5. Applications and Evaluation
5.4. Related Work
5.4.4. Pattern–based approaches
n más de un aspecto, los años 1579 y 1580 representaron, no una ruptura con el pasado, sino una vuelta a él, a un pasado más lejano y quizá más glorioso que la era Éboli-Pérez. En la Corte, un antiguo consejero de Carlos V. el cardenal Granvela, se sentaba junto al rey. En los Países Bajos, el hijo del emperador, Don Juan de Austria, había fallecido, desilusionado y decepcionado, el 1 de octubre de 1578. Felipe proyectaba reemplazarlo nombrando para el gobierno civil del país a la hija bastarda del emperador, Margarita de Parma, que ya había actuado como regente entre 1559 y 1566, aunque los planes de Felipe se vieron frustrados por la negativa del hijo de Margarita, Alejandro Farnesio, que detentaba el poder desde la muerte de Don Juan, a compartirlo con su madre. Este
recurrir, a fines de la década 1570-1580, a personajes de la época imperial, resultó curiosamente congruente, pues estos mismos años vieron un cambio radical en la política de Felipe II, un cambio hacia una política de imperialismo activo que recordaba en sus objetivos el imperialismo carolino.
Las dos primeras décadas del reinado habían sido años de grandes dificultades para Felipe II, Una serie de acontecimientos, durante los años sesenta —rebelión de los moriscos granadinos, progresos de los ataques navales turcos, rebelión de los Países Bajos, estallido de las guerras de religión francesas—, le habían obligado a adoptar una actitud defensiva. Aunque la amenaza en el Mediterráneo cedió después de la victoria de Lepanto, la década de los setenta fue también sombría y el horizonte se vio nublado por el fracaso en la sofocación de la revuelta de los Países Bajos y por la bancarrota real de 1575-1576. Las dificultades financieras de la Corona habían obligado a su vez al rey a solicitar de las Cortes castellanas, en 1574-1575, un nuevo aumento de la tributación, petición a la que las Cortes respondieron aumentando nuevamente el encabezamiento hasta hacerle alcanzar el cuádruple de su valor durante los primeros años del reinado de Carlos V. En la práctica, las nuevas cifras no se ajustaron a la realidad. Muchas ciudades volvieron al sistema de recaudar la alcabala en lugar de concertarse para su pago, con resultados sumamente desafortunados. En Medina del Campo, por ejemplo, el impuesto sobre las ventas, que se había mantenido en sólo un 1,2 por ciento, aumentó hasta un 10 por ciento, lo que acarreó graves consecuencias para el comercio de las ferias. Finalmente, la dificultad de recaudar el impuesto al elevado interés fijado, obligó a la Corona a hacer marcha atrás, y en 1577 Felipe II rebajó el encabezamiento en una cuarta parte, hasta unos 2.700.000 ducados anuales, cifra que se mantuvo hasta el fin de su reinado.
La imposibilidad, para la Corona, de obtener más de unos dos millones y medio de ducados del encabezamiento, demostró que las tradicionales fuentes de ingresos castellanas habían llegado al límite y que, si no se hallaban nuevas fuentes, el rey se vería obligado a permanecer a la defensiva. En este momento, sin embargo, la riqueza de las Indias acudió en su ayuda. La introducción de la amalgama de mercurio para el refinado de la plata peruana empezaba a dar resultados, y durante la segunda mitad de la década 1570-1580 se produjo un incremento espectacular de la cantidad de plata que el rey obtenía del Nuevo Mundo. A partir de 1580, Felipe II pudo esperar obtener unos dos o tres millones de ducados anuales de las importaciones de plata. El comercio entre Sevilla y el Nuevo Mundo conoció un nuevo auge; los banqueros, parcialmente satisfechos por el medio general — satisfacción de las deudas— de 1577, empezaron a recobrar su confianza, y las ferias de Castilla, que habían logrado sobrevivir milagrosamente a las bancarrotas de 1577 y 1575, conocieron, durante la década de los ochenta, su “veranillo de San Martin”.
Esta nueva largueza —abundancia de dinero— dio por vez primera a Felipe II una auténtica libertad de movimientos. Por fin, después de muchos años de mantenerse a la defensiva, pudo lanzarse al ataque. Fue debido a este súbito flujo de riqueza que Felipe II pudo embarcarse en los audaces proyectos y las aventuras imperialistas de las décadas de los ochenta y los noventa: los planes para la recuperación del norte de los Países Bajos, que por un momento estuvieron tan cerca de una feliz realización, bajo la brillante dirección de Alejandro Farnesio; el ataque de la Armada Invencible a Inglaterra en 1588; la intervención en las guerras civiles francesas durante los últimos años del reinado. Fueron éstos años de empresas audaces que dieron fin a la leyenda del “rey prudente”, años de imperialismo espectacular, que por un momento pareció que iban a hacer a Felipe II dueño del mundo.
