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2. Text Mining

2.3. Natural Language Processing

3.1.3. Evaluation

elipe II regresó en otoño de 1559 a una Castilla desasosegada y revuelta. Los acuciantes problemas financieros de los últimos años obligaron al Gobierno de la regencia a recurrir a toda clase de expedientes fiscales que disminuyeron la eficacia de la administración y debilitaron la autoridad real. Los cargos municipales fueron vendidos y las tierras de la Corona y su jurisdicción enajenadas. Los nobles habían intentado desviar las dificultades de la Corona en provecho propio y el pueblo, ya agobiado por el peso de las contribuciones a que la Corona le sometía, se veía aún más amenazado por la extensión de los privilegios aristocráticos.

La inquietud reinante aumentó enormemente con el descubrimiento, en 1558, de grupos protestantes en Valladolid y Sevilla. ¿También Castilla, la más católica de todas las tierras de la Cristiandad, iba a verse corrompida por la herejía luterana? En el clima febril de la década de los cincuenta el descubrimiento de protestantes en el corazón de España parecía muy alarmante por cuanto amenazaba con nuevos peligros en una época en que la Iglesia y la Inquisición creían haber cerrado con éxito las puertas a los avances de las doctrinas heréticas. Pero en realidad, la alarma resultaba completamente inmotivada. Lejos de constituir un nuevo y peligroso fenómeno, la pretendida herejía de las pequeñas comunidades de Valladolid y Sevilla era simplemente el final, bastante patético, de una historia de prácticas heterodoxas que había empezado muchos años atrás.

Desde los últimos años del siglo XV se habían dado en España, como en otros lugares de Europa, indicios de ciertas desviaciones de la corriente ortodoxa tradicional. Los estrechos contactos, a fines del medioevo, entre España, los Países Bajos e Italia, habían introducido en aquélla ideas nuevas, no acordes todas ellas con los cánones tradicionales de las creencias y la conducta religiosa. En los Países Bajos la Cristiandad había desarrollado una poderosa corriente pietista que tendía a valorar la oración mental a expensas de los formalismos y las ceremonias, y en la Florencia de Savonarola había adquirido un carácter visionario y apocalíptico que atrajo profundamente a unos cuantos franciscanos españoles que se hallaban entonces en Italia. Las dos corrientes tuvieron partidarios en España, en particular entre las mujeres devotas y entre franciscanos de origen converso. Pero sólo a principios del siglo XVI empezaron a tomar la forma de

un movimiento religioso. El acontecimiento decisivo fue, al parecer, la conversión de una religiosa de la orden franciscana, Isabel de la Cruz, que se dedicó a organizar centros de devoción en Alcalá, Toledo y otras ciudades. Bajo su influencia, los Alumbrados o iluministas, como se llamaba a sus seguidores, abandonaron la aproximación visionaria de Savonarola por una especie de pasividad mística, conocida por el nombre de dejamiento, encaminada a la comunión directa del alma con Dios, mediante un proceso de purificación interior que debía acabar con la sumisión total a la voluntad divina. Esta clase de iluminismo había de triunfar en particular en Escalona, en casa del marqués de Villena, donde en 1523, uno de los discípulos de Isabel, Pedro Ruiz de Alcaraz, seglar de origen converso, consiguió implantar la práctica del dejamiento en lugar del iluminismo esencialmente emocional predicada por un fraile de la tendencia apocalíptica, Francisco de Ocaña.

