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2. Context-aware computing

2.3 Context recognition

El formador de la Chronica naiarensis concibió su colección teniendo presente, al igual que don Lucas, la tradición historiográfica compilatoria que le precedía. Así, ensartó una tras otras las crónicas isidorianas (la universal y las de los pueblos bárbaros)296 con sus seguimientos asturleoneses: la Chronica Visegothorum de Alfonso III y las continuaciones de Sampiro y Pelayo, todas ellas adicionadas aquí y allá con noticias de extensión muy diversa procedentes, entre otros textos, de la Chronica

albeldensia, la Divisio Wambae, la Historia seminensis (de la que incluye extensos

tramos), los Anales compostelanos, el Chronicon Iriense o las Efemérides riojanas, cuando no de relatos épico-legendarios de transmisión eminentemente oral.

293 Aunque parte de la crítica ha considerado que el conjunto de correcciones debidas a una mano del s.

XIV o XV que el códice presenta podrían indicar el conocimiento de un texto previo mejor, Estévez (1995: xii-xiii) juzga que se trata de anotaciones debidas al propio copista de I, cuya existencia no hace necesario postular un testimonio distinto.

el original de I; Falque parece pensar eso; Horrent cree que son correcciones que no necesitan texto previo, por lo que parece decantarse, también, Estévez.

294 En general, el testimonio S transmite peores lecturas que I, aunque (aparte de algunas otras mejores) en

ocasiones nos ha conservado lugares que remontan al prototipo y que fueron raspados en I (Estévez 1995: xv).

295 Para la discusión en torno a la identidad del autor, su lugar de origen o ideología, cfr. Estévez 1995:

lxxxix-xciii, quien, a lo hasta ahora supuesto (que la obra se debe a un monje afecto a Cluny muy relacionado con Nájera), añade la posibilidad de que tuviera algún vínculo con Compostela, debido a su conocimiento del corpus pelagiano a través de la Compilación A una vez pasada por Compostela, así como del Crónicón Iriense (también presente en los códices FIL del corpus). Por lo demás, recientemente se ha puesto en entredicho la opinión de que el autor esté vinculado con Cluny (Catalán 2001: 131, n. 9).

296 Complementadas, de forma ocasional, por las crónicas de Eusebio-Jerónimo, la Bizantia-Arabica, la

Estévez (1995: xxiii-lvi) estudió la crónica a la luz de las manuscritos de sus textos-fuente, por separado. Si intentamos hacerlo en conjunto, queda claro que el compilador najerense debió de conocer al menos un estado del corpus pelagiano, espinazo al cabo de su empresa. En vista de lo averiguado sobre el las colecciones ovetenses, ¿podemos dar algún paso adelante en el conocimiento del testimonio (o testimonios) que conoció el monje de Nájera? Para las historias isidorianas, Estévez ha concluido, en el caso de la Chronica universal297, que debió de manejar un testimonio muy cercano al ms. F298, y, respecto a las particulares, que «procede de un subarquetipo

del que derivaron también RN, y se vio contaminado por los subarquetipos de AM y

GOT». Sabemos ahora (tras la edición de Martín 2003) que el ms. F de la Chronica

universal forma escueta familia con el ms. a299 (al remontar ambos a un prototipo

común, Ф)300, esto es, A de las historias particulares. Cabe suponer que los dos subarquetipos que distingue Rodríguez Alonso para AM y GOT sean (o remonten) a uno mismo (como parece que supuso Mommsen; Estévez 1995: xxviii), que en él ya figuraran juntas las dos crónicas isidorianas, que el monje najerense lo utilizara para copiar la Chronica universal y completar las particulares, y que fuera asimismo el modelo que también originó las versiones pelagianas.

297 A semejante conclusión llegó Estévez (1995: xxv) sin haber podido contar con la reciente edición del

texto isidoriano a cargo de Martín (2003). De haberlo hecho, bien podría haber destacado, como en el caso de las historias particulares, a propósito de la Chronica naiarensis, «su independencia con respecto a los demás manuscritos de la obra isidoriana, pues presenta añadidos, omisiones y lecturas varias que son exclusivos de ella» (Estévez 1995: xxvi).

298 Florencia, Biblioteca Medicea Laurenziana, Pl. XX.54, s. XI.

299 París, Biblioteca del Arsenal 982, s. XIV. Corpus cronístico que contiene, entre otras, la crónica de

Orosio, las historias particulares del propio Isidoro, la crónica del 754 o el De rebus Hispaniae del Arzobispo continuado por Jofré de Loaysa.

