Aun cuando los útiles líticos olduvayenses pudieron utilizarse para una variedad de tareas y objetivos, su función principal fue probablemente el procesamiento de animales muertos. Es muy probable que las lascas afiladas se utilizaran para cortar la piel, seccionar los tendones y extraer trozos de carne. Los pesados nódulos se utilizaron seguramente para arrancar articulaciones o quebrar huesos para extraer el tuétano[9]. Lo cual nos lleva a un segundo aspecto del estilo de vida de H. habilis, y ahí cabría esperar una evolución de los procesos cognitivos especializados: la interacción con el mundo natural. En capítulos anteriores vimos que los chimpancés son capaces de crear importantes bases de datos mentales sobre la distribución de recursos. Yo lo atribuí a la presencia de módulos mentales destinados a esta tarea. Pero la ausencia de elaboración de hipótesis y de un uso creativo del conocimiento en cuanto a la distribución de recursos sugerían que atribuir a los chimpancés un área de inteligencia de historia natural estaba injustificado. ¿Hay alguna evidencia de que hubiera evolucionado en tiempos de H. habilis?
Para responder a la pregunta tendremos que centrar nuestra atención en la principal diferencia observable entre el comportamiento del chimpancé y el comportamiento de nuestro antepasado común, una diferencia que consideramos suficientemente fiable, los individuos de la familia H. habilis consumían mayores cantidades de carne. Y se sabe porque muchos yacimientos arqueológicos fechados entre hace 2 y 1,5 millones de años presentan una cantidad considerable de fragmentos de huesos animales mezclados con algunos útiles. Por lo general se supone que estas densas acumulaciones son producto de las comidas; Mary Leakey describió estos yacimientos cómo «suelos de habitación».
En los años ochenta gran parte de la atención se centró en estos fragmentos óseos, cuya interpretación desencadenó un debate acalorado y ruidoso. Los fragmentos se descubrieron en yacimientos como el de HAS, en Koobi Fora. un conjunto disperso de útiles líticos y de huesos animales de hace 1,6 millones de años, dominado por los huesos de un hipopótamo[10]; o como los de FLK 22, en la garganta de Olduvai, donde se descubrieron 40 172 fragmentos de huesos y 2647 artefactos líticos que se han estudiado en detalle; se trata de uno de los yacimientos mejor estudiados de cualquier periodo o región de todo el mundo[11]. El problema de estos fragmentos óseos es que son, en general, extremadamente pequeños, y con frecuencia no se sabe exactamente de qué hueso proceden, y mucho menos a qué clase de animal pertenecieron. Cuando estos animales se han podido identificar, demuestran que H.
habilis explotó una amplia gama de especies, entre ellas la cebra, el antílope y el ñu.
Los debates en torno a los estilos de vida de H. habilis se iniciaron a raíz de las publicaciones del fallecido Glynn Isaac[12]. Este autor sostenía que estos densos conjuntos líticos y óseos dispersos representaban «campamentos base», lugares donde H. habilis compartía alimentos y el cuidado de los más pequeños. El rasgo distintivo era precisamente el hecho de que los alimentos se compartieran. Isaac sugiere que la amplia gama de especies típicamente representadas en esos yacimientos implicaba que los miembros de H. habilis transportaban alimentos desde distintas zonas ecológicas del paisaje a un lugar central. El reparto y distribución de alimentos era la base de una pirámide de inferencias —algunos lo llamarían un castillo de naipes— que culminaban en una prolongada dependencia infantil y en la presencia de comunicación lingüística (véase la figura 6). El modelo de «campamento base» se publicó a finales de los años setenta y transformó el campo de la arqueología paleolítica, alejándola de la mera descripción industrial y de las conjeturas subjetivas sobre su posible significado[13]. Durante algunos años esta teoría fue aceptada por todo el mundo. Y luego, en 1981, Lewis Binford publicó una de las obras de arqueología más importantes de los últimos treinta años, Bones:
Ancient Men and Modern Myths[14], que revolucionó todavía más el estudio de los yacimientos arqueológicos más antiguos.
