2. Context-aware computing
2.1.2 Definitions
Tenemos suficientes indicios para suponer de algún modo vinculados al escritorio ovetense en época pelagiana tres colecciones distintas:
1. Una primera, muy deudora de la tradición, con retoques pro-ovetenses y participación de Pelayo, está representada por el perdido Codex vetustissimus ovetensis. Una vez restaurado su contenido a través del índice que figura en el ms. 1346 (fols. 116- 116v) y examinados los textos que de él nos ha transmitido este mismo volumen, podemos concluir que presentaba un estado primitivo del corpus pelagiano, en que los textos de contenido historiográfico (más o menos manipulados en favor de la iglesia y diócesis ovetense) conviven con otros de origen visigodo y carácter diplomático, epistolar, etc. Los primeros, además, se suceden exentos (no siempre respetando un mínimo orden cronológico), sin haber sido integrados en una secuencia historial articulada y homogénea277. Bien podría, por tanto, designarse a este estado del corpus pelagiano «Colección miscelánea primitiva», en atención a la naturaleza de la compilación: «miscelánea» por convivir en él así textos genealógicos de posible factura
276 A todas luces por la incorporación inoportuna de la noticia analística en torno a Sagrajas.
277 De añadidura, esta etapa de la colección no conoce todavía las aportaciones de Sampiro y del propio
pelagiana, como obras cronísticas tradicionales y varios escritos de origen visigodo; «primitiva» por presentar la secuencia historial en un estado de elaboración previo al transmitido por la forma siguiente, en que varios de los textos que aquí permanecen exentos se encuentran allí incorporados a la serie.
A propósito del proceso de elaboración de la presente colección miscelánea, cabe señalar que a la primitiva secuencia historiográfica que aportaba el prepelagiano manuscrito Castellá, se añadieron, por un lado (y probablemente desde el Liber
Testamentorum) tres textos retocados de interés para la diócesis ovetense (las cartas del
papa Juan, el Antiquum privilegium archipresulatus ovetensis y la Translatio del arca de las reliquias278) y, por otro, una colección de obras visigodas procedentes con toda probabilidad del rico fondo bibliográfico, en códices visigóticos, de la catedral279. En conclusión, el formador de la colección miscelánea primitiva operó por acumulación, yuxtaposición y fidelidad a la tradición.
2. Apenas coincidente con la anterior, contamos, en segundo lugar, con la que he designado Compilación A. En esta ocasión, su formador renuncia a todo aquel material que no sea estrictamente historiográfico; a través de sus textos es detectable cierta voluntad «renovadora» (atrae varios opúsculos ajenos a la gran tradición e incluso muy recientes, como los dos grupos de anales). La presencia de los Anales castellanos (y quizá la de los textos extraídos de la Chronica albeldensia) delatan una procedencia extraovetense. Como colección, su estructura es totalmente desarticulada, hasta el límite de repetirse textos en alguna ocasión. Además, el examen textual indica que la refundición cauriense transmite materiales pelagianos en un estado previo al que luego hallamos en la ovetense. Por lo demás, su condición pelagiana no es explícita, sino en su contraste con la Compilación B280.
278 Sobre la traslación del arca, véase Henriet 2000: 67ss, con bibliografía sobre el particular.
279 De confirmarse la utilización del Liber Testamentorum en la confección del Codex vetustissimus,
cabría otorgar al segundo el término post quem de 1122, extremo cronológico que se ha asignado al cartulario ovetense (cfr., atrás, pág. 59 y n. 160).
280 En este sentido, y a propósito de la concepción ideológica que delata en su formador, creo llamativo el
hecho de comenzar la Compilación A su cuento de los reyes asturleoneses (muerto Mauregato) en Alfonso II (cfr. Martin 2001: 295), separándose así del goticismo oviedista pelagiano (y tradicional) que propugna la continuidad entre la monarquía visigoda y la surgida tras la pérdida de España.
3. La última de las colecciones, la Compilación B, cuenta (importa subrayarlo) con materiales parcialmente coincidentes con las dos anteriores (entre las que, por cierto, apenas si existen semejanzas), todos ellos refundidos y organizados, lo que le confiere un grado de elaboración y articulación mucho más evolucionado, en el que de nuevo se armonizan materiales estrictamente historiográficos con otros que no lo son (señaladamente documentales), se incorporan (y sincronizan) opúsculos transmitidos previamente exentos a la secuencia historial que es el Liber cronicorum y se añaden nuevos textos ausentes en las otras dos compilaciones (es el caso de los Gesta
Francorum de Gregorio Turonense). Por lo demás, la Compilación B se presenta a
nuestro ojos como la más pelagiana de las tres colecciones, por las varias menciones explícitas al obispo ovetense en ella existentes.