300 La Chronica naiarensis parece representar, con todo, un estado previo a Ф, pues existen

particularidades de esta familia (perteneciente a la designada por Martín como «deuxième rédaction») que no comparte nuestro texto, más cercano en esos lugares a la «primera redacción». Sin ánimo de reseñar críticamente la alambicadísima (filológicamente) edición de Martín (2003), me pregunto si deben siempre considerarse, mostrencamente, las diferencias entre primer y segunda redacción atribuibles al propio autor. Sin perjuicio de que haya intervenido la contaminación en la transmisión manuscrita de la

Chronica del Hispalense, ¿no deberían asignarse ciertos arreglos (adiciones u omisiones) a intervenciones

posteriores que han acabado «creando tradición»? La misma reflexión considero que puede aplicarse a la transmisión textual de las historias particulares del mismo autor.

Por otra parte, para las continuaciones asturleonesas propone Estévez 1995: lii-lv un manuscrito perteneciente a la Compilación A, en concreto el supuesto prototipo de los mss. LI, lo que resulta válido señaladamente para Sampiro y Pelayo301; la presencia de la versión «ad Sebastianum» en el primer tramo de la secuencia resulta más compleja: aunque Estévez descarta de entrada la relación directa de esa recensión, en sus modalidades «pura» o pelagiana, con la Chronica naiarensis302, pronto ha de

reconocer que existen puntuales coincidencias (1995: xxxvii), que le resultan difíciles de explicar. En efecto, a mi juicio, el compilador najererense no conoció otra versión «ad Sebastianum» que la presente en la Compilación A (a través, conforme a la opinión de Estévez, de ese prototipo de LI). Ocurre, claro está, que las lecturas pelagianas sólo van a comenzar a partir de «Maurecato mortuo…» (II.14), que es desde donde empieza la Compilación A a copiar (y refundir) la Chronica Visegothorum de Alfonso III; así puede explicarse la lectura de II.1511 («principali altari»), que perturba a Estévez (1995:

xxxvii): en efecto, en la refundición que la Compilación A lleva a cabo de las noticias alfonsíes sobre la basílica del Salvador, se afirma que

Adiecit uero humano pocius diuino hoc permonstrante consilio in parte ipsius

principalis altaris dextra apostolorum sena altaria totidem positis apostolorum

aris in parte sinistra303.

301 Ya Sánchez Alonso 1924: 26 utilizaba el para él ms. H (= Chron. naiar.), como uno perteneciente «a

la serie de texto incompleto, si bien amplía considerablemente el resto de la crónica, por lo que pudiera considerarse como una tercera redacción de la misma».

302 En efecto, la Chronica naiarensis se sirve sobre todo de la versión «rotensis», de mayor divulgación

en Castilla. Dentro de ella, entre las dos ramas que suponen RM y ENT, la versión najerense «es una copia contaminada de estas dos líneas» (Estévez 1995: xxxvi).

303 Así consta en el ms. F (fol. 30a). La otra lectura problemática afecta menos a su conocimiento de la

tradición textual de la versión «ad Sebastianum» que al de la de la versión «rotensis»: en II.1.4, el historiador riojano no puede conocer el texto «a Sebastián» (previo al comienzo de su copia en la

Compilación A); según creo, la inclusión en su texto de las palabras «quousque ibi regem elegerunt»

demuestra que conoció una versión rotense mejor que la que nos han transmitido los manuscritos conservados, en la medida en que considero que esas palabras pertenecen al núcleo original de la crónica y que, en algún momento (temprano) de la transmisión de la «rotensis» se omitieron en ésta por salto de vista entre palabras iguales: «[…] pluribus annis Bauilonico regi tributa persolberunt (quousque sibi regem elegerunt), et Cordoba urbem […]» (Gil 1986: 122). La explicación encaja con la posibilidad

En suma, para lo que aquí nos interesa, hemos de aceptar que un testimonio de la

Compilación A pelagiana sirvió de fuente al compilador de la Chronica naiarensis. Sin

embargo, dado que esta colección no transmite textos utilizados por el monje najerense, la afirmación sólo es válida para algunos textos: las crónicas isidorianas o la Divisio

Wambae necesitaron una compilación histórica más «completa»; así hemos visto que

ocurre con las primeras. Se perfila, por tanto, un modelo de compilación en el que se combina más de una colección historiográfica, y cuya distribución parece encontrar su divisoria en el comienzo del reinado de Alfonso II. Abundando en esta hipótesis, todavía podemos afinar más en el análisis del conjunto si fijamos nuestra atención en un texto no examinado por Estévez en los preliminares de su edición: la Divisio Wambae incluida en la Chronica naiarensis, tramo irrenunciable de las colecciones históricas plenomedievales, cuyo examen enfrentado al de las colecciones pelagianas nos será muy útil a la hora de acometer la Divisio que conoció don Lucas.