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Convolutional Neural Networks based Semantic Segmentation

1.4 Organization of The Thesis

2.1.2 Convolutional Neural Networks based Semantic Segmentation

El hecho de que las jerarquías de realización implican una graduación que sigue la capacidad holística creciente —o incluso una clasificación de valor— resulta muy molesto a quienes creen en la heterarquía extrema, los cuales rechazan categóricamente cualquier tipo de categoría real o de juicio, sea el que sea. Señalan, con muy buenas y a menudo muy nobles razones (muchas de las cuales apoyo de corazón), que la categorización es un juicio jerárquico que a menudo se traduce en opresión social y desigualdad, y que en el mundo de hoy la respuesta más justa y compasiva es un sistema radicalmente igualitario o pluralista: una heterarquía de valores iguales. Aunque estos críticos están, como he dicho, inspirados por nobles ideales, algunos de ellos se han hecho muy rencorosos, incluso violentos, en su condena verbal de cualquier tipo de jerarquía de valores. «Más alto» se ha convertido en su palabra malsonante universal.

No parecen darse cuenta de que su valorada aceptación de la heterarquía es en sí misma un juicio jerárquico. Valoran la heterarquía; sienten que encarna más justicia, compasión y decencia; la contrastan con las visiones jerárquicas que sienten que son dominantes y denigrantes. En otras palabras, clasifican ambas visiones, y sienten que una es definitivamente mejor que la otra. Es decir, tienen su propia jerarquía, sus propias categorías de valor.

Pero como niegan conscientemente la jerarquía en sí, deben oscurecer y ocultar la suya, deben pretender que su jerarquía no es una jerarquía. Sus categorías no son reconocidas, permanecen escondidas, encubiertas. Además no sólo su jerarquía está encubierta, sino que es contradictoria: es una jerarquía que niega la jerarquía. Están presuponiendo aquello que niegan; niegan conscientemente lo que su postura real asume.

Negándose incluso a considerar la jerarquía, a pesar de que hacen gran cantidad de juicios jerárquicos, se montan en una jerarquía de valores bastante burda y muy poco elaborada. A menudo, y por desgracia, esto da a su postura un aire inconfundible de hipocresía. Con muy justa indignación denuncian jerárquicamente la jerarquía y con su mano izquierda hacen lo que la derecha desprecia en los demás. Detestando los juicios de los demás y escondiendo los suyos, convierten el rechazo de sí mismos en una condena justiciera de los demás.

Esencialmente, su postura se resume así: «Tengo mis categorías, pero tú no puedes tener las tuyas. Y además, pretendiendo que mis categorías no lo son —este movimiento es inconsciente—, diré que no tengo categorías en absoluto; y entonces, en nombre de la compasión y de la igualdad, despreciaré y atacaré

las categorías donde las encuentre, porque son muy malas.»

Haciendo estos juicios jerárquicos no reconocidos, evitan y suprimen los temas realmente dificultosos como el de averiguar de qué manera hacemos los juicios de valor, para empezar. Son muy claros al hablar de los lamentables juicios de valor jerárquico de los demás, pero curiosamente oscuros —de hecho, totalmente silenciosos— sobre cómo y por qué llegaron a los suyos propios. Su autoética de la poca claridad y su ética de condenas verbales hacia los otros se combinan para formar un largo bastón con el que simplemente golpean a los demás en nombre de la bondad. Y aunque esto es muy válido para liberar las emociones dentro de una mentalidad política universitaria, no ayuda en nada a aclarar la naturaleza de los sistemas de valores humanos, la naturaleza de lo que hombres y mujeres hacen para elegir lo bueno, lo verdadero y lo bello; elecciones que implican escalas de valores, que estos críticos hacen y después niegan haber hecho.

Su heterarquía es una jerarquía sigilosa, borran todas sus pistas y después pretenden no tenerlas, y por tanto evitan y reprimen la cuestión realmente profunda y difícil: ¿Por qué los seres humanos siempre dejan huellas? ¿Por qué la búsqueda de valor en el mundo es inherente a la situación humana? Y sabiendo que, aunque decidamos valorar todo de igual manera, ello implica rechazar a los sistemas de valores que no propugnan lo mismo, ¿por qué es inevitable que haya algún tipo de escala de valores? ¿Por qué las distinciones cualitativas están construidas dentro del tejido mismo de la orientación humana? ¿Por qué el tratar de negar los valores es en sí un valor? ¿Por qué el negar las escalas de valores es una escala de valores en sí? Y dando esto por supuesto, ¿cómo podemos elegir de forma saludable y consciente nuestras inevitables jerarquías y no caer meramente en la ética del no reconocimiento, de la supresión y del oscurantismo?

