Otro aspecto interesante al referirnos al maltrato entre iguales entre los alumnos de corta edad hace referencia al tipo de agresión que manifiestan. Son varios los estudios que indican que las agresiones más probables son las directas, tales como, las agresiones verbales y las físicas (Ortega y Monks, 2005; Gillies-Rezo y Bosacki, 2003; Ostrov y Keating, 2004). No obstante, aunque en menor medida (Monks et al., 2005), también se producen agresiones indirectas o relacionales (Alsaker, 1993b, en Alsaker y Valkanover, 2001; Alsaker y Nägele, 2008, en Alsaker y Vilén, 2010), pero ciertamente estas no alcanzan el nivel de elaboración que podemos apreciar entre sujetos de mayor edad, siendo la exclusión social la agresión indirecta más común. No obstante, algunos estudios llaman nuestra atención sobre el hecho de que no debemos subestimar la complejidad de la agresión relacional entre los sujetos de corta edad (Ostrov y Crick, 2006). De hecho, Ostrov et al. (2004) llegan a sorprenderse del grado de elaboración de las estrategias relacionales empleadas por algunos niños de su muestra.
Crick, et al. (1999), analizando el tipo de agresión que ejercía una muestra formada por 129 sujetos (67 chicos y 62 chicas), de edades comprendidas entre los 3,1 hasta los 5,6 años, hallaron que el 53% de los sujetos victimizados recibían agresiones físicas, frente al 35% que eran objeto de agresiones relacionales. Un 13% fueron objeto de agresiones físicas y relacionales. No obstante, no todos los estudios encuentran que las agresiones físicas son las más frecuentes. Monks et al. (2003 y 2005) encontraron que la agresión más común en su estudio fue la exclusión social (31,7%), seguida de la física (28%), la verbal (22,4%) y, en último lugar sembrar rumores (17,9%). Igualmente, este tipo de agresiones era mostrado de forma desigual en función del género; desde el punto de vista de las víctimas, las chicas fueron objeto en mayor medida de exclusión social y los chicos de agresiones físicas. Por su parte, desde la óptica de los agresores, las chicas emplearon mayoritariamente las agresión verbal y los chicos la física. Coherentemente con estos resultados, Kochenderfer y Ladd (1996b) encontraron una tendencia a que los chicos fueran objeto de agresiones físicas directas y las chicas de agresiones verbales indirectas. Igualmente, Alsaker y Valkanover (2001) encontraron que el maltrato verbal y la exclusión eran las agresiones más comunes entre las chicas, mientras que las agresiones físicas y verbales eran más comunes entre los chicos. Crick et al. (1997) realizaron un estudio con 65 sujetos (34 chicos y 31 chicas) de edades comprendidas
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entre los 3,5 y los 5,5 años. Confirmaron, al igual que los estudios previamente citados, que los chicos ejercían fundamentalmente la agresión abierta y las chicas la relacional, lo que pone de manifiesto, según concluyen los propios autores, que a estas edades ya se dan importantes diferencias entre el tipo de conducta agresiva mostrada en función del género. Crick, et al. (2006) realizaron un riguroso estudio longitudinal de 91 sujetos (52 niñas, y 39 niños) cuya edad media era de 39 meses, en el que emplearon observaciones naturalistas, entrevistas personales e informes de los profesores, hallando que efectivamente la agresión relacional era más frecuente entre las niñas y que estaban dirigidas fundamentalmente a otras niñas. Por su parte, entre los chicos la agresión más común era la física, siendo los receptores principales de estos ataques otros chicos. Además, la agresión relacional en las chicas y la física en los chicos presentaba estabilidad temporal. Ostrov y Keating (2004) y Ostrov et al. (2004) encontraron los mismos resultados con otras muestras de características similares. Además este patrón de conducta agresiva diferencial en función del género es estable, tanto desde el punto de vista contextual y como del género de la víctima, excepto en el caso de la agresión física, que cuando la víctima es una chica, la frecuencia es menor (Ostrov y Keating, 2004).
Estos resultados que acabamos de describir son, por tanto, una constante en todos los estudios analizados (Alsaker y Valkanover, 2001; Monks, et al., 2002; Perren y Alsaker, 2006; Ostrov y Keating, 2004; Ostrov et al., 2004; Alsaker y Nägele, 2009; Alsaker y Vilén, 2010; Bonica, Arnold, Fisher, Zeljo y Yershova, 2003). Una confirmación indirecta del mayor uso de la agresión relacional por parte de las chicas, sería comprobar que efectivamente estas muestran mejores habilidades sociales que los chicos; Perren y Alsaker (2009) encuentran que las niñas de sus muestra alcanzan puntuaciones más altas en conducta pro-social, cooperativa, asertividad y de participación social, además de ser menos agresivas, un conjunto de habilidades destinadas a satisfacer las necesidades de los otros -other-oriented social skills- y las propias -self-oriented social skills-.
Una pregunta fundamental que nos debemos hacer es ¿por qué niños y niñas, ya a edades tan tempranas, manifiestan diferentes tipos de agresión? Crick y Grotpeter (1995) señalan que en la base de este patrón agresivo diferencial, se hallan las diferentes metas que unos y otros quieren obtener: los niños se orientan más hacia la búsqueda de dominancia física y las niñas hacia el establecimiento de lazos sociales seguros. No obstante, es necesario tener en cuenta el contexto en el que dicha agresión se produce, ya que este podría estar desempeñando un papel más activo de lo que inicialmente pudiera parecer (Ostrov y Keating, 2004). Según estos autores lo que realmente explica este patrón de agresión diferencial es en qué medida una determinada táctica es más adecuada que otra en función de los diferentes requisitos contextuales. Tanto la agresión física como la relacional puede ser empleada instrumentalmente con el fin de establecer una jerarquía reconocible. Por tanto, la
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diferencia esencial entre los géneros podría residir en el hecho de que los niños se desenvuelven en contextos en los que desarrollar una agresión abierta es necesario con el fin de reafirmar el estatus diferencial entre los miembros del grupo, mientras que las chicas se mueven en contextos en los que la agresión relacional puede ser usada de forma efectiva para amenazar la difusión del estatus característico de los lazos sociales comunales (Ostrov y Keating, 2004).
Por otro lado, un aspecto del que ya hemos hablado en este capítulo hace referencia a la existencia de una relación positiva entre la presencia de buenas habilidades sociales y la agresión relacional (Perren y Alsaker, 2009). Igualmente, un elemento esencial de las habilidades sociales consiste en leer la mente de los otros de forma adecuada, es decir, poseer una buena teoría de la mente (Baron-Cohen, Leslie y Frith, 1985). A su vez, un elemento crucial de las capacidades mentalistas es el lenguaje (de Villiers, 2000). Por tanto, en última instancia podríamos especular que existe una relación entre el grado de agresión relacional y el nivel de desarrollo lingüístico. Coherentemente con este razonamiento que acabamos de hacer, Bonica, Fisher, Zeljo y Yershova (2003) hallan, en una muestra compuesta por 145 sujetos (79 niñas y 66 niños) de edades comprendidas entre los 3 y los 5 años, que aquellos sujetos que presentan un mayor nivel de una agresión relacional, muestran también un mayor desarrollo lingüístico.
Igualmente, sabemos que no todos los tipos de agresión ejercida tienen las mismas consecuencias sobre las víctimas. Kochenderfer y Ladd (1996b) encontraron que aquellos sujetos que fueron objeto de agresiones físicas directas y de verbales indirectas, muestran una mayor tendencia a evitar el colegio. Por otro lado, las agresiones verbales directas e indirectas son las que producen un mayor nivel de desajuste entre los alumnos, entendido este como sentirse solo, gusto por la escuela, evitación de la misma y rendimiento académico. Sobre esta última variable, no se hallaron relaciones estadísticamente significativas o, dicho en otras palabras, las víctimas no mostraron un rendimiento académico significativamente inferior a aquellos compañeros que no eran agredidos. A esta misma conclusión se ha llegado con alumnos de mayor edad cuando se ha analizado la relación entre la condición de víctima y el impacto sobre su rendimiento escolar (Beran, 2009).