2.2 Single-solution metaheuristics
2.2.3 Greedy Randomized Adaptive Search Procedure
No hay duda de que la JP de Baker (2001) adolece de una cobertura empírica deficiente: excepción hecha del parámetro de polisíntesis opcional -ciertamente controvertido, aunque explicaría la idea de lenguas que son mezclas de otras-, no contempla lenguas inarmónicas y omite, como censuran Biberauer (2008) y Boeckx (2008a), niveles de complejidad -en relación, por ejemplo, a serial verbs o lenguas pro-drop- que conducirían a una JP bastante más intricada, quién sabe de cuantas ramificaciones o subparámetros.
No obstante, Mendivil (2008) rescata la JP para una variante basada en la variación léxica, pues el planteamiento de la JP, aunque informal, parece válido en tanto que refleja observaciones estadísticas sobre la variación sintáctica y refuerza la teoría macroparamétrica en la medida en que permite mantener la idea de una variación muy restringida, alejada de la proliferación de reglas de la TE a la que amenazan volver -salvando distancias teóricas- propuestas minimistas que abordaremos más adelante.
Si, como prueban los clusters y otras observaciones37, los fenómenos de variación interactúan
entre sí, es lógico que las decisiones gramaticales que se tomen en cierto punto -parámetros- influyan en las siguientes. Así, la JP viene a ser como un algoritmo del proceso de construcción de la lengua-I: adoptando una metáfora de Mendívil (2008), la gramática particular, en su desarrollo, irá tomando varias decisiones -en los puntos inespecificados de (3)-, en virtud de las cuales se abrirán caminos posibles por donde continuar, a la vez que se cierren -o vuelvan irrelevantes- los alternativos. De la dirección que tomemos en las encrucijadas emergerán los tipos.
Así pues, la JP viene a apoyar la hipótesis de que la variación está constreñida al extremo de verse limitada por ella misma, superando una concepción más tradicional de los parámetros como una serie inordenada de variación -la trillada imagen de los interruptores-, bajo la que subyacería la idea, probablemente falsa, de que todas las opciones estarían disponibles en todo momento.
Otro apoyo empírico para la JP procede de que, al parecer, es capaz de hacer predicciones sobre la frecuencia con que encontraremos ciertas lenguas, en función de la posición, más o menos enraizada, que ocupen en la jerarquía: cuanto más abajo se sitúe, más rara será la lengua. Mendivil (2008) nota que tales predicciones parecen cumplirse, por ejemplo: al orden VSO -como el del galés- se llega mediante la combinación de tres parámetros, mientras que para el orden SVO -como el del inglés- basta fijar uno solo. Los datos confirman lo que predice la JP: las lenguas VSO representan sólo de un 9% del total, mientras que las SVO representan un 42%. La frecuencia de
37 Hay lenguas imposibles a causa de cierta propiedad que, sin el modelo macroparamétrico entendido como la agrupación de la variación, quedarían inconexas.
este valor del PDN, sumada a la del 45% del valor contrario -el de las lenguas SOV como el japonés-, muestra que el PDN se reparte el 87% de lenguas sensibles al orden “de base”. Esta falta de continuum -el de un porcentaje equitativo para cada opción de orden- no puede explicarse si situamos todos los parámetros al mismo nivel.
La JP no sólo predice qué lenguas encontraremos, sino las combinaciones de opciones gramaticales imposibles. Como también remarca Mendivil (2008), si el galés -orden VSO- es como una variante del inglés -orden SVO- en que el verbo asciende, debería existir la variante opuesta del japonés -orden SOV- en una lengua donde el verbo ascendiera, lo cual es imposible. Veamos por qué:
(33) (Mendívil 2008:39)
Los diagramas de (33) se corresponderían a una lengua que tuviera fijado el PDN como el japonés, con el orden complemento-núcleo. Supongamos que, si bien siempre estaría a la izquierda, hay un parámetro que dispone dos posiciones para el sujeto: una alta, en que se sitúa en una categoría funcional por encima de SV -figura de la izquierda-, otra baja, en que se sitúa en el interior de SV -figura de la derecha-. Si el verbo asciende en una lengua como el galés -y el sujeto se encuentra en la posición baja-, dado que el PDN está fijado como núcleo-complemento, el verbo predecerá linealmente al sujeto y al objeto. Si, por el contrario, el verbo asciende en una lengua como la que representaría cada opción de (33), el movimiento no podrá apreciarse en el orden superficial: este seguirá mostrando el núcleo a la derecha desde la posición que ha alcanzado por MI -manteniéndose, por lo tanto, el orden SOV-. En conclusión, una vez se ha fijado el PDN con el valor de núcleo a la derecha, tanto el parámetro de la posición del sujeto como el parámetro de ascenso de V devendrían irrelevantes en lo que atañe al orden de los objetos sintácticos (OS) y, al menos en ese sentido, dos “camino cerrados”.
