Chapter 2 Literature Review
2.12 Computer-based Simulation in Teaching Ecology
Bien se puede decir que la biomedicina, así como otras novedades del mundo occidental, fue introducida en las zonas rurales del sur de Mozambique a través de la migración en el tiempo colonial en el que los nativos tenían restringido el acceso a las ciudades y estos bienes y el contacto con el mundo occidental estaba fuertemente jerarquizado y limitado prácticamente a funciones laborales y fiscales. En esta situación llegaron los primeros medicamentos científicos a la población rural que, hasta hoy en día,
suelen estar rodeados del prestigio que envuelve todo lo traído de la ciudad o de Sudáfrica siendo mitificados y extendiendo su uso sin que, en muchos de los casos, se tenga una información exhaustiva de sus aplicaciones. A esto se le junta el choque de los diferentes conceptos de enfermedad que a veces lleva a la arbitrariedad de su uso, y la confusión que puedan ocasionar las diferencias en las nomenclaturas de las enfermedades y el desconocimiento de los procesos biológicos relacionados con las diferentes curas.
Por otra parte, también ha sido el exilio el lugar que ha dado la oportunidad de formarse en el ámbito sanitario y en otros muchos a una población que ha encontrado en su trabajo las oportunidades educativas que no encontró en su infancia. Así, también tenemos el caso de aquellos que fueron formados como técnicos sanitarios en la exigencia u oportunidades formativas que les ofrecen en la mina o en otros trabajos legales, y que luego las aplicaron contribuyendo a su regreso a la salud de las poblaciones de las que son originarios. Así relata Luis Antonio Covane su experiencia creciendo en una aldea de fuerte migración a las minas:
“Casi todos los migrantes traían medicamentos de Sudáfrica, y con ello ayudaban a los vecinos en el tratamiento de heridas, fiebres y otras enfermedades comunes o enfermedades de fácil tratamiento. El conocimiento de medicamentos occidentales era fruto de los cursos de primeros auxilios a los que todos los mineros eran sometidos antes de iniciar las operaciones en el subsuelo.” (Covane 2001: 34)
De manera alternativa vemos cómo el emigrante busca en el exilio la medicina tradicional local para que les solucione sus problemas y, en esos especialistas encuentran a veces un nuevo enfoque, ya que en las grandes ciudades se juntan curanderos de toda África influidos por diferentes corrientes, entre ellas la
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propia medicina occidental.
Así, el Sistema de Atención Sanitaria se ve, desde que comenzó la migración, complementado por las aportaciones de aquellos que recurrieron o fueron formados dentro del sistema de salud sudafricano (entendido ampliamente), llevando su filosofía a su regreso a casa, bien por las prácticas de medicina tradicional que allí practican, por la formación y/o contacto con prácticas biomédicas o por los seguros sanitarios de aquellos mineros o empleados legales que lo disfrutan y que en muchas ocasiones les cubren sus bajas y jubilaciones tras su retorno a la aldea.
Otro determinante de los cambios que pueda introducir el migrante en su lugar de origen lo podemos encontrar en lo que ya anunciábamos en el punto anterior cuando hemos visto como la juventud da continuidad al culto tradicional que se va adaptando a las nuevas circunstancias, pero que recientemente hay una parte de los jóvenes que bebe de las tendencias urbanas y que desafía o intenta huir de su vinculación y rol tradicional. En esta desvinculación veíamos que suelen ir a otros lugares intentando vivir allí su vida independientemente de su origen (sólo visitando), con rechazo o miedo a las prácticas mágico-religiosas tradicionales y a sus rituales y hechizos, y encontrando una vida nueva marcada por las tendencias de la modernidad. Para estos jóvenes, así como para los jóvenes urbanos, la medicina tradicional sigue teniendo un fuerte significado y les mantiene vinculados a pesar de, en ocasiones, haber adoptado otro credo y filosofía de vida. Especialmente aquellos remedios preventivos y todo lo que se refiere a la fitoterapia continúa siendo reconocido e incorporado en su nueva vida. En su abandono de las condiciones que le esperaban al regreso huyen de lo que juzgan como la explotación de los jóvenes por parte de las figuras de poder: creen que se aprovechan de la manipulación de la tradición desde su posición dentro del linaje y que se tiende a justificar apelando a la voluntad de los espíritus y a la amenaza de su poder. Sin embargo eso no supone una renuncia plena de su origen, de la forma de vida ni de sus elementos explicativos.