Durante los años ochenta, Lewis Binford fue el peso pesado de la arqueología paleolítica. Desafió a todos los interesados con su interpretación de los útiles líticos y de los fragmentos óseos del registro arqueológico. Su fuerza discursiva radicaba en su conocimiento de la formación del registro arqueológico: los procesos de deterioro y de cambio que afectan a los ítems que los cazadores-recolectores dejan tras de sí durante milenios hasta que los arqueólogos los encuentran. Había adquirido esos conocimientos en el océano Glacial Ártico y en el desierto australiano, viviendo con cazadores-recolectores modernos y elaborando un meticuloso registro de sus actividades y de cuanto desechan, y describiendo de qué manera podían presentarse esos materiales desechados a los ojos de un arqueólogo.
6. El campamento base de Glynn Isaac y la hipótesis del alimento compartido representados como un castillo de naipes. Si la conclusión de Isaac de que el primer Homo consumía una gran cantidad de carne es errónea,
entonces el resto de sus ideas sobre el comportamiento social y la cognición carece de fundamento.
cantidades de carne. Pero sugería que los miembros de H. habilis sí pudieron consumir pequeñas porciones de carne, pero con dudas. No fueron meros carroñeros, sino «carroñeros marginales u oportunistas». Se contentaban con las sobras, situándose así en la zona inferior de la jerarquía de los carnívoros de la sabana africana, una vez que los leones, las hienas y los buitres hubieran dado buena cuenta de sus presas (véanse las figuras 7 y 8). Si desearíamos los grandes banquetes de carne y los campamentos base, la pirámide de Isaac se derrumba.
Tras el primer ataque de Binford al modelo de Isaac en 1981, se produjo un prolongado debate, con frecuencia protagonizado no por el propio Isaac, sino por sus discípulos, que defendían la tesis de un H. habilis cazador y carroñero de los restos de animales recién muertos y, por consiguiente, conservando en su dieta un alto porcentaje de carne[15]. Se propusieron nuevos modelos que complementaran las hipótesis del campamento base y del carroñeo marginal. El propio Binford convirtió el tema del carroñeo marginal en un modelo de búsqueda de víveres «con el itinerario fijado», donde los movimientos de los buscadores de alimentos se desarrollaban en torno a una serie de puntos fijos del paisaje, por ejemplo, en torno a árboles que dieran sombra[16]. Richard Potts sugirió que los miembros de H. habilis construían escondrijos de nódulos o artefactos líticos sin tallar en puntos estratégicos del paisaje para economizar el tiempo de búsqueda de piedras una vez localizados los restos de un animal muerto[17]. Y Robert Blumenschine sostuvo que los miembros de H. habilis pudieron concentrar sus actividades en zonas boscosas próximas a los recursos de agua, porque constituía un nicho de carroñeo no explotado por otras especies[18].
Pero, a pesar de la intensidad de la investigación, nuestro conocimiento de las pautas de subsistencia de H. habilis es aún limitado, y no hay acuerdo sobre la importancia de la caza y del carroñeo, sobre el uso de lugares centrales o sobre la búsqueda «con itinerario» de alimentos. Dos factores explican esta falta de acuerdo. Primero, el estado de conservación del registro arqueológico es seguramente demasiado pobre para permitimos deducir los estilos de vida y las actividades cotidianas de H. habilis[19]. Segundo —y algo más optimista—, la verdadera respuesta al modo de vida de H. habilis es su más que probable diversidad; una flexibilidad entre caza y carroñeo, y entre compartir alimentos y alimentarse sobre la marcha, según las circunstancias ecológicas concretas del momento. H. habilis pudo tener un comportamiento flexible, ser un proveedor o buscador de alimentos no especializado. El único tipo de explotación animal que parece ausente de la cultura material olduvayense es el carroñeo marginal, «de gorra» u oportunista[20].