Aunque la jerarquía predice que no habrá lenguas con núcleo a la derecha y sujeto a la derecha, el hixcariana parece una excepción. Como representa, sin embargo, sólo un 1% de las lenguas contempladas, podríamos plantearnos que esté mal analizada, antes de descartar el modelo, de cuya validez general, demasiado radicales y cómodos, no daríamos ninguna explicación.
En cuanto a los problemas empíricos, Mendivil (2008) salva además la posible falta de cobertura mediante la CBC. Sin entrar en detalles de teorías que explicaré más adelante, el error de la JP puede estar en que une lenguas y no fragmentos de categorías funcionales relevantes. Así, la tipología holística estaría mal entendida: no serían las lenguas las que escogen determinadas opciones, por ser objetos demasiado complejos y poco homogéneos en sus rasgos tipológicos. Las pautas de correlación entre propiedades gramaticales, son, con todo, palmarias.
Con la combinación de la JP y la CBC, se evita que se fijen a la vez dos valores de un parámetro, pues son sólo fragmentos de la gramáticas los que seleccionan tipos. Si la variación depende de categorías funcionales, las lenguas no están obligadas a ser uniformes, y las propiedades se distribuirían con diferente intensidad entre las lenguas. Habrá variación en categorías funcionales y las lenguas serán más o menos consistentes conforme a tipos.
Para los niveles de complejidad que se omitían según Boeckx, Biberauer, etc. Mendívil (2008) propone que para la variación más, digamos, tipológica o localizada en núcleos de la jerarquía, se definirán los parámetros, y las subramas quedarán para los microparámetros de los dialectos. Por consiguiente, habría categorías funcionales más relevantes -entiéndase, más altas en la jerarquía-.
Así, además, puede mantenerse la JP teniendo en cuenta la variación en el curso de la historia, y, por lo tanto, considerar la relación con la distribución geográfica -factores que otros enfoques parecen omitir-. En resumen, en ciertas zonas se habrán tomado ciertas opciones a lo largo del tiempo -que se manifestarán en el segundo factor-, de tal forma que será más difícil que estas cambien de forma significativa de repente; los tipos emergerán como mera consecuencia de un encadenamiento temporal de selecciones que irán dejando huella en el desarrollo de lenguas-I de individuos en contacto, de perfecta reversibilidad -aunque improbable a corto plazo-.
Una primera impresión que debiera descartarse es que habrá lenguas con poquísimo en común: en toda lengua-I operan los mismos principios y los puntos de variación estarán asociados a la interacción de las mismas propiedades gramaticales -coincidan o no con principios con parámetros sobreespecificados- o léxicas, por difíciles que sean de apreciar en las expresiones de lenguas muy lejanas en la JP.
Un problema de investigación es identificar si todas las categorías funcionales son igual de sensibles a la variación o hay algunas más sensibles, como los núcleos de fase... y son otros muchos los puntos por resolver, que sin embargo que una JP lo suficientemente articulada y avances en el
estudio del proceso de adquisición podrían solventar. Veamos alguna de estas cuestiones:
(i) La JP, para mostrarse válida, debería evitar que haya fenómenos de variación que se den en varios niveles pero que estén separados en la jerarquía y, por ende, se excluyan, como en el caso del islandés del punto 2.2, que generaba construcciones del cluster que no le correspondía. Es decir, hay que precisar cómo de cerrados están ciertos caminos y granular la variación.
(ii) Resulta más fácil y rápido adquirir las lenguas de arriba que las de abajo. Esto necesitaría apoyo de estudios sobre la adquisición del lenguaje y desmentiría la idea tan extendida de que la adquisición de cualquier lengua se lleva a cabo de la misma forma.
(iii) Los parámetros han de fijarse en cierto orden. La teoría de la adquisición debe mostrar que los parámetros de abajo no se fijan hasta que se fijan los de arriba -a no ser que cambiemos el formato de la jerarquía, no sé cómo sin que siga habiendo las mismas relaciones de dominio-: si se demuestra que los de arriba son más fáciles de adquirir por manifestarse más frecuentemente, sería un punto a favor.
(iv) El jerarquizar parámetros comporta jerarquizar principios en un modelo que conciba la variación como en (2) -opciones predefinidas integrada en los principios de la GU-. Así, la JP habría de renunciar a (2) en favor de (3), lo que tampoco tiene por qué ser un problema por lo decíamos en 2.1.5.