La conjugación de circunstancias que, por un lado, les hacen creer en el poder curativo de sustancias naturales tradicionalmente usadas y, en mayor o menor medida, en una respuesta metafísica general; y, por otro, negar el sometimiento a una autoridad que representa las jerarquías y el inmovilismo; provoca una tendencia cada vez mayor a desvincular lo botánico de lo espiritual que, aunque no se trate de una distinción excluyente, sí separa la posesión y comunicación con los espíritus de los tratamientos médicos herbarios reproduciendo la división tradicional entre nhyangarume y nyamusoro. Dentro de esta distinción no encontramos concepciones del mundo diferentes, pero sí el uso diferencial entre los usuarios de una praxis médica tradicional que no se envuelve en ciertas ceremonias religioso-linajeras pero acepta el conocimiento botánico-curativo, y los que asumen y participan de todos esos ámbitos.
El éxito de nuevas iglesias ha podido influir en esto adaptando el culto tradicional y dando prioridad al poder de un Dios omnipotente que se encarga de milagros en la iglesia pero está al margen de la enfermedad cotidiana.
También la influencia occidental que separa la medicina de la religión siguiendo la división cartesiana de cuerpo y alma. Como veíamos anteriormente la accesibilidad de los remedios tradicionales influye para su uso, recurriéndose sólo en momentos críticos a los hospitales que, aparte de no formar parte de los hábitos y conceptos de salud de gran parte de la población, son pocos, saturados y con muy pocos medios. Estas circunstancias implican generalmente desplazamiento, espera y cuidados por parte de miembros de la familia que se tienen que pagar el desplazamiento y cuidarles ante la ausencia de personal. Por otra parte, la convivencia con otros enfermos que esperan diagnóstico durante días implica un riesgo de contagio y, en caso de muerte, tener que financiar el viaje de vuelta con el muerto (a aquellos, como muchos migrantes, que mueren lejos de su hogar, se les da a la familia 15 días para que vayan a por el cuerpo antes de enterrarlos y muchas veces no hay medios para llegar al lugar y trasladar el cuerpo). Aún así, hay un buen concepto de la biomedicina a pesar de sólo estar accesible en las ciudades y pueblos importantes. Sin embargo esta convivencia de medicina tradicional y científica no está exenta de polémica:
En primer lugar por la dificultad de convivencia de los profesionales de ambas disciplinas a pesar de los ejemplos de casos en los que ambas se han enriquecido, habiendo una jerarquía en función del contexto, un aprovechamiento no reconocido de los conocimientos y una discriminación desde la ciencia erigiéndose como saber auténtico (ver: Mohanty 2003: 512).
En segundo lugar la polémica viene por los diferentes conceptos de enfermedad y la confusión de compartir ciertas nomenclaturas.
Por último y como fruto de las dos circunstancias anteriores, los usuarios utilizan los medios alternativamente según su acceso y creencias, intentando acceder a lo que ellos creen que será mejor y probando consecutivamente las opciones a su alcance hasta poder solucionar sus problemas. Sin embargo, también se hacen eco de la polémica entre muchos practicantes de ambas medicinas y en la consulta de una niegan su recurso habitual o anterior al otro tipo de medicina. Bajo estas circunstancias se exponen al riesgo de que los tratamientos interactúen negativamente por desconocimiento de parte de la historia clínica, causando consecuencias negativas y, en ocasiones, agravando la situación del paciente en su patología o creando otra nueva. Con estas palabras me lo explicaba este enfermero de Macía:
“Vamos a explicar que este medicamento, si tomó medicamento tradicional, no debe mezclarlo: - Ah, no me tomé nada…”
“Tomó medicamento tradicional y se ahogó.
- ¿Quién tiene la culpa? Si muere ¿quién tiene la culpa?” (6)
2.522- La enfermedad
Como hemos visto anteriormente, hay una suposición generalizada de que el contagio y proliferación de ciertas enfermedades depende de la experiencia migratoria concreta, de la fortaleza física y la exposición al contagio. Por esto, hablar de migración y contagio sólo es posible especificando las condiciones socio- sanitarias, como se explica en los últimos capítulos del siguiente bloque. Lo que nos concierne aquí es la vivencia de esa enfermedad con respecto al origen. En este sentido, la mayoría de los informantes declaraban ocultar la enfermedad así como los malos periodos y las malas condiciones de vida que sufren. El emigrante se siente solo en el exilio, lejos de su familia y, aunque acompañado de algunos paisanos, siente frente a la enfermedad el desamparo de estar lejos de casa y pasar tiempo solo mientras los otros se buscan la vida. A esto se une la frustración del cometido que justifica su estancia en ese lugar, suponiendo a veces perder oportunidades de empleo y postergar o precipitar el regreso (en la mayoría de los casos el trabajo no es legal o no respeta derechos como la baja laboral). Si es difícil mantener el ánimo cuando alguien se siente distanciado de la vida que quiere, mayor lo es cuando no consigue aquello que justifica la razón de ello: el trabajo.
Pero la influencia más significativa de la enfermedad en la migración es que, a lo largo de la historia, frecuentemente ha sido la enfermedad la que determina el momento del regreso definitivo: el emigrante suele regresar cuando no pasa los controles médicos de la mina, cuando su enfermedad está en un grado avanzado y le impide continuar o cuando sufre algún accidente dentro o fuera del trabajo que le incapacita. Hay quien vuelve tras haber cumplido 15 ó 20 años allí y por considerarse ya mayor para ello, otros porque no ven un rendimiento claro a su estancia allí o ya han ahorrado algo y quieren regresar e invertirlo (eso no quita que no vuelvan a emigrar, de hecho actualmente la tendencia es más ir y venir en función de oportunidades temporales) pero, para muchos, la enfermedad es ese detonante que justifica su regreso y su permanencia definitiva y justificada en la aldea.
A pesar de los esfuerzos de las autoridades coloniales en el pasado por esconder las consecuencias para la salud del trabajo en las minas (investigaciones manipuladas sobre la tuberculosis –Ver: Rita Ferreira 1963: 135-140-) lo cierto es que las circunstancias que han vivido y viven los migrantes dentro y fuera de sus puestos de trabajo, han sido nocivas e incluso letales para su salud. Las condiciones que han rodeado el trabajo migratorio siempre han expuesto a los migrantes a riesgos físicos, enfermedades infecciosas y venéreas:
“La gonorrea es de importación más reciente; según mi informador Tobane, data del tiempo en que fue construido el ferrocarril de Pretoria.”
“La tuberculosis no es un mal completamente nuevo, introducida por la civilización, si bien ha aumentado enormemente después de que los jóvenes tongas fueran a trabajar a las ciudades. “ (Junod
1974: 435- 436)
Hoy en día las condiciones en las minas y en otros trabajos legales han mejorado enormemente en cuanto a calidad de vida, seguridad, derechos y formación, lo que ha ido acompañado de la relegación de los inmigrantes en Sudáfrica a otras condiciones y a trabajos en otras áreas (tienen que buscar otra cosa ahora que los ciudadanos locales se han interesado por las condiciones ofrecidas), por lo que el riesgo permanece en altos índices dentro del conjunto de la población inmigrante que permanece en los lugares más bajos de la escala socio-laboral. Quizá, la posibilidad de realizar otros trabajos como mecánicos, limpieza o albañilería (fontanería, pintura, azulejos…) hagan disminuir esta morbilidad laboral, pero las actuales condiciones de ilegalidad (sin poder reclamar derechos laborales y humanos) y la vida en los “ncucos” o “locations” exponen enormemente al colectivo.
Dicho esto se puede deducir que el regreso a la aldea, que es a menudo triunfal por los regalos y remesas que traen (no regresan con las manos vacías), es también frecuentemente acompañado de una salud mermada, y en mayor medida cuando la llegada es definitiva ya que las condiciones físicas no permiten, al menos por el momento, el regreso:
“Además de haber asistido a las partidas y a las llegadas de trabajadores migrantes saludables también fui testigo de momentos de gran tristeza. Hombres jóvenes que bajaban de los autobuses sin brazos o piernas como resultado de algún accidente en las minas. Tal vez, las escenas más perturbadoras y moralmente más devastadoras ocurrían cuando los cuerpos de los que habían encontrado la muerte en Sudáfrica llegaban, trasladados.” (Covane 2001: 35)
En los años en que ha transcurrido la presente investigación ha habido un gran desarrollo de las tecnologías de comunicación y hoy en día hay un teléfono móvil en casi todas las familias y en todas las que tienen algún exiliado. Pero cuando comencé mi trabajo de campo en 2005 había muchos lugares sin cobertura (hoy son pocas aldeas y en el interior), el teléfono móvil no era tan común y todos se llamaban al fijo que hubiera en la barraca de ultramarinos. Poniéndonos en el caso de unos años atrás, los informantes me relataban cómo las noticias de Sudáfrica llegaban a menudo a través de aquellos que regresaban y que convivían o veían a los familiares de aquellos con los que estaban en contacto en el exilio. Era a través de estas redes que se traían noticias contadas, grabadas en casete o escritas y leídas con la ayuda de alguien letrado. En estas circunstancias las noticias de un óbito eran transmitidas por un allegado y, a veces, por falta de oportunidad, cercanía o coraje de sus compañeros, llegaban directamente con el ataúd.
Hoy en día la comunicación es mejor y más fluida, sin embargo, la masiva ilegalidad de los migrantes y el anonimato que buscan para no ser detectados, hace que en casos de accidentes o arrestos en los que
no puedan o quieran comunicarse, la familia dependa de la llamada de algún conterráneo que sepa lo que está pasando. Así, hay una cifra enorme de desaparecidos de los que las familias esperan noticias y no saben si están muertos (nadie se encarga de repatriar un cadáver que no existe), presos o han decidido adoptar otra vida olvidándose de sus orígenes.