Así pues, es más que probable que la carne fuera una parte regular de la dieta de
H. habilis[21]. Además de los huesos animales, que a veces presentan cortes de matanza y descuartizamiento practicados con los útiles líticos descubiertos en los yacimientos arqueológicos, el cerebro relativamente grande de H. habilis indica el
consumo de una dieta de alta calidad, medida en términos de calorías ingeridas por unidad de alimento. El cerebro es un órgano muy caro por lo que respecta a la cantidad de energía que consume. Como demostraron los antropólogos Leslie Aiello y Peter Wheeler, para compensar la cantidad de energía que necesita un cerebro mayor, deben reducirse las exigencias de otras partes del cuerpo al estricto mantenimiento de un índice metabólico básico estable, y sugieren que esa economía tuvo que producirse en los intestinos[22]. A medida que el cerebro aumenta de tamaño, los intestinos deben hacerse menores. Y la única forma de reducirlos es elevando la calidad de la dieta mediante, por ejemplo, un consumo mayor de carne en lugar de alimentos de origen vegetal. Así, el hecho de que el tamaño del cerebro de
H. habilis fuera bastante mayor que el de los australopitecos sugiere que la carne se
habría convertido en una parte sustancial de la dieta —independientemente de que el reto intelectual que suponía descubrir restos animales constituyera o no una presión selectiva en favor del aumento del cerebro—. En este sentido, más adelante veremos que la necesidad de vivir en grupos mayores tuvo que suponer una presión selectiva mucho más importante.
7 y 8. Los modelos comparados de Glynn Isaac y de Lewis Binford relativos al estilo de vida del primer Homo. En la ilustración superior aparecen los primeros Homo viviendo en grupos sociales mayores y utilizando espacios concretos del paisaje como campamento base para compartir los alimentos. En estos campamentos base se planifica la cooperación basada en la división del trabajo. En la figura inferior se ilustra la interpretación que hace Binford de la misma evidencia, pero aquí los individuos, a lo sumo pequeños grupos, aprovechan la carne y el tuétano de un animal muerto una vez en pasado otros depredadores y carroñeros.
La flexibilidad del comportamiento relativo a la ingestión de carne indica complejidad cognitiva. ¿Pero implica a su vez la existencia de una inteligencia especializada de historia natural? ¿Qué nuevas capacidades cognitivas habría exigido la ingestión regular de carne a la mente de H. habilis?
Habida cuenta del tipo de improntas dentales presentes en los huesos de los yacimientos arqueológicos más antiguos, los restos y esqueletos animales parecen reflejar la competencia de una variedad de animales carnívoros y carroñeros, y muchos de esos competidores tuvieron que representar una amenaza para los miembros de H. habilis. Conocer el comportamiento y la distribución de los carnívoros tuvo que ser, por consiguiente, crucial para el primer Homo: la competencia entre los distintos carnívoros pudo representar una amenaza, pero también una posible oportunidad de carroñeo. En este sentido, H. habilis no habría podido explotar animales muertos si no hubiera dominado el arte de descifrar claves visuales inanimadas, como son las huellas y los rastros de animales. Al revés que los simios no antropomorfos, que los chimpancés y que nuestro antepasado común de hace 6 millones de años, los miembros de H. habilis habrían sido capaces de leer las claves visuales que indicaban que un carnívoro rondaba por los alrededores.
En un plano más general, el paso a una dieta más rica en carne habría requerido una capacidad más sofisticada para predecir el emplazamiento de los recursos que la de los australopitecinos, predominantemente vegetarianos. En un medio con abundancia de depredadores, la búsqueda errática de animales vivos o muertos, o de claves visuales indicativas de la localización de los restos, no es la hipótesis más probable. A diferencia de las plantas comestibles, los animales son móviles y los restos de animales muertos pueden desaparecer en un lapso relativamente corto de tiempo en las fauces de una serie de carnívoros, incluidas las hienas y los buitres[23]. No basta con almacenar información y construir un mapa mental de su distribución, algo que, como hemos visto, pueden hacer los chimpancés por lo que a la distribución de plantas y percutores se refiere. Los miembros de H. habilis seguramente habrían necesitado un dispositivo cognitivo adicional, esto es, la capacidad para servirse de sus conocimientos de historia natural para elaborar hipótesis sobre el emplazamiento de animales vivos o muertos.
