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Una de las temáticas centrales de esta investigación es la participación electoral y, sin lugar a dudas, la misma tiene un valor destacado en el diseño democrático si se ejerce con transparencia. De allí la importancia de abordarla en este capítulo referido a las virtudes humanas, partiendo de la idea de que la corrupción y el fraude, como la ausencia de libertad electoral, configuran elementos nocivos para el bien común de la ciudadanía.

¿Qué componentes favorecen la sanidad institucional de los países? Pues bien, el esfuerzo sostenido y la actitud vigilante de los ciudadanos permiten garantizar la estabilidad de la república. Los buenos ciudadanos se indignan ante la corrupción, ante la degradación

243 Obra citada. Página 247. 244 Obra citada. Página 250.

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moral de quienes, víctimas de su afán de acumulación, terminan apropiándose de las cosas comunes.245

Por su parte, Indalecio Gómez estimaba que la “venalidad” presente en el estado de cosas del país hacía perder la conciencia de ciudadano al elector246 y, en consecuencia, las

personas se alejaban de los comicios. No obstante, si bien éste era el panorama que condicionaba la voluntad de la ciudadanía de aquella época en el país, el salteño también advertía otra realidad –de índole universal– que también condicionaba las costumbres electorales, propias de la naturaleza humana y de la moral política, en la Argentina como en otras partes del mundo: las costumbres electorales eran sumamente corruptibles. Al punto en que las leyes que se dictaban para mejorar el ejercicio del sufragio sólo proporcionaban el efecto deseado al tiempo inmediato de su sanción, pero luego la corrupción invadiría estas normas legales, prevaleciendo sobre el fin de éstas. Incluso los pueblos más civilizados que practicaban el sufragio no podían escapar de esta funesta situación.247

Más allá de ello, Gómez consideraba que la participación electoral era un pilar fundamental para el sustento de la vida cívica de la sociedad. Los representantes del pueblo debían surgir de la voluntad de este último y no de la voluntad de los gobernantes; por tal motivo, los promotores de la reforma consideraban que ello sería un triunfo de toda la ciudadanía, como resultado de la función gubernamental.

Por su parte, Sáenz Peña había elaborado un manifiesto en las vísperas de las primeras elecciones conforme a la nueva normativa electoral. Allí el Presidente de la República aludía a la responsabilidad que gravitaba sobre la ciudadanía en el acto electoral:

“(…) la reforma electoral anuncia una evolución en el gobierno representativo y en el ambiente como en las costumbres en que va a desenvolverse la democracia argentina. Y tan grave considero el nuevo estado que van a generar las nuevas prácticas, que he juzgado necesario hablar a la razón pública y al sentimiento nacional, para fijar por acto de persuasión las responsabilidades que van a gravitar sobre la masa popular y, con seria preferencia, sobre las clases pensantes de la sociedad.

245 Obra citada. Páginas 250 y 251.

246 Discurso de Indalecio Gómez. Cámara de Diputados, 8/11/1911. 247 Discurso de Indalecio Gómez. Cámara de Diputados, 24/11/1911.

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(…) entre el pueblo argentino y su mandatario existe una comunión de ideales. Es a favor de esta mutualidad que debemos emprender el camino de la reforma con fe en el país, en las instituciones y en los hombres.”248

Como puede vislumbrarse en la cita transcripta el Presidente destacaba la responsabilidad de las clases más ilustradas del país, dejando en claro que el rumbo político que perseguía su gestión no era obra de su inspiración, “sino exigencia de los tiempos que dan a cada gobernante su misión propia” –reproduciendo sus palabras exactas–.249 También

razonaba que el proceso reformador era un ideal compartido tanto por el pueblo como por los gobernantes, lo que configura una aseveración donde subyace la figura del “bien público”. En tanto que, en diferentes espacios del manifiesto él enunciaba que la nueva ley era sólo un medio, que dependía del compromiso ciudadano para cumplir su misión, tal como lo describía:

“(…) es apenas un medio que ha de realizar obra viviente por el calor y el aliento de los ciudadanos. Si hubieran de mantenerse impasibles, mostrándose extranjeros en el propio hogar, el país tendría que volver al régimen conocido, retroceso que no se operaría sin complicaciones.”250

Previamente, los fundamentos del Poder Ejecutivo habían evidenciado la importancia de la participación electoral, caracterizando esta conducta como un acto de civismo. No obstante, dicha participación debía ser obligatoria, como un reactivo contra la abstención. En tal sentido el mensaje que acompañaba al Proyecto presentado por el oficialismo expresaba:

“La colectividad, que en sus instituciones arma al ciudadano con el derecho del voto, tiene a su vez el derecho de exigirle que no deje

248 Manifiesto de Roque Sáenz Peña como Presidente de la República. Buenos Aires, 28 de febrero de

1912. (Roque Sáenz Peña, La Reforma Electoral y temas de política internacional americana, Selección de escritos, discursos y cartas, con una noticia biográfica y varias notas, Editorial Raigal, Buenos Aires, 1952. Página 91.)

