentimiento que inspiran tiene más de romántico que de científico. Tenemos, después, el deseo peculiarmente insis- tente que demuestran estos extraños seres por apoderarse de ob- jetos terrestres, especialmente flora y fauna. Las historias que se citan a este respecto rayan en lo ridículo. Pero profundizar en su estudio termina con provocar horror. Ésta es una faceta del fenómeno que no podemos ignorar por más tiempo.

EL PAÍS EMBRUJADO

Si bien las reacciones humanas ante la observación de un OVNI son variadas, con los animales sucede exactamente lo con- trario : su reacción es siempre de terror. La conocida pregunta que figura en casi todos los cuestionarios sobre OVNIS, «¿Qué fue lo que llamó su atención sobre el objeto?», es muy frecuente respon- derla así: «El terror que demostraba mi perro.» O bien: «El ga- nado estaba preso de gran agitación.» «Todos los perros de la vecindad se pusieron a ladrar desaforadamente.» Existe ya sufi- ciente material, gracias a los casos bien documentados de reac- ción animal ante la proximidad de un OVNI, para redactar un tratado muy completo sobre psicología animal.

El 30 de diciembre de 1966, un físico nuclear norteamericano iba en coche con su familia hacia el Sur por una carretera de Luisiana. El cielo estaba cubierto, y llovía. Eran las 8,15 de la tarde. El testigo, que es profesor de física y efectúa investiga- ciones nucleares, siendo por ello un testigo altamente calificado, había llegado a un punto situado al norte de Haynesville cuando observó una cúpula de luz parpadeante que parecía «el resplandor de una ciudad». Su color oscilaba de una tenue luminosidad ro- jiza a un brillante anaranjado. Súbitamente, la luminosidad se hizo tan intensa que eclipsó los faros del coche, y los dos niños que dormían en el asiento posterior fueron despertados por aque-

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lla luz blanca y cegadora, y, junto con la esposa del físico, obser- varon lo que sucedió a continuación.

La luz procedía de una fuente estacionaria y situada bajo las copas de los árboles —o sea, a nivel del suelo o muy cerca de éste—, dentro del bosque y a cierta distancia. El deseo de velar por la seguridad de su familia impulsó al testigo a alejarse. Pero pudo hacer un rápido cálculo de la cantidad de energía represen- tada por aquella luz, y llegó a la conclusión de que la fuente de la radiación desconocida debía de ser potentísima... tan potente en realidad, que le obligó a regresar a aquel sitio al día siguiente, provisto de un contador de centelleo. Logró determinar la pro- bable posición del objeto, que se había encontrado alrededor de una milla (con un error en más o en menos de 0,2 milla) de su automóvil en el punto de su mayor proximidad. Acto seguido efec- tuó algunas averiguaciones por los alrededores.

Estas investigaciones produjeron un resultado doble. En pri- mer lugar, mientras caminaba por el bosque, observó que a cier- ta distancia a la redonda del lugar donde había estado la fuente lumínica, había desaparecido toda vida animal. No había ardillas, pájaros y ni siquiera insectos..., lo cual le extrañó sobremanera, pues, como cazador, se hallaba muy familiarizado con la fauna de la región. En segundo lugar, recogió varias declaraciones de habi- tantes de aquella zona que también habían visto la luz; por si aún no fuese bastante, diversos granjeros de la comarca le dije- ron que habían tenido lugar importantes desapariciones de ga- nado durante aquel mismo período.

Hasta que escuché de viva voz el testimonio del físico, yo nunca había hecho mucho caso de los informes sobre reses desa- parecidas. Las vacas y los caballos suelen escaparse a veces, o son robados por cuatreros, y la probabilidad de que un ganadero eche la culpa del caso a una causa sobrenatural aún es muy re- mota, incluso en pleno siglo xx.

Existe, sin embargo, un precedente: el caso de Leroy, en Kan- sas, en el que una vaca fue robada por los pilotos de un objeto volante. Si ese informe llevase fecha de 1966, tal vez podríamos hacer caso omiso de él. Pero, el 21 de abril de 1897, fue objeto de una declaración jurada ante testigos. Firmó la declaración Alexan- der Hamilton, uno de los más importantes ciudadanos de Kansas. En este documento, que ha sido citado en varios libros y publica- ciones ufológicas recientes, Hamilton declara que fue despertado por los ruidos procedentes del redil donde guardaba su ganado y salió con dos hombres a ver qué pasaba. Distinguió entonces a una nave aérea que descendía suavemente hacia el suelo, para in- movilizarse a cincuenta metros de éste.

Estaba constituida principalmente por una parte en forma de cigarro, quizá de cien metros de largo, con una barquilla debajo. Esta barquilla era de vidrio o de otro material trans-