En definitiva, contamos con dos colecciones muy distintas entre sí: la miscelánea primitiva y la Compilación A, y una tercera que se parece parcialmente a las otras dos. ¿Será lícito considerar ésta última como «suma» de las dos anteriores? En efecto, considero posible interpretar los datos que poseemos, grosso modo, a partir de esa fórmula, de manera que la Compilación B consistiría en el resultado de combinar (de forma diversa) textos procedentes de la miscelánea primitiva con algunos existentes en la Compilación A. ¿Cómo puede explicarse semejante operación?
Es sabido cómo Pelayo quiso aprovechar la literatura histórica para favorecer los intereses de su diócesis (igual que había hecho, exitosamente, con la documentación a través del Liber Testamentorum). Para ello, contaba con los viejos materiales depositados en su biblioteca catedralicia: considero resultado de esta primera operación la miscelánea primitiva que transmite el Codex vetustissimus281. Todo indica que este corpus cronístico conoció una profunda revisión de su contenido en algún momento
posterior a su formación. Si apenas ningún dato nos ayudaba a fechar esta primera recensión del material ovetense (si acaso la utilización del Liber Testamentorum, concluido en torno a 1109/1122), ahora contamos con algunos indicios que, aunque
281 Es probable que (como se ha defendido a propósito del cartulario mencionado; cfr. VVAA 1995: 139)
el Codex vetustissimus le viniera al obispo total o parcialmente formado desde el periodo anterior a su ascenso al solio ovetense, cuando Martín I regía los destinos de la diócesis asturiana; a su iniciativa, eso sí, deberíamos al menos la incorporación de unas genealogías previas.
escasos y confusos, pueden aproximarnos a una fecha determinada. Es conocido el dato cronológico que aporta la Compilación B en el incipit del Liber cronicorum:
Incipit Liber cronicorum ab exordio mundi usque era MCLXX [= 1132]» (ms.
B, fol. 4).
El asunto no revestiría mayor problema si no fuera porque al final de la compilación (en las notas históricas dedicadas a la ciudad de León) aparece sistemáticamente la mención a un «hodie» referido a la «Era MCLXXX [= 1142]» (ms. B, fol 116). Esta fecha viene avalada además por el testimonio de la Compilación A, donde figura el mismo texto con la misma lectura repetida (ms. F, fol. 8). Generalmente se ha tendido a pensar que un error en la transmisión textual (por lo demás bastante sencillo) del titular del Liber
cronicorum habría originado una aparente contradicción entre las fechas. Sin embargo,
el año 1132 encaja a la perfección con el modo en que, líneas después, el final del prólogo del propio Liber cronicorum se refiere a Alfonso VII
[…] Adefonsum regem filium Ramundi comitis et Urrace regine (ms. B, fol. 4),
pues no sería de esperar esta denominación tras 1135, cuando el monarca fue coronado emperador. Veremos de inmediato cómo podrían conciliarse los datos de que disponemos.
Sea como fuere, parece seguro que el proyecto pelagiano resultaba más ambicioso que el que se adivina tras la miscelánea primitiva: el obispo pretendía componer una colección propia, más personal, completa y «actualizada», muy probablemente concebida para llegar hasta el momento de la redacción282. A mi juicio, se debió de impulsar entonces desde la catedral una campaña de búsqueda de materiales de contenido histórico para formar una nueva compilación283: ahí está el testimonio de los manuscritos hallados en Camarmeña (que la crítica ha despreciado casi en bloque por la desconfianza con la que se ha solido acoger cualquier testimonio procedente de la
282 Como sugiere la referencia a esa inidentificada «historia de godos y aragoneses».
283 Alrededor de un siglo antes de que Ximénez de Rada revolviera los archivos hispanos en busca de
pluma pelagiana284); y ahí las palabras que en el Prólogo al Liber cronicorum aseguran que «Pelagius Ouetensis ecclesie episcopus sicut a maioribus et predecessoribus suis inquisiuit et audiuit de gotis et arragonensis regibus pro ut potuit plenissime scripsit» (ms. B, fols. 4-v). La encuesta bibliográfica que postulo debió de extendenderse más allá de la diócesis ovetense y fruto de ella me parece la aparición en Oviedo de materiales procedentes de Castilla: los Anales castellanos segundos (que figuran exentos en la Compilación A e integrados en el Liber cronicorum de la Compilación B) y, tal vez, la Chronica albeldensia, presente en la Compilación A (en cuyo caso se trataría de un «regreso» del viejo Epítome ovetense a su lugar de origen); así se explicaría, incluso, la presencia en la colección de los Gesta francorum, quizá procedentes de allende los Pirineos. Es probable, además, que esta indagación llevase a Pelayo a encontrar la Chronica de Sampiro, que, como he defendido, no creo que fuera conocida previamente en Oviedo.