Charles Taylor, cuyo libro Sources of the self será uno de nuestros constantes compañeros más adelante en este mismo volumen, ha realizado un trabajo magistral siguiendo la emergencia de la visión del mundo que pretende no ser una visión del mundo. Es decir, la emergencia de ciertos juicios de valor que niegan serlo, la emergencia de ciertas jerarquías que niegan la existencia de las jerarquías. Es, en conjunto, una historia fascinante que más adelante seguiremos con detalle, pero de momento podemos observar lo siguiente:

Taylor comienza llamando la atención sobre el hecho de que hacer lo que él llama «distinciones cualitativas» es un aspecto inevitable de la situación humana. Simplemente nos encontramos existiendo en diversos contextos, en diversos marcos de referencia (yo diría que somos holones dentro de holones, contextos dentro de contextos), y estos contextos constituyen irreversiblemente diversos valores y significados que están ensamblados en nuestra situación. «Lo que he estado llamando un marco de referencia —dice Taylor— incorpora una

serie crucial de distinciones cualitativas [una jerarquía de valores]. Pensar, sentir y juzgar dentro de ese marco de referencia es funcionar con el sentido de que algunas acciones, o modo de vida, o forma de sentir, es incomparablemente más elevado que los demás que tenemos a nuestra disposición. Uso aquí las palabras “más elevado” en sentido genérico. El sentido de en qué consiste esa diferencia puede tomar muchas formas: puede que una forma de vida sea vista como más plena, otra manera de sentir y actuar como más pura, un modo de sentir o de vivir como más profundo, un estilo de vida puede ser más admirable, y así sucesivamente»21.

De esta forma, incluso quien se adhiere a la heterarquía o al pluralismo radical está realizando distinciones cualitativas muy profundas, aunque denuncie que las distinciones cualitativas son brutales y violentas, incluso aunque niegue totalmente la noción de marco de referencia. «Pero esta persona no deja de tener un marco de referencia; por el contrario, tiene un profundo compromiso con un cierto ideal de benevolencia. Admira a la gente que vive según ese ideal, condena a quienes no lo hacen o están demasiado confundidos incluso para aceptarlo, y se siente mal cuando él mismo no vive según ese ideal. Vive en un horizonte moral que no puede ser explicado por su propia teoría moral»22.

La cuestión es que, como Taylor expresa, aunque este individuo abrace la diversidad y la igualdad de valores, la idea no es nunca que «cualquier cosa que hagamos sea aceptable»:

Quiero defender la tesis extrema de que vivir sin marco de referencia nos es absolutamente imposible; dicho de otra manera, los horizontes dentro de los que vivimos nuestra vida y que le dan sentido tienen que incluir estas fuertes discriminaciones cualitativas [jerarquía de valores]. Además, esto no es únicamente una verdad psicológica cambiante acerca de los seres humanos que podría llegar a no ser cierta en algún momento para algún individuo excepcional o un nuevo tipo humano, para un superhombre objetivamente desvinculado. Más bien, la afirmación es que vivir dentro de horizontes fuertemente cualificados constituye la condición humana…, y no un extra opcional del que podríamos prescindir23.

Sin embargo, según Taylor, hay una visión moderna «que se siente tentada a negar estos marcos de referencia en conjunto. Mi tesis en este caso es que esta idea está profundamente equivocada…, y profundamente confundida. Supone que la afirmación de la vida y de la libertad implica repudiar las distinciones cualitativas, un rechazo de los bienes constitutivos como tales, pues son en sí mismos reflejos de distinciones cualitativas y presuponen un concepto de bienes cualitativos»24.