La evidencia relativa a la capacidad de los miembros de H. habilis para predecir la distribución de recursos procede de la recuperación de nódulos líticos en lugares alejados de las fuentes de materias primas y también de conjuntos incompletos de desechos de talla en yacimientos arqueológicos, que reflejan el transporte de nódulos y piedras sin tallar a través del paisaje. Esas piedras o artefactos no se trasladaron a grandes distancias: el máximo parece ser de unos diez kilómetros, pero las distancias recorridas suelen ser mucho menores[24]. La pauta predominante es el uso sumamente local de materias primas. Pero el hecho de que algunos ítems se transportaran,
seguramente para construir escondrijos, indica que H. habilis poseía mapas mentales de la distribución de las materias primas y, por lo tanto, que podía anticipar el futuro uso de útiles en actividades de subsistencia[25]. Parece haber tres diferencias importantes entre el transporte lítico de H. habilis y el transporte de percutores por parte de los chimpancés del Tai. En primer lugar, el transporte de útiles por parte de
H. habilis evidencia una escala espacial mayor que la de los chimpancés. En segundo
lugar, los chimpancés trasladan piedras a lugares fijos (nogales, por ejemplo), mientras que el lugar de destino de los útiles de H. habilis cambiaba continuamente en función del emplazamiento de los animales muertos. Y en tercer lugar, lo más probable es que los miembros de H. habilis transportaran los alimentos que debían procesarse hasta el lugar donde se encontraban los útiles (y no a la inversa), y que con frecuencia trasladaran tanto útiles como alimentos de fuentes distintas a un tercer emplazamiento.
Hasta ahora, la evidencia procedente del registro arqueológico se ha decantado a favor de un desarrollo considerable de módulos mentales susceptibles de potenciar la interacción con el mundo natural. Pero existe también evidencia contraria, que nos previene contra toda inferencia relativa a una inteligencia avanzada de historia natural. Por un lado, gran parte de la actividad de H. habilis parece constreñida a una gama mucho más limitada de ambientes que la de los humanos representados en el registro fósil de hace 1,8 millones de años. Considerado a una escala espacial muy amplia, no es probable que ningún Homo anterior a H. erectus saliera de su medio evolutivo africano[26]. Incluso en la región del África oriental, la actividad de H. ha- bilis parece centrada en una gama muy estrecha de microambientes, en contraste con la amplia gama de medios que explotó H. erectus, por no hablar de los humanos modernos. Casi toda la actividad de H. habilis aparece «atada» a los confines de los recursos permanentes de agua[27].
Esta «atadura» de los focos de actividad a los elementos naturales aparece reflejada en la estructuración de los yacimientos arqueológicos de la garganta de Olduvai. Yacimientos como el de FLK Norte I y el de MNK Principal II presentan distribuciones artefactuales verticales en varios de sus estratos[28]. Todo apunta a que los homínidos volvieron una y otra vez a estos lugares a pesar de los profundos cambios faunísticos, climáticos y paisajísticos acaecidos en la región. La diversidad que presentan los restos faunísticos de los yacimientos en cuanto a tamaño corporal y a preferencia de hábitat sugiere que los miembros de H. habilis sí recorrieron ampliamente toda una variedad de microambientes para procurarse carne El hecho de que esta se transportara de forma reiterada al mismo tipo de contexto medioambiental indica la ausencia del comportamiento flexible propio de una completa inteligencia de la historia natural[29].
interacción con el mundo natural. Podemos empezar a partir de una capacidad básica para elaborar una gran base de datos y mapas sobre las características y la distribución de los recursos, tal y como descubrimos en la mente del antepasado común en el capítulo anterior. Esta capacidad básica aparece ahora complementada con una cierta habilidad para desarrollar hipótesis sobre el emplazamiento de los recursos y sobre el uso de claves visuales inanimadas. Pero por otro lado, los miembros de H. habilis siguen moviéndose en un marco medioambiental relativamente estrecho, y gran parte de sus actividades están «atadas» a rasgos naturales. Parece que hemos llegado a una conclusión parecida a la de la inteligencia técnica: la evolución ha ido colocando nuevos fundamentos para una capilla de inteligencia de la historia natural, pero los muros aún no están terminados y la inteligencia general continúa desempeñando un rol dominante a la hora de pensar el mundo natural.