• No results found

Voy a recordar las hipótesis esenciales a las que hemos llegado hasta ahora para ver si se puede desarrollar una teoría coherente: los parámetros son sólo una relación intelectual, nada parte de las lenguas en un sentido sustantivo, hecha sobre cómo las producciones de distintas lenguas-I divergen en algún nivel. No obstante, toda lengua está sujeta a unos principios del primer y del tercer factor universales y ajenos a la variación. El margen de actuación de la variación, pues, es inversamente proporcional al poder que atribuyamos a tales principios, esto es: cuanto más restrictivos sean -reitero que siempre inalterables-, más variación filtrarán como imposible.

Si los principios son universales -y la sintaxis, en consecuencia, no se adquiere-, la variación o sus desencadenantes no pueden estar más que en el segundo factor -concebido más ampliamente que de costumbre-: en el léxico con que ponemos de manifiesto las construcciones fruto de la puesta en marcha de la FL, y, tal vez, en esas mismas construcciones desde el punto de vista de quien las produce.

Respecto del léxico y del poder que atribuyamos a los principios, hay dos posibilidades a examinar: o bien el léxico con que trabaja el sistema computacional es, por entero, universal, una suerte de principios -del primer factor o prelingüísticos- inviolables y, por lo tanto, independientes del proceso de adquisición; o bien el léxico con que conectamos FLE y FLA y opera la sintaxis es el mismo que adquirimos cuando desarrollamos nuestra lengua-I.

La primera posibilidad circunscribe el léxico adquirido y la variación a un nivel postsintáctico/morfonológico; la segunda injiere variables en un sistema computacional que, a causa

de ser alimentado por esos materiales diversos translingüísticamente, generará construcciones tambien dispares. Así y todo, en ninguna de las dos opciones teóricas la variación escapa del segundo factor ni se localiza, como predefinida y especificada, en ninguna parte. En otras palabras, no hay ningún punto en que las lenguas tengan opción en cuanto a ser lo que son ni derivar lo que derivan.

En este primer anexo desarrollo una base teoría para la variación lexicosintáctica -reservando la postsintáctica el anexo 2-, basada en que durante el proceso de adquisición el aprendiente fija, a partir de la experiencia lingüística, ILs que agrupan rasgos seleccionados de un conjunto universal prevenidos por la GU -o pertenecientes a otros sistemas-.

Los rasgos que acaban integrando los ILs no son los mismos translingüísticamente y de ello se sigue una primera causa de la variación: la léxica; al permitir que esos ILs diversos sean los átomos con que trabaje la sintaxis, es fuerza que esta, siempre que sea sensible a alguna de sus propiedades, construya estructuras que varíen de una lengua a otra, dando origen a un segundo tipo de variación: la sintáctica, en tanto que referente a la estructura.

Hemos argumentado que la teoría actual no nos permite hablar de una pseudovariación sintáctica a ciertos niveles -movimientos encubiertos, ES, FF...-, sino que hablamos de verdaderas diferencias estructurales, en OSs que se mapean por igual a los sistemas de la FLA, muy en consonancia con la TMF, y que una vez allí sólo pueden ser interpretados -y no alterados, recuérdese la EMI-.

Esto último nos ha facilitado un diseño del sistema de lo más sencillo, pero nos ha obligado a incluir información semántica y fonética en los ILs, y hemos procedido a señalar que no es a esos rasgos, sino a los formales -recuérdese, semánticos no valuados y activos- que la sintaxis parece sensible.

Además, con la HCV, he defendido que, si pretendemos arrojar luz sobre cómo partiendo de numeraciones equivalentes en rasgos semánticos la sintaxis genera estructuras diversas, sólo podemos atender a la variación respecto de los rasgos formales que están presentes o no en los ILs: basarnos en puntos de partida distintos en su semántica, simplemente, pone en pie de igualidad el trabajo comparativo con confrontar dos contrucciones de una misma lengua-I.

Centrados en los rasgos formales, hemos justificado su existencia -sorpresiva para con la TMF, por ser redundantes, por último vácuos...- desde el tercer factor: fuerzan la transferencia cíclica de parte de la derivación a la FLA, donde llegan los OS que hemos conocido como fases. La derivación por fases va en beneficio de la eficiencia computacional del sistema, aproximando la FL a ese sistema diseñado a la perfección que, primero idealizado por el lingüísta, se revela cada vez como más probable.

Llegados a este punto, hemos adoptado, siguiendo a Chomsky (2007, 2008), lo que he dado en llamar HDOS, que defiende que todas las operaciones, salvo el ME, son generadas por los núcleos de fases y tienen lugar cuando el transfer.

Ahora acabemos de enlazar estas ideas con algunos silogismos:

(i) Si las lenguas varían, en primera instancia, respecto de los rasgos formales que componen los ILs presintácticos, y si su presencia repercute sobre el comportamiento de la sintaxis, la estructura resultante, diversa, es producto, al menos parcialmente, de variación en los rasgos formales -que se sitúan en unos ítems idénticos en lo que atañe a rasgos semánticos valuados-.

