Capitolo 4 Statistical approach
4.6 Bootstrap regressions
SUBTERRÁNEA EN LA PENÍNSULA IBÉRICA
La Península Ibérica es un territorio en el cual tanto las viviendas subterráneas como las expresiones de eremitismo asociadas a la excavación de hipogeos adquirieron gran importancia en determinadas épocas históricas. El fenómeno debe tener raíces prehistóricas, si bien el momento de paso del uso de antros naturales a la excavación de los artificiales -pasando por el aprovechamiento de abrigos mediante bardas delanteras o cualquier otro mecanismo de defensa- es una incógnita, probablemente sin respuesta satisfactoria posible.
Como veremos a lo largo de esta tesis, las manifestaciones más primitivas que encontramos en la Península Ibérica son seguramente prerromanas. Las noticias son fragmentarias, y tan sólo los estudios arqueológicos arrojan algo de luz sobre los oscuros antros que perviven y que pudieron estar habitados en la Edad Antigua, tales como los agujeros del risco de Tielmes, que se ha interpretado como la antigua Caraca asediada por Sertorio. Similar es el caso también del poblado de la meseta de Giribaile, en Jaén, de
posible origen ibérico1. La Termancia soriana que conocemos es también parcialmente
rupestre y, aunque su configuración actual sea la resultante de la época imperial romana, podría haber estado excavada en épocas previas, aunque sus construcciones principales sean itálicas. Lo mismo puede decirse de Contrebia Leucade, la ciudad semiexcavada cercana al río Alhama, en el Sur de La Rioja, junto a Inestrillas, población de topónimo
significativo, pues refiere a las finestrellas o ventanitas que se pueden ver excavadas en
torno a su castillo rupestre.
Conocemos también la existencia de otro poblados rupestres altomedievales, debelados algunos por los musulmanes durante su conquista de la Península, como los antros ubicados en los vertiginosos riscos de Peralta, en Navarra. Pero también sabemos del notable florecimiento en dicha época e incluso durante la Antigüedad Tardía de los
usos eremíticos, esto es, de la existencia de hombres apartados al eremus (el yermo), en
diferentes lugares, que hicieron de cuevas naturales -más o menos retocadas- o de cuevas excavadas artesanalmente sus modestos lugares de retiro.
Página 2
Estos usos tienen raíces antiguas, asociadas a la importación de ritos orientalizantes de los cristianos visigóticos o incluso anteriores, del siglo IV en adelante,
traídos por eremitas procedentes de otras zonas del Mediterráneo2. El parentesco parece
claro, y ha sido estudiado en el ámbito de la Península Ibérica, como veremos en el apartado posterior. El primer eremita ibérico prestigiado por sus contemporáneos fue San Millán, sin olvidar a San Fructuoso, retirado en los montes de la Valdueza. Casos similares son los de Saturio (en Soria), Genadio y Valerio (en la misma Valdueza), o el legendario San Frutos segoviano. Son otros ejemplos de anacoretas -en cierto modo, monjes espeleólogos- cuyos ecos de santidad han llegado a nuestros días.
Los ejemplos de cenobios rupestres altomedievales son legión3, llegando a
constituir en el sur de Álava y en el Condado de Treviño lo que se ha venido llamando
una pseudo Capadocia. No son los únicos conjuntos extensos: el valle del Cidacos, el del
Omecillo, la ribera del Arlanza, y multitud de emplazamientos en el curso alto del Ebro y en sus afluentes riojanos por la derecha (Iregua, Leza) nos hablan de un mundo espiritual de retiro, hace mucho tiempo abandonado, de ermitaños habitando cuevas artificiales aisladas, o de auténticas “colmenas” de habitación rupestre de convivencia monacal más o menos regulada. Algunas iglesias rupestres antiguas, de cuyo sostén se encargarían los ermitaños que habitaban celdas anexas, siguen abiertas al culto y constituyen emocionantes ejemplos de ese mundo desaparecido.
En otro extremo del territorio peninsular, también el origen de las cuevas colgadas sobre Beas de Guadix parece apuntar a esa Antigüedad Tardía a la que nos referiremos en unas cuantas ocasiones. Casos parecidos deben de ser los de la cueva de la Camareta de Agramón, asomada al embalse de Camarillas (Albacete), o la misteriosa nave hipogea de El Alborajico, junto a Tobarra (Albacete). Avanzando un poco en el tiempo, es curioso observar como los mozárabes andaluces excavaron también templos rupestres y poblados semirrupestres probablemente entre los siglos VIII y X. Los principales ejemplos se ubican en los centros de influencia de Omar
2 El eremitismo como vía para alcanzar la perfección espiritual tiene su primer precedente cristiano en San
Antonio el Grande, que residió la mitad de su larga vida apartado en el desierto. La perfección mayor la alcanzaba el anacoreta, según San Isidoro, si habiendo habitado previamente bajo una regla común (esto es, en un cenobio), se retiraba después al yermo.
