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Hasta fecha tan tardía como 1850, sobrevivió en Francia una raza de lutins en la región de Poitou, que en años recientes ha sido zona predilecta de aterrizaje de los platillos volantes. Los lutins de Poitou se conocían por el nombre de farfadets, y la Biblioteca Nacional de París guarda varios deliciosos relatos de sus malévolas acciones.

¿Cuáles eran las principales características de los fadets o far- fadets?4 Éstos eran hombrecillos muy negros y peludos. De día permanecían ocultos en sus cuevas, para acercarse de noche a las alquerías. Uno de sus pasatiempos favoritos consistía en gas- tar jugarretas a las aterrorizadas campesinas. Sus moradas se lo- calizaban con bastante precisión. C. Piuchaud, por ejemplo, dijo en una conferencia que durante mucho tiempo vivieron farfadets en La Boulardière, localidad próxima a Terves (Deux-Sèvres), en túneles subterráneos que ellos mismos habían excavado5. Los ha- bitantes de La Boissiere describen a los fadets como enanos ve- lludos que gastaban toda clase de bromas. *

* El v e r b o « l u t l n e r » , q u e significa « p o r t a r s e c o m o un lutin», o s e a , m o l e s t a r c o n d i a b l u r a s , h a s o b r e v i v i d o e n e l I d i o m a f r a n c é s . S e e m p l e a para d e s c r i b i r t r a v e s u r a s

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Una noche de mediados del siglo pasado, un grupo de muje- res se quedó conversando hasta cerca de medianoche a orillas del río Egray. Cuando regresaban a la aldea y acababan de cruzar un puente, oyeron un estrépito espantoso y vieron un espectáculo que les heló la sangre en las venas. Un objeto que, a falta de ca- lificativo mejor, denominaron un carro de ruedas rechinantes, as- cendía la colina a fantástica velocidad. Naturalmente, tiraban de él los farfadets. Las aterrorizadas mujeres se apiñaron al contem- plar la aparición. Una de ellas, aunque estaba muerta de miedo, sacó fuerzas de flaqueza para hacer el signo de la cruz. El extraño carro saltó sobre un viñedo y se perdió en la noche.

Las mujeres regresaron apresuradamente a sus hogares y con- taron lo que habían visto a sus maridos, quienes decidieron inves- tigar. Pero esperaron prudentemente a que amaneciese, y enton- ces, armándose de valor, en cuanto salió el sol se dirigieron al lugar indicado. Por supuesto, no vieron ni encontraron absoluta- mente nada.

Nos hemos ocupado ya de las costumbres viajeras del Buen Pueblo. Pero no hemos mencionado la creencia, centrada especial- mente en Irlanda, de que las vicisitudes de los seres humanos dependen de los viajes de las hadas. Wentz, refiere que, según le contó John Glynn, amanuense de Tuam

En los años 1846 y 1847 hubo en Irlanda muy mala cosecha de patatas, lo cual originó muchos sufrimientos. Los campesi- nos irlandeses atribuyeron el hambre resultante a trastornos que se habían producido en el país de las hadas. El viejo Tedhy Stead me explicó las condiciones que entonces prevalecieron: «Desde luego, aquello tenía que ocurrir, pues yo, y cientos de personas conmigo, vieron al Buen Pueblo luchar en el cielo sobre Knock Magh y también hacia Galway.» Y hablé con otros que también afirmaban haber presenciado estos combates. Según otra creencia popular irlandesa, los elfos celebran dos grandes festividades anuales. La primera tiene lugar a princi- pios de primavera, cuando el héroe O'Donoghue, que había rei- nado sobre la Tierra, se alza por los cielos montado en un ca- ballo blanco y rodeado por el brillante séquito de los elfos. ¡ Puede considerarse muy afortunado el irlandés que lo vea surgir de las profundidades del lago de Killarney!

En enero de 1537, los habitantes de Franconia, entre Paben- berg y el bosque de Turingia, vieron una estrella de tamaño ma- Infantlles o Inocentes b r o m a s g a s t a d a s a las m u c h a c h a s . A d e c i r v e r d a d , se s a b e q u e l o s fadets m o l e s t a b a n a las lindas m o z a s t i r a n d o de s u s cofias, o c u l t á n d o l e s las a g u j a s , etc. N o p r e t e n d o , s i n e m b a r g o , atribuir e l m é r i t o d e t o d a s e s t a s ac- c i o n e s a los l u t i n s . N. del A.

