2. Text Mining
2.3. Natural Language Processing
3.1.1. Classification task
os ministros españoles de! emperador eran perfectamente conscientes de las graves consecuencias de su política sobre la vida del país. Durante la década 1530-1540, la emperatriz, en su correspondencia, había instado repetidamente al emperador a que regresase a España para bien del reino, y hacia 1540 Cobos y el príncipe Felipe hacían cuanto podían para hacer ver a Carlos V, en las cartas que le enviaban, los terribles apuros en que entonces se hallaba Castilla. “Con lo que pagan de otras cosas ordinarias y extraordinarias”, escribía Felipe a su padre en mayo de 1545, “la gente común, a quien toca pagar los servicios, está reducida a tan extrema calamidad y miseria que muchos dellos andan desnudos sin tener con qué se cubrir; y es tan universal el daño que no sólo se extiende esta pobreza a los vasallos de Vuestra Majestad, pero aún es mayor en los de los señores; que ni les pueden pagar sus rentas, ni tienen con qué, y las cárceles están llenas y todo se va a perder.”
Las desesperadas cartas de Cobos, instando al emperador a la paz y protestando ante la imposibilidad de recaudar más fondos, demuestran claramente que, en última instancia, los culpables no eran los ministros de Hacienda sino el propio emperador. Al parecer, Cobos administró las finanzas reales tan bien como pudo en aquellas circunstancias. Puso coto con éxito al saqueo de la tesorería por los grandes nobles españoles y él y sus colegas hicieron cuanto pudieron por establecer presupuestos de ingresos y gastos como base para una política futura. Pero el emperador hacía caso omiso de sus consejos, derrochando el dinero por todas partes donde iba y pidiendo urgentemente nuevos y mayores envíos que Cobos sólo podía conseguir mediante préstamos, a menudo a intereses muy desfavorables. Si Cobos fracasó como ministro de Hacienda, se debió en gran parte a que el emperador le pedía imposibles.
Las constantes preocupaciones financieras de Cobos minaron, al parecer, su salud, y murió en 1547, agotado tras tantos años de esfuerzo en el servicio real. Su muerte alejó a uno de los últimos
ministros españoles que habían servido a Carlos V desde el comienzo de su reinado y que habían contribuido a preparar al príncipe Felipe para hacerse cargo de su herencia. El cardenal Tavera había fallecido en 1545; el confesor de Carlos, García de Loaysa, arzobispo de Sevilla, en 1546, y Juan de Zúñiga, preceptor y consejero personal del príncipe Felipe, en el mismo año. Los años 1545- 1547 vieron así la desaparición de una generación de ministros y la emancipación de Felipe II de su tutela. Éste se había casado ya, en 1543. con su prima, la infanta María de Portugal, que murió dos años después al dar a luz a un hijo, Don Carlos. En 1548, este viudo de veintiún años, este hombre joven prematuramente envejecido, recibía la orden de reunirse con su padre en Bruselas, dejando en su lugar como regente a su hermana María. La experiencia que había adquirido en el gobierno de España iba a verse complementada con algún conocimiento del mundo exterior.
El viaje de Felipe a los Países Bajos estaba encaminado a que trabase conocimiento con sus súbditos flamencos, pero había de revelarse también como el primer paso del proceso por el cual el viejo emperador se desembarazaría de su pesada herencia. Todas las esperanzas que Carlos V pudiera haber abrigado de colocar a Felipe en el trono imperial iban a chocar con la intransigencia de su hermano Fernando, quien, junto con su hijo Maximiliano, estaba decidido a que tanto las posesiones austríacas de los Habsburgo como el título imperial quedasen en su rama familiar. Pero, tanto como las disensiones de los Habsburgo, el curso de los acontecimientos en Alemania hacia inevitable la división de la herencia Carolina. En 1547 Carlos consiguió su gran victoria sobre los protestantes alemanes en la batalla de Mühlberg y parecía que Alemania acabaría sometiéndosele. Pero la misma amplitud de la victoria del emperador suscitó una honda preocupación entre aquellos príncipes alemanes que, como Mauricio de Sajonia, le habían apoyado en la batalla de Mühlberg y que temían ahora una consolidación, a sus expensas, del poder imperial en Alemania. En marzo de 1552, Mauricio rompió con el emperador y se dirigió con sus tropas hacia Innsbruck, donde Carlos y Fernando estaban ocupados en sus deliberaciones acerca del destino final del Imperio. Al tiempo que Mauricio entraba en la ciudad por una puerta, el emperador huía por otra. Llevado en su litera y acompañado tan sólo por un reducido grupo de partidarios, el achacoso y gotoso emperador continuó su huida por el Brenner hasta la ciudad carintia de Villach, donde se hallaba seguro. Su política alemana se había desmoronado y la herejía y la rebelión habían prevalecido.
La huida de Carlos a Villach en 1552 simbolizaba el fracaso de su gran experimento imperial. Fracaso que se había visto precipitado por la defección no sólo de Mauricio de Sajonia, sino también de los banqueros imperiales, que habían perdido finalmente su confianza en el emperador y se habían negado a adelantar el dinero que necesitaba para pagar a sus tropas. Los banqueros se mostraron acertados en su decisión, pues las pretensiones del emperador venían siendo demasiado grandes y. en última instancia, sus recursos demasiado escasos. Las finanzas reales españolas, que habían soportado todo el peso de la política imperial durante la última y alocada década, se deslizaban ahora inexorablemente hacia la bancarrota, mientras el Imperio estaba ya visiblemente dividido en dos partes. Nada podía mantener ya las posesiones alemanas bajo el control de la casa real española, y Felipe, que sucedió a su padre en 1556, regiría un imperio que era muy diferente del heredado por su padre.
Fue precisamente con la esperanza de hacer de este imperio una unidad viable por lo que Carlos casó a Felipe con María Tudor en 1554. Constituía este matrimonio un plan audaz típico del emperador. unido a una mayor conciencia de las realidades económicas y estratégicas que la que había caracterizado algunos de sus grandes proyectos anteriores. En lugar de la vasta y complicada
monstruosidad geográfica que se hacía llamar Imperio bajo Carlos V, Felipe II regiría un imperio formado por tres unidades lógicas: Inglaterra y los Países Bajos. España e Italia y América.
Tras haber dispuesto para su hijo una herencia incomparablemente más manejable que la que él mismo había recibido, Carlos V regresó a España a pasar sus últimos años en la tierra que había llegado a significar para él más que cualquiera de sus otras posesiones. Su retiro a Yuste y la subida al trono de su hijo, nacido en España, simbolizaron claramente la españolización de la dinastía. El veredicto de Villalar se había visto finalmente invertido y la Castilla que se había creído amenazada por la dominación extranjera había acabado por cautivar al extranjero. Pero el propio Felipe estaba aún muy lejos de su país natal y su presencia en Castilla era necesaria para confirmar a sus súbditos que el experimento del Imperio cosmopolita de su padre no volvería a repetirse nunca más. Su regreso, sin embargo, era sólo cuestión de tiempo. El emperador falleció el 21 de septiembre de 1558. Menos de tres meses después, su nuera, María Tudor, moría sin descendencia y su muerte ponía súbitamente punto final a cualquier esperanza de unir Inglaterra, España y los Países Bajos una sola corona. En el futuro, los Países Bajos serían un puesto avanzado, aislado, de un imperio cuyo corazón inevitablemente estaría en España.
Los reinos peninsulares reclamaban ahora insistentemente el regreso de Felipe II. La situación financiera y económica era cada vez más precaria desde que Felipe II había- suspendido todos los pagos a los banqueros en enero de 1557 y era indispensable que el rey regresase. Por fin, en agosto de 1559, salió de Flandes con dirección a España. La vuelta del rey a Castilla, tan ansiosamente esperada, era algo más que el regreso del hijo a su patria. Simbolizaba el fin del imperialismo universal de Carlos V y el paso de un Imperio europeo de base flamenca a un Imperio de base española y atlántica, con todos los recursos del Nuevo Mundo a su disposición. Pero el nuevo imperio hispano-americano de Felipe II, que difería en tantos aspectos del imperio europeo de su padre, no se vería nunca libre de las circunstancias que habían acompañado sus orígenes, pues el imperio de Felipe II había nacido bajo el doble signo de la bancarrota y la herejía.