3 El término cenobio se ocupa de las comunidades que vivían bajo reglas, sea cual sea el edificio en el que
se alojan, pues proceden del griego koinobion, “vida en común”. A veces encontramos celdas aisladas, con oratorios anexos. Tampoco son infrecuentes las lauras, conjuntos de celdas, probablemente no surgidas como cenobios organizados, sino como colonias implantadas alrededor de un oratorio ocupado por un anacoreta de probada santidad.
Página 3
ben-Hafsún, inicialmente un simple bandolero y finalmente poderoso caudillo mozárabe que llegó a dominar una importante porción de la Andalucía emiral en el tránsito de las dos centurias, y que fue el principal problema político del entonces emir y futuro califa Abderrahmán, así como de sus antecesores. Puede que el oratorio de Valdecanales, en término de Rus (Jaén), y asomado a la cola del embalse de Giribaile, tenga idéntico
origen temporal4.
Fotografías 1 y 2.A la izquierda, acceso a la nave hipogea y a su celda de retiro anexa, en el paraje del Alborajico (Tobarra, Albacete).A la derecha, cuevas colgadas en los cantiles del río Tuéjar, en las
afueras de Chelva (Valencia). Fotografías: Clemente Sáenz, 2007.
Más problemática ha sido hasta ahora la datación de las cuevas con ventanas del País Valenciano. Existen cuevas en cantiles en Bocairente, Chella, Chelva, Requena o Ademuz que podrían tener su origen en los siglos XII y posteriores, si bien hay quien ha interpretado orígenes visigóticos y anteriores. El material arqueológico es no obstante
escaso como para afirmar unas u otras dataciones5.
Los antros altomedievales, especialmente los dedicados al retiro monacal, debieron ser abandonados en cuanto los avances de la Reconquista lo permitieron. Excepcionalmente, el monasterio rupestre de San Martín de Albelda de Iregua se mantuvo al parecer varios siglos activo –aunque no sabemos a ciencia cierta qué grado de ocupación tendrían sus sencillas celdas excavadas-, hasta bien entrado el siglo XVII. De su ruina hablaremos más adelante. Pero del resto de las celdas aisladas y la mayoría de sus iglesias anexas apenas quedan más que huecos más o menos retocados, algunos dedicados en el devenir de los siglos a encerraderos de ganado o almacenes. Si bien este
4
Vañó (1970).
Página 4
abandono ha sido regla habitual, como hemos dicho, y de modo singular contados templos siguen activos.
También se puede establecer relación probable entre el establecimiento de contingentes bereberes procedentes del Norte de África y el florecimiento de las
viviendas excavadas en algunas zonas de la Península. Las viviendas enclotadas del arco
periurbano de Valencia -cuyo exponente más vivo es el de Paterna, pues en los pueblos cercanos no quedan apenas rastros de interés que conozcamos- pueden ser la adaptación de un modelo importado, muy antiguo, que ha sobrevivido hasta la actualidad. Aspectos toponímicos y topológicos parecen apuntar en esa dirección.
Si de dichas tribus es de quienes proviene la costumbre de excavar las viviendas que observamos en otros lugares de Andalucía, de Aragón, o de Murcia, es una incógnita para nosotros. Lo que parece evidente es la relación de la eclosión de la vivienda rupestre con la trágica peripecia y diáspora de los moriscos, desde su expulsión del reino de Granada en 1570 hasta la definitiva de 1609, en las cuencas de Guadix y Baza, en el oriente almeriense (Cuevas del Almanzora), en Sierra Mágina o en el valle bajo del Jalón. También se puede ligar a este hecho la posterior aparición de poblados rupestres en Chinchilla de Montearagón y probablemente en la submeseta Sur.
Dicha diáspora llevó precisamente a los moriscos a varios lugares en los que actualmente observamos viviendas labradas. Esto es, acomodaron sus costumbres habitacionales a sus lugares de destierro, o como inmigrantes recién llegados, y probablemente mal recibidos, se hubieron de adaptar a sus pueblos de destino, buscando habitación en “lugares extraviados”, arrabales que hoy perviven en regular o pésimo estado en muchas de estas localidades. El decreto definitivo de expulsión, reinando Felipe III, devolvió a muchos de los nominalmente conversos a sus villas y pueblos de origen, donde, perdidas sus pertenencias, debieron retirarse también a barrios periféricos, que son los que ahora contemplamos excavados y en muchos casos habitados. Las famosas cuevas del Sacromonte granadino tienen parecido origen, y su florecimiento se debe probablemente a este episodio tan controvertido de la historia de España.