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ravilloso. Descendió cada vez más hasta convertirse en un gran círculo blanco que despedía remolinos y lenguas de fuego. Al caer a tierra, estos fragmentos ígneos fundían las puntas de lanza y los objetos de hierro, sin causar el menor daño a los seres hu- manos ni a sus casas.

Con todo, la morada favorita de la Buena Gente no siempre era aérea. En muchos cuentos recopilados por los folkloristas y en la literatura sobre los OVNIS los extraños seres salen con fre- cuencia del mar. Wentz nos ha conservado la siguiente informa- ción:

Existe una isla invisible... entre Innismurray y la costa que se extiende frente a Grange, en la que se supone que habita parte de la Buena Gente. Cuando se hace visible, sólo lo es por poco tiempo.

En las leyendas europeas abundan los prodigios celestiales, es- pecialmente entre los siglos V I I I y x. Pero los libros sobre magia y demonología relacionan a los seres sobrenaturales con las se- ñales del cielo. En las Obras Mágicas de Henri-Corneille Agrippa se describe una extraña categoría de diablos llamados «demonios del viernes». Estos diablos son de estatura media, muy agraciados, y su llegada está siempre precedida por una estrella reluciente. Según los cabalistas occidentales, los silfos vuelan por los aires a la velocidad del rayo, montados en una «nube peculiar». Vale la pena observar también que, en Francia, algunas hadas se re- presentaban llevando una piedra luminosa, objeto que suele for- mar parte del equipo de los ocupantes de los OVNIS. Numero- sos «hombrecitos» han sido vistos con una luz en el cinto, el pecho o el casco. Según una tradición francesa que sobrevive en las novelas modernas6, el afortunado mortal que puede hurtar su piedra luminosa a las hadas será feliz por el resto de sus días.

El 17 de junio de 1790, y en las cercanías de la ciudad fran- cesa de Alençon, se produjo una aparición tan extraña y turba- dora que el inspector de policía Liabeuf recibió órdenes de efec- tuar una detallada investigación. Transcribimos algunos fragmen- tos de su informe:

A las cinco de la mañana del 12 de junio, varios campesinos distinguieron un enorme globo que parecía rodeado de llamas. De momento, pensaron que era tal vez un globo aerostático que se había incendiado, pero la gran velocidad de aquel cuerpo y el penetrante silbido que emitía les intrigaron.

El globo aminoró su marcha, efectuó algunas oscilaciones y se precipitó contra la cumbre de un altozano, desenterrando numerosas plantas de la ladera. El calor que despedía era tan

intenso, que prendió fuegoa la hierba y los arbolillos. Los la- briegos consiguieron dominar el incendio que amenazaba con extenderse a toda aquella zona.

Al anochecer, dicha esfera aún seguía caliente, y ocurrió en- tonces algo extraordinario, por no decir increíble. Los testigos del hecho fueron dos alcaldes, un médico y otras tres autori- dades que pueden confirmar mi informe, además de las docenas de campesinos que se hallaban presentes.

Esta esfera, que por su enorme volumen hubiera podido con- tener un carruaje, no había sufrido ningún daño después de su vuelo. Despertó tanta curiosidad, que acudieron gentes de toda la región para verla. De pronto, se abrió en ella una espe- cie de puerta y, esto es lo interesante, una persona como noso- tros salió por ella, pero esta persona vestía de extraña guisa, pues llevaba un traje muy ajustado. Al ver reunida allí toda aquella multitud, dijo unas palabras ininteligibles y huyó hacia los bosques. Los campesinos retrocedieron instintivamente, en un movimiento de temor, lo cual fue su salvación, porque poco después de esto la esfera explotó sin ruido, lanzando sus peda- zos por doquier, pedazos que ardieron hasta quedar reducidos a polvo.