249 Manifiesto y obra citados. Página 92. 250 Manifiesto y obra citados. Página 95.

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inactiva la facultad de votar; pues de su buen o mal ejercicio depende el bien apreciable de la administración del Estado. (…) La coacción, para procurar el sufragio, no puede, sin embargo, exceder de cierto límite; supuesto que no votar no es propiamente un delito, aunque sea una falta de civismo.” 251

Y, particularmente, Indalecio Gómez manifestaba que la obligatoriedad del voto tendría una eficacia decisiva para salir de la abstención, según lo probaba la experiencia de los países que lo habían ensayado. En concordancia con esta idea, puede señalarse que los teóricos republicanos no han confiado ingenuamente en que la ciudadanía se comportará de forma virtuosa; más bien, ellos han advertido sobre los riesgos de la corrupción. Mientras que un remedio frente a esta situación lo conforman las medidas institucionales y los controles previstos por la normativa, como en el caso de 1912 resultaba ser la prescripción del voto obligatorio. Pues, como he mencionado en distintos fragmentos de esta investigación, los reformadores abogaron para que la representación nacional no sea expresión de los gobernantes, sino la de los partidos “libremente” exteriorizada. En aquella época el Presidente solicitaba también la ayuda de los gobernantes, aludiendo a una necesaria comunión entre todos, a favor de la Patria, aunque reconocía que aún existía un laxo interés en la ciudadanía por la cosa pública, ya que las poblaciones estaban disminuidas en su nacionalismo, entre otros motivos, por los acrecentamientos cosmopolitas y por la llegada de nuevos inmigrantes al país.

Ahora, volviendo a la temática de las costumbres y de la participación electoral planteada al inicio de este apartado, es preciso adentrarnos en la cuestión educativa y en su grado de influencia sobre el sufragio. Indalecio Gómez, al momento de defender los pormenores de la propuesta reformadora, dejaba en claro sus convicciones respecto a que el pueblo argentino estaba en condiciones para votar:

“Un pueblo (…) en que analfabetismo no llega al treinta por ciento, en que las condiciones cómodas de la vida son disfrutadas por el sesenta

251 Mensaje del Poder Ejecutivo sobre la reforma electoral, Buenos Aires, Roque Sáenz Peña e

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por ciento de la población, ¿es un país que no está en condiciones de ejercer los derechos de soberanía?”252

Un tiempo antes en su obra El Juicio del Siglo, Joaquín V. González había escrito una idea relativa a la educación y a la moral, que estimo oportuno reproducir:

“(…) no se hace moral repitiendo la palabra una y mil veces a oídos que no la oyen y a inteligencias que no pueden entenderlas, sino engendrando en el alma de la juventud el sentimiento y el concepto por la única vida posible, la de la acción que es enseñanza objetiva, la del ejemplo de afuera y la de una instrucción fundada en el género de conocimientos que mejor desarrollan el hábito honesto, la virtud del trabajo, el espíritu de justicia y el sentido armónico de la exactitud y la verdad.”253

El fragmento precitado alude a la importancia de lo que vulgarmente se conoce como “predicar con los buenos ejemplos”, mediante la acción, los hábitos honestos, el esfuerzo, la justicia y la veracidad. Estos comportamientos deberían ser parte de la enseñanza práctica que vislumbren los educandos más allá de las aulas, enseñanza que compela a la ciudadanía a participar de la vida pública e imprimir su compromiso con el bien común.

Generalmente, los distintos órdenes jurídicos se han encargado de tutelar los principios y valores éticos fundamentales relacionados con la democracia electoral. En consecuencia, aquellas personas que quebranten las normas electorales serán pasibles de ser sancionadas si, puntualmente, esas infracciones configuran faltas o delitos electorales. En el caso de la Argentina, estas faltas y delitos están estipulados en el Código que rige la materia –por ejemplo, la no emisión del voto; la portación de armas, exhibición de banderas, divisas o distintivos partidarios; actos de proselitismo, publicación de encuestas y proyecciones; demora y obstaculización al transporte de urnas; falsificación de padrones; entre otros–.254

252 Discurso de Indalecio Gómez. Cámara de Diputados, 5/6/1911.

253 GONZÁLEZ, Joaquín V., El Juicio del Siglo, Edición Comentada, Alberto R. Dalla Vía, Jorge R.

Vanossi, Eudeba, Buenos Aires, 2011. Página 90.

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Por último, considero oportuno mencionar que la instalación y consolidación de un sistema democrático obliga a un aprendizaje continuo de los valores de la participación, que lleva a reconocer derechos y obligaciones recíprocos, a asumir el valor de la pluralidad y la diversidad, que conduce a la formación de partidos y tendencias políticas conscientes de los alcances y las limitaciones de la competencia propiamente democrática, en la que nadie puede colocarse por encima de la legalidad. Mientras que la democracia es posible cuando los distintos actores se reconocen como adversarios legítimos y actúan en consecuencia, ya que en materia electoral es tan importante saber ganar como reconocer las propias derrotas. 255 De

modo que, la responsabilidad de los partidos políticos se incrementa en el marco de la compleja vida democrática y, en tal sentido, es necesario que en el accionar de estos actores públicos la búsqueda del triunfo electoral no sea el único fin o meta, sino sólo un paso requerido para incidir satisfactoriamente en el progreso del bienestar colectivo.256

255 OROZCO, Jesús y WOLDENBERG, José, Ética y responsabilidad en el proceso electoral, artículo

publicado en Tratado de Derecho Electoral Comparado de América Latina, Dieter Nohlen, Daniel Zovatto, Jesús Orozco, José Thompson (compiladores), Instituto Interamericano de Derechos Humanos, Universidad de Heidelberg, International IDEA, Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, Instituto Federal Electoral, Fondo de Cultura Económica. México, 2007. Páginas 60 y siguientes.

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DESARROLLO

PARTE III