(ii) Si el comportamiento activo de los rasgos formales se traduce, una vez son valuados sintácticamente por medio de la concordancia -que puede precisar de MI, etc.-, en fases, y si los rasgos formales varían de una lengua a otra -de la forma que venimos apuntando-, las fases o puntos de transferencia varían translingüísticamente.

(iii) Si todas las operaciones sintácticas son motivadas por los núcleos de fase, y los núcleos de fase varían translingüísticamente, todas las operaciones que se den en cada lengua variarán en el punto en que tengan lugar y, en consecuencia, en las posiciones donde se den y la estructura que de ello se derive.

(iv) Si la variación se reduce a diferencias en el movimiento -y pronunciación-, y si el movimiento se da siempre a la posición que habilitan las fases en el borde -bien del núcleo original, bien de la sonda derivada-, las diferencias translingüísticas se van a seguir de la variación en el tamaño y la cantidad de fases.

(v) Si las posiciones del borde de fase son las únicas habilitadas para el aterrizaje de los OS, y en cada una de ellas el OS recibe determinada interpretación, es esperable que, al variar las fases, haya diferencias semánticas translingüísticamente, sin necesidad de recurrir a rasgos semánticos.

En conclusión, las diferencias de los rasgos formales en los átomos de la computación generan diferencias en la manera como esa computación se lleva a cabo por fases; siendo las fases los dominios en que se desencadenan todas las operaciones sintácticas -al completarse y transferirse-, toda la variación estructural se debe a variación en las fases.

propuesta que hago me parece la más coherente con el estado actual de gran parte del PM y la posibilidad de que los ILs que adquirimos intervengan activamente en las derivaciones sintácticas.

Soy consciente de que por lo mismo que afirmo que toda la variación lingüística, a nivel estructural, puede explicarse en términos de fases y rasgos formales, debo explicar todo el funcionamiento de la FL ajeno a los condicionantes de buen diseño o a procesos que se lleven a cabo en los sistemas de la FLA en esos mismos términos. Así pues, es algo evidente, pero lo recalco: aseverar que todo lo variable del lenguaje puede achacarse a variación en las fases exige, por otra parte, explicar todo lo que observó PyP y parte del PM únicamente en relación a las fases, aparte de los principios del tercer factor.

La teoría esquematizada presentada hasta ahora no puede sustentar todavía esa empresa, pero sí es lo bastante persuasiva como para fijar un punto de partida suficiente. Creo que, aparte de algunas vacilaciones teóricas por estabilizar y hacer más creíble la existencia central de las fases -punto 5.4-, son tres las lagunas teóricas fundamentales.

Hay que explicar por qué se da el movimiento, sólo en atención a rasgos formales y fracasos derivados de la CIF. Para ello, y conociendo que, al margen de principios del tercer factor como la minimalidad, etc. parece haber otras restricciones al movimiento, hay que: o bien cuadrar a la perfección la teoría de fases con la de islas, o bien defender que las islas emergen postsintácticamente -en el punto 5.6, basándome en Boeckx (2012c), llegaré a lo que creo un punto medio-.

Pero, para justificar todo ese movimiento, primero necesitamos asegurarnos de que disponemos de posiciones suficientes a las que se dé el desplazamiento de OS -un problema que hemos introducido en el punto 5.2.4-. En consecuencia, hay que ampliar notablemente el repertorio de fases -punto 5.5-, que, como hemos visto en el desarrollo chomskyano, hay reticencia a que vaya mucho más allá de C y v.

Otra cuestión, que por falta de tiempo habré de aplazar a investigaciones posteriores, es la necesidad de ser resolutivo en cuanto a la presencia de morfemas nulos, y asumir que, por lo general, los rasgos formales que no tienen algún tipo de realización morfológica no se encuentran en los ILs.

Hecho todo esto -con la susodicha excepción- en los apartados que siguen, habrá que someter la teoría a la prueba definitiva, trasladarla a los datos -punto 5.7-, y ver si la explicación resulta más convincente que la que podríamos exponer desde otros enfoques.

Así, a lo largo del anexo habré desarrollado el mejor marco teórico de que haya sido capaz para la variación lexicosintáctica -esto es, causada en origen por el hecho de que el léxico adquirido alimenta la computación sintáctica- que en el capítulo 4 consideraba imprescindible antes de volver

sobre los datos. Será entonces cuando, en 5.8, ponga en relación el anexo 1 con los primeros capítulos, haga las veces de vate al intentar augurar si el programa de investigación podría ser fructífero, y, para desengaño mío, detecte algunas lagunas teóricas cuya respuesta parece aguardar “al otro lado”, en la teoría de la variación en la externalización -anexo 2-.