Se realizaron pesquisas para dar con el paradero del hombre misterioso, pero éste parecía haberse desvanecido.7

Sigamos ahora a los extraños seres a un remoto confín del planeta, a México, donde un antropólogo norteamericano de la Universidad de Berkeley llamado Brian Stross, informa que los indios tzeltal poseen extrañas leyendas. Una noche, Stross y su ayudante indio comentaron estas leyendas de los ?lhk'als o ikals, los pequeños seres negros, después de ver vagar por el cielo me- xicano una extraña luz.

Los ikals son humanoides peludos y negros de un metro de estatura, que los indígenas encuentran con frecuencia, y Stross supo que:

Hará cosa de veinte años, o tal vez menos, hubo muchas observaciones de este ser o estos seres, y, según parece, varias personas trataron de atacarlos con machetes. Un hombre fue seguido también por una pequeña esfera que se mantenía a metro y medio de él. Después de varios intentos, consiguió alcan- zarla con su machete y la esfera se desintegró, dejando única- mente una especie de ceniza.8

Estos seres ya fueron observados en tiempos antiguos. Vola- ban y atacaban a la gente, y, en los informes modernos, llevan una especie de cohete a la espalda y raptan a los indios. Su informante dijo a Stross que a veces los que se han acercado demasiado a

los ikals han sido «paralizados». Estos seres viven en cavernas, que los indígenas evitan cuidadosamente.

Gordon Creighton, distinguido redactor de la Flying Saucer Re- view y antiguo miembro del Servicio Diplomático británico, donde eran muy apreciadas sus formidables cualidades de lingüista, tuvo ocasión de estudiar el folklore indio durante algunas de sus estan- cias en Hispanoamérica. Comentando el informe de Stross, Creigh- ton señala que términos como ik e ikal se encuentran en todos los dialectos del grupo lingüístico Maya-Soke:

Las palabras tzeltal ihk e ihk'al (como adjetivo) significan, sencillamente, ser negro o «negro»... En el lenguaje maya, ik significa aire o viento, e ikal espíritu, mientras ek quiere decir negro. Lo mayas kekchi, que habitan en la región de la Alta Vera Paz de Guatemala, mencionan a un kek. Se dice que el kek (vocablo que significa «negro» en el dialecto kekchi del maya) es un ser parecido a un centauro, que vigila de noche la casa de su amo y ahuyenta a los visitantes al anochecer. Negro, feo y velloso, es medio humano, pues tiene manos humanas, pero cascos de caballo.9

Volveremos a ocuparnos de los ikals, o wendis, nombre por el que se les conoce en Honduras Británica, en un capítulo poste- rior y en relación con otro rasgo de su comportamiento. De mo- mento, baste con saber que las leyendas mexicanas demuestran de manera concluyente que muchas regiones del globo, por no de- cir todas, poseen sus propias tradiciones acerca de estos pequeños seres, los cuales asocian de manera muy clara a la idea de un ori- gen aéreo e incluso cósmico.

Según la cosmología tzeltal, la Tierra es plana y está sostenida por cuatro columnas. Al pie de estas columnas habita una raza de enanos negros, cuya negrura es debida, señala Creighton, de acuer- do con la teoría india, a que todas las noches son abrasados por el sol, cuando el astro rey atraviesa las regiones subterráneas en que ellos viven.1 0

Según los indios paiutes. California estuvo poblada en otro tiem- po por los Hav-Musuvs, creadores de una civilización superior. En- tre otros interesantes aparatos, empleaban «canoas voladoras», que eran plateadas y tenían alas. Volaban a la manera de las águilas, emitiendo un chirrido. Utilizaban también un arma extrañísima: un tubito que podía sostenerse con una mano y aturdía a los ene- migos, produciéndoles una parálisis duradera y una sensación pare- cida a la que causaría una lluvia de pinchos de cactos... ¿Cómo podía describir tan bien una tribu primitiva los efectos de una descarga eléctrica de cierta intensidad?