Respecto a la migración femenina, los riesgos cambian parcialmente ya que, a pesar de vivir en las mismas condiciones, los trabajos a los que acceden y la manera que llegan al destino y a acceder a esos trabajos, es muy distinta y comporta riesgos diferentes que los de los hombres. Sobre todo podemos hablar en relación a una tendencia mayor y casi obligada a sufrir violencia y negociación sexual y menor en cuanto a otros riesgos físicos en accidentes laborales.
Las condiciones de riesgo son manifiestas también en aquellos que aún quieren o querían permanecer en Sudáfrica pero su regreso es debido a una repatriación que supone una detención y un tiempo de espera encarcelados esperando completar un cupo para organizar el viaje. Como veremos en el capítulo sobre deportación, las condiciones en que ésta se produce y sus consecuencias para la salud, son nefastas. A pesar de intentar ocultar todas estas situaciones a su regreso a la aldea y adecuarse a la idea de triunfadores que se fueron conformando en el regreso de sus otros viajes y que les confiere un estatus y un respeto, para muchos hay una realidad detrás que se manifiesta dependiendo de la gravedad y la naturaleza de la enfermedad. En muchos casos los problemas no son visibles a simple vista y los síntomas permanecen encubiertos en ciertas fases de la enfermedad y, en su desarrollo (que quizá permita un tiempo), ciertas enfermedades como el HIV/SIDA son encubiertas por miedo al prejuicio. Otras veces el migrante llega en una situación de merma física evidente buscando el cuidado del hogar en el que pasa de ser considerado el sustento a ser alguien dependiente e incapacitado:
“Personas que habían sido productivas y que habían constituido familias se volvían, a partir de entonces, permanentemente dependientes para todo tipo de necesidades.” (Covane 2001: 35)
Esta nueva situación tiene unas consecuencias psicológicas evidentes y, aunque viene precedida de un pasado que le vale un reconocimiento social, supone un cambio de rol radical dentro de la familia y de las expectativas que se había creado. En estos casos el perjuicio se agrava cuando las lesiones o enfermedad se produjeron en un trabajo ilegal o fruto de otra actividad que no comprenda indemnización, ya que trae acarreada una carga económica para la familia que, además de dejar de recibir unos ingresos esporádicos, tiene que cuidar de un miembro dependiente cuya figura y estatus social se va devaluando con el tiempo y con su permanente situación de pobreza y dependencia.
En los casos en que el trabajo es legal la cosa cambia, el damnificado recibe tratamiento en el momento del accidente y, a su regreso, tiene garantizados unos cuidados médicos y una indemnización por parte de la empresa. Aparte de esto, hay muchas empresas que incluyen seguros médicos y revisiones periódicas para evaluar la salud de los empleados. Pero además, en el caso de los mineros (entre los que las patologías más comunes suelen ser HIV, enfermedades pulmonares y mutilaciones) hay unos delegados de sanidad en las aldeas (la TEBA selecciona a antiguos trabajadores en las aldeas de mayor número de empleados en sus empresas) que se encargan de controlar e informar de que se reciben los pagos de jubilaciones e indemnizaciones y que se cumplen los convenios de atención sanitaria a aquellos que tengan consecuencias físicas de su trabajo en las minas o de su periodo de estancia en sus instalaciones. En los casos que la enfermedad no es tan evidente y en casos en que conlleva un estigma, como el HIV, se trata de ocultar y, en ocasiones, ni el propio portador es consciente de su estado (bien porque no sepa que está enfermo, bien porque no tenga la información suficiente de lo que supone su enfermedad). Como hemos visto anteriormente en las cifras, el riesgo conjunto de tuberculosis y SIDA constituye la principal causa de muerte por enfermedad entre la población migrante y una de las principales en ciertas áreas de estudio. La propagación de la enfermedad en estos casos es más o menos rápida dependiendo de ciertas variables y, cuando se manifiestan los síntomas y llega una representación social de la enfermedad quizá ya sea tarde para la prevención del contagio, para las medidas paliativas y para relacionarla con un viaje que le legó un estatus que no quiere perder y le lleva a ocultar su estado.
El Plan Estratégico Nacional de Combate al HIV/SIDA, localiza el riesgo de contagio de las mujeres en dos vertientes:
“Por un lado están las mujeres que difícilmente pueden solicitar el uso del preservativo a sus maridos que regresan infectados y, por otro, las mujeres que emigran para trabajar como empleadas domésticas y son aún más vulnerables a todo tipo de explotación y abusos.” (VV.AA. 2006: 14)
En estas conclusiones, aparte de la difícil negociación de los métodos preventivos, queda reflejado el prestigio del emigrante a su regreso, que se entiende que ha trabajado duro para venir a compartir el fruto de su trabajo y, a cambio de sus remesas hay que complacerle y mostrarle como su hogar funciona y está