imperialismo, éste adquirió, en 1580, la orientación geográfica del mayor éxito de Felipe II: la anexión de Portugal. La unión de Portugal a la Corona española dio a Felipe un nuevo litoral atlántico, una flota para ayudar a protegerlo y un segundo imperio que se extendía de África al Brasil y de Calcuta a las Molucas. Fue la adquisición de estas nuevas posesiones, junto con el nuevo flujo de metales preciosos, lo que hizo posible el imperialismo de la segunda mitad del reinado. Pero los dos acontecimientos no estaban en modo alguno inconexos, pues la adquisición de Portugal fue posible gracias a la plata americana.
Los desastrosos resultados de la cruzada africana del rey Sebastián, en 1578, desmoralizaron a una nación ya afligida por un hondo malestar. Portugal había conseguido, bajo la Casa de Avís, éxitos deslumbrantes, pero, a mediados del siglo XVI, la dorada capa que recubría la ornamentada fachada se iba desprendiendo a pedazos para dejar al descubierto la frágil textura que ocultaba. La aventura de las Indias había agotado una nación que sólo tenía un millón de habitantes; las riquezas de las Indias habían contribuido a debilitar a las clases dirigentes portuguesas; y el país estaba gobernado con una incompetencia cada vez mayor por un régimen siempre en bancarrota. Pero, por encima de todo, las bases económicas del imperio portugués se resentían de ciertas debilidades de estructura que se fueron haciendo más y más evidentes a medida que avanzaba el siglo. El Imperio portugués del siglo XVI era esencialmente un imperio asiático donde Brasil no era más que un mojón en la ruta del opulento oriente. Pero en un mundo en el que la balanza comercial europea con el Extremo Oriente era permanentemente deficitaria, los portugueses necesitaban plata para obtener las especias asiáticas. Desgraciadamente su imperio, a diferencia del de sus vecinos españoles, carecía de minas de plata. Así pues, Portugal se veía cada vez más obligado a recurrir a España para obtener la plata que sólo el imperio colonial español podía entonces proporcionar, y, mucho antes de 1580. la prosperidad de Lisboa se había hecho estrechamente dependiente de la de Sevilla.
En una época en que el futuro económico del país era ya muy incierto, su porvenir político se vio comprometido sin esperanzas por el desastre de Alcazarquivir. El rey había muerto y la dinastía se veía amenazada por la extinción inmediata; la nobleza, que había seguido a Sebastián en la guerra
africana, había desaparecido o tenía que ser rescatada con enormes sumas que arrancaron al país sus últimas reservas de plata, y la destrucción del ejército dejó al país indefenso. El Cardenal Enrique, anciano e irresoluto, no era hombre que pudiera salvar al país en estos momentos de crisis. Este era el momento que Felipe II había estado aguardando, una ocasión que podía, por fin, esperar la realización del viejo sueño de los Trastámara de unir toda la península bajo un solo cetro.
Felipe trazó sus planes con el mayor cuidado. La tarea inmediata consistía en conseguir que el Cardenal Enrique y la clase dirigente portuguesa reconociera sus derechos. Eligió para este propósito a Cristóbal de Moura, un portugués que había llegado a la Corte con el séquito de la viuda de Juan III de Portugal, Juana, hermana de Felipe II, y que había ascendido mucho en el favor del rey. Con una considerable cantidad de plata a su disposición, Moura trabajó para minar el apoyo al más peligroso rival de Felipe II, el Prior de Crato, y para destruir la oposición de la aristocracia a la candidatura de su señor.
Pocos meses antes de su muerte, el 30 de enero de 1580, el Cardenal Enrique pudo ser persuadido de que debía favorecer abiertamente la candidatura de Felipe II, y se llegó a un acuerdo entre él y Moura sobre las condiciones bajo las que Felipe debía recibir la corona. Pero, por muy valiosa que fuese la aprobación del Cardenal Enrique, tan difícil de conseguir, no bastaba para garantizar a Felipe II un cómodo acceso al trono. Esto quedó muy claro cuando los representantes de las ciudades hicieron saber en las Cortes del 9 de enero que apoyaban al Prior de Crato. El pueblo portugués era, por tradición, decididamente anti-castellano, así como también el bajo clero. De todo ello resultaba que. aunque una mayoría apoyaba, en el Consejo de regencia que asumió el poder a la muerte del Cardenal Enrique, las pretensiones al trono de Felipe, el Consejo no se atrevía a proclamar abiertamente la sucesión española.