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Europa no hay que ir muy lejos para encontrar episodios olvida- dos igualmente interesantes. Los archivos de la Iglesia católica están llenos a rebosar de incidentes parecidos, y es indudable que muchos procesos de brujería fueron incoados a causa de la creen- cia en extraños seres capaces de volar por los aires y que estable- cían contacto con los seres humanos al atardecer o por la noche. A veces estos «demonios» eran vistos en pleno día por mucha gente. Y no me refiero aquí a las vagas confesiones arrancadas con la tortura a los pobres hombres y mujeres que caían en las garras de la Inquisición (a pesar de que este material sería muy merecedor de un estudio paralelo), sino que cito documentos oficiales de la época, redactados, mediante las declaraciones de los testigos, por amanuenses y alguaciles. El relato que sigue es una típica mues- tra de esta clase de informes.

A principios del siglo XVII, la catedral francesa de Quimper-Co- rentin tenía su techumbre rematada por una pirámide recubierta de plomo. El 1.° de febrero de 1620, entre las siete y las ocho de la tarde, cayó un rayo sobre dicha pirámide, que se incendió, es- talló y cayó al suelo con un horrísono fragor. La gente corrió hacia la catedral desde todos los puntos de la ciudad y todos vieron en medio de los relámpagos y el humo... ¡a un demonio de color verde, con una larga cola del mismo color, esforzándose por atizar el fuego!

Este relato, que se publicó en París, se complementa con una versión más completa impresa en Rennes. Según esta última ver- sión, el demonio «fue visto claramente por todos dentro del fuego, unas veces verde, y otras veces azul y amarillo» u.

¿Qué hicieron las autoridades? Arrojaron a las voraces llamas una gran cantidad de Agni Dei, cerca de ciento cincuenta cubos de agua y cuarenta o cincuenta cargas de estiércol... sin el menor resultado. El demonio continuaba impertérrito y el fuego ardía a más y mejor. Había que adoptar resoluciones extremas: se metió una hostia consagrada dentro de una hogaza de pan, que fue echa- da a las llamas. Después se mezcló agua bendita con leche ofrecida por una nodriza de conducta irreprochable, y se roció con ella al demonio y la pirámide ardiente. Esto ya no lo pudo soportar el horrendo visitante, que huyó por los aires lanzando un espantoso aullido.

Recomiendo esta receta a la Aviación norteamericana.

Ochocientos años antes de este suceso (o sea, alrededor del 830), en tiempos del emperador Lotario, fueron vistas criaturas seme- jantes a los Elementales en el norte de los Países Bajos. Según Corneil van Kempen, se les daba el nombre de Dames Blanches (Damas Blancas). Este autor las compara a las ninfas de la Anti- güedad. Vivían en grutas y atacaban a quienes osaban viajar de

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noche. Los pastores tampoco se libraban de su malevolencia. Y las madres que acababan de dar a luz habían de tener mucho cuidado si no querían que estos malignos seres les robasen a sus hijos. De sus guaridas salían extraños ruidos, palabras completamente ininteligibles y sones musicales 12.

En la segunda mitad del siglo xvII, un erudito escocés reco- piló todos los relatos que pudo encontrar acerca de los Sleagh Maith, y, en 1691, escribió un manuscrito titulado: The Secret Commonwealth of Elves, Fauns and Fairies13. (La comunidad se- creta de elfos, faunos y hadas.) Esta obra fue el primer intento sistemático de describir los métodos y la organización de los ex- traños seres que importunaban a los campesinos de Escocia. Su autor, el reverendo Kirk, de Aberfoyle, estudió Teología en St. An- drews y se graduó en Edimburgo. Ejerció después su sagrado mi- nisterio en las parroquias de Balquedder y Aberfoyle, falleciendo en 1692.

Es imposible reproducir en su totalidad el tratado de Kirk sobre la Comunidad Secreta, pero podemos resumir sus descubri- mientos acerca de los elfos y otras criaturas aéreas como sigue:

1. Poseen una naturaleza intermedia entre la del hombre y la de los ángeles.

2. En lo físico, tienen cuerpos muy ligeros y «fluidos», com- parables a una nube condensada. Son particularmente visibles al anochecer. Pueden aparecer y desvanecerse a voluntad.

3. En lo intelectual, son inteligentes y curiosos.

4. Poseen la facultad de llevarse cualquier cosa que les guste. 5. Viven en cuevas subterráneas, en las que penetran por cual- quier grieta o resquicio que permita el paso del aire.