Los notables éxitos de Isabel de la Cruz y de Alcaraz y la extensión del iluminismo a otras muchas ciudades de Castilla la Nueva fue muy pronto causa de preocupación para la Inquisición, que acababa de salir con su autoridad consolida de un difícil período de pruebas. Mientras vivió Fernando, el Santo Oficio había permanecido bajo el estrecho control de la monarquía, pero durante el reinado de la regencia había conseguido, con la protección del Cardenal Cisneros, que era Inquisidor General, extender sus poderes y prerrogativas, hasta entonces limitados, y llegar a controlar sus tribunales locales. El aumento de poder de la Inquisición y la extensión de sus abusos, le ganaron numerosos enemigos que ejercieron fuerte presión sobre Carlos V, durante su primera visita a España, para conseguir un drástico programa de reforma. Pero fue disuadido de una acción inmediata por Adrián de Utrecht, Inquisidor General de Aragón, y en su segunda visita era ya demasiado tarde. En este intervalo de tiempo el luteranismo se había extendido rápidamente en Alemania y la organización, que en un momento dado parecía haber cumplido ya su tarea con la eliminación del judaísmo, encontró ahora, con el nacimiento del luteranismo, un nuevo y extenso campo para sus actividades. El emperador decidió por lo tanto, pese a las continuas quejas de las Cortes de Castilla, dejar intactos los poderes del Santo Oficio.

El que los Inquisidores no tuvieran más que una idea vaga sobre la índole del luteranismo, los hizo aún más celosos en su deseo de preservar a España de él. Obsesionados por el espectro de la herejía y de la rebelión que rondaba sobre las tierras alemanas, estaban decididos a evitar su aparición en España. Esto entrañó una definición de la ortodoxia mucho más rigurosa y un mayor grado de vigilancia en la tarea de detectar y perseguir los más leves indicios de desviación religiosa. En tales circunstancias, el Santo Oficio fijó, naturalmente, su atención en las actividades de los Alumbrados, y en 1524 detuvo por herejía a Isabel de la Cruz y Pedro de Alcaraz. A las detenciones siguió, en 1525, la condena de cuarenta y ocho proposiciones iluministas, y el mismo año la Inquisición de Toledo publicó un decreto contra la herejía luterana. Aunque aún se hacía distinción entre luteranismo e iluminismo (y evidentemente existían diferencias fundamentales entre ambos movimientos), la Inquisición sospechaba que estaban estrechamente relacionados, sobre todo porque ambos movimientos ponian el acento en la religión interior a expensas del ceremonial externo. No atacar el iluminismo hubiera representado, pues, un grave peligro para la fe.

El Santo Oficio encontró pocas dificultades en su lucha contra los Alumbrados, que eran en su mayor parte gente sencilla, sin ninguna influencia ni apoyo. Toda persona sospechosa de prácticas iluministas era inmediatamente sometida a rígida vigilancia y la red era bastante extensa como para hacer caer en ella incluso a Ignacio de Loyola, que fue interrogado en Alcalá en 1526 y luego otra vez en 1527, y a quien se prohibió predicar durante tres años. Mediante estos procedimientos, el

movimiento iluminista fue eficazmente controlado en el transcurso de los años veinte, y el sello de la desaprobación eclesiástica fue fuertemente estampado sobre él.

En el curso de su campaña contra el iluminismo, sin embargo, el Santo Oficio comprendió que este movimiento tenía una contrapartida mucho más raciocinada en el erasmismo que había llegado a ser muy popular entre los intelectuales españoles. En rigor, las doctrinas de Erasmo no eran heréticas; entre sus numerosos partidarios se contaban Alonso Fonseca, Arzobispo de Toledo, y el propio Inquisidor General, Alonso Manrique, Arzobispo de Sevilla. Manrique y sus amigos podían extender su manto protector sobre los partidarios de Erasmo y estimular la publicación de sus libros en las imprentas de Alcalá, pero no podían hacer respetable a Erasmo a los ojos de los ortodoxos más estrictos. Éstos temían y desaprobaban el erasmismo por varias razones. Creían que ayudaba y estimulaba a los luteranos al poner el acento, como lo hacía el iluminismo, sobre los aspectos interiores de la religión a expensas de los formalismos y las ceremonias, y sus sospechas se reforzaron con el descubrimiento de contactos entre erasmistas como Juan de Valdés y las comunidades iluministas. Y no podía esperarse que una Inquisición dominada por los frailes viese con buenos ojos las doctrinas de un hombre que había consagrado tanto tiempo y tantas energías a la denuncia de las órdenes religiosas.

