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Chapter 4 Experimental evaluation of the effectiveness of using Interactive

4.2 Community ecology

Desde el establecimiento de las potencias coloniales en diferentes puertos costeros y la ocupación del Transvaal por los boers huyendo del dominio inglés establecido más al sur y dominando el Natal, Swaziland y Zululand, los pueblos que ocupaban la zona sur del actual Mozambique aprovecharon el comercio intercambiando, entre otras cosas, pieles y marfil por cuentas y armas de fuego, de lo cual los jefes locales recibían un tributo. Con lo que los productos de origen europeo se fueron introduciendo poco a poco en la vida cotidiana local antes del reclamo de mano de obra desde el sur.

Aunque el hecho de ir a las plantaciones y minas sudafricanas fue una práctica generalizada antes del dominio territorial portugués y de la imposición de impuestos y normas por parte del gobierno colonial, se puede decir que según fue aumentando este dominio las migraciones fueron cobrando mayor importancia en número e incluso pudieron influir en la decisión de dominar el territorio y controlar ese flujo que ya venían aprovechando a través de convenios en sus puertos. Así mismo, según se iban generalizando los viajes para trabajar en plantaciones y minas, Portugal pudo crear un mercado para sus

productos que, como el vino, se extendieron por todo el territorio antes de que se produjese el propio dominio militar (Según Covane 2001: 93, en 1891entre 40 y 50 mil botellas de alcohol eran importadas por el Imperio de Gaza anualmente).

La destrucción deliberada de la economía y el orden social tradicional se convierten en una prioridad para fomentar la migración paralelamente al consumo de producción externa abastecida por la colonia. Como hemos visto, con el establecimiento del dominio y orden colonial se pasa a un dominio de la producción local imponiendo incluso el trabajo y las culturas obligatorias que generalmente no ofrecían un rendimiento suficiente para cubrir las necesidades y los impuestos, manteniendo una baja subsistencia que garantizara la supervivencia para poder ejercer tal explotación.

No me extenderé más en estas explicaciones ya que han sido detalladas anteriormente, pero con esto quiero resaltar que las condiciones económicas establecidas en ciertos periodos de la colonización, más que promocionar, forzaban a la población a tomar la decisión de buscar alternativas en las mayores ganancias que garantizaba la llamada al trabajo de otras regiones y el regreso exitoso de muchos conterráneos.

Además de esta situación, Rita Ferreira (1963: 25- 31) destaca el papel que juegan las condiciones climatologías adversas, la escasez de caza y las plagas como determinantes para que los campesinos buscaran la estabilidad que les daba la libra, sobre todo en los primeros momentos de la dominación colonial. Desde otra perspectiva, esta inestabilidad que de hecho se produjo, se puede considerar en parte como efecto de la reducción de la mano de obra en la subsistencia y la consecuente vulnerabilidad de las explotaciones por la disminución de las alternativas y estrategias de producción agropecuaria.

No cabe duda que, en los comienzos de la migración masculina masiva hacia las explotaciones boers e inglesas, se dieron una serie de condicionantes políticos (no olvidemos la conquista militar y la huída hacia el sur de muchas familias y combatientes además de los tratados coloniales y el fomento posterior) y económicos que las favorecieron integrando masivamente a la población masculina local en el trabajo asalariado. Desde un primer momento las diferencias laborales y salariales entre el trabajo en las plantaciones y, sobre todo, en las minas sudafricanas con respecto a las explotaciones portuguesas daban un balance netamente a favor de las primeras opciones, algo que se ha mantenido a lo largo de los diferentes periodos coloniales y tras la independencia a pesar de los intentos puntuales de promocionar el trabajo local y la permanencia en el territorio nacional. La clave parece haber sido el abandono por parte de los hombres de la economía de subsistencia para su inclusión en el mercado de trabajo por cuenta ajena. A este respecto ya hemos explicado que los determinantes principales parecen ser la creación de necesidades (incluidos impuestos y nuevos productos), la coerción hacia el trabajo asalariado (el chibalo y el trabajo en cooperativas tras la independencia que, en ocasiones, era equiparado al mismo –ver: Yáñez Casal 1996: 193-) y la estabilidad que confiere frente a las fluctuaciones de la economía rural.

Sin embargo, a pesar de que estos determinantes son comunes a todo el sur del país (hasta el río Save), la migración no afecta por igual a las diferentes zonas, regiones y etnias. Rita Ferreira introduce como una razón principal de la emigración masculina entre los tsonga la práctica desocupación de los hombres la mayor parte del año debida a que la participación en la desbravación de los campos no es necesaria por sus características de poca densidad y árboles de tamaño mediano, y a que sus principales actividades se complicaron tras el agotamiento de los recursos tras la intensificación de la caza y la diezma del ganado por epidemias -nuevamente lo podemos ver como causa y efecto de la migración por el establecimiento de los pagos, el intercambio y el ahorro con la moneda y otros bienes que lo sustituyeron dejando de lado la cría en muchos hogares-. En este sentido los distingue de los bitongas de los que destaca su economía basada en la pesca y el comercio, y de los chopes con especial dedicación a la agricultura en una región con predominancia de grandes árboles y suelos arenosos.

Hoy en día esta distinción sigue siendo aplicable y el rechazo de la actividad agrícola de subsistencia por parte de los hombres jóvenes tsonga es general a pesar de que la acepten en ocasiones como actividad remunerada como vimos en el capítulo sobre producción. Y, aunque esta distinción no modifique sensiblemente las cifras de migrantes en unas regiones frente a otras, sí que ha supuesto un factor más en la forma de migrar de las diferentes comunidades. Debido a la participación en las labores agrícolas y en la pesca y el comercio, los jóvenes de ciertas regiones parecen demorar la salida hacia Sudáfrica así como hacen algunos que aprenden artesanía, ciertos oficios (hacer esteras, carpintería, mecánica) o se emplean en actividades como la construcción que les permiten llevar un pequeño salario a casa mientras

están estudiando o hasta que deciden cambiar de vida. Sin embargo, estas actividades no suelen constituir una salida definitiva, no mientras antes no hayan viajado a Sudáfrica, viaje que suele venir marcado por la necesidad de la construcción del hogar y el pago del lobolo: obligaciones comunes a todas las etnias al sur del Save y que hoy requieren una cantidad de dinero prácticamente inalcanzable si no es mediante la migración.

A pesar de que el paso por Sudáfrica es prácticamente obligatorio por estas razones y por otras de índole social que veremos más adelante, el periodo de estancia allí también se verá influido por la procedencia que marcará las alternativas al mismo. De manera general podemos ver en regiones donde está la alternativa de la pesca, el empleo masculino en la agricultura, el comercio u otras actividades, el exilio parece comprender periodos más cortos y determinados por la consecución de un fin o inversión concreta que permita desarrollar el futuro en el lugar de origen. Sin embargo en otras regiones, especialmente en el interior, se entiende mayoritariamente como una forma de ganarse la vida permanente hasta la jubilación. Aunque no debemos olvidar que esto sólo son tendencias y que hay lugares que potencialmente tienen recursos que podrían explotarse y que son desdeñados por razones culturales (división tradicional del trabajo), por mitos o por el prestigio del trabajo en Sudáfrica y su comparación frente al local, como ocurre respectivamente con la agricultura entre los tsonga, la descalificación de la calidad del pescado de Massingir o la baja rentabilidad del trabajo en Maputo.

Todas estas circunstancias hacen que las opciones se vean de manera relativa, menospreciando la producción local y siempre combinadas con el viaje a Sudáfrica a pesar de la mayor o menor centralidad que tengan en la vida de los grupos e individuos concretos, quedando así justificado económicamente el desplazamiento.

A este respecto no he encontrado diferencias notables entre zonas de hábitat disperso frente a otras en las que los hogares se hayan concentrados en aldeas, si bien es cierto que el agrupamiento hace pensar que entran más en juego el prestigio, el fomento de necesidades y la competición entre diferentes parentelas, lo que provoca la demanda de más productos y perpetúa tanto el envío del máximo de efectivos a la migración como la duración de la misma. Confirmando esto he encontrado lugares como Inhamussa (Inhambane) en que la producción del hábitat disperso y la comercialización de dicha producción en el mercado de Maxixe son la base productiva, y la emigración en dicha zona es bastante menor que la que se produce en el propio Maxixe y en muchos otros lugares. Siguiendo este razonamiento tenemos el ejemplo de Zongoene, una aldea de Gaza donde la migración es masiva y duradera a pesar de la alternativa de la abundante pesca (desembocadura del Limpopo) y el reciente turismo en la zona. Sin embargo aunque el hábitat disperso y las alternativas parecen afectar en estos casos al volumen de población migrante y a la duración de la misma, encontramos el caso contrario en otras zonas lo que nos lleva a centrar más la atención en otros factores culturales y de la tradición migratoria local (promovida desigualmente en diferentes zonas).

En este sentido el acceso a las vías de comunicación puede jugar un papel dispar: desde la facilitación de la migración mediante agencias y redes sociales, a la información, destrucción de mitos y contemplación de alternativas.

A esto tenemos que sumar la necesidad de inversión para crear ciertas alternativas que están al alcance de determinadas familias y que muchos de mis informantes atribuyeron a esta falta de inversión la incapacidad de explotación de las mismas, transformándose así de alternativas a ser la principal motivación para ir a Sudáfrica para, a su vuelta, montar una tienda donde poder vender sus productos, invertir en semillas y máquinas para su regadío, comprar maquinaria para un taller o para elaborar materiales de construcción… Sin embargo son pocos los que logran cumplir estas expectativas y, mismo así, no suelen crear un lucro suficiente para apartar a los hermanos pequeños o a la siguiente generación de la idea de migrar a través de una fuente de empleo a largo plazo que compita con las condiciones laborales de la industria sudafricana.

“En Mozambique hay recursos pero no hay dinero para invertir. El minero tampoco puede invertir, no consigue traer tanto” (16)

Y es que la realidad al regreso es muy diferente y el dinero ahorrado se va fácilmente cubriendo las necesidades básicas y los compromisos en el origen. Tras largos años de trabajo son inversiones que apenas llegan para cubrir los primeros años de jubilación hasta que un nuevo miembro tome el relevo para abastecer la familia.

Un fenómeno que pude comprobar es que en ocasiones la percepción del lugar es determinante a la hora de encontrar alternativas. A lo largo de mis entrevistas en diferentes lugares concluí que la determinación y disposición a encontrar trabajo para ganarse la vida es fundamental, por encima incluso de las opciones de empleo: una persona motivada es creativa y cuando no ve opciones las busca. En este sentido encontré testimonios como el de este joven de Ressano García:

“No hay trabajo. Las personas de fuera consiguen ver trabajo aquí, consiguen trabajar aquí… muchos de los que trabajan aquí no son de aquí”. (25)

Esta motivación del emigrante lleva a ver opciones donde otros no las ven o donde ellos mismos no las verían bajo otras circunstancias, y es que el mero hecho de pertenecer al lugar te crea unos vínculos que pueden favorecer tu inclusión en el mercado laboral o apartarte del mismo por los prejuicios, la incomodidad o el hecho de no necesitar arriesgar para salir adelante por disponer de otros recursos. Estos mismos jóvenes, al salir de su lugar de origen y de su núcleo social, establecen nuevas redes y tienen una predisposición centrada en las actividades que motivan su viaje (como veremos más adelante esto no sólo ocurre en poblaciones mozambiqueñas sino que, al llegar a Sudáfrica, ocurre lo mismo cuando esta disposición les lleva a integrarse en redes que encuentran trabajo ante la desesperación de los desempleados locales), el emigrante pone su visión más allá de su mirada. Así que tenemos que valorar tanto las causas económicas objetivas como subjetivas, teniendo en cuenta que las interacciones necesarias para acceder al empleo se construyen a partir de una predisposición y un riesgo que aumenta las diferencias entre origen y destino.

Una paradoja que se produce al respecto es que las principales zonas de emisión de migrantes son, al mismo tiempo, las zonas en las que mayor empleo hay. Esto se debe a que los emigrantes se van buscando empleo, pero crean empleo en su lugar de origen ya que tienen que cubrir las necesidades que ellos mismos no pueden solventar por encontrarse lejos o por volver un corto periodo de tiempo que prefieren aprovechar para descansar y estar con los suyos. Además traen divisas y un nivel de vida en que predomina el consumo y, a menudo, las apariencias frente al autoabastecimiento. Así, como ya hemos podido ver que se viene produciendo a lo largo de la historia, la migración trae consigo trabajos indirectos como albañiles, carpinteros, se abren bares, tiendas de venta y reparación de diferentes objetos, talleres mecánicos, materiales de construcción, venta de carne y pescado, etc. Muchos productos como el pan, el aceite o el azúcar son consumidos con mayor frecuencia con el dinero traído de Sudáfrica, sin citar la celebración de ceremonias como veremos en el apéndice. En general se puede decir que hay toda una economía alrededor del fenómeno migratorio que genera empleos en los servicios reclamados por los migrantes. Sin embargo, como decía anteriormente, es paradójico que sean estas zonas en las que las alternativas parecen mayores, las que a su vez envíen mayor cantidad de jóvenes al exilio. Tal vez la percepción de las necesidades básicas sea más exigente en aquellos lugares de concentración de emigrantes en que las apariencias llevan a una competición feroz como ocurre en lugares como Chokwé, Chicumbane o Massinga en que no sólo se vive intensamente el sueño sudafricano sino que además se justifica casi cualquier cosa si se consigue alcanzarlo, alterando incluso los valores del orden social. En los últimos años la experiencia migratoria no suele trascender mucho en la producción familiar y, en estas zonas aún menos ya que las alternativas presentes suelen favorecer que los miembros de la familia que se quedan puedan proporcionar esas necesidades básicas de sustento que el migrante no siempre logra cumplir. Así lo relataba la mujer de un emigrante de Chokwé que entrevisté mientras vendía bebidas en su casa:

“…Tengo otro negocio en el mercado, tengo un lugar donde vendo ropa en el mercado. Hoy en día no hay que esperar al hombre para que te ayude a comer, a vestir, a sustentar a la familia…” (10)

Sin embargo la migración persiste y el hombre es posicionado como la carta que juega la familia al azar mientras la mujer se entiende que debe permanecer al cuidado de la prole y trabajando en tareas que garanticen la subsistencia. Así se fomentó en el tiempo colonial y así perdura hasta hoy, siendo el migrante la persona con capacidad de traer un cambio significativo a sus vidas más allá de la supervivencia y, de hecho, así ocurre hasta hoy en ciertos casos. Cualquier cosa que se salga de lo estrictamente necesario

así como necesidades como la educación, la ropa y el calzado, el consumo de ciertos productos, el tipo de vivienda y el cumplimiento de las obligaciones familiares y sociales, dependen del éxito de esta empresa que puede llegar a garantizar bienes de prestigio como aparatos tecnológicos, coches o dinero con el que invertir y dar prestigio a la familia pero en muchas ocasiones no introduce cambios sustanciales y apenas llegan a compensar la pérdida productiva de su ausencia. Sin embargo el posible éxito del viaje abre la posibilidad de salir de una situación de pobreza y vulnerabilidad a través del sacrificio del trabajo local masculino que se ha convertido en prescindible y escaso debido a la adaptación de la producción a su ausencia.

“Fui para allá porque ya no tenía nada aquí. Trabajé en Sudáfrica y después construí una casa con los beneficios de ese trabajo que conseguí en Sudáfrica.

Volví estando aquí esa cuestión de la cucaracha (plaga), para buscarme la vida, intentar establecerme para hacer vida aquí… Y regresé a trabajar en las minas.” (11)

Este sentimiento de inutilidad en la aldea, la sensación de falta de alternativas y sentir que no se aporta nada al hogar siendo visto como alguien extraño en la comunidad, hace que el hombre no vea más opción que emigrar para sentirse útil, integrado y reconocido dentro del grupo, por lo que, a pesar de las circunstancias adversas, decide aventurarse por ser la manera en que contribuyeron al hogar sus ancestros ayudando a desarrollar su familia:

“Crecimos hasta tener esta edad sabiendo que nuestros padres trabajaron allí. Y también sabemos que, por ejemplo, las ropas que la gente vestimos, estas ropas que vestimos todos, las encontramos allí… Volvimos a sentir como si estuviéramos de nuevo en aquella guerra que teníamos aquí en la que teníamos que andar siempre arrastrándonos…” (41)

Estas son palabras de un grupo de mozambiqueños que huyeron de los episodios violentos de 2008 (que veremos en detalle más adelante) y que, tras esta entrevista, volvieron a intentar colarse en Sudáfrica para continuar sus actividades.

En general he estado hablando de núcleos familiares o futuros núcleos familiares en que el padre emigra ya que la respuesta mayoritaria a lo que esperan alcanzar con su viaje es un trabajo que les permita regresar con dinero para casarse y construir una casa.

Sin embargo, como hemos visto en el capítulo de parentesco, hay otras relaciones de responsabilidad como la que tienen los hermanos mayores con respecto a los pequeños, y también es común entre los migrantes que refieran como causa principal de su viaje la necesidad de ocuparse de sus hermanos pequeños, comprarles zapatos o pagarles la escuela, aunque éste no sea el único motivo sino el más justificable socialmente:

“Yo estaba viendo que ya mi padre no compraba nada para mí, como yo ya ni trabajo ni hago… él no compraba nada para mí. Hasta que vi que así no podía estar. Abandoné la escuela y fui a ver lo que podía hacer por mis hermanos.

Compré material escolar para ellos, ya sabes lo que es: zapatos, no zapatos… me refiero a ropa para vestir. Eso es lo que hice por mis hermanos” (18)

Estas situaciones son más comunes cuando los hijos crecen mientras el padre ya se ha jubilado, está impedido para emigrar o está muerto o desaparecido. En ocasiones, por diversas circunstancias, jóvenes de corta edad deben adquirir una enorme responsabilidad, no sólo sobre sus hermanos, sino sobre toda la familia, ya que la posibilidad de trabajar en Sudáfrica supone un reconocimiento y el sacrificio de ayudar a toda la familia desde esa mejor posición: