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Experiments on weighted graphs

3.7 Experimental Analysis

3.7.1 Experiments on weighted graphs

Los chimpancés no pueden hablar con nosotros porque no tienen el aparato vocal para ello. Pero ¿tienen la base cognitiva para el lenguaje? Si pudiéramos conectar a un chimpancé a un par de cuerdas vocales ¿tendrían algo que decir? Bueno, esto no se puede hacer, pero lo que más se aproxima es enseñar a chimpancés a utilizar el lenguaje por signos.

En los años sesenta. Beatrice Gardner y su marido y compañero de investigación Alien Gardner entrenaron a un chimpancé llamado Washoe a usar el lenguaje por signos[25]. Washoe vivía en una caravana al lado de su casa y siempre que se encontraban en su presencia se comunicaban con él y entre ellos mediante signos. Washoe aprendió a responder con signos. En el lapso de tres años había adquirido al menos 85 signos y podía mantener una «conversación» con humanos y pedir cosas. «Gimme tickle, gimme, gimme tickle» (hazme cosquillas, hazme, hazme cosquillas) no es la solicitud más profunda y articulada posible, aunque sí una de las más sinceras. La frase más aclamada de Washoe durante el tiempo en que fue la estrella del mundo chimpancé la pronunció al ver un cisne y gesticuló «agua» y luego «pájaro» en rápida sucesión. Un cisne es, en efecto, un pájaro de agua.

En la misma década, David Premack se embarcó en una serie de experimentos lingüísticos con Sarah, a la que acabamos de conocer hace un momento[26]. Premack se sirvió de unas fichas de plástico de distintos colores y formas, cada una representada por un objeto diferente. Decía que, al utilizarlos, podía verse que Sarah entendía conceptos abstractos tales como «igual», «diferente», «color de» y «nombre de».

A principios de los años setenta, Duane Rumbaugh y Sue Savage-Rumbaugh iniciaron un programa de investigación a largo plazo en el Centro Yerkes de Investigación del Lenguaje en los Estados Unidos[27]. Utilizaron los símbolos de un teclado de ordenador para representar palabras. Dijeron poder demostrar que los chimpancés eran capaces de clasificar objetos según tipos semánticos, tales como «fruta» o «útil». Pero lo más importante es su afirmación de que sus experimentos demostraban una correspondencia entre lo que los chimpancés querían decir y lo que realmente decían. La utilización de símbolos por parte de los chimpancés, dijeron, no era simplemente una serie de trucos o rutinas condicionadas, sino que implicaba una comprensión del significado de las expresiones de forma muy similar a la de los humanos.

La validez de estos experimentos y resultados no dejó de ser cuestionada. En la Universidad de Columbia, Herbert Terrace llevó a cabo un estudio de la capacidad «lingüística» de un chimpancé llamado Nim Chimpsky[28] y concluía diciendo que

ellos habían exagerado negligentemente las capacidades lingüísticas de sus chimpancés al adoptar una metodología deficiente que no excluía el aprendizaje asociativo ni la posibilidad de signos fortuitos. En su deseo de descubrir evidencia de una capacidad lingüística, los académicos habían sobreinterpretado sus datos; todo gesto susceptible de aparecer como un signo plausible había sido registrado como tal. ¿Era, pues, el «pájaro de agua» de Washoe tan sólo una asociación fortuita de dos palabras que casualmente creaban una combinación con sentido en el contexto en que fueron emitidas?

En 1979 Terrace y sus colegas publicaron un artículo académico que planteaba la cuestión de si un antropomorfo podía crear una frase. Y su respuesta fue simple: No. En una serie de artículos académicos de principios de los años noventa, Sue Savage- Rumbaugh y sus colegas han dado la respuesta contraria. Sí, dicen, los chimpancés pueden crear frases. O al menos sí puede la nueva estrella del mundo chimpancé. Se trata de un chimpancé pigmeo o bonobo conocido con el nombre de Kanzi[29].

A Kanzi no se le enseñó formalmente a utilizar símbolos como se había hecho con los anteriores. Simplemente se le estimuló a usarlos situándolo en un entorno de aprendizaje que tenía el máximo de semejanzas posibles con una situación natural. Por consiguiente, Kanzi y sus hermanos fueron educados y criados en un bosque de 20 ha y gran parte de la comunicación entre ellos tenía que ver con actividades típicas de chimpancés, como por ejemplo buscar comida.

El proceso de aprendizaje de Kanzi se basaba en comprender una palabra hablada y su referente, y luego aprender el símbolo correspondiente en un teclado de ordenador. A los seis años Kanzi podía identificar 150 símbolos distintos al oír la palabra respectiva. También podía entender el significado de las frases cuando se conjugaban palabras distintas para componer nuevas demandas que no conocía. A la edad de ocho años, se comparó formalmente la capacidad lingüística de Kanzi con la de una niña de dos años llamada Alia. Era la hija de una de las cuidadoras de Kanzi y había crecido en un entorno similar. Sus respectivas capacidades lingüísticas parecían muy similares.