Es posible también que existiese otra explicación, subconsciente en parte, del odio que sentían algunos círculos ortodoxos por Erasmo. El erasmismo era una doctrina extranjera que gozaba del apoyo de los cortesanos y los consejeros de un emperador extranjero. El estímulo conductor de la revuelta de los Comuneros había sido el odio a las costumbres y las ideas extranjeras y no parece, en suma, disparatado ver en la persecución, de finales de los años veinte, contra los erasmistas una continuación de la campaña contra las influencias extranjeras que había caracterizado la revuelta castellana de principios de la década. Los monjes y el clero que se habían lanzado a la lucha entre las filas de los Comuneros luchaban por una causa que iba más allá de la simple preservación de las libertades castellanas. Luchaban por salvar la Castilla que habían conocido, una Castilla pura en su fe y no contaminada por la infección de las influencias extranjeras. Aunque los Comuneros fueron derrotados, era muy natural que muchas de las ideas que los habían inspirado siguiesen vivas, estando como estaban defendidas y sostenidas por los miembros más conservadores de las órdenes religiosas, organizaciones inmensamente poderosas en la España del siglo XVI. Frente a éstos se alineaban todos los que, en las universidades, en la Iglesia o en la administración real, habían quedado impresionados por los atisbos del mundo exterior a medida que las barreras que rodeaban Castilla eran derribadas una por una. Atraídos por la Europa del Renacimiento y animados por la reciente llegada a su país de una culta Corte extranjera, estaban decididos a no permitir que se volviesen a levantar las barreras derribadas. Para ellos Erasmo era el símbolo del nuevo saber, extraordinariamente seductor por su carácter cosmopolita.

La lucha entre erasmistas y anti-erasmistas adquirió así, en ciertos aspectos, el matiz de un conflicto entre ideas opuestas acerca del curso que debía seguir España. Se invoca quizá con demasiada frecuencia la concepción de una lucha perenne entre dos Españas distintas como explicación a las tensiones de la historia española, pero quizás no carezca totalmente de valor para ciertas épocas. Si es erróneo empeñarse en ver una continuidad que abarque varios siglos, es, sin embargo, posible observar una reaparición de divisiones comunes a todas las sociedades, pero especialmente claras en algunos momentos de la historia de España. La situación geográfica de la península y su experiencia histórica tienden periódicamente a dividirla, sobre todo en torno a la

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cuestión de sus relaciones —políticas o culturales— con el resto de Europa. Uno de estos momentos de división se produjo a mediados del siglo XVI. En una época de gran fermentación religiosa e intelectual en toda la Europa occidental, era natural que muchos creyesen que España sólo podía estar segura si permanecía fiel a su pasado; pero no era menos natural que otros reaccionasen con entusiasmo ante las nuevas ideas llegadas del extranjero y viesen en ellas una nueva esperanza de regeneración de la sociedad en que vivían. Como no existía posibilidad de acuerdo entre estos dos puntos de vista en una época en que la situación europea era de por sí desfavorable a todo arreglo amistoso, la lucha iba a ser, lógicamente, larga y difícil. Se combatió duramente, desde 1520 hasta 1560 aproximadamente, y la batalla se saldó con una victoria para los tradicionalistas: hacia 1560 la España “abierta” del Renacimiento se había convertido en la, en parte “cerrada”, España de la Contrarreforma. Vista con perspectiva histórica la victoria de los tradicionalistas era inevitable, pero en la época en que estalló el conflicto, su triunfo distaba mucho de estar asegurado. Se vieron favorecidos, sin duda alguna, por la debilidad y los fallos de sus oponentes, pero sobre todo fue el cambio del clima internacional, a partir de 1530, junto con la insolubilidad misma de los problemas raciales y religiosos exclusivamente españoles, lo que, en última instancia, les dio la victoria.