5. Applications and Evaluation
5.3. Mining protein-protein interactions
5.3.2. Optimized patterns
ientras que los judíos convertidos habían sido durante largo tiempo objeto de la atención de la Inquisición, el Santo Oficio se había ocupado mucho menos de los moros convertidos. Esto se debía en gran parte a que los menospreciaba. Los moriscos eran, a lo largo y a lo ancho del país, hombres humildes que no ocupaban cargos de importancia en el Gobierno. Y aunque existían muchas razones para dudar de la sinceridad de su conversión, no parecía que sus creencias pudiesen desviar a nadie de la fe. En cambio, no cabía ninguna duda que las comunidades moriscas planteaban un difícil problema a España porque constituían una minoría racial no asimilada y porque estaban íntimamente asociadas al peor enemigo de España: el turco.
La salvaje explosión de la lucha racial y religiosa en Andalucía, entre 1568 y 1570, es una prueba del constante rencor que había reinado en las relaciones entre moros y cristianos en el sur de España y del profundo resentimiento de los moriscos por el trato que habían recibido. Su rebelión era en realidad perfectamente previsible e incluso había sido profetizada, aunque el rey había preferido ignorar las advertencias que se le hacían. También hubiera podido evitarse si los agentes de Felipe II no se hubieran comportado tan alocadamente. En efecto, la rebelión de las Alpujarras, aunque provocada en parte por resentimientos que se habían ido incubando durante largo tiempo, era esencialmente una respuesta de los moriscos de Granada a un reciente y drástico cambio, en sentido negativo, de sus condiciones de vida.
Durante medio siglo, después de la primera rebelión de las Alpujarras, en 1499, se había conseguido mantener un difícil equilibrio entre las autoridades de cristianos viejos, y la población andaluza de cristianos nuevos. Aunque en 1508 se habían publicado decretos prohibiendo los vestidos y las costumbres moras, no habían sido puestos en vigor y los moriscos habían conseguido
conservar intactos los vínculos con su pasado islámico. Eran pocos los que hablaban otra lengua que no fuese el árabe. Seguían llevando su vestimenta tradicional, empleaban gran parte de su riqueza, como siempre lo habían hecho, en comprar sedas y joyas para sus mujeres, se negaban a abandonar prácticas corno la de bañarse con regularidad, que los españoles consideraban como una simple tapadera para los ritos mahometanos y la promiscuidad sexual; y seguían practicando, con la ferocidad de costumbre, sus vendettas familiares, aunque los intentos de represión de las autoridades españolas obligaban a los que estaban complicados en ellas a buscar refugio en el Norte de África o a echarse al monte y ponerse fuera de la ley.
Las autoridades civiles y eclesiásticas andaluzas siguieron tolerando este estado de cosas, en parte porque no veían otra alternativa, V en parte porque estaban en tan malas relaciones los unos con los otros que cualquier acción conjunta era imposible. En efecto, con el transcurso de los años, se había producido en Andalucía un nuevo equilibrio de poder que favorecía considerablemente a los moriscos. Durante los primeros años del siglo XVI existió una lucha encarnizada en torno a cuestiones de jurisdicción entre la audiencia de Granada y la Capitanía General. La Capitanía General se había convertido, de hecho, en un cargo hereditario dentro de una rama de la familia de los Mendoza y había sido ocupada sucesivamente por el primer, el segundo y el tercer marqués de Mondéjar. Los Mondéjar, en su lucha por conservar su posición, habían establecido unas relaciones especiales con los moriscos, que hallaron en ellos a sus más eficaces protectores frente a la Iglesia, la audiencia y la Inquisición. Por consiguiente la situación de los moriscos había llegado a depender estrechamente de la habilidad de los Mondéjar para mantenerse en su puesto frente a un ejército de enemigos cada vez más formidable.
Durante los años de 1540 a 1560 se vio cada vez más claramente que la posición de los Mondéjar estaba siendo minada. Don Iñigo López de Mendoza, cuarto conde de Tendilla, que había ocupado la Capitanía General en 1543, al ser nombrado su padre virrey de Navarra, se vio acosado por sus enemigos, tanto en Andalucía como en la Corte. Tenía en ésta a un aliado influyente en la persona del secretario Juan Vázquez de Molina, que le informaba de las intrigas de sus enemigos, y consiguió un nuevo apoyo al ser nombrado su padre, en 1546, presidente del Consejo de Indias. Pero a pesar de esto, sus enemigos consiguieron ir reduciendo gradualmente su poder en la Corte mediante el apoyo a la posición del segundo marqués de los Vélez, jefe de la casa rival de los Fajardo.