En cuanto se enteró de la muerte del Cardenal Enrique, Granvela comprendió que era esencial actuar con rapidez, pues existía el peligro de que el Papa ofreciese su mediación y que el Prior de Crato consiguiese ayuda de Inglaterra o de Francia. Ya se habían llevado a cabo ciertos preparativos militares y, ante la insistencia de Granvela, se hizo venir al duque de Alba desde sus posesiones de Uceda para que se pusiera al frente del ejército que tenía que invadir Portugal. Al expirar el plazo concedido a los portugueses por el ultimátum de Felipe, se concentró el ejército en la frontera, cerca de Badajoz, y, a últimos de junio, se dio orden de que penetrara en Portugal. Los partidarios de Don Antonio opusieron alguna resistencia, pero Lisboa se rindió a últimos de agosto; Don Antonio huyó y la península ibérica se vio finalmente unificada bajo un solo soberano.
Aunque la unión con Castilla fue aceptada muy a disgusto por el pueblo portugués, la aristocracia y el alto clero apoyaron en general las pretensiones de Felipe II. Lo mismo hicieron los jesuitas portugueses, cosa inesperada si se piensa que Felipe había mantenido siempre a distancia a sus hermanos españoles. Además, parece ser que Felipe II tuvo el apoyo de los comerciantes y hombres de negocios de las ciudades portuguesas, codiciosos de la plata americana que sólo la unión con Castilla les podía proporcionar. En aquellos momentos, por razones económicas, Portugal necesitaba la unión política con España y resulta muy significativo que la unión continuase mientras —pero no por más tiempo— aportó beneficios tangibles a la economía portuguesa.
Ahora bien, aunque las ventajas económicas de una estrecha asociación con Castilla podían contribuir a reconciliar a muchos portugueses influyentes con la unión, estas ventajas hubieran probablemente pesado muy poco si Felipe II hubiera decidido prescindir de las leyes naturales y del
sistema de gobierno portugueses. Esto era en efecto lo que Granvela esperaba que hiciese. Según el parecer de Granvela, el gobierno y las finanzas de Portugal requerían una reorganización drástica y ésta no podía llevarse a cabo mientras la administración estuviese en manos de los nativos.
Una vez más, por lo tanto, Felipe se enfrentaba con un problema que en última instancia se reducía al de la organización general de la monarquía española; el problema del trato que había de concederse a un Estado que había revertido, por herencia, a la Corona española. Esta vez no existía ya el partido de Éboli para persuadir al rey de las virtudes de una solución “liberal", pero, a pesar de ello. Felipe rechazó las ideas de Granvela y estableció el gobierno de Portugal de un modo que hubiera merecido la aprobación más sincera del príncipe de Éboli. Tras haber convocado a las Cortes portuguesas en Thomar, en abril de 1581, juró observar todas las leyes y costumbres del país y fue reconocido, a su vez, como rey legítimo de Portugal. Las Cortes le pidieron también que ratificase los veinticinco artículos del acuerdo firmado por Moura y el Cardenal Enrique poco antes de la muerte de éste. Estos artículos constituían unas amplias concesiones que de hecho confirmaban a Portugal como Estado prácticamente autónomo. El rey había de pasar tanto tiempo como le fuese posible en Portugal, y cuando se viese obligado a ausentarse personalmente, entregaría el virreinato a un miembro de la familia real o a un nativo. Para asistir al rey. se iba a crear un Consejo de Portugal que despacharía todos sus asuntos en portugués. Los cargos, tanto en Portugal como en sus colonias, serían concedidos sólo a portugueses y también éstos serían designados para ocupar puestos en la casa real. Aunque las barreras aduaneras entre Castilla y Portugal habían de ser abolidas, este último Estado conservaría su propia moneda, y el comercio con sus territorios ultramarinos quedaría exclusivamente en manos portuguesas.
Estos artículos fueron aceptados por Felipe II. y habían de servir de base al sistema gubernamental portugués durante los sesenta años de unión del país con Castilla. El hecho de que Felipe se mostrase dispuesto a aceptarlos y a defenderlos (salvo el punto de la restauración de las barreras aduaneras, que tuvo lugar en 1593), es muy significativo, pues demuestra que, a pesar de la desaparición del partido de Éboli, el rey no había dado paso a la solución “castellana" de los problemas de la monarquía. Posiblemente porque se había visto conmovido por los acontecimientos de los Países Bajos, pero más probablemente debido a la concepción heredada y a su sentido innato de la mejor relación entre él mismo y sus pueblos, aceptó la unión de ambas coronas bajo condiciones que eran esencialmente “aragonesas" en su espíritu. Portugal fue unido en 1580 a Castilla exactamente del mismo modo como lo había sido la Corona de Aragón cien años antes: conservando sus leyes, sus instituciones y su sistema monetario y unidas sólo por el hecho de que estaban gobernadas por el mismo soberano.