Sue Savage-Rumbaugh y sus colegas han destacado con fuerza la supuesta capacidad de Kanzi para usar reglas gramaticales. Parecía adoptar algunas de las reglas gramaticales que utilizaban sus cuidadores. Por ejemplo, parecía existir un orden progresivo de palabras en frases de dos palabras lejos de una combinación fortuita según el orden utilizado en inglés, donde el verbo precede al complemento. De modo que Kanzi se mostraba más inclinado a decir «morder pelota» y «esconder cacahuete» y menos propenso a decir «pelota morder» y «cacahuete esconder».

Afirman asimismo que Kanzi ha «inventado» sus propias reglas gramaticales. Por ejemplo, Kanzi hace con frecuencia combinaciones de dos palabras que implican acción. Un análisis estadístico de estas expresiones demostró que determinadas

palabras, como por ejemplo «perseguir», «hacer cosquillas» y «esconder» aparecían frecuentemente en primera posición, mientras que otras palabras tendían a aparecer en segunda posición, como «bofetón» y «morder». Savage-Rumbaugh y sus colegas dijeron que ese orden reflejaba la secuencia en que se suceden los eventos: la primera palabra tiende a ser una invitación al juego, mientras que la segunda describe el contenido del juego que viene a continuación. En tales casos, Kanzi combinaba palabras con reglas gramaticales. Creaba frases.

Pero no eran frases demasiado buenas. De hecho eran horribles, las comparemos con las de William Shakespeare o con las de un niño de tres años. Savage-Rumbaugh y sus colegas reconocieron que la gama del vocabulario de Kanzi y su uso de reglas gramaticales no eran tan avanzadas como las de un niño de tres años. El lingüista Steven Pinker señala esta diferencia[30]. A la edad de tres años, un niño suele unir diez palabras seguidas utilizando reglas gramaticales complejas. A los seis años, el niño tiene un vocabulario de unas 13 000 palabras. Los niños pequeños no cesan de hacer comentarios sobre el mundo que les rodea y sobre lo que los demás dicen. Prácticamente la totalidad de las expresiones de Kanzi son peticiones de cosas; sus comentarios sobre el mundo son sumamente raros.

En efecto, toda la pauta de adquisición del lenguaje es tan radicalmente diferente entre los antropomorfos y los humanos que es difícil imaginar cómo se ha podido creer alguna vez que el lenguaje de un antropomorfo fuera algo más que una débil analogía del lenguaje humano. El canto de los pájaros parece presentar una analogía mucho más consistente. Como describiera hace tiempo el biólogo Peter Marler, hay varios puntos importantes de semejanza entre la forma en que los niños adquieren el lenguaje y la de los pájaros jóvenes que aprenden a cantar[31]. Ambos aprenden la pauta correcta de vocalización de los adultos. Ambos tienen un periodo crítico durante el cual el aprendizaje del lenguaje/trino resulta difícil. El «subtrino» de los pájaros jóvenes parece análogo al balbuceo de los niños pequeños. También existe semejanza en las estructuras cerebrales que permiten aprender el lenguaje/trino. Tanto en los pájaros como en los humanos estas estructuras se encuentran en el córtex cerebral, mientras que entre los primates no humanos son otras partes del cerebro las que controlan las voces inarticuladas[32].

Las semejanzas entre la adquisición del lenguaje por parte de los niños y el aprendizaje del canto por parte de los pájaros jóvenes son tan asombrosas como sus diferencias respecto de la adquisición del «lenguaje» por parte de los chimpancés. El canto desempeña un papel mucho más importante en la vida de los pájaros que las voces inarticuladas en la vida de los primates no humanos; posiblemente sea tan importante como el papel del lenguaje entre los humanos. De modo que tal vez cabría esperar que tanto los pájaros como los humanos tengan procesos cognitivos especializados diseñados para la rápida adquisición de trino/lenguaje complejos,

rasgos que pueden estar menos desarrollados, tal vez incluso ausentes, entre los primates no humanos. La evolución convergente ha significado que estos módulos de trinos de pájaro y de lenguaje humano sean profundamente análogos. Por eso no resulta del todo sorprendente que el mayor lingüista no humano no sea un antropomorfo, sino un papagayo africano llamado Alex[33].

La descripción que hace Steven Pinker de la lingüística de los chimpancés, a la que considera como «actos animales altamente entrenados» puede ser un poco severa. Pero, a raíz de estos experimentos de adquisición de lenguaje, no parece que estemos en presencia del despliegue de una capacidad lingüística latente, atrapada en las mentes de los animales debido a la ausencia de cuerdas vocales. Todo cuanto vemos son chimpancés listos que utilizan aspectos de la inteligencia general, como es el aprendizaje asociativo, para comprender los vínculos que existen entre un conjunto de signos y sus referentes, y cómo combinar esos signos para conseguir una recompensa. Y un chimpancé, utilizando una regla de aprendizaje general para el lenguaje, sólo puede llegar a ese punto si aprende vocabulario y gramática: y esa distancia es parecida al «lenguaje» de un niño humano de dos años. Y recordemos, tal como mencionábamos en el capítulo anterior, que hasta la edad de dos años los niños humanos pueden estar utilizando reglas generales de aprendizaje para el lenguaje; la explosión del lenguaje sólo tiene lugar después de esa edad, cuando empiezan a operar los módulos especializados del lenguaje. Pero eso no ocurre en la mente del chimpancé. No posee inteligencia lingüística.