De la evolución de los poblados rupestres en los dos siglos siguientes apenas conocemos -alguna excepción aparte- más que lo que declaran documentos tales como el Catastro de Ensenada o el Diccionario de Madoz, que no son sino “fotos fijas” de
Página 5
momentos puntuales6. El devenir de los barrios excavados y su porcentaje de habitación
en relación al poblamiento convencional está ya ligado a causas socioeconómicas. Tal es el caso de Cuevas del Almanzora: los diversos periodos de prosperidad o de regresión de la minería son el mar de fondo en el que fluctúa la ocupación de cuevas por un proletariado industrial dependiente de la explotación minera. Lo mismo puede decirse del proletariado agrícola de Guadix, ocupado en la industria azucarera: el aumento de las cuevas habitadas está asociado al auge de los ingenios, y su abandono a la crisis del 29. En el caso de Navarra, el hábitat cuevero es también el de los jornaleros de la huerta, en este caso con cierta complicidad de los ayuntamientos, que cedían el terreno para excavar a las parejas de recién casados. Parecidos son los casos de Villacañas (Toledo), de Sierra Mágina, de los valles del Tajo y Tajuña al sur de Madrid, de varios emplazamientos aragoneses, o de los valles bajos del Segura y Vinalopó junto a la Marina alicantina, etc. En muchos existe ese caldo previo de cultivo, de siglos de habitación troglodita, que podemos suponer cada vez más degradada, y casi siempre ligada a los contingentes de población más modestos.
Esto es, en los dos o tres últimos siglos existió un fenómeno creciente de ocupación de cuevas como lugar de vivienda barato -si bien insalubre-, por parte de generaciones de habitantes sin recursos, que reproduce patrones en muchos casos preestablecidos, pero de escala más modesta. Ejemplos literarios extremos los encontramos en “La Busca” de Baroja, en donde se describen cuevas en el cinturón
próximo a la capital, refugio de un lumpen urbano muy degradado7. Este un tipo de casa-
cueva que hoy, aunque en franca regresión, observamos todavía en cierta extensión, si bien afortunadamente muy dignificado en muchos lugares. En los años 60, la proliferación de las “casas baratas” de protección oficial, y cierta corriente de opinión, promueve el abandono y en algunos casos el derribo de barrios enteros, como hemos recabado en algunas zonas de la ribera navarra del Ebro.
La situación es hoy en día contradictoria: dado que se trata de un patrimonio popular, privado y poco inventariado -excepción hecha en este aspecto por diversos compendios promovidos por la Junta de Andalucía, por el esfuerzo de algunos eruditos
6
Aunque nuestro rastreo documental ha sido amplio, tampoco ha sido un objetivo central en sí mismo. Es posible que en documentos tales como las Relaciones Topográficas de Felipe II, aparezcan datos puntuales adicionales, pero no los hemos explorado con ánimo exhaustivo.
7 La preocupada descripción que hace Mallada en su “Los males de la patria” del miserable aspecto de
nuestras ciudades y villas, se refiere a similar panorama de muchas aldeas españolas, cuyas viviendas se abrirían como cuevas o madrigueras, con una única puerta y una torpe salida de humos.
Página 6
locales y por algún estudio e inventario en lugares como Crevillente-, apenas hay actuaciones encaminadas a su conservación, y las cuevas abandonadas tienden a la ruina, o sirven de habitación de población marginal. Las blandas litologías de las excavaciones, su expuesta posición topográfica -en cantiles inestables, como recientemente se ha comprobado en Cuevas del Almanzora, que es similar al más antiguo y mencionado del monasterio de San Martín de Albelda- y la falta de mantenimiento son los coadyuvantes del proceso de degradación física.
Por ello, en contadas ocasiones ha sido la iniciativa pública la encargada del sostén de los barrios -se necesitarían por otro lado inversiones costosas en municipios mayoritariamente de pocos recursos-. Ejemplos como los de Paterna o Rojales son alentadores: en ambos pueblos se ha logrado cierta integración del barrio rupestre en la urbe, aunque en el segundo caso sea como poblado de artesanos. En Granada se ha creado un centro de interpretación de las cuevas del Sacromonte, si bien se trata de una actuación puntual, acompañada, eso sí, por una trama urbanizada semejante a la de cualquier otra zona de la ciudad. En Guadix ocurre algo parecido, y en otros pueblos de su cuenca y de las anexas.
Podríamos mencionar otras poblaciones en las cuales las viviendas rupestres se han ido consolidando más o menos dignamente como segundas residencias, ayudadas por una mejora de los servicios urbanos de alcantarillado, pavimentado del viario circundante, alumbrado, etc: Pegalajar (Jaén), Carabaña (Madrid), La Alquería de Jumilla (Murcia), etc.
La iniciativa privada también es responsable del mantenimiento de algunos antros visitables (por ejemplo en Purullena) o de su dedicación a alojamiento (en Guadix y aledaños hay varios hoteles rupestres, y así mismo los conocemos en Valtierra y en Granada). Además, por supuesto de los habitantes estables de estas viviendas, que contribuyen decisivamente a la conservación de las mismas, y cuyo porcentaje sigue siendo muy importante en muchas poblaciones granadinas y en algunas de la ribera del Tajuña en Madrid.
En definitiva, este es -muy sintéticamente expresado- el panorama de la
evolución de las cuevas de habitación en la España peninsular hasta el día de hoy8
.
8
En el curso de las investigaciones hemos seguido recibiendo o recabando noticias de lugares aislados en los que existe o existió hábitat cuevero, diseminado por diferentes pueblos de la Península: por ejemplo,
Página 7
Fotografías 3 y 4. A la izquierda, hotel rupestre en Valtierra. A la derecha, ejemplo similar en el badland de Guadix. Fotografías: Clemente Sáenz, 2003 y 2006.