En este sentido, considero muy probable que parte del resultado de esa búsqueda sea lo que a la postre transmite la Compilación A. Nótese que apenas contiene material existente en la colección primitiva, lo que apoya la posibilidad de que se estuvieran recopilando textos nuevos285. Reunidos estos materiales en Oviedo de algún modo que se nos escapa (¿apuntes sueltos, códice unitario?), pero en cualquier caso en estado de borrador provisional (como indica, por ejemplo, el estado en que se han transmitido los anales286 o las anotaciones marginales que hemos supuesto más arriba), habrían sido conocidos en Corias.
En última instancia, la combinación del corpus tradicional con los nuevos materiales produce la Compilación B, que, en principio, habría que considerar como de auténtica iniciativa pelagiana. Sin embargo, existe alguna prevención en este sentido: ya he indicado que algunos críticos han puesto en entredicho la autoría de Pelayo respecto a esta colección (véase, más arriba, n. 223). Considero posible que tales sospechas se deban al hecho de que la *Compilación concebida por el prelado ovetense nunca llegó a
284 Pero cuya verosimilitud ha sido defendida por Díaz y Díaz 1976.
285 De resultas, si aceptamos esta hipótesis, resulta más probable que el Codex vetustissimus no contuviera
las continuaciones de Sampiro y Pelayo.
286 En efecto, la crítica textual se ha visto forzada a restaurar un texto cuya disposición resultaba muy
consumarse. Hay algunos indicios que apuntan en esta dirección: por ejemplo, el final del texto con que se encabeza la Compilación B, donde los términos utilizados para referirse al obispo Pelayo sugieren que a la sazón éste ya no se contaba entre los vivos:
Nos ergo, fratres karissimi, qui ad predicta altaria dm exoratis et psalmos canitis et diuina misteria celebratis, predictum episcopum Pelagium die ac nocte in memoria habeatis, ita ut et uos que digne oratis a Domino dō nostro Ihesu Christo exaudiri ualeatis. Amen (ms. B, fol. 1);
igualmente dudosa para algunos autores ha resultado la atribución pelagiana del Prólogo al Liber cronicorum (cfr. atrás, pág. 223). El hecho de que las sospechas se ciernan precisamente sobre estos preliminares (tipo de textos habitualmente redactados con posterioridad al resto) aumenta las posibilidades de que la iniciativa última de las colecciones, en el estado en que hoy las conocemos, ya no hubieran corrido a cargo de don Pelayo. Por lo demás, abundan en la hipótesis de la inconclusión el final prematuro de la secuencia historiográfica en el reinado de Urraca, así como la referencia «fantasma» a esa crónica desconocida de los reyes aragoneses. Es probable que el obispo diera forma a una primera etapa de su tarea en torno a 1132, momento en el que tal vez comenzara su encuesta exterior en busca de nuevos textos extraovetenses con que completar su ambicioso plan. El proceso debió de prolongarse durante años, pues todavía en 1142 llegaban a Oviedo las noticias históricas sobre varias ciudades españolas. Desaparecido Pelayo, sólo una iniciativa posterior habría recogido los materiales (sin cuidarse de actualizar ciertas referencias287 ni de prolongar la secuencia
historial) y los habría ordenado copiar en la forma en que posteriormente se han transmitido, no sin antes dotar al conjunto de los textos preliminares que hoy conocemos.
A mi juicio, esta perspectiva abre nuevos posibles caminos de exploración en la obra pelagiana; señaladamente, esa presunta labor armonizadora entre las que hemos denominado miscelánea primitiva y Compilación A (entre la «vieja» y la «nueva tradición») podría constituir un crucial modo de acercamiento a una de las cuestiones
287 La fecha del incipit, la mención a la serie de reyes aragoneses o la alusión a 1142 como «hodie»,
que más ha dividido y confundido a la crítica: el problema de la distribución del Liber
cronicorum por autores288.
288 Considero que esa tarea está en el origen de cuestiones como, por ejemplo, la extraña división de la
E. LA TRADICIÓN COMPILATORIA EN CASTILLA: LA CHRONICA NAIARENSIS