A lo largo del seguimiento histórico de la curiosa emergencia de esta curiosa postura, Taylor señala que «cuanto más se examinan los motivos —lo que Nietzsche llamaría genealogía— de estas teorías, tanto más extrañas

resultan. Parecen estar motivadas por los ideales morales más robustos, como libertad, altruismo y universalismo [pluralismo universal]. Estas están entre las aspiraciones morales centrales de la cultura moderna, los bienes supremos [jerarquías fuertes] que la distinguen. Sin embargo, estos ideales llevan a los teóricos a la negación de los valores mismos. Están atrapados en una extraña contradicción pragmática, por la cual los mismos bienes que les mueven, les impulsan a negar o desnaturalizar tales bienes. Son, por su propia constitución, incapaces de exponer con claridad las fuentes profundas de su propio pensamiento. Su pensamiento es inevitablemente estrecho»25. Son moralmente

superiores en un universo donde se supone que nada es superior.

Según Taylor, «el agente sin marco de referencia» resultante «es un monstruo», motivado por «la profunda incoherencia y autoilusión que esta negación implica». Esta jerárquica negación de la jerarquía implica una ética de la supresión, afirma Taylor, porque son necesarias «capas de supresión» para esconder tan completamente de uno mismo las fuentes del propio pensamiento. Y esto explica, además, por qué estos teóricos son, como Taylor dice, «parasitarios». Como no pueden «aclararse con las fuentes profundas de su propio pensamiento», viven necesariamente sólo de la denuncia de aquellas visiones que no llegan a reconocer conscientemente sus propias distinciones cualitativas. «Como sus fuentes morales son innombrables se dedican principalmente a las polémicas. Sus principales palabras de poder sirven para denunciar. Mucho de aquello según lo cual viven [realmente] debe ser inferido por la cólera con que sus enemigos son atacados y refutados. Este tipo de filosofía autoocultadora es también, por tanto, parasitaria…»

Así, incluso los pluralistas radicales (los heterarquistas) están motivados por los valores de libertad, altruismo (benevolencia universal) y pluralismo universal. Estos son juicios profundamente jerárquicos, y son además juicios que —creo que con razón— rechazan enérgicamente otros tipos de juicios de valor y de jerarquías que han florecido a lo largo de la historia. Rechazan enérgicamente la ética del guerrero, la de la élite aristocrática, la ética de sólo-hombres, la del esclavo-dueño, por nombrar tan sólo algunas de ellas. En otras palabras, sus valores heterárquicos se mantienen en su lugar por juicios jerárquicos (con los que estoy de acuerdo en su mayoría), y podrían muy bien aclararse y unirse al resto de nosotros en el intento de comprender conscientemente todo esto, y no simplemente enterrar sus pistas en una retórica parasitaria, denunciadora y supresiva.

Por supuesto, los mismos problemas rodean a los «relativistas culturales», quienes mantienen que todos los diversos valores culturales son igualmente válidos y que no son posibles los juicios de valor universales. Pero este juicio es en sí mismo un juicio universal. Sostiene como universalmente verdadero que ningún juicio es universalmente verdadero. Es un juicio

universal que simultáneamente niega todos los demás porque los juicios universales son muy, muy malos.

De este modo, el tema crucial de cómo hacer juicios universales válidos es ignorado completamente y las propias afirmaciones universales son excluidas de cualquier escrutinio pretendiendo simplemente que no son afirmaciones.

Los relativistas culturales extremos mantienen de esta forma que la «verdad» es básicamente aquello en lo que esté de acuerdo cualquier cultura, y así ninguna «verdad» es inherentemente mejor que otra. Este tipo de oscurantismo estuvo en boga durante las décadas de los sesenta y setenta, pero su naturaleza profundamente contradictoria se evidenció, por dar el ejemplo más notorio, con el libro de Michel Foucault The order of things. En este trabajo, Foucault mantuvo esencialmente que lo que los humanos llegan a llamar «verdad» es simplemente un juego de poder y una convención arbitraria, y destacó diversas épocas en las que «la verdad» parecía depender completamente de los cambiantes y convencionales episteme o formaciones discursivas gobernadas no por la «verdad», sino por principios de transformación excluyentes. En otras palabras, toda verdad era, en última instancia, arbitraria.

El argumento parecía muy persuasivo, incluso causó un poco de sensación a nivel internacional, hasta que sus críticos más brillantes le preguntaron: «Dices que toda verdad es arbitraria, ¿es tu exposición misma verdadera?»

