El tercer acto de la prehistoria, que se desarrolla hace entre 1,8 millones y 100 000 años, es el periodo más enigmático de nuestro pasado. La calidad del registro arqueológico ha mejorado con respecto al del segundo acto, lo que permite en muchos casos realizar reconstrucciones detalladas y precisas del comportamiento del pasado. Pero cuando estudiamos ese comportamiento nos parece extraño. Parece radicalmente distinto de todo lo anterior y de lodo cuanto viene después, en esa carrera hacia nuestro presente que es el cuarto acto.
Aunque todavía nos queda mucho por saber y por aprender sobre nuestros antepasados del segundo acto analizados en el capítulo anterior, al menos podemos aceptar que sus modos de vida fueron adaptaciones armónicas al bosque y la sabana de África de hace entre 4,5 y 1,8 millones de años. Pero precisamente porque sus estilos de vida parecen tan ajenos a nosotros, la manera en que habría que estudiarlos se nos antoja muy clara: una vez reconstruido el comportamiento del Homo primitivo, por ejemplo, tratar de comprenderlo como si fuéramos ecólogos intentando captar el comportamiento de cualquier otra especie de primates. También podemos pisar suelo firme a la hora de abordar la representación del cuarto acto, sobre todo en las escenas segunda y tercera, hace menos de 60 000 años A lo largo de este periodo el ritmo del cambio cultural es tan rápido que nos parece familiar, justamente porque nuestras cortas vidas están acostumbradas a él. Y para la mayoría de esas escenas contamos con un único tipo de humano que improvisa el guión: nosotros, H. sapiens
sapiens. Por ello tratamos de parecernos más a un antropólogo que a un ecólogo a la
hora de explicar el comportamiento humano del cuarto acto.
Entre estos dos periodos, está la tierra de nadie del tercer acto, donde ni los ecólogos ni los antropólogos pisan tierra firme. Esto es aplicable también a gran parte de la primera escena del cuarto acto, sobre todo por lo que se refiere al comportamiento de los últimos neandertales. Algunos rasgos del comportamiento de los actores de estos periodos nos parecen tan familiares que nos inclinaríamos a atribuirles una mente moderna; pero en otros aspectos su comportamiento nos parece tan ajeno como el del Homo primitivo de la sabana africana. El tercer acto es, pues, un periodo lleno de enigmas: ocho de ellos se abordarán en este capítulo. Cada actor se parece al hombre que Charles Colton tenía in mente cuando escribió a principios
contradicciones[1]». La tarea de los próximos dos capítulos consistirá en abrir ese montón para ver qué clase de mente se esconde en su interior.
Empecemos por recordar los puntos más destacados del tercer acto.
El comienzo del tercer acto es estimulante: la aparición de H. erectus hace 1,8 millones de años, y tras él la emergencia de nuevas clases de útiles líticos, las llamadas hachas de mano, hace 1,4 millones de años. A lo largo de todo este acto contemplamos cómo H. erectus se diversifica y evoluciona hasta formar una serie de nuevos antepasados humanos. Si bien el tamaño del cerebro permanece, al parecer, estable entre 1,8 y 0,5 millones de años —mientras H. erectus y sus inmediatos descendientes colonizaban gran parte del Viejo Mundo—, este periodo conoce hacia el final una nueva etapa de incremento acelerado del tamaño del cerebro, semejante al que había tenido lugar hace 2 millones de años, que termina hace unos 200 000 años con un cerebro de (amaño equivalente al de los actuales humanos modernos. Los nuevos actores de hace 500 000 años, ahora con un cerebro mayor, se clasificaron como tipos de H. sapiens arcaico en África y en China, mientras que en Europa los escasos restos responden al nombre de H. heidelbergensis. Esta última especie parece dar origen más tarde a H. neanderthalensis —los neandertales— que se encuentran en Europa y en el Próximo Oriente a partir de hace 150 000 años y que sobreviven en Europa hasta hace solamente 30 000 años. En este capítulo agruparé a todos estos actores en un solo grupo y los llamaré «humanos primitivos» para distinguirlos de los H. sapiens sapiens que aparecen a) comienzo del cuarto acto y a los que denominaré «humanos modernos». Mientras todos estos acontecimientos evolutivos tenían lugar, el