6. Cuando los hombres aún no habitaban la totalidad de la Tierra, ellos vivían ya en ella y poseían su propia agricultura. Su civilización ha dejado sus trazas en las altas cumbres; era ya flo- reciente en una época en que en las tierras bajas no había más que bosques y selvas.

7. A principios de cada trimestre cambian de residencia, por- que son incapaces de vivir mucho tiempo en el mismo sitio. Ade- más, les gusta viajar. Es entonces cuando los hombres tienen terri- bles encuentros con ellos, incluso en las grandes carreteras reales. *

8. Sus cuerpos camaleónicos les permiten nadar por el aire con toda su familia y ajuar.

9. Se hallan divididos en tribus. Al igual que nosotros, tienen hijos, nodrizas, celebran matrimonios y entierros, etc., a menos que * Kirk o b s e r v a q u e los e s c o c e s e s evitan efectuar t o d o v i a j e d u r a n t e e s o s cua- tro p e r i o d o s del a ñ o , y agrega q u e a l g u n o s c a m p e s i n o s v a n a la Iglesia el p r i m e r d o m i n g o de cada t r i m e s t r e para hacer b e n d e c i r su familia, c a m p o s y g a n a d o a fin de alejar de ellos a los e l f o s , q u e r o b a n plantas y a n i m a l e s . N. del A.

lo hagan para parodiar nuestras costumbres, o predecir sucesos terrestres.

10. Se dice que sus casas son maravillosamente grandes y her- mosas, pero muy raramente son visibles a los ojos humanos. Kirk las compara con las islas encantadas. Estas casas están provistas de lámparas que arden perennemente y de fuegos que no necesi- tan combustible.

11. Hablan muy poco. Cuando lo hacen, conversando entre ellos, su lenguaje es una especie de sonido sibilante.

12. Sus costumbres y su lenguaje, cuando hablan con seres humanos, son iguales a los de éstos.

13. Su sistema filosófico se basa en las siguientes ideas: nada muere; todas las cosas evolucionan cíclicamente y de tal manera, que a cada nuevo ciclo se renuevan y mejoran. El movimiento es la ley universal.

14. Aunque se dice que tienen una jerarquía de dirigentes, no demuestran devoción visible a Dios ni religión.

15. Poseen numerosos libros agradables y ligeros, pero tam- bién los tienen graves y profundos, más bien en estilo rosacrucia- no. Estos últimos tratan de materias abstractas.

16. Pueden hacerse aparecer a voluntad mediante la magia. Las semejanzas existentes entre estas observaciones y la his- toria relatada por Facius Cardan, que antecede al manuscrito de Kirk exactamente en doscientos años, son evidentes. Tanto Cardan y Paracelso, como después de ellos Kirk, afirman que puede es- tablecerse un pacto con estos seres, y que es posible hacerlos aparecer a voluntad para que respondan a nuestras preguntas. Paracelso no se atrevió a revelar la fórmula de ese pacto, «por temor a los males que pudiese acarrear a quienes intentasen aplicarla». Kirk se muestra igualmente discreto sobre el particu- lar. Es evidente que, de seguir por este camino, penetraríamos ya en el tema de la brujería, yendo más allá del propósito que me guía al escribir este libro.

La conclusión a que llega Kirk es la de que todas las eda- des legan a la posteridad un secreto que tiene que ser descubier- to. Mucho antes de lo que suponemos, afirma, las relaciones con los seres aéreos nos parecerán tan naturales como el microscopio, la imprenta o la navegación, por ejemplo..., todas ellas innovacio- nes que produjeron considerable sorpresa cuando fueron introdu- cidas. Nos limitamos a mostrarnos de acuerdo con él sobre el particular y a saludar humildemente al hombre que logró com- pilar una descripción tan completa de nuestros visitantes.

Es curioso que no exista ni un solo autor que asegure cono- cer la naturaleza física de las hadas1 4. Nos ofrecen sus opiniones personales sobre la cuestión, o se remiten a las diversas teorías

sustentadas en su época, pero no aseguran poseer la solución defi-