Pero esta extensión a un nuevo territorio del método tradicional de unión planteó problemas semejantes a los que. va se habían presentado en otras partes de la Monarquía. Si el rey de cada una de ellas era también el rey de todas, ¿como podía compaginar sus obligaciones para con una con sus deberes para con todo el resto? La imposibilidad de resolver este problema había sido una de las causas de la rebelión de los Países Bajos. No había razón alguna para suponer que los portugueses se conformasen más fácilmente que los holandeses con el gobierno de un rey ausente y medio extranjero. Por un momento pareció que quizá no tendrían que hacer ningún esfuerzo en este sentido. Durante 1581 y 1582 Felipe II permaneció en Lisboa, dejando que Granvela se ocupase del gobierno
en Madrid. En muchos aspectos no resultó una división de poder beneficiosa, pues la separación del rey y el ministro no hizo mas que abrir el foso, cada vez mayor, que existía entre ellos. Felipe deseaba, como es natural, consolidar su situación en Portugal. Granvela, en cambio, estaba deseoso de hallar un plan para la recuperación de los Países Bajos. Para ello era necesario, según su opinión, romper inmediatamente con Francia e Inglaterra y lanzarse a una política decididamente imperialista. La impopularidad del Gobierno de Granvela entre los castellanos, junto a los desacuerdos, en el plano político. entre el rey y su ministro, pusieron de manifiesto que Felipe no podía permanecer indefinidamente en Portugal. Finalmente, en marzo de 1583, con gran disgusto de los portugueses, salió de Lisboa para Madrid, tras haber nombrado a su sobrino, el archiduque Alberto, gobernador del país.
Con gran aflicción, Granvela comprobó que el regreso del monarca no consiguió acabar con las diferencias que entre ellos existían. Se había confiado en que el fallecimiento del peor enemigo de Granvela, el duque de Alba, en diciembre de 1582, cerraría el foso abierto entre el cardenal y el rey, pero entre marzo y agosto de 1583 Felipe sólo convocó dos veces a Granvela en audiencia privada. El desgraciado ministro empezaba a darse cuenta por sí mismo del acierto de una afirmación hecha en una ocasión por su rival, el duque de Alba: "Los reyes tratan a los hombres como a las naranjas. Buscan el jugo y una vez las han dejado secas, las arrojan". Felipe II recurría cada vez menos al consejo del cardenal En 1585 creó una nueva Junta especial para ayudarle en las tareas del gobierno, junta que llegó a ser conocida con el nombre de Junta de Noche. Estaba formada por Cristóbal de Moura (ahora favorito íntimo del rey), los condes de Chinchón y Barajas, Mateo Vázquez y el colega de Granvela, Juan de Idiáquez. El nombre de Granvela brillaba por su ausencia.
“Yo no sé qué es lo que va a pasar", escribía el enojado cardenal a Idiáquez, “pero no me gusta tomar parte en la ruina final que se persigue a ojos cerrados. Se dejan en suspenso todos los asuntos; la administración está dominada por funcionarios corrompidos o deshonestos, en los que no se puede fiar, cosa que también sucede con la justicia, la hacienda, el ejército y la flota." Profundamente desilusionado, falleció el 21 de septiembre de 1586, contrariado finalmente en su deseo de servir a una monarquía que para él era aún la monarquía de su venerado señor, el emperador Carlos V.
Indudablemente, Granvela había sido un personaje difícil y corrosivo, demasiado intransigente y autoritario para conservar el favor de Felipe II. Sin duda alguna también, su mentalidad correspondía a una época imperial muy lejana y muy diferente de la época de los años ochenta. Desde luego poseía una amplitud de visión y una capacidad de estrategia general muy necesarias, a la sazón, en los asuntos de Felipe II. Granvela comprendió, por ejemplo, que si la anexión de Portugal había creado nuevas dificultades a España, también había traído oportunidades inmejorables. Había dado a España un nuevo poderío naval, haciendo de la combinación de las flotas mercantes española y portuguesa la mayor del mundo: de 250.000 a 300.000 toneladas, frente a las 232.000 toneladas de los Países Bajos y las 42.000 de Inglaterra. Había dado también a España un ancho litoral atlántico en un momento en que el océano se estaba convirtiendo en el principal campo de batalla entre España y las potencias del Norte de Europa. Tras haber conseguido de modo providencial estas maravillosas ventajas, hubiera sido una locura que Felipe II las desaprovechase.
Y, sin embargo, fueron desaprovechadas. En 1585 Granvela instó a Felipe II a trasladar su Gobierno a Lisboa. Allí, según él, se hallaba el mejor puesto de observación para vigilar el campo de batalla atlántico. Desde Lisboa, con sus fáciles comunicaciones marítimas con los centros neurálgicos del mundo, Felipe II podía haber mantenido un control eficaz sobre la vasta lucha que