Foucault, como todos los relativistas, se había autoexcluido de los mismos criterios que tan agresivamente aplicaba a los demás. Hacía una serie de afirmaciones verdaderas que negaban toda afirmación verdadera (excepto su propia posición privilegiada), y por tanto su postura, como señalaron sus críticos desde Habermas a Taylor, era profundamente incoherente. Foucault mismo abandonó el relativismo extremo de su trabajo «arqueológico» y lo sumió en un planteamiento más equilibrado (que incluía continuidades y abruptas discontinuidades; al planteamiento meramente arqueológico lo tildó de «arrogante»).

Nadie niega que muchos aspectos de la cultura son obviamente diferentes e igualmente valiosos. La cuestión es que esta misma postura es universal y rechaza las teorías que catalogan mera y arbitrariamente a las culturas según una inclinación etnocéntrica (lo cual está bien). Pero como pretende que toda catalogación es mala o arbitraria, no puede explicar su propia postura y el proceso de su propio (no reconocido) sistema de catalogación. Y, como mínimo, esta catalogación inconsciente es una mala catalogación.

Y los relativistas son malos catalogadores26: Jürgen Habermas y muchos

lanzado críticas demoledoras contra estas posiciones, señalando que todas ellas implican una «contradicción intrínseca»: otra forma de decir que están presuponiendo implícitamente validez universal a afirmaciones de las que niegan incluso su existencia.

En resumen, la relatividad cultural extrema y los sistemas de valores puramente heterárquicos están todo lo muertos que pueda llegar a estarlo un movimiento. Se va extendiendo la noción de que las distinciones cualitativas son inevitables dentro de la condición humana, y además que hay formas mejores y peores de hacer nuestras distinciones cualitativas.

En muchos sentidos estamos de acuerdo con las conclusiones generales de los movimientos de la diversidad cultural: queremos valorar a todas las culturas bajo la misma luz. Pero este pluralismo universal no es una postura con la que estén de acuerdo todas las culturas; el pluralismo universal es un tipo muy especial de categorización que la mayoría de las culturas etnocéntricas y sociocéntricas ni siquiera reconocen; el pluralismo universal es el resultado de una larga historia de luchas contra jerarquías dominantes de uno u otro tipo27.

¿Por qué el pluralismo universal es mejor que las jerarquías de dominación? ¿Y cómo hemos evolucionado hasta llegar a la postura del pluralismo universal cuando la mayoría de la historia despreció esta visión? Estos son algunos de los muchos temas relacionados con la evolución y el desarrollo que trataremos en este volumen: cómo llegamos a ese pluralismo universal y cómo podemos defenderlo contra quienes, de forma dominante, elevan su cultura, creencias o valores por encima de todos los demás; estas son las cuestiones cruciales cuyas respuestas son abortadas cuando simplemente se rechazan las escalas de valores y las distinciones cualitativas por principio.

Conclusión

Mi posición es ésta: si los marcos de referencia son inevitables (somos contextos dentro de contextos, holones dentro de holones) y si los marcos de referencia implican distinciones cualitativas —en otras palabras, si inevitablemente estamos implicados en juicios jerárquicos—, entonces podemos empezar a unir conscientemente estos juicios con las ciencias de la jerarquía, es decir, las ciencias de holarquía, de marcos de referencia dentro de marcos de referencia, de contextos dentro de contextos, de holones dentro de holones. Y el resultado será que los valores y los hechos ya no estarán divorciados de forma automática.

Este movimiento, unificador e integrador, estaba bloqueado mientras los heterarquistas llamaban «holística» a su visión (cuando realmente era «acumulativa»). Bloqueado, porque los heterarquistas insistían en que la realidad era no jerárquica, mientras que las ciencias de la totalidad insistían en su conjunto sobre lo contrario. Pero entendiendo que la única forma de tener un holismo es a través de la holarquía, estamos en posición de realinear hechos y valores de forma que puedan reunirse en un delicado abrazo, teniendo a la ciencia de nuestro lado, no en nuestra contra, para construir una visión del mundo auténticamente holística, no acumulativa.

Además, señalemos simplemente que la Gran Cadena del Ser es de hecho una Gran Holarquía del Ser —en la que cada eslabón es una totalidad intrínseca que es a su vez parte de un todo mayor— y toda la serie está asentada en el Espíritu28.

Si estas diferentes holarquías (en las ciencias, en los juicios de valor, en las grandes tradiciones de sabiduría) pudieran ser alineadas unas con otras con comprensión, una síntesis verdaderamente significativa podría esperarnos en nuestro futuro colectivo.

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