escenario sufría una serie de cambios relativamente turbulentos. Este periodo de nuestro pasado está dominado por una sucesión de cambios medioambientales globales provocados por al menos ocho grandes ciclos glaciares-interglaciares a nivel de todo el planeta. Si nos centramos en Europa, el paisaje cambia repetidas veces, pasando de tundras heladas a densos bosques y de nuevo a tundras heladas, con cambios concomitantes en la fauna animal. E incluso en cada una de las distintas fases climáticas se produjeron diversas fluctuaciones climáticas más cortas, de varios años, y a veces también de un solo año, en que el clima fue anormalmente frío o templado, húmedo o seco. Así, en términos de evolución de la anatomía humana y del cambio climático, el tercer acto aparece, en efecto, rebosante de acción. Pero los accesorios que utilizan los actores no parecen ser los más adecuados para esa velocidad de cambio. Tras la inicial aparición del hacha de mano hace 1,4 millones de años, contamos con una sola innovación técnica importante, hace unos 250 000 años: se trata de una nueva técnica de talla llamada levallois. Pero al margen de esa innovación, apenas parecen producirse cambios en la cultura material. Ciertamente, muchos accesorios parecen diferenciarse muy poco de los que usaba el H. habilis de la sabana africana del
segundo acto. En conjunto, el registro arqueológico de hace entre 1,4 millones y 100 000 años parece girar en torno a un número casi ilimitado de variaciones menores de un pequeño conjunto de temas técnicos y económicos.
Cuando se inicia el tercer acto, ya han transcurrido más de 4 millones de años desde los tiempos de nuestro antepasado común, y esa evolución nos ha llevado hasta una mente que presenta dos rasgos dominantes: un conjunto de módulos mentales dedicados exclusivamente a la interacción social, y que pueden caracterizarse como una inteligencia social separada, y una serie de reglas de aprendizaje generalizado y de resolución de problemas que se utilizan indistintamente en cualquier área de comportamiento y que denominamos inteligencia general. Complementando ambos rasgos, existen diversos módulos mentales especializados relativos a la comprensión de objetos físicos y del mundo natural, si bien parecen ser relativamente pocos. Ahora veamos qué pasa con esta mente durante el próximo acto de la prehistoria.
Como acabo de indicar, aparecen tipos distintos de antepasados humanos a lo largo de este acto, y cada uno de ellos pudo poseer un tipo ligeramente diferente de arquitectura mental. Digo «ligeramente» porque partiré de la premisa de que las semejanzas de sus arquitecturas mentales son más importantes que las diferencias. Mi objetivo en este capítulo es tratar de reconstruir la arquitectura de una mente genérica para el humano primitivo, y para ello me serviré libremente de datos que corresponden a los distintos tipos de humanos primitivos de este acto. También pasaré al inicio del cuarto acto cuando analice el comportamiento de los últimos neandertales, un comportamiento que no parece distinto del comportamiento observado en el tercer acto, pero que puede reconstruirse con algo más de detalle. Sólo al final de este capítulo trataré de esbozar algunas diferencias entre la arquitectura mental de H. erectus y la de H. neanderthalensis, diferencias que me permitirán explorar la evolución de la mente a lo largo del tercer acto.
En materia de comportamiento, este acto está lleno de paradojas, por no decir contradicciones evidentes. Averiguar en qué aspectos los humanos primitivos parecen asemejarse a los humanos modernos, siendo al mismo tiempo tan claramente distintos en otros, será uno de los temas recurrentes de todo el capítulo. Creo que estos enigmas y paradojas son en realidad la clave para reconstruir la arquitectura de la mente del humano primitivo. Para poder avanzar, tendremos que analizar la evidencia relativa a cada una de las cuatro áreas cognitivas que definí en el capítulo 4: inteligencia técnica, inteligencia de la historia natural, inteligencia social e inteligencia lingüística, y considerar también sus interacciones recíprocas, si es que las hubo. Así que empecemos una vez más con la inteligencia técnica y con la evidencia procedente de los útiles líticos.