Durante la década 1550-1560, por lo tanto, el declinar de la situación de Tendilla en la Corte dejó a los moriscos en una posición cada vez más comprometida, mientras que, al mismo tiempo, toda la maquinaria administrativa granadina estaba tan paralizada por las disputas y rencillas entre partidarios y enemigos de Tendilla, que corría el peligro inminente de quedar completamente muerta. Pero la más lamentable de todas las características de este colapso de! Gobierno era que llegaba en un momento en que los moriscos tropezaban con dificultades cada vez más graves, tanto económicas como religiosas.
La economía morisca estaba basada en la industria de la seda. Ésta se vio duramente perjudicada, primero, por una prohibición de la exportación de tejidos de seda en el curso de los años cincuenta, y más tarde, por drásticos aumentos de los impuestos sobre la seda granadina, después de 1561. El declinar de la industria sedera ocurrió en un momento en que una comisión del reino investigaba a fondo en torno a los títulos de propiedad de la tierra y recuperaba los bienes de la Corona y en que la Inquisición de Granada desplegaba una actividad cada vez mayor. Establecido en Granada en 1526, el Santo Oficio se había visto parcialmente obstaculizado por los Capitanes
Generales, que temían que el despojo de los moriscos por la Inquisición les impidiera pagar los impuestos que eran empleados a su vez para pagar a las tropas. Pero durante la década 1550-1560, a medida que el poder del Capitán General fue debilitándose y las negociaciones entre los moriscos y el Santo Oficio para la concesión de una amnistía general se interrumpieron definitivamente, la Inquisición intensificó sus actividades y al “reconciliar” los sospechosos confiscó una cantidad cada vez mayor de propiedades moriscas.
Los desgraciados moriscos se hallaron enfrentados con la Inquisición y también con la Iglesia andaluza. Desde los tiempos del Arzobispo Talavera, el clero granadino, abandonado a su iniciativa propia por culpa del absentismo episcopal y de las vacantes que se produjeron en la sede, sólo había sabido enajenarse al pueblo que debía haber convertido. Negligente en sus deberes e intolerante a la vez en su actitud, constituía el mayor obstáculo para la cristianización de los moros. Sólo en 1546 Granada encontró en Pedro Guerrero un nuevo arzobispo que comprendió que era imposible ganarse a los moriscos sin haber procedido antes a una reforma del clero. A su vuelta en 1564 del Concilio de Trento, preparó un plan para la introducción en su diócesis de las reformas tridentinas, y en 1565 convocó un sínodo provincial para examinar sus proposiciones. Pero, tal como podía esperarse, la reacción del sínodo fue muy tibia y sólo fueron inmediatamente aceptadas las sugerencias de Guerrero en pro de una política más eficaz para con los moriscos. Aunque —y Guerrero era el primero en comprenderlo— cualquier intento de cambiar el modo de vida de los moriscos sin cambiar antes la actitud del clero estaba destinado a fracasar por completo, las peticiones de reforma de las costumbres moriscas fueron debidamente sancionadas por un decreto que fue redactado el 17 de noviembre de 1566 y hecho público el 1 de enero del año siguiente.
El decreto de 1566-67, que era el preludio inmediato del levantamiento de las Alpujarras, no era en realidad un documento que aportase alguna novedad. Tendía en general a resumir decretos anteriores que nunca habían tenido fuerza de ley: la prohibición del uso de la lengua árabe, la obligación para los moriscos de vestir al estilo castellano y abandonar sus costumbres tradicionales. Esta vez sin embargo, existía el peligro real de que el decreto fuese puesto en vigor, y los moriscos enviaron una delegación a Madrid para tratar de su abrogación. Su petición tenía el apoyo del conde de Tendilla, quien advirtió que la puesta en vigor del decreto tendría resultados funestos. Pero sus advertencias fueron desoídas y el jurista Pedro de Deza fue nombrado presidente de la audiencia de Granada para que se encargara del cumplimiento del decreto. Las consecuencias fueron exactamente las que Tendilla había previsto. Los intentos de hacer cumplir el decreto fueron la causa inmediata de la revuelta.
¿Por qué se publicó y puso en vigor el decreto? Tres hombres estaban especialmente interesados: el Cardenal Espinosa, presidente del Consejo de Castilla, su hombre de confianza, Pedro de Deza, y el propio Rey. Desde el punto de vista de Deza, existían ventajas evidentes en la publicación del decreto, pues éste aumentaría la autoridad de la audiencia de Granada a expensas del Capitán General. Esto era algo que él tenía por fuerza que ver con buenos ojos, tanto por razones profesionales como personales. En su calidad de presidente de la Audiencia, era el continuador de la tradicional vendetta del tribunal contra los Capitales Generales. Además, existía una abierta rivalidad familiar entre los Deza y los Mendoza, rivalidad que se remontaba a la época en que un antepasado de Pedro de Deza había apoyado a Juana la Beltraneja en las guerras civiles del siglo XV. Deza no podía dejar de observar que un pequeño trastorno en Granada redundaría en el descrédito del conde de Tendilla, cuya actitud indulgente para con los moriscos era de sobras
conocida.
El Cardenal Espinosa, en su calidad de presidente del Consejo de Castilla, tenía poderosas razones para sentirse profundamente preocupado por las perspectivas de colapso administrativo en Granada. Desconfiaba del conde de Tendilla, en parte, sin duda alguna, debido a que la actitud complaciente de éste para con los moriscos chocaba con su ideas rigurosamente ortodoxas. Y durante algún tiempo había tenido la precaución de colocar a sus propios hombres en la administración granadina en lugar de los designados por el marqués de Mondéjar, su antecesor en la presidencia del Consejo y padre del conde de Tendilla. El problema era, a sus ojos, religioso y administrativo a la vez, y la destitución de Tendilla y la subordinación de la Capitanía General a la audiencia le parecía el mejor modo de resolverlo. Consiguió con toda probabilidad convencer de sus puntos de vista al rey, sobre quien tenía una gran influencia en aquella época. El rey se veía también impulsado por consideraciones de seguridad política y militar. La existencia de numerosos bandoleros en las Alpujarras, la frecuencia de las razzias de los corsarios y, sobre todo, la amenaza creciente de la flota turca en el Mediterráneo occidental, hacían a Granada particularmente vulnerable. Existían buenas razones para temer un levantamiento de los moriscos en combinación con un ataque turco. En efecto, tres espías moriscos, detenidos en 1565, habían revelado la existencia de un complot para apoderarse de la costa granadina en el caso de que los turcos tuviesen éxito en el asedio de Malta. Si no se conseguía dominar la situación, Granada podía convertirse fácilmente en un nuevo campo de batalla en la guerra contra el Turco, la Reconquista resultaría inútil y el conflicto se extendería al corazón de Castilla.
Visto desde la perspectiva actual, no parece que la publicación del decreto fuese el mejor medio de evitar estos desastres, pero el sombrío cuadro que se dibujaba en la mente de Felipe II —el Islam triunfante clavando una vez más la media luna en suelo español— no era en modo alguno, en las circunstancias de 1565 y 1566, una fantasía imposible. El peligro parecía muy real y el estallido efectivo de la revuelta en 1568 (aunque fue una sorpresa por cuanto Felipe II creía que había conseguido evitar el desorden) no hizo más que confirmar sus presentimientos. En realidad fue mucho más afortunado de lo que él esperaba, pues los turcos fracasaron inexplicablemente en la empresa de explotar la rebelión de Granada. Pero una vez iniciado, el levantamiento resultó muy difícil de sofocar y aún lo hubiera sido más si los moriscos hubieran conseguido coordinar sus planes y apoderarse de la ciudad de Granada. Todo esto podía haber ocurrido difícilmente en un momento menos favorable para Felipe II. La población de Andalucía y Castilla había quedado muy reducida por las levas para el ejército del duque de Alba y se tuvo que traer reclutas desde Cataluña. Además, el terreno no era favorable a una acción rápida. El conde de Tendilla, tercer marqués de Mondéjar desde la muerte de su padre en 1566, conocía bien la región y consiguió algunos éxitos brillantes durante los primeros meses de la guerra. Pero, como tantas veces ocurrió, la suspicacia instintiva de Felipe II hacia el general victorioso no pudo ser reprimida por más tiempo. Mondéjar recibió primero la orden de compartir su mando con su rival, el marqués de los Vélez y más tarde de ponerlo en manos del hermanastro del rey, Don Juan de Austria. Las intrigas de los enemigos de Mondéjar, que tanta parte habían tenido en los orígenes de la rebelión, contribuyeron también, por lo tanto, al retraso y a los altos gastos que originó la represión, y hasta el otoño de 1570 no se sofocó definitivamente el levantamiento.
La revuelta había terminado, pero el problema seguía en pie. Felipe II decidió resolverlo de un modo que era lógico, pero drástico. Como resultaba evidentemente muy peligroso dejar a una
L
población derrotada y descontenta densamente concentrada en una sola región de la península, ordenó la dispersión de los moriscos granadinos por toda Castilla. Un número considerable de moriscos discurrieron, en realidad, los medios para permanecer en Andalucía —se calcula que entre 60.000 y 150.000—, pero una cantidad mucho mayor fue dispersada por las ciudades y pueblos de Castilla, mientras que se trajeron 50.000 colonos de Galicia, Asturias y León para llenar el vacío que los otros habían dejado con su partida. De este modo, la antigua amenaza granadina fue finalmente alejada, pero sólo a costa de crear un nuevo, e incluso más complejo, problema morisco para las generaciones posteriores.