Chapter 2 Literature Review
2.10 Computer-based simulation in higher education
En algunas ocasiones el migrante sufre, en la distancia, presión o censura familiar y, cuando estas presiones se repiten, se radicalizan o van unidas a cualquier problema puntual, enfermedad o incapacidad, es común la acusación de hechicería hacia aquellos que representan el orden que somete sus decisiones, que le coartan o le critican. Generalmente es el padre la figura más representativa de este orden y, junto con el hijo, los que sufren las consecuencias (enfrentamientos, parricidios…).
Y es que frecuentemente, la familia presiona al emigrante marcando los valores de una vida correcta y las normas que debe seguir intentando perpetuar el status quo:
“Las ideas de contaminación en la vida de la sociedad actúan en dos niveles, uno ampliamente instrumental, otro expresivo.” (Douglas 1991: XXIX)
Mediante el manejo de términos relacionados con la contaminación y la pureza los individuos o grupos con poder pueden manipular conductas en beneficio propio, legitimando sus pretensiones y estableciendo unas reglas para el sometimiento del grupo a su voluntad. Este es uno de los medios para acusar a los desobedientes de las desgracias familiares y obligarles a la sumisión. La magia y la contaminación esconden una función social reguladora que lleva a los individuos a cumplir con las normas bajo la amenaza de sufrimiento.
Las creencias aparecen así con una funcionalidad que excede la propia de respuesta metafísica o existencial. Encontraríamos así en lo irracional la estrategia de supervivencia y las normas de conducta fundamentadas en la cohesión y en la garantía de igualdad.
“Desde esta perspectiva, la hechicería aparece menos como un retroceso a tradiciones pasadas y más como un mecanismo de regulación social que trae tanto beneficios materiales como cohesión comunal a la localidad” (Chabal & Daloz 1999: 76)
Al mismo tiempo, estas normas que buscan la adaptabilidad y supervivencia del grupo, van adaptándose a las situaciones novedosas. Las reglas se vinculan a una autoridad por las que quedan legitimadas, y la innovación se materializa con el enfrentamiento con dicha autoridad que, en esa lucha, se va adaptando a las demandas de las nuevas condiciones. Entre los jóvenes migrantes de los últimos años vemos un creciente cambio de valores, materializado en la negativa a cumplir esas reglas y el enfrentamiento indirecto a la autoridad. La amenaza de la hechicería y de decepcionar a los espíritus ayuda a mantener unas categorías y normas que perpetúan la responsabilidad y el tipo de relaciones sociales. Sin embargo, la migración y las consecuencias de la misma aportan otros valores y, ya sea por la gran diferencia o por la rapidez con que se imponen, a veces son incompatibles con la capacidad de adaptación de la tradición y empieza a haber jóvenes que deciden obrar de otra manera desvinculándose así de los valores tradicionales y enfrentando dicho poder llegando incluso a la ruptura con el lugar de origen.
En estos casos encontramos nuevas estrategias migratorias en aquellos que deciden desvincularse de todas las reglas y buscan la libertad a través de la aventura personal en vez de apoyarse en las redes familiares de apoyo usadas durante mucho tiempo y que perpetúan las relaciones de poder en el exilio y las vinculan al origen controlador. La emigración sigue hoy una tendencia progresiva hacia el individualismo y la libertad, como demuestra la composición de las redes de migración y establecimiento en el exilio (formadas, cada vez más, por iguales y amigos que por familiares) y por el deseo de invertir en proyectos personales y vivir en lugares diferentes de los de procedencia, aunque siempre en Mozambique y aún con un gran apego y contacto con el lugar de origen. Sin embargo, el arraigo, la amenaza de abandono de los espíritus y el poder de los hechizos constituyen razones de peso que perpetúan, para la mayoría, el orden establecido.
“La tensión entre las élites y las comunidades rurales de donde vienen, es un suelo fértil para la hechicería. En estos casos se puede ver que la hechicería puede actuar como una fuerza para prevenir diferencias económicas excesivas y para promover la redistribución en las comunidades.” (Chabal &
Daloz 1999: 75).
Esta regulación social es efectiva en detrimento de la libertad del migrante, concentrándose en él ese conflicto que, en los últimos años, va produciendo casos de jóvenes que escogen una vida independiente y, en general, está empezando a provocar la separación progresiva más que la cohesión, sobre todo en jóvenes que van creciendo con otros valores en pueblos fronterizos o con acceso a medios de comunicación y otros bienes de consumo, y que ven la presión de sus mayores como algo asfixiante. Estos nuevos valores instaurados a partir de la influencia de la sociedad de consumo se suman a la reflexión sobre el hecho de que la envidia, el odio y otros sentimientos más humanos sean equiparados en muchos casos a los hechizos y, en otras, entendidos como la principal causa de los mismos (ver: West 2009: 37). Podría significar que la acumulación y la falta de solidaridad es la mayor causa de tales hechizos, basando la crítica de las víctimas en que quizá no hicieron lo suficiente por evitarla al alardear y presumir en lugar de redistribuir sus ganancias, y la crítica de los agresores en esos sentimientos de odio y envidia que proyectan sobre la persona exitosa.
Y es que, gran parte de la motivación y presión social para ir a Sudáfrica, así como el destino de gran parte de la producción allí obtenida, tiene como objetivo la inversión directa o indirecta en el linaje y la comunidad, partiendo del hecho que el éxito de volver triunfante es ya una exaltación familiar en sí misma y que es en el grupo linajero-familiar en el que se reparten la mayoría de las ganancias obtenidas en el exilio por regalos, remesas y ceremonias. Pero además, generalmente, es la propia familia que permanece en el origen la acusada de hechizar al emigrante para que trabaje pensando en ellos y les ceda el fruto de su trabajo. Como hemos visto, podría subyacer a ello un cambio de mentalidad en la que el emigrante pasa a ver un modelo de vida diferente en la gran ciudad, más individualista y libre. Pero por otro lado siente la presión de la familia y ve que el fruto de tanto trabajo es derrochado en pocos días y redistribuido entre personas que no alcanzan a entender la dificultad de ganarlo provocando una situación que sólo perpetúa la necesidad de continuar emigrando y prorrogando indefinidamente los proyectos personales. Esta presión familiar unida a mala suerte ocasional, enfermedad u otras dificultades, hace que los familiares del origen, especialmente aquellos que detentan el poder, sean acusados de hechiceros
al relacionarlos con estas desgracias y, quizá, con la propia culpabilidad por los pensamientos diferentes a la tradición.
Estas figuras de autoridad del origen, en ocasiones, también sirven de chivos expiatorios que cargan con la culpa de las consecuencias negativas de la lejanía o la falta de comunicación y entendimiento. Sobre ellos se proyecta la responsabilidad de ciertos males, a veces eludiendo culpabilizar a otra persona, que se considera más débil, más partícipe en su día a día o de vinculación más relevante, y así, a través del hechizo se convierte a la persona que ha materializado una mala acción en la víctima que ha sido hechizada por otra más poderosa evitando un coste social mayor para el individuo (por ejemplo es mejor acusar a tu suegro o al curandero que a tu mujer).
Pero estos casos de magia a veces degeneran en obsesión y violencia extrema, siendo trágicamente comunes las noticias de jóvenes que vuelven de Sudáfrica (a veces exclusivamente para ello) y matan a estas figuras de autoridad. Las víctimas más comunes en estos casos extremos suelen ser el propio padre del migrante y el curandero.
En otras ocasiones generan un temor al regreso y a enfrentar allí resentimientos, cumplir expectativas y exponerse a los celos que pueden materializarse en hechicería. La ruralidad se ve de esta manera ligada a ese oscurantismo que el individuo exiliado vive en muchos casos como algo amenazante para él y para sus proyectos vitales. Por eso, autores como Ferguson (1999: 118) han relacionado este hecho no sólo con las tensiones dentro de la estructura social de la aldea, sino con la propia forma en que